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domingo, 12 de enero de 2014

Ricardo Balbín: "Replica a Arturo Frondizi" (15 de febrero de 1957)

Está allanado el camino para que desde muchos ángulos del pensamiento representativo, con apreciaciones y juicios afines a contradictorios, los hombres puedan entregar su pensamiento.
Esta abierto en este país, largo rato silenciado, una vibrante deliberación que los hombres maduros habíamos olvidado y los jóvenes no conocieron nunca.

Ya es bastante que el pueblo de la Republica haya recuperado este instrumento natural y legitimo de su esclarecimiento. Todo esta en que sepamos orientarnos en su proceso. Vivirlo con fe y con honradez para superar la confusión. Nadie espera, desde luego, unanimidades de tono, de estilo, siquiera de intención. Habrá choque de ideas, de pasiones, de sentimientos de ese conjunto que los hombres usan para virtud y para lo no virtuoso. La historia y la política son creaciones humanas densas y no problemas puros de la imaginación. Tendrán acceso a esta viva asamblea de la opinión nacional –ya lo estamos viendo—palabras diferentes, distintas en su exterioridad sonora y en su entraña silenciosa.

Para programar el futuro argentino se opondrán concepciones e intereses, ensueños y cálculos. Para enfrentar la realidad presente del país, por los hombres y por núcleos, se tomaran posiciones criticas diversas a las cuales se habrá llegado –nadie lo dude—lo mismo por el camino de las convicciones que por el camino de la especulación. Esta revolución que juzgamos, pero que también vivimos, tendrá que arrastrar en su torbellino a leales y desleales protagonistas. Habrá quien la defienda para salvarla y quien para usufructuarla; habrá quien la ataque para enmendarla y quien para destruirla.
Creo que hay que salvar esta revolución para que sea la última y poder reconstruir la Nación. Por eso la prestigio en cuanto a su finalidad patriótica y la critico con lealtad, porque de su éxito depende el futuro venturoso del país. Si se la niega por conveniencias circunstanciales y en su contraposición se adula al resentimiento, marcharemos por caminos pocos claros y decididamente propicios a la inseguridad social. No se puede negar que de un modo u otro la casi totalidad de los hombres de la militancia política argentina, están o han estado vinculados a hombres de la revolución. En lo que a mi respecta no niego la circunstancia, pero si ello puede poner en duda el deseo que tienen y tengo de ver normalizado mi país, exhibo para la justa apreciación mis esfuerzos y mi desinterés que siempre están depositados en el seno de la voluntad soberana de mi partido.

Además el radicalismo para saber que estas luchas no son de ambiciones tiene que nutrir su convencimiento en hechos claros y para que la juventud fortifique su fe es preciso abrirle caminos de austeridad para que elabore lo real de la vida y no se deje alcanzar por planteos que la adulan, pero no la educan. Hay que comprender que la dictadura depuesta relajó todos los resortes morales del país. Necesario resulta entonces el esfuerzo de repararlo. Si así no se procede todo será engaño, especulación y mentira, todo resultará inseguro e ineficaz para el país.

La discrepancia entre la dictadura y la libertad exigió un planteo ético en torno al hombre durante la lucha de la resistencia, no se puede entonces en la hora de la reconstrucción, confundir afirmaciones porque de este modo se malogra la comprensión leal y todo se reduce a un simple negocio electoral. Me dirijo entonces al país como afiliado a mi partido; en mi condición de argentino que no ha permanecido ajeno a los episodios –trascendentales o no—de los últimos 35 años de la vida del pueblo y del radicalismo.

No invoco otro titulo que es de afiliado a una agrupación cívica que me honró acogiéndome en su seno y sigue honrándome a tanta distancia de mi definición cívica. No la exhibo por humildad. Es el que mas quiero de cuanto pude poseer. Muchos otros me dieron mis conciudadanos generosamente, algunos extraordinarios por su distinción y responsabilidad. Pero a este de afiliado a la Unión Cívica Radical, lo elegí yo, en un acto de vocación. Muchos lo poseemos así, es un sello en el alma y no una firma en un registro, una actitud de la fe y no un pacto contractual revocable. Ninguna potestad jurídica nos lo puede quitar mientras no la renuncie nuestro espíritu o lo dilapide nuestra conducta. Nadie no lo puede inhibir siquiera por un rato, mucho menos cancelarlo definitivamente e irrevocablemente.

Desde esta jerarquía de afiliado va mi mensaje: por eso lleva implícito la más alta responsabilidad de que me siento capaz. Tendrá que ser recogido como expresión natural de mi espíritu. Nunca aprendimos a hablar para nuestro pueblo –de sus cosas, de sus inquietudes y desvelos, de sus ensueños y preocupaciones; de su ayer. De su hoy y de su mañana – como contempladores de un fenómeno de una categoría exterior a nosotros mismos. Para los radicales, el pueblo, no es algo que se mira, se valora y se protege como exterioridad, el pueblo somos nosotros mismos, esa totalidad que sufre y sueña, que protagoniza su quehacer y su destino en cuya entraña sentimos, pensamos y vivimos sin retacear problemas colectivos. Nunca aprendimos a trepar para contemplarlo desde arriba y dejarle hacer frases tutelares, sentimientos de amparo y protección. El pueblo es para nosotros, sujeto de la contingencia creadora en cuyo nudo dramático estamos todos apretados y no objeto de una terapéutica concebida desde observatorios, formulada desde gabinetes, engendrada, en suma, fuera de su matriz histórica. Lo que no haga el pueblo no se hará de él, lo que el pueblo diga no se dirá por su cuenta. Todo lo que precisa es claridad para pensar y escoger, seguridad y paz para la tarea, una honrada docencia alimentada desde su propio seno, que juegue limpiamente como estimulante de sus nobles energías creadoras.

Conozco por dentro, bien intimimamente, los procesos internos del radicalismo. Tanto los que desembocan en los movimientos y en las luchas por las ideas, como los determinados por las ambiciones humanas y a las subalternas luchas de hombres. Se de donde ha venido cada radical notorio, por que se fue, por que regresa dando adhesiones. Se cuando y como es posible identificar la palabra sobrecargada de ambición, la actitud prematura y divisionista, la tesis con que vanamente, se intenta recuperar la perdida tranquilidad de conciencia.

La táctica de atribuir pensamientos, ideas, actitudes intenciones arteramente fabricadas para colocarse a si mismo en una determinada trayectoria de servicio popular o en devoción de un programa es nada mas que eso; una táctica  no una permanencia posición moral y del espíritu. La táctica es el uso oportunista de los medios: puede ser mantenida, modificada o reemplazada por otra, según convenga. La posición ética, la concepción fruto del respeto a los supremos y no negociables valores de la sociedad humana, lo permanente es la conducta. Implica una conducta.

Y quien la tiene la exhibe sin que ella le de derecho a deformar o a negar la del semejante.
En nuestro partido ha existido siempre un pensamiento de fondo: es el que lo define como una fuerza al servicio del pueblo. Radicalismo es democracia interna; fue, es y seguirá siendo lucha contra los monopolios capitalistas, contra todas las formas de privilegio; radicalismo es reforma agraria, educación popular, acción antiimperialista y reforma universitaria; es defensa y promoción de los derechos económicos de los trabajadores; es derecho de huelga y organización gremial; es salario real y asistencia social; radicalismo es justicia y libertad en todas sus expresiones; es defensa del patrimonio y soberanía nacional.

El programa del partido, entonces, sus ideas, su finalidad y su fe doctrinaria son inherentes a su existencia, nadie se inscribió en la Unión Cívica Radical para hacerlo un programa: todos cuantos la integran lo eligieron por su anterior contenido, de ahí que ninguno puede ser su único depositario, si no que como postulado –para bien del país—permite que lo cumpla cualquiera de los integrantes que para tal fin haya destacado la voluntad expresa de sus componentes. Por eso hay que decir que el programa radical es respeto y solidaridad con las instituciones civiles y militares de la República: es política de industrialización, desarrollo y defensa y protección cuando es necesaria de la iniciativa industrial argentina, es paz interior y definición contra la guerra; es solidaridad con los pueblos de América y del mundo, y auspicio y contribución al triunfo de las causas mas nobles del espíritu humano, es de todos los radicales. Al sostener que solo una parte de el es depositario de su cumplimiento, se cae en la jactancia. La jactancia engendra el egocentrismo, y el egocentrismo es vientre propicio para la dictadura.

Pero además hay que destacar que lo social, lo económico, lo educacional, todo cuanto se refiera a la exhibición racional del país y al íntimo sentido del orgullo nacional, para el concepto del radicalismo no descansa exclusivamente en la letra de sus enunciados sino que se afianza en las conductas. Doctrina sin honradez no es doctrina, puede ser un peldaño y nada más.
Nosotros nacimos como partido, con esa irrenunciable vocación con ese limpio programa de fondo que contempla la seguridad del hombre, su educación, su libertad, sus derechos económicos y políticos.

En nuestro partido, en la Unión Cívica Radical, como en nuestro país y como en la mayor parte de los organizaciones políticas del mundo democrático, han penetrado, penetran y seguirán penetrando corrientes que reflejan la cambiante política mundial y los episodios fundamentales en la vida de los mas antiguos pueblos de la tierra. Podríamos señalar nítidamente las corrientes totalitarias, absolutistas, a través de hechos, procedimientos, ideas y hombres.

Esa mentalidad totalitaria –por ser tan fuerte e inquebrantable la repugnancia de lo argentino al despotismo—necesita crear horizontes artificiosos para trazar ante el pueblo una densa cortina de humo que le ocultan el conocimiento y la verdadera visión del problema. Esa misma mentalidad queda traducida y concretada también por la aspiración de convertirse en depositarios exclusivos y excluyentes de ideales patrióticos referidos al bienestar y la felicidad del pueblo.

Toda observación o crítica transforma a quienes la formulen en enemigos del país. Denuncio con energía esa posición como totalitaria y cesarista, acompañada por la mejor ciencia política y el análisis de acontecimientos contemporáneos, muy cercanos en el tiempo, en el país y en el mundo.
Creemos que hay dos modos de pensar en cuanto nos referimos a la posición radical frente al totalitarismo y al comunismo internacional; creemos que puede haber dos o mas modos de pensar en cuantos a los derechos de todos los sectores para permanecer dentro del partido, salvando cada uno su independencia de criterio y exigiendo a todos claridad en el planteo de sus convicciones, para servir con lealtad la orientación del afiliado en los debates democracia en el país y en el mundo.

Pero lo que no existe, son dos posiciones, ni dos conceptos diferentes referidos al programa partidario, sobre todo, respecto a un programa, tan nuestro y sentido, por aquellos que lo elaboramos con nuestro trabajo y nuestra argentina preocupación. Afirmación probada por la circunstancia que se mantienen para la actualidad los mismos postulados que sirvieron de base a la campaña presidencial de 1951 y la posterior de 1954. Sobre la base de estos conceptos se ha promovido la necesaria reorganización de la Unión Cívica Radical. Lo haremos con limpieza, para la opción definitiva de los afiliados, sin acuerdos ni combinaciones electorales y sin pactos públicos ni pactos clandestinos.

Convocaremos a todos los radicales y ciudadanos de buena voluntad al registro común para que, elaborado con honradez, pueda promoverse el proceso de su estructuración orgánica y de la elección de sus hombres para los cargos representativos, sobre la base del voto directo. Esta obra tiene la garantía de nuestras vidas puestas al servicio de la Unión Cívica Radical y que el país conoce. Nos acompaña el pensamiento de Alem y esta junto a nosotros la obra creadora de Yrigoyen.

Atribuirnos designios antiargentinos y antipopulares cuando nuestra trayectoria y la de todos los afiliados radicales no es otra cosa que una permanente militancia al servicio del pueblo, es incurrir en recursos que evidencian la falta de fundamentaciones serias y honradas. Si se supone que hay traidores al bien del pais necesario es conocer sus nombres para que en su propio sitio los sepulte la decencia argentina. Durante nuestra tarea no eludiremos la predica ni la critica y repetiremos ante el gobierno de la revolución que es indispensable en esta hora difícil del país, no comprometer potencial alguno de la riqueza argentina, reservada a la legislación normal de la Nación; que debe seleccionar asesores económicos para trabajar sobre la realidad argentina preservando la vida y el desarrollo decoroso de los trabajadores; buscar con afán caminos que lleven a la liberación integral de inconvenientes gremiales, ya sea de las personas o de sus instituciones, sancionar el abuso patronal y custodiar celosamente los costos de vida para que resulte eficaz el salario que debe siempre sobrepasar los márgenes de presupuestos de vida.

En mi marcha no renuncio a la amistad. Me afirmo en ella porque es base de toda creación. Sin amistad todos seremos enemigos, dentro o fuera de los gobiernos. La enemistad no ayuda al trabajo o el trabajo se realizara siempre entre rivales. Por eso es que me siento amigo de todos los radicales, absolutamente de todos y en mi condición de combatiente por la democracia me siento amigo de todos los hombres de mi país colocados al servicio de la superación, de la justicia y de la paz de la Nación. Mi afecto no alcanza al saboteador y lo niego a los negociadores de la decencia argentina o de los intereses fundamentales de la Nación. Afirmo, por ultimo que hay que combatir al escepticismo. Se advierten en el país mayorías ansiosas por construir. Se debe tener confianza.Frente a la crisis de la moral levantemos las potenciales de la fe. Hay que estar seguros que la buena obra será cumplida.





























Fuente: Declaración radial del Dr. Ricardo Balbin en Radio El Mundo con motivo del discurso que pronunciara el Dr. Arturo Frondizi tras la División del Radicalismo, 15 de febrero de 1957.

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