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domingo, 4 de mayo de 2014

Félix Luna: "Elegía por el radicalismo" (21 de enero de 2003)

No se puede exigir a un partido político una coherencia absoluta con su ideología primitiva. En la medida en que el mundo cambia, también cambia la sociedad en que los partidos se insertan y, en consecuencia, debe admitirse que puedan variar su adhesión a algunas de sus propuestas instrumentales, si las circunstancias lo requieren. De otro modo, se irían convirtiendo en anacronismos. Pero lo que es una obligación moral de los partidos, si desean seguir ejerciendo alguna representatividad, es una fidelidad a los principios básicos que inspiraron su creación. Por caso, el peronismo no podría renunciar nunca a la concepción de la justicia social y las corrientes liberales no deberían dejar de confiar en la fuerza del mercado.

Y bien: el radicalismo, que cuenta con más de un siglo de permanencia en la vida política argentina, está asociado a lo que fue su postulación más emblemática: la transparencia electoral, los comicios libres y limpios. Cuando llegó al poder no tenía programa, sólo esta exigencia, la de un sistema electoral saneado. A partir de los gobiernos ejercidos entre 1916 y 1930 fue elaborando posturas más concretas y definidas, como la neutralidad frente a los conflictos externos, la solidaridad con los pueblos latinoamericanos, una cierta equidad social, el apoyo a la Reforma Universitaria, la defensa de riquezas nacionales como el petróleo, un papel más activo del Estado en las relaciones económicas. Pero el valor más asociado a su entidad siguió siendo la verdad electoral y esto le infundió la mística en la defensa de los comicios después de 1930, como fue también la lucha por las libertades públicas -contexto indispensable para las elecciones libres- la que motorizó su acción durante el régimen de Perón.

Esta convicción del carácter casi sagrado del voto vertebra y colorea la identidad radical. Desde 1945 sus autoridades y candidatos han surgido del sufragio directo de los afiliados y estas ordalías, las "internas", han sido un ejercicio de civismo, un entrenamiento para ulteriores pronunciamientos electorales de carácter nacional, provincial o municipal. No importa que las "internas" hayan sido maculadas alguna vez por picardías menores: ellas siguen siendo un rito gozoso y fecundo, que renueva periódicamente la vida del viejo partido.

Por eso es muy triste lo que está ocurriendo actualmente en el seno de la Unión Cívica Radical. Los fraudes pueden acontecer: los perpetraron los conservadores copiosamente y también Perón con sus tramposas circunscripciones. Pero que se practique el fraude dentro del radicalismo por parte de radicales en beneficio o detrimento de radicales, esto es más que abominable, es suicida, porque le hurta a este partido su razón de ser, su motivo fundante.

El radicalismo ha dado mucho al país. Sus gobiernos, más allá de logros o fracasos, han sido en general democráticos y honrados, respetuosos de los valores republicanos. La UCR ha generado personalidades referenciales. Ha representado una franja moderada de la ciudadanía, contribuyó a la integración social y al igualitarismo, fue una fragua insoslayable de la nacionalidad al incorporar a la vida pública grandes sectores antes excluidos. Es penoso ver cómo está naufragando esta fuerza histórica, porque tal vez tenga todavía mucho para darle a nuestra comunidad.

Por la salud de la Nacion

No soy afiliado radical, aunque confieso que abrigo en mi corazón una vieja simpatía por el partido en el que milité en mi ya lejana juventud. Mi pena ante el lamentable espectáculo que está ofreciendo el partido nacional más antiguo de la Argentina seguramente es compartida por muchos compatriotas, radicales o no. Por eso he puesto a estas líneas el título que las inicia, porque el tema me llena de pesadumbre y melancolía.

 Es muy grande la responsabilidad de sus actuales dirigentes. No se puede dilapidar semejante patrimonio en disputas mezquinas, porque se está vaciando de contenido a un insustituible factor de equilibrio político.

No sé cuál puede ser la salida a la situación que está padeciendo la UCR desde fines de diciembre. De lo que estoy convencido es de que la salud del país necesita del radicalismo, pero de un radicalismo respetable. Aun golpeado como está, aun aplastado por el ruinoso final de su última gestión, aun conducido por una dirigencia mediocre, aun carente de un mensaje definido, el radicalismo no debe desaparecer. Y mucho menos de esta manera. Esta es la responsabilidad de quienes tienen o tendrán la misión de sacar a la UCR de su actual agonía y volver a ponerla en el lugar que le corresponde en la vida cívica.
























Fuente: Nota publicada en el Diario La Nacion con el titulo "Elegía por el radicalismo"  en su edición del 21 de enero de 2003 por el Historiador Félix Luna.

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