Páginas

jueves, 10 de abril de 2014

Juan Manuel Casella Piñeiro: "Debate de la Ley de Enseñanza Libre" (25 de septiembre de 1958)

Sr. Presidente (López Serrot). — Tiene la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Casella Piñero. — Creo que el replanteamiento del problema que implica el artículo 28 es un error. No me importa, no lo he investigado y entiendo que carece de valor para la emergencia, que sean exactas o no las versiones recogidas, inclusive por diputados del sector oficialista, según las cuales esto seria una cortina de humo, la consecuencia de una política de compromiso o el resultado de una especulación captativa.
Sr. García Flores. — Nadie ha dicho eso, señor diputado.
Sr. Casella Piñero. — Diputados de la mayoría recogieron esas versiones para refutarlas, señor diputado, y yo estoy diciendo que, en mi concepto, no importan esas causas para la cuestión fundamental. A mi me importa mas la posibilidad, que debemos admitir, de que esto replanteamiento se hay a producido por una profunda convicción oficialista. Esto en términos de extensión nacional, en la geografía humana y en el tiempo histórico es más grave todavía que cualquier evento de orden puramente especulativo.
Sostengo que es un error y que ese error, en cuanto implica un impacto en la sensibilidad popular, esta expresado a través del mensaje quo el ministro de Educación y Justicia formulo el fi de septiembre.
Creo que ese mensaje ministerial constituye el ordenamiento de una serie de errores, el fundamental es el de ofrecer este articulo 28 como un instrumento tendiente a crear el clima de «paz, seguridad y estabilidad que realmente necesita el país y que todos anhelamos.
Creo que es un error, porque no se trata de obtener una inmediata y efímera paz varsoviana, lograda sobre el desanimo de los derrotados por la fuerza del poder político, empresa fácil, pero liviana, que puede cumplirse simplemente mediante una ley o un decreto. Se trata de algo más: de una paz sin término para el devenir de la Republica.
Estos hombrecitos de la algarabía, la algarada y la algazara, pero también de la rebeldía creadora, están construyendo un mundo nuevo para si y para los hijos de sus hijos. Nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo y nuestra edad, contamos poco en el evento histórico. Tan necesitados como estamos de una tregua, de una tienda, de una almohada y un cántaro, para alivio de nuestras llagas y nuestras heridas, causadas por- las picas punzantes de la antipatria y del despotismo y las agujas del odio y del resentimiento.
Quizá no alcancemos esa tregua, porque tal vez no la merecemos, desde que no hemos probarlo todavía nuestra aptitud para establecer la vigencia de la paz, de la solidaridad y la tranquilidad en el país. Se trata de esta hermosa y caliente floración humana, del disturbio y del grito que, iconoclasta, hasta se ha burlado un poco, con un aguzado sentido del humor, de nuestra propia majestad legislativa en las calles de Buenos Aires.
Tracemos para ellos y para los que vendrán el solar paradisiaco, el hogar apacible que nosotros, en nuestra incierta expedición libertadora y reparadora por el páramo del país escarnecido, no conocimos nunca, no gozamos jamás.
Para eso, no sirve el artículo 28...
Sr. Carrera. — ¿Me permite una interrupción el señor diputado?
Sr. Casella Piñero. — Si, señor diputado.
Sr. Carrera. — Le hago notar que al artículo 28 no lo defiende nadie.
Sr. Casella Piñero. — Ya veremos si se lo defiende y, particularmente, si ha sido —o no— defendido el espíritu del articulo, que es lo que importa. No nos dejemos engañar por meras formalidades...
Sr. Carrera. — Es cuestión de oportunidad. En el fondo todos estamos de acuerdo.
Sr. Casella Piñero. — No. No estamos de acuerdo. Déjeme interpretar a mi, señor diputado, las ideas expresadas por los demás
Entiendo que el articulo 28, en su espíritu, en su medula, ha sido defendido en esta Camera, y aunque no lo hubiera sido, esta replanteado por el Poder Ejecutivo de la Nación. Lo di lo en su mensaje el ministro de Educación y Justicia
Que importa que algún señor diputado no lo defienda y prefiera reemplazarlo por otro: artículo, del que yo considero, según mi ciencia y conciencia, que no implica una diferencia esencial entre el substituido y el substitúyete.
La calle argentina se ha expresado con pasión y exaltación, pero también con honradez y con un amplio sentido del futuro argentino.
Sr. Garcia Veiga. — Y con mucha libertad.
Sr. Casella Piñero. — Tenemos para esos muchachos de la calle esta obligación. Ya no se trata, como decía, de la paz inmediata, sino de la paz sin plazo y sin término para la vida de la Republica. Y yo afirmo que, para eso, no sirve el artículo 28.
Vuelvo al asunto, señor diputado Carrara, y discúlpeme la alusión.
Sr. Carrera. — Estoy escuchando muy atentamente.
Sr. Casella Piñero. — Me coloco en un quicio del que no voy a salir, aunque se califique de tozuda y dura mi posición mental. Mas aun, si mi pensamiento tiene alguna validez, afirmo que este articulo 28, disociador y perturbador, esta norma de la mala redacción, en la que se suple lo «privado» con lo «libre», atenta contra la anhelada paz que, con énfasis heroico, todos proclamamos, porque la paz, la seguridad, la estabilidad, la tranquilidad, solo pueden lograrse en la fraternal unidad argentina, en un estado de elemental solidaridad popular, arrojando todos las armas de la beligerancia y las tercerolas del encono.
Ya el país ha tenido y tiene todavía múltiples motivos de disentimiento, de discrepancia y de división. El país vive en esta hora en un estado de tensa crispación, como si estuviese sobre el filo mismo de la historia colectiva. Todos los días, absolutamente todos los días, hay Un conflicto en el país; pareciera que el país o quizás este régimen viviera bajo el signo disociador de la Republica. Todos los días hay un nuevo motivo de división en la familia argentina: en los gremios, en los sindicatos, entre los docentes, en la aeronáutica o en cualquier otro sector popular. Hay conflictos en las fuerzas armadas, que —según el mensaje presidencial del 19 de mayo— ya no iban a deliberar, pero que deliberaron por una convocatoria del Poder Ejecutivo.
Hay una suerte de predestinación que no podemos quebrar. Todos los días un conflicto. No se si esto ocurrirá por fatalidad o porque hay alguna mano siniestra o alguna voluntad maquiavélica que esta manejando los hilos del gran telar del país, para confundir a la Republica y para que se caiga en un proceso de total disociación, de división y de dispersión.
Sr. Uzal. — Sabemos de quien es esa mano.
Sr. Casella Piñero. — El propio mensaje del señor ministro de Educación y Justicia hace referencia a este estado de cosas. Se dice que los muchachos son muy respetables, pero se les imputa concomitancia con sectores del país que pretenden sembrar dificultades e intranquilidad. Es hora de que todos —incluso el señor ministro de Educación y Justicia y los señores legisladores— hagan esa imputación con responsabilidad, discriminadamente, señalando de modo concreto quienes son los promotores de la perturbación nacional. No se puede echar así, al voleo, esa imputación, y no se puede implicar en ella ni a los jóvenes de la universidad o de los colegios secundarios, ni tampoco a quienes por natural y honrada coincidencia, estamos con ellos, de todo corazón y con orgullo, porque son nuestros propios hijos. ¡Es mi hijo, a quien yo no puedo traicionar en este evento, librándolo a su suerte, cuando se que esta en juego el destino futuro de la Republica y que el esta combatiendo con coraje, convicción y responsabilidad! (¡Muy bien! ;Muy bien! Aplausos.)
No faltaba más que este articulo 28 para completar el panorama neblinoso que cubre a la Republica.
Yo sostengo, como una verdad definitiva, consagrada por la Constitución, que no admite discusión, que en la Argentina todos, quienes quieran que sean, tienen el derecho de abrir sus escuelas, y todos, también quienes quieran que sean, tienen el derecho de elegir a sus maestros. Por eso, la primera parte del artículo 28 es una trivial redundancia. Pero nadie puede arrogarse el derecho de incorporar al panorama de la Republica un nuevo factor de perturbación, de disociación, de división, de malquerencia y de encono entre los argentinos.
Sr. Uzal. — ¿Quienes son los que están perturbando el país?
Sr. Casella Piñero. — Este es el problema que crea el artículo 28.
Sr. Uzal. — ¡Ahora vamos a resultar nosotros los perturbadores de la Republica!
Sr. Storani. — Lo es el presidente de la Republica, que trajo este asunto...
Sr. Uzal. — ¿Como se puede decir semejante cosa?

—Varios señores diputados hablan a la vez.

Sr. Presidente (Lopez Serrot). — Continúa en el uso de la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Casella Piñero. — También debo señalar que para un sector político del país el gobierno de la Revolución Libertadora es algo así como la ancha jofaina para el lavamanos oficialista. Errores de la Revolución Libertadora; culpa de la Revolución Libertadora —se dice...
Ocurrió con DINIE, pero entonces había un Club de Paris; un convenio de Bonn; radicación de capitales alemanes; compromisos firmados en papeles que tenían vigencia internacional.
Pero respecto del artículo 28, ¿había convenio de Bonn? ¿Había Club de Paris? ¿Había papeles subscritos con potencias extranjeras? ¿Hay, acaso, documentos comprometedores con potencias extranjeras? ¿Hay compromisos contraídos con países de distinta cultura y de distinto interés económico?
El gobierno de la Revolución Libertadora dio este decreto, que llevo consigo este injerto infamante, por las condiciones en que fue dado, el articulo 28, pero no podemos olvidar que esto salio inmediatamente de emerger de los estamentos mas altos del Estado el equipo que encabezaron los actuales funcionarios Mario Amadeo y el de Pablo Pardo. De ahí surgió, evidentemente, el espíritu del artículo, en su origen. Sabemos que ellos fueron revolucionarios del 16 de septiembre, si, pero que pretendían mantener intacta la estructura del régimen totalitario depuesto, para, imponiéndole el sello de la Santa Cruz y la imagen de la Santísima Virgen, transformar eso en el falangismo español reproducido en la Argentina.
Hubo Junta Consultiva, que dijo lo que quiso y opino como pudo; pero el hecho cierto es que el gobierno de la Revolución Libertadora, pudiendo, no reglamento este articulo y, por ende, no se corrió en el país el riesgo de que el articulo fuera aplicado.
Sr. Garcia Veiga. — No lo reglamento, señor diputado, pero lo puso.
Sr. Casella Piñero. — Efectivamente. Y el sector sostenedor de este articulo y de sus variantes puede reprocharle al gobierno de la Revolución Libertadora este pecado. Pero el pecado ajeno no limpia de la propia culpa.
Si hay otro convenio de Bonn, si no hay documentos que comprometan, corrijamos el error de la Revolución Libertadora; no nos entreguemos a hacer imputaciones, que no son útiles, porque se vuelven meras censuras al pasado, en un levantar y bajar de telones, que también es causa de desconcierto y perturbación en el país.
Sr. Carrera. — ¿Me permite una interrupción el señor diputado, con el consentimiento de la Presidencia?
Sr. Casella Piñero. — Aquí, el diputado Carrera, que tiene una particular afección por mi (Risas), es un elemento también perturbador Pero autorizo la interrupción del señor diputado.
Sr. Presidente (Lopez Serrot). — Tiene la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Carrera. — Le voy a esclarecer el problema, si me lo permite el señor diputado.
El señor diputado dice que nosotros hacemos imputaciones con respecto a la existencia del decreto ley que trajo el problema de la universidad privada. Nosotros no hacemos ninguna imputación; es un problema que el país tiene de antaño y al que con ese articulo 28 se busco dar solución.
Sr. Casella Piñero. — El señor diputado esta entrando en el meollo de la cuestión.
Sr. Carrera. — En consecuencia, cuando nuestro partido asume constitucionalmente el gobierno de la Nación se encuentra con la vigencia de este artículo 28.
El problema de las universidades privadas estaba planteado para todos los partidos poli- ticos, incluso para el de la minoría, y dicha cuestión estaba contemplada en el programa del radicalismo del pueblo. Tengo aquí la declaración dada en sesión extraordinaria por el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical del Pueblo, del 15 de febrero pasado, con la presidencia del señor Manubens Calvet y de la que participaron, entre otros, los doctores Perette y Zavala Ortiz, en la que se dice: «El partido sostiene el cumplimiento de la ley 1.420, que ha servido al país y no ha malogrado el desarrollo de la enseñanza privada, tan útil a la vida cultural y tan necesaria en muchos aspectos para extender la acción educativa del Estado. En cuanto a las universidades privadas —decía Balbín, cuya declaración hace suya el con lite nacional— estimo que pueden ser un factor coadyuvante de primera magnitud para el progreso de nuestra técnica y nuestra cultura, y que no hay inconveniente en que se desenvuelvan como lo han hecho hasta el presente todos los otros establecimientos de enseñanza privada del país. Esto significa que el gobierno de la Unión Cívica Radical del Pueblo —en aquel entonces pensaba ganar la elección—...
Sr. León. — La acotación esta de mas.
Sr. Pozzio. — Ustedes todavía no habían firmado el pacto. (Risas.)
Sr. Carrera. — Nosotros ya teníamos ganada a elección el 15 de enero.
Decía el documento: «Esto significa que el gobierno de la Unión Cívica Radical del Pueblo, sin perjuicio de poner al servicio de la educación, en sus tres ciclos, todo el esfuerzo del Estado, ha de promover una amplia colaboración de la enseñanza privada, mediante la adopción de medidas adecuadas a tal finalidad. La libertad de ensenar y aprender, reconocida en la Constitución, no solo será respetada si no alentada: únicamente así, por los esfuerzos del conjunto del Estado y la iniciativa privada, podrán ser cubiertas las necesidades de la educación del país.»
Quiere decir que el radicalismo del pueblo, en el caso de que hubiera triunfado en las elecciones, hubiera tenido que abocarse a este mismo problema. Como ve, señor diputado Casella Pinero, no hemos creado el problema.
Sr. Bernasconi. — No crearon el problema, pero lo mencionan.
Sr. Pozzio. — Si hubiéramos sido gobierno, estaríamos en la misma posición que ahora
Sr. Presidente (Lopez Serrot). — Continúa en el uso de la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Casella Piñero. — Considero que la interrupción del señor diputado Carrera es inoportuna. Si hubiese tenido la paciencia de esperar unos minutos, habría podido colocar su interrupción en un momento perfecto de mi exposición, porque acabo de decir, lisa y llanamente, en el lenguaje corriente de la calle, que, en este país, cualquiera puede instalar escuelas, cualquiera tiene el derecho de elegir el aula y el maestro que quiera. De manera que ahí estamos totalmente de acuerdo. Y en cuanto a la existencia de los institutos privados de enseñanza, también estamos de acuerdo; pero es que el desacuerdo radica en otro asunto. Por eso, digo que el articulo 28 mantiene en este recinto su vigencia espiritual y su intención y su propósito, por mas que se le ofrezca formal- mente modificado.
El articulo 28 es un ataque, una lesión, un agravio a la universidad nacional.. .
Sr. Carrera. — Pero en la campana electoral no lo dijeron.
Sr. Casella Piñero. —... porque las universidades que se proyectan no estarán subordinadas a la universidad nacional sino que se las empareja con ella.
Sr. Domingorena. — No es cierto.
Sr. Casella Piñero. — Las universidades privadas, nonatas y sietemesinas, llegan emparejadas con la universidad argentina, con la universidad única de país, con la universidad nacional argentina.
Sr. Domingorena. — Hace tres días ustedes promovieron las universidades privadas en una declaración publica con motivo del acto que se realizo frente al Congreso.
Sr. Bernasconi. — Todos menos yo.
Sr. Casella Piñero. — Yo me estoy refiriendo a una cosa distinta. Aquí se sigue eludiendo el fondo de la cuestión. He sostenido, y lo sostengo, que el problema es otro.
Sr. Domingorena. — ¿Cual es?
Sr. Casella Piñero. — Es el que se ubica detrás de la formalidad del despacho de la minoría, porque se pretende emparejar, dándoles jerarquía legal, a las universidades privadas con la universidad nacional.. .
Sr. Domingorena. — En ninguna parte se dice eso.
Sr. Casella Piñero. —... en igualdad de derechos. Ese problema ha sido eludido por los sostenedores del despacho.
Sr. Domingorena. — Lea el proyecto, y lo analizaremos de inmediato.
Sr. Pozzio. — Ese es el último paso que ustedes han dado. Son mimetistas.
Sr. Casella Piñero. — No soy un hombre de disciplinas universitarias, ni conozco desde el punto de vista pedagógico y docente a la universidad. Lo poco que se de la reforma y de la universidad lo aprendí de Gabriel del Mazo. Ayer me preguntaba: ¿renunciara del Mazo?
La gente de la plaza del Congreso ya lo dio de baja el otro día en un impromptu juvenil, justo o injusto, pero espontáneo. Pero yo le debo gratitud a del Mazo, quien me enseño a conocer la medula de la universidad argentina y el espíritu esencial de la reforma. Quiero su renuncia para salvarlo en mi corazón y en mi confianza, para que no me defraude.
Sr. Carrera. — Quédese tranquilo el señor diputado, porque no va a renunciar.
Sr. Casella Piñero. — No quiero que se quede callado frente a este drama que vive la universidad argentina.
Sr. Carrera. — Esta seriamente enfermo; el señor diputado lo sabe.
Sr. Casella Piñero. — Aprendí de él mucho y mantengo, a pesar de todo, mi ilusión y mi esperanza.

—Varios señores diputados hablan a la vez.

Sr. Casella Piñero. — Lo poco que se de la universidad también lo aprendí de Luis Dellepiane, maestro sin cátedra, sin universidad privada, porque el era la universidad en si. Fue maestro sin aspiraciones administrativas; fue maestro de la sabiduría radical y del ingenio humano. También mucho aprendí de Emir Mercader, quien todavía anda luciendo con orgullo en su solapa la divisa morada de la reforma, que exhibió en su pecho juvenil en el año 1918. Lo poco que se de la reforma lo aprendí de ellos.
Sr. Carrera. — Muy desparejo el profesorado.
Sr. Casella Piñero. — Le pido al señor diputado Carrera, por quien siento gran estimación, que sea respetuoso conmigo y particularmente con quienes son mis amigos fraternales en la existencia argentina y radical. Ninguno de los tres merece la expresión reticente y agraviante del señor diputado Carrera.
Sr. Carrera. — Respecto del tema la expresión no es agraviante.
Sr. Casella Piñero. — Es agraviante, porque se trata de tres militantes universitarios y de tres combatientes preclaros de la Reforma. De manera, señor diputado, que ahórrese esas interferencias que, por otra parte, disminuyen un poco el asunto que estamos discutiendo y, de paso, lo disminuye al señor diputado y a mi, por extensión.
Sr. Carrera. — Quédese tranquilo; en absoluto.
Sr. Casella Piñero. — No nos disminuyamos, señor diputado Carrera. Le ruego que sea considerado, sobre todo con aquellos a quienes cito como amigos y como compañeros honrosos de mi modesta trayectoria política y civil.
Sr. Blanco. — Y que lucharon con disposiciones precisas en el momento de la verdad.
Sr. Casella Piñero. — Yo me entere de que la Reforma nació en la Argentina y se difundió por toda America.
Yo me enteré de que la Reforma nació en la Argentina y se difundió por toda América.
Yo supe que en la Argentina, la reforma, a la manera saturniana, como todas las revoluciones, devoró a sus propios hijos, no dio altos dirigentes políticos nacionales. Pero sí los dio para toda América. Quiero mencionar los que mi recuerdo y conocimiento relativo de todo esto puede brindar: Haya de la Torre, Mariátegui,
Luis Alberto Sánchez, Arciniegas, Lleras Camargo, Vasconcellos, Alfonso Reyes, Rómulo Gallegos, Juan Marinello, Siles Suazo, Paz Estensoro, Natalicio González -el de la vida cambiante, tornadiza, contradictoria, llena de pecados en su otoño-, Stefanich y el inefable Arévalo, de nuestra admiración. Todo esto dio para América la reforma de la universidad argentina, la del gobierno tripartito, la libertad de cátedra, las cátedras paralelas y la autonomía efectiva.
La universidad argentina ha sido objeto, en este recinto, de críticas acerbas, y de un análisis casi espectral, implacable, inexorable. Me parece verla ahí, en el suelo, aherrojada hecha pedazos, como si el país nada debiera a la universidad nacional que, inclusive, ha dado estos hijos capaces de volverse contra ella y estos nietos de la reforma que quieren devorarse la revolución universitaria.
He visto caer hecha pedazos a la universidad, criticada con un agudizado espíritu censor. He visto exponer aquí todos los defectos, los vicios y las camarillas que han frecuentado la universidad. Yo pediría a los severos fiscales legislativos de la universidad argentina que ficharan, ahora, a esas camarillas para saber donde están, los que nunca fueron reformistas; para determinar si están con la universidad nacional argentina o con las universidades privadas.
Hemos visto nombres ilustres que aparecen suscribiendo manifiestos en favor de las universidades privadas, hombres que integraban las «camarillas» que, según algunos diputados, fueron ludibrio de la enseñanza en la Argentina.
En este recinto ha quedado maltrecha y poco menos que agonizante la universidad nacional argentina. El hombre desprevenido puede pensar que hay que destruirla, que hay que destruir las ocho universidades argentinas, porque- a través de la reforma —aunque esta no ha llegado a ser todavía consagrada para el concepto estudiantil y cultural argentino— no ha hecho mas que daño a la nacionalidad y entonces hay que destruir ese foco de vicio y corrupción.
Sr. Uzal. — Eso no lo ha dicho nadie. No es exacto lo que manifiesta el señor diputado.

—Ocupa la Presidencia el señor vicepresidente 1° de la Honorable Cámara, don Enrique Mario Zanni.

Sr. Presidente (Zanni). — Ha vencido el término de que disponía el señor diputado por Buenos Aires para hacer uso de la palabra.
Sr. Uzal. — Propongo que se prorrogue el término.
Sr. Presidente (Zanni). — Si hay asentimiento, así se hará.

—Asentimiento.

Sr. Uzal. — Solicito que el señor diputado me permita una interrupción.
Sr. Pozzio. — ¡Era interesada su indicación! (Risas.)
Sr. Casella Piñero. — Es casi un negocio, pero no tengo inconveniente en permitir la interrupción.
Sr. Presidente (Zanni). — Tiene la palabra el señor diputado por la Capital.
Sr. Uzal. — Sin recoger todas las manifestaciones que el señor diputado por Buenos Aires esta haciendo en tono patético...
Sr. Casella Piñero. — Es que el problema es dramático, y es tan importante que sobre este asunto quieren hablar como cincuenta y tantos señores diputados.
Sr. Uzal. — El debate se realizaba dentro de un clima de serenidad, y ha sido perturbado por el señor diputado.
Sr. Casella Piñero. — Me alegro de haber hecho perder esa serenidad, porque el problema es perturbador.
Sr. Uzal. — El señor diputado Tessio, colega de banca del señor diputado Casella Pinero, se refirió, como otros miembros de mi sector, a la crisis de la universidad, y no autorizo una interrupción que yo deseaba hacer con una cita del libro de del Mazo.
Del Mazo se refiere a la reforma y a los movimientos de contrarreforma, el primero que tuvo lugar en 1922, durante la presidencia del doctor Alvear, y el segundo en 1930.
Sr. Casella Piñero. — Y este, que se produce cuarenta años después de la reforma.
Sr. Uzal. — Los hombres que estudiamos los problemas del país, y en especial los miembros del Congreso, tenemos que comprender que estamos haciendo el análisis de esa reforma y de esos movimientos, y lógicamente no podemos decir que nos encontramos en el mejor de los mundos. Con la mayor objetividad hacemos nuestro juicio. Queremos la reforma concibiendo a la universidad ideal, pero nos manejamos con una universidad real a la que queremos llevar hacia el ideal.
Sr. Pozzio. — ¿Por eso los muchachos estudiantes le piden a del Mazo la devolución del manifiesto?
Sr. Uzal. — Estamos haciendo el progreso a esas camarillas enquistadas en los movimientos de contrarreforma del 22 y de septiembre del 30.
Sr. Presidente (Zanni). — Continúa en el uso de la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Casella Piñero. — Supongo que el propósito de los acerbos censores ha de haber sido tan saludable como ha sido de agria la censura; pero supongo, también, que los jóvenes rebeldes recogerán los pedazos dispersos de la universidad argentina para reconstruirla en mármol y en onix, cuarenta años después de la reforma del 18, de la que se enorgullecen todos los viejos y los nuevos combatientes por la libertad de la cultura nacional.
Continuando con mi pensamiento y ti atando de ordenarlo, debo agregar que yo hubiera podido permanecer impávido —yo, hombre no universitario— frente a ese análisis destructivo, a esa crítica, a esa censura, frente a esa especie de cruel vivisección de la universidad argentina; si no hubiese ocurrido esta otra cosa: estamos discutiendo universidad nacional argentina y universidad privada. Ya he dicho que hay agravio en cuanto se pretende emparejarlas, y se me contesta que no. Pero, aquí, se ha hecho la demolición analítica de la universidad popular de la Republica, de la universidad de todos. Y, por otro lado, no se ha explicado ni se ha hecho el examen, ni se ha dado la prueba de la eficacia, la suficiencia y la eficiencia de que puedan estar dotadas las universidades privadas, que yo denomino nonatas o sietemesinas en el quehacer argentino.
Se ha pretendido descalificar a la universidad argentina en beneficio de la universidad privada. En lo unilateral del análisis esta la confesión de parte. No se ha demostrado en manera alguna la eficacia de las universidades privadas.
Sr. Uzal. — Se les va a dar la oportunidad.
Sr. Casella Piñero. — Absolutamente. Aunque estemos todos concordes en que quien enseña, de cualquier manera, ayudara al país.
Sr. Uzal. — La Universidad del Sur también era nonata.
Sr. Casella Piñero. — La Universidad del Sur es una expresión de la universidad argentina, nada más. ¡Como nos vamos a engañar con palabras! La Universidad Nacional de Buenos Aires, la de Córdoba, la de Tucumán, la de Cuyo, la del Litoral, la del Nordeste, la del Sur argentino son, en definitiva y en esencia, la universidad nacional de la Republica, en extensión federalista, que es donde se fusionan y funden los espíritus y las almas de todos los argentinos.
Sr. Uzal. — ¡Que hermoso esquema mental!
Sr. Casella Piñero. — No vamos a parcializar lo nacional. Universidades de la Argentina son las ocho de que dispone la enseñanza superior en el país.
A través de la reforma, del esfuerzo de la reforma, del influjo enardecedor de la reforma, según mi estimación, la universidad nacional se convirtió en la fragua para gestar “el pensamiento y la aptitud libertadora en el plano de la emancipación mental” Lo aprendí de del Mazo.
Todo ello busco plasmar la integración orgánica de la nacionalidad, y en pleno apogeo de la personalidad humana realizar el milagro de “crear hombres enteros y hombres americanos” con el solo y sagrado común denominador de lo argentino en la Republica.
Ya lo había dicho Sarmiento a su manera un poco bárbara, Ricardo Rojas, con su cristalina claridad, y el mismo Ortega y Gasset, el de la inquietante sutileza expositiva. La universidad es, antes que ninguna otra cosa, un ámbito, un clima nacional. Se decía, ayer, que la universidad eran los alumnos. Los alumnos ponen el gran basamento humano, pero el menosprecio por los profesores no cabe aquí. No se puede renegar del maestro, que tiene un sentido predeterminado desde hace dos mil anos, para los países de civilización occidental. El maestro es aquel que enternece aun las horas y las inquietudes mentales o espirituales de media humanidad, la que alienta todavía al cristianismo. El maestro dotado de una categoría espiritual, moral y absoluta en la personalidad humana, desde hace mucho tiempo hasta hoy, tiene una función monitora.
En el clima argentino de esta universidad nacional que esta formada, evidentemente, por emanaciones de la historia, por fluidos casi telúricos, por fuerzas inmanentes, es donde debe lograrse el hombre liberador de influencias exóticas y colonialistas.
Es un clima humano, determinado por la con- vivencia fraternal de los alumnos y la presencia monitora de estos profesores. Ámbito común de la argentinidad; crisol de razas, religiones, ideo- logias e intereses, que se funden en la patricia neutralidad universitaria.
No se puede atentar contra todo esto. Esto no puede ser enervado sin cometer pecado nacional  de herejía. Y ello no debe ocurrir ni aun por oposición o por competencia arbitraria y desintegra- dora. Los títulos solo pueden ser otorgados por la universidad nacional o por su intermedio.
Si pusiéramos el oído en el hueco de la caracola de la historia, escucharíamos los rumores de la gran epopeya nacional reclamándonos que no frustremos el esfuerzo de tantas generaciones, malogrando la consecución de una comunidad unitaria en lo espiritual e intelectual. Este es, para mí, el fundamento sagrado, el signo intocable e intangible de la universidad nacional; la fragua, la reunión en unidad, en solidaridad, en fraternidad, sin diferenciaciones de todos los habitantes del país.
Yrigoyen, fundando diez o veinte mil escuelitas laicas y decenas de institutos secundarios oficiales por dentro y por fuera del presupuesto; creando universidades nacionales para glorificar con ellas el genio colectivo del país, nos esta marcando el rumbo desde su inmortalidad y desde su vivencia permanente en el espíritu radical y auténticamente libertario.
No nos podemos engañar. Las universidades privadas serán confesionales e ideológicas, es decir, sectarias, divisionistas y beligerantes. Ahí esta el gran riesgo argentino, el albur peligroso de la nacionalidad que todavía se esta realizando en plenitud.
Yo no puedo, con mi manera emotiva de interpretar todos los problemas de mi país, substraerme a ciertas reflexiones sentimentales, aparentemente sentimentales. Y digo: No separemos al muchacho católico, que anda con su libro de horas bajo el brazo, del muchacho judío, que conoce los secretos del Talmud y de la Torah; no apartemos al rubio y resplandeciente mozo nórdico, en cuyos ojos suele brillar todavía el mito de Odín, del cobrizo y opaco coya, en cuya alma siempre estremecida se agita todavía la ancestral creencia en Pacha Mama. No los separemos; dejémoslos juntos en la fragua; todos en conjunción, porque en esa armonía de razas, creencias y costumbres radican todas las posibilidades de definitiva realización nacional y de consagración del hombre argentino que todos buscamos desesperadamente y que se insinúa vibrante en la Reforma de la universidad nacional, es decir, en el hogar común del pensamiento argentino.
Yo no quiero ni abrir siquiera el silabario de Ricardo Rojas, su índice de Restauración nacionalista, para no caer en anatema respecto de los institutos privados. Lo cito porque se han dicho aquí muchas cosas contradictorias y se han hecho interpretaciones capciosas del pensamiento de grandes hombres de la Republica. Ayer, un diputado exegeta de Ricardo Rojas, que hizo la exaltación de su personalidad un día de mayo en esta Cámara, que hizo también el elogio y el panegírico de tres obras suyas, entre ellas la Restauración nacionalista, dijo aquí respecto de las escuelas y de las universidades privadas absolutamente todo lo contrario de lo que Ricardo Rojas sostiene en Restauración nacionalista.
Hay que leerlo, hay que verlo, hay que oír ese grito desesperado del maestro impugnando, anatematizando —el si con suprema autoridad— a los institutos privados del país, explicando que es verdad como en la mayoría de los institutos privados se realizaba una educación contraria a la conciencia y al espíritu argentino y nacional.
Sr. Carrera. — ¿El señor diputado comparte esa opinión? Es lo que quiero saber.
Sr. Casella Piñero. — Se diferencian mucho las universidades privadas. Los señores diputados convendrían conmigo que si es verdad que cada instituto educacional tiene un espíritu y una filosofía determinada, las universidades privadas la tendrán distinta, unas serán católicas, otras protestantes, otras mahometanas, otras judías, otras serán las universidades del imperialismo, del monopolio, del liberalismo...
El pensamiento de Alfredo Palacios ha sido mencionado aquí en cuanto a que universidades privadas de los Estados Unidos de Norteamérica son simplemente laboratorios para fabricar sirvientes de los intereses de sus sostenedores financieros. No queremos en la Argentina sirvientes de ningún interés exótico o extraño, de ninguna secta beligerante, de ningún imperialismo dominador. A través de la universidad nacional, depositaria por encima de todo, de la cultura superior en la Argentina, queremos «hombres enteros» según la interpretación de Gabriel del Mazo, salidos de esa fragua glorificadora del pensamiento nacional.
Sr. Uzal. — ¿Me permite una interrupción el señor diputado?
Quiero decir al señor diputado, por encima de esa visión apocalíptica que ya nos tiene un poco atemorizados...
Sr. Casella Piñero. — Si los atemorizo en minima parte, habré logrado mis propósitos, porque crecí que los señores diputados que sostienen otra cosa y que se oponen a esta interpretación se equivocan.
Sr. Uzal. — Quiero decirle, por encima de todo, que comprendo la buena fe que le inspira al hablar como esta hablando; y sabe el profundo respeto que le tengo, por encima de estas ironías que podemos intercambiar, en estos serpentinazos, todos los días en la Cámara.
Quería expresarle que se me hace mas serio para el país y peligroso, la enseñanza primaria porque en las escuelas de la enseñanza primaria el maestro trabaja con una materia maleable, como el escultor con la arcilla entre los dedos, y puede formar o deformar al niño. Incluso, podríamos llegar —extendiendo las cosas— hasta el ciclo secundario. Pero a un muchacho de veinte años, que llega como bachiller o maestro a una universidad, no lo van a deformar así nomás.
Así como Aristóteles decía: «amigo de Platón, pero más amigo de la verdad», creo que a un muchacho de la facultad de filosofía de una universidad privada le pueden ensenar a Spencer, pero no lo harán materialista; le enseñarían Comte, pero no lo harán positivista.
Le preguntaría al señor diputado si no estamos habituados a ver que chiquilines que fue- ron monaguillos en su infancia y estuvieron luego en escuelas secundarias religiosas en su pubertad y adolescencia, han sido —ya hombres— los mas liberales e independientes por su pensamiento.

—Varios señores diputados hablan simultáneamente.

Sr. Cortes. — El señor diputado por Buenos Aires cito a Alfredo Palacios, como oponiéndose a la universidad privada.
Sr. Casella Piñero. — Lo mencione simple- mente reproduciendo informaciones de Palacios sobre la función que desarrollan ciertas universidades de Estados Unidos.
El señor diputado Parodi Grimaux hizo la mención expresa de las universidades norte- americanas que abogan por los trusts, o por el monopolio, etcétera.
Sr. Cortes. — Si me permite el señor diputado...
Quiero darle un dato ilustrativo. Es de una asamblea en que fue fundada la universidad libre de Buenos Aires. En el diario «La Prensa» leo la información pertinente. Dice que «en una asamblea convocada por los siguientes profesores universitarios: Alfredo L. Palacios, Alfredo Calcagno, Francisco Romero, Horacio Rivarola, Nerio Rojas, Nicolás Besio Moreno, Eusebio Gómez, Nicolás Romano, Agustín Álvarez, Max Biraben, Enrique Díaz de Guijarro, y otros se decidió fundar la universidad libre de Buenos Aires, haciéndose la siguiente declaración»...
Sr. Casella Piñero. — Ayer fue leída en el recinto.
Sr. Cortes. —- Lo interesante es hacer resaltar lo que estos señores dicen para la fundación de la universidad libre.
Dice esa declaración: «La fundación de la universidad libre es una exigencia de la hora actual en nuestro país, como consecuencia del alto nivel alcanzado por la cultura nacional en todas las disciplinas intelectuales, en las ciencias, las humanidades y las artes. Es un movimiento por el desarrollo y la expansión do los estudios superiores, inspirado en los ideales permanentes de la Nación, con prescindencia de cualquier política que no sea el mantenimiento de la democracia, por medio del respeto di los fundamentales derechos del hombre, especial- mente la libertad de ensenar y aprender.»
Sr. Casella Piñero. — «De enseñar y aprender»; pero no de otorgar títulos habilitantes, lo que es distinto.
Sr. Cortes. — Estoy extrayendo estas titas del diario de la Convención Nacional, en cuyo seno el señor convencional Amado —a quien ustedes deben conocer— defendió este aspecto de la universidad libre.
Sr. Puricelli. — No era de la representación radical.
Sr. Cortes. — La representación radical también lo hizo.
Sr. Lopez Aguirre. — Había una universidad anarquizada, que no era libre.
Sr. Storani. — ¿Ahora estamos en una dictadura, acaso?
Sr. Cortes. — No, señor diputado; y justamente, si me permite, esa es la consideración que quería hacer.
Sr. Storani. — Se trataba de la única defensa contra la dictadura.
Sr. Cortes. — Precisamente, aguardaba que se me hiciera esa observación para aclarar un concepto que ha quedado un tanto obscuro en esta Cámara.
Esta declaración no tiene, en manera alguna, conceptos de orden transitorio, sino que, por el contrario, se trata de muy amplios y fundados conceptos de carácter permanente, como es el que acabo de leer, cuando afirma que se promueve la fundación de nuevas instituciones «como consecuencia del alto nivel alcanzado por la cultura nacional. No se refiere aquí a una época determinada. Más adelante también se habla, refiriéndose al alto nivel del estado de las ciencias y del desarrollo de las humanidades y las artes, que hace necesaria la creación de esos institutos. Vale decir, que en esas expresiones se hace referencia a la situación cultural del país, y no a un momento político determinado, ni a la trayectoria política.
Eso es lo que quería significar; y discúlpeme el señor diputado Casella Piñero si soy tan extenso en esta interrupción.
Sr. Perette. — Ya le voy a contestar, y le demostrare que no nos acompaña ninguno de esos hombres.
Sr. Cortes. — En la misma Convención, el diputado Albarracín Godoy, que entiendo era el miembro informante de los radicales del pueblo…
Sr. Pozzio. — Era el presidente del bloque y su comprovinciano.
Sr. Cortes. — Si, es mi comprovinciano; pero eso no viene al caso, porque no pertenecía a mi partido. Esto establece una gran diferencia.
En la universidad de Mendoza, que fue avasallada por el comité demócrata nacional, tenemos también profesores que son comprovincianos, pero que nada tuvieron que ver con la reforma y lo que ella significa para la cultura del país.
Sr. Puricelli. — Mas que una interrupción, eso es un discurso.
Sr. Cortes. — Cuando en la Convención de Santa Fe el «bloque del centro», o sea el integrado por el Partido Demócrata se retiro, diciendo, entre otras cosas, que el retiro obedecía al hecho de que la representación radical se había opuesto a los institutos de educación de carácter privado, el presidente del bloque radical, señor Albarracín Godoy, sostuvo en aquella oportunidad, según consta en la pagina 1558 del Diario de Sesiones, que lo manifestado acerca del monopolio estatal de la enseñanza era también falso. En ninguna parte del despacho de la mayoría —expreso el doctor Albarracín Godoy— se dice que la enseñanza ha de estar exclusivamente a cargo de reparticiones de los Estados nacional o provincial; no hay una sola cláusula que afirme la 'posibilidad de que la enseñanza sea impartida exclusivamente por este tipo de escuelas; no hay ninguna frase que prohíba la enseñanza en escuelas privadas o escuelas religiosas.
Sr. Presidente (Zanni). —La Presidencia ruega al señor diputado por Mendoza que sea breve, porque aun faltan treinta oradores. (Risas.)
Sr. Pozzio. — Anótelo al señor diputado, señor presidente. (Risas.)
Sr. Cortes. — No es tan importante el tiempo en este momento, si creemos que estamos dilucidando un problema tan fundamental para el país. Aquí lo que se afirma es que los títulos deben ser expedidos por las universidades nacionales; pero debe admitirse que ha sido sostenida con palabras señeras la posición contraria, de que también puede emitirlos el Estado.
Sr. Presidente (Zanni). — Continúa en el uso de la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Casella Piñero. — Estaba recordando, recordando, señor presidente, las menciones he- chas por Palacios respecto de ciertas universidades privadas en los Estados Unidos; de como cumplen sus tareas educativas y formativas ciertas universidades financiadas por intereses privados; como se enseña en ellas la técnica de los trusts; como se prepara para el imperialismo, para el monopolio y la hegemonía. No voy a reproducir esas declaraciones, porque ya el señor diputado Parodi Grimaux las ha citado con oportunidad y con elocuencia.
Se han hecho citas respecto del llamado ejemplo norteamericano. Yo creo que de la educación, sobre todo en los sectores superiores, impartida en los Estados Unidos, todos nosotros sabemos muy poco. Me gustaría que algún entendido me explicara, por ejemplo, cual es la función que cumple el «college» en relación con la universidad. De esa explicación resultaría claro que los sistemas y estadios de la educación integral norteamericana no son coincidentes con nuestros estamentos educacionales. No tienen absolutamente nada que ver.
A pesar de la creencia tan difundida de que en Norteamérica forman inmensa mayoría los institutos superiores y universitarios privados, en un libro de no muy vieja edición en la Argentina, Educación y libertad, el ilustre presidente de la Universidad de Harvard, James Bryant Conant, dice cosas muy interesantes respecto de esto y demuestra que, en lo que respecta a los «colleges» —eje de la enseñanza superior— el 90 por ciento de la población estudiantil asiste a las escuelas publicas, el 8 o el
9 %  a institutos privados confesionales y que el 1 o 2 por ciento a establecimientos privados no confesionales.
Pero lo importante no es el informe meramente estadístico o numérico; lo importante es el juicio que el presidente de la Universidad de Harvard enuncia en su libro. Lo pone bajo el signo, estimado por muchos norteamericanos, de la igualdad de oportunidades para todos los jóvenes. Es una formula de expresión democrática y libertaria. Y dice: «Las escuelas publicas deberían ser, en lo posible, escuelas donde jóvenes de muy distintos ambientes (de estos distintos ambientes argentinos reunidos en la universidad nacional argentina) y perspectivas, compartan una experiencia común.»
Esta reclamando Conant la unidad cultural, estudiantil y pedagógica en los Estados Unidos de Norteamérica.
Y agrega después: «El concepto de la educación como proceso social combinado con la fe en la idea de democracia y de unidad nacional lleva a la conclusión de que lo ideal es una es-cuela general de primera categoría.
En otros párrafos habla de la incidencia que tiene la segregación racial en los Estados sureños de como perturba, de como crea estados de división en el espíritu norteamericano.
Y en otro capitulo posterior refirma sus conceptos y dice que la falta de unidad educacional en los Estados Unidos de Norteamérica atenta contra la unidad y la solidaridad nacional.
Se han citado también declaraciones de la ONU sobre los derechos humanos. La declaración del 10 de diciembre de 1948, por ejemplo, que dice que la igualdad de acceso a los institutos superiores debe ser asegurada, otorgando a los padres derecho preferente de escoger el tipo de educación que habrán de dar a sus hijos. Yo digo que esta proposición de la ONU se invalida en su primer periodo para su aplicación a la Argentina, porque había de igualdad de acceso a los institutos superiores del ámbito universitario nacional, pero no hay, no puede haber igualdad de acceso —sobre todo si el país no subvenciona a los institutos privados— para todas las clases sociales de la Republica a las universidades privadas. Esa amplísima posibilidad de acceso que ofrece la universidad nacional argentina.
Se ha discutido si este es o no un problema religioso. Yo creo que no es un problema religión. He visto a muchos católicos militantes, a muchos católicos prácticos, en los mítines y en la congregación realizada los otros días frente al palacio del Congreso en favor de la universidad nacional. Aquí están diputados cato- licos defendiendo la hegemonía de la universidad argentina.
Sostengo que este no es un problema religioso; que no hace a la fe. Desde lo recóndito de mi esperanza, sueno con que, en cualquier lugar de la Republica, en un rincón serrano y humilde del país, aparecerá un día de estos, en el pórtico de alguna capilla centenaria y semiderruida, un fraile de tosco sayal y recio bordón, abriendo sus brazos en cruz, sonriendo candoroso y seráfico a la infinitud del hombre, «mínimo y dulce Francisco de Asís», repitiendo para esta hora de la Republica y para que ella sepa que no es un problema de fe, que no es un problema de religiones aquello que en la iglesia matriz de Catamarca dijera, el 9 de julio de 1853, para ponerle el sello de su propia bendición a la Constitución Nacional y a sus dictados sobre la enseñanza misma, aquel otro mínimo y dulce, fray Mamerto Esquiu: «A nombre de esta religión sublime y eterna os digo, católicos: someteos. Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios.»
Y finalmente —y perdónenme que termine; con esta advertencia personal—, luego de refirmar que las universidades o institutos privados solo pueden funcionar subordinados a la universidad nacional argentina, digo que, en una autentica democracia, es peligroso estar contra la opinión del país y esta ha sido expresada claramente por lo popular de la Republica.
Desde esta banca, quiero manifestarle al viejo amigo y actual ministro de Educación y Justicia: «Cuidado, viejo amigo; cuidado, ministro de la Nación: no pierda la serenidad ni el equilibrio; suya es la mayor responsabilidad en esta hora argentina. La represión de la algarabía y la algarada, del disturbio y la grita, puede convertirse en el primer error grave de su cometido, en el drama agitado del país. De la suerte de un solo estudiante, de un solo muchacho universitario —de la universidad nacional, para ahora y para siempre—, o de un estudiante secundario, dependen la tranquilidad y la seguridad o la violencia y el caos.»
Este artículo 28 es un documento girado contra el porvenir de la Republica. Lo anulamos para la felicidad popular en la Argentina.
Por ganar una fácil escaramuza no perdamos la batalla final por la paz y la libertad, que solo pueden lograrse en el ámbito de la universidad nacional argentina, en conjunción patricia, en unidad fraterna y en solidaridad humana. (¡Muy bien! ¡Muy bien! Aplausos. Varios señores diputados rodean y felicitan al orador.)


























Fuente: Debate de la Ley de Enseñanza Libre" (25 de septiembre de 1958)

No hay comentarios:

Publicar un comentario