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jueves, 9 de enero de 2014

Anselmo Marini: "Debate de la Ley de Enseñanza Libre" (29 de septiembre de 1958)

Sr. Presidente (Zanni). — Había solicitado la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Marini. — Señor presidente: cuando no prospero la moción de orden del señor presidente del bloque de la mayoría, la Cámara entro a abocarse al tratamiento de este asunto.
La consideración de los asuntos tiene fijado un orden tradicional, de acuerdo con las disposiciones del reglamento de la Honorable Cámara: en primer lugar, hablan los miembros informantes y, luego, los representantes de los bloques, solicitando después la palabra muchas veces otros oradores. Señalo al señor diputado Carrera en forma amable mi sorpresa al haber introducido en el debate, inmediatamente después de escuchado el informe del miembro informante de la mayoría de la comisión, la moción que ha propuesto.
Sr. Carrera. — Yo simplemente me anote.
Sr. Marini. — Pero estaba en su ánimo proponer la moción de orden de pasar a cuarto intermedio. El discurso que ha pronunciado no estaba en sus cálculos, porque resulta la consecuencia de algunas manifestaciones que había hecho el miembro informante de la mayoría. Pido que se tenga en cuenta este episodio, que no es normal en el desarrollo de un debate. La verdad es que la Cámara había dispuesto entrar a considerar el asunto, y era lógico esperar los discursos de los demás miembros informantes y la palabra de los representantes de sector. Si el señor diputado Carrera consideraba urgente e importante la indicación de pasar a cuarto intermedio, no debía hacerla antes de escuchar los demás informes.
Tenemos que ser realistas. No voy a dramatizar sobre este asunto, dado que la votación de esta moción no solo termina con el sino con la actuación de la Honorable Cámara en lo que resta de este periodo parlamentario. El señor diputado sabe que en este momento no hay quórum en el recinto y que su moción esta destinada a resolverse en un levantamiento de sesión.
Sr. Carrera. — Si se llama para votar, puede ser posible que se logre quórum.
Sr. Marini. — Por decisión de mi sector fui designado como único orador para plantar la posición sobre este problema, por lo que podría introducir, un poco de contrabando, mi discurso. Me apena que después de no haber hecho uso de la palabra, tal como lo hubiera deseado, en el debate en general del proyecto, cuando se considero en este cuerpo, no pueda hacerlo en esta oportunidad. Es un derecho legítimo que reclamo. Quiero dar mi opinión sobre este asunto que ha de servir en algo al esclarecimiento de nuestra posición.
Con relación a el se han expresado muchas cosas que han inducido a error. Al respecto creo tener un pensamiento claro. Ya tendremos tiempo, señor diputado Carrera y señores diputados de la mayoría, de estudiar con amplitud el problema planteado cuando se debata la ley universitaria. Allí se podrán expresar los conceptos que se tengan con relación al problema de la educación.
En definitiva, la mayor parte del sector de la minoría —aun no tengo bien hecho el recuento— no esta en contra de las universidades privadas. Si lo estuviera, estaría en contra de la Constitución Nacional.
Sr. Carrera. — Y de su propio partido.
Sr. Marini. — Y de mi partido, que no ha hecho otra cosa que interpretar lo que dice la Constitución Nacional.
Todos hemos dicho en este recinto que esta asegurado en la Constitución el derecho de; enseñar y de aprender.
Sr. Schweizer. — ¿Me permite una interrupción el señor diputado?
Sr. Marini. — Si, señor diputado.
Sr. Presidente (Zanni). — Tiene la palabra el señor diputado por Santa Fe.
Sr. Schweizer. — Indudablemente, la referencia del señor diputado se refiere a una postura franca y decididamente contraria a la sostenida por el diputado que había.
Discrepo con la interpretación del señor diputado, porque el enunciado de las garantías y derechos indicados en el articulo 14 esta condicionado, como todos los demás, a las leyes que reglamenten su ejercicio. En este asunto de saber quien es mas reformista, como ya lo he expresado, existen matices que van desde la extrema derecha a la extrema izquierda en el campo de la reforma. Mientras unos estudiamos el asunto con relación a los aspectos políticos, económicos y sociales, otros se circunscribieron al campo puramente universitario.
Estimo que la postura que yo he adoptado es la correcta. En un pueblo nuevo que recepciona corrientes inmigratorias provenientes de todos los ámbitos del mundo, no es posible entregar la formación de una cultura o conciencia nacional a corrientes extrañas, cuando el Estado aun no ha logrado concretarla en un sentido definido. Por eso no creo posible la existencia de una sola universidad privada hasta que no se desarrolle la conciencia nacional en toda plenitud.
Sr. Presidente (Zanni). — Continúa en el uso de la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Marini. —Señor presidente: todo lo que no esta prohibido, es lícito y esta permitido. Pero se ha planteado un problema equivoco que no hace a la existencia de una institución de enseñanza privada, sino que se relaciona con facultades que se vinculan con la concesión de títulos habilitantes. Ese era el criterio del artículo 28, tal cual estaba redactado en el decreto 6.403/55, que lo entregaba a una reglamentación. Nosotros, por las razones que ha indicado en este momento el señor diputado Schweizer, y por las muy fundadas que se expusieron desde el sector de la Unión Cívica Radical del Pueblo, entendemos que a esta altura del acontecer argentino, no puede entregarse a una universidad privada la facultad de otorgar títulos habilitantes.
En la historia de la educación, de todos los tiempos, desde la paideia griega, desde la humanitas romana, y luego, en su paso, a los pueblos germanos —con su especial sentido de la educación impartida a través de la gimnasia y la música, tendiente a formar el espíritu caballeresco—, o desde las humanidades del renacimiento, se tuvo en cuenta la formación del espíritu nacional, que nosotros, mas que nadie, tenemos la obligación de cuidar.
La verdad es que la universidad es una institución de espíritu científico, que debe estar
independizada del Estado y de las religiones, de la Iglesia y de todo otro poder. Por eso, se equivocan quienes hablan de monopolio estatal, cuando plantean el problema desde el punto de vista de la reforma universitaria, que reclama la autonomía y la autarquía de la universidad, a fin de independizarla de toda influencia de tipo político, para ser lo que debe ser: un conjunto magnifico de profesores, egresados y estudiantes. Estos tres factores deberán estar unidos en el afán permanente de ir elaborando la concepción de la universidad democrática al servicio de los grandes intereses nacionales, que permitan la emancipación del hombre y el desarrollo de su poder creador. Por esos ideales, se realizo la revolución universitaria de 1918, que permitió a los estudiantes recorrer los países de America y decir que, a los estudiantes argentinos los había besado en la frente un aleteo de libertad. Era una voz de emancipación que se levantaba aquí, en las tierras argentinas; era una verdadera revolución , que buscaba la transformación de los sistemas para llegar a la autenticidad terrígena, como ha dicho algún autor, a la autenticidad nacional, para independizarnos del espíritu de colonia, del espíritu extranjerizante, para que no fuéramos como una especie de toldería tendida en las márgenes del puerto a la espera de los bajeles extranjeros que habrían de traernos la cultura que debíamos adoptar.
Estoy de acuerdo con el señor diputado Schweizer sobre la oportunidad, pero más que nada...
Sr. Schweizer. — No puede estar de acuerdo conmigo, porque yo no acepto la universidad privada.
Sr. Marini. — ... quería decir que todo este asunto vinculado con la forma en que pueden actuar las universidades de tipo privado, tenia que ser la consecuencia de un estudio, de un examen y un análisis en que se tuvieran en cuenta todas las opiniones argentinas.
Nosotros estamos en el trance de elaborar la ley universitaria. Era allí, entonces, o con otra ley paralela, donde debíamos fijar nuestros puntos de vista. Pero no es posible que vengamos a emparchar un decreto ley que pertenece originariamente, al señor Dell' Oro Maini, y colocar dentro de ese decreto ley —que deberemos luego reemplazar por una ley universitaria— el principio que acuerda la posibilidad de existir, de vivir y de actuar a la universidad privada.
Sr. Spangenberg. — ¿Me permite una interrupción el señor diputado, con permiso de la Presidencia?
Sr. Marini. — Si, señor diputado.
Sr. Presidente (Zanni). — Tiene la palabra el señor diputado por Santa Fe.
Sr. Spangenberg. — Aunque en cierta manera ha pasado la oportunidad, deseo señalar al señor diputado que, efectivamente, la reforma universitaria dejo afirmado un concepto de autonomía de la universidad. Naturalmente, en países como el nuestro, donde la sociedad todavía esta constituida por distintos estratos de capacidad social y económica también diferente, el Estado tiene una función niveladora, una función transformadora. Es lo único que, con este estado de cosas, podemos hacer nosotros para producir una transformación que sea lo mas incruenta posible.
Por lo tanto, la universidad, que debe cumplir también en el ámbito de la cultura una función social muy importante, tiene que ser una universidad estatal. Esto no significa que deba sostener las ideas del gobierno de turno, pero significa, si, que el Estado, en manos democráticas, le ha de proporcionar la garantía y la seguridad necesaria para que la universidad en autonomía científica y docente, ejercite dicha función social y transformadora.
Sr. Marini. — Y en autonomía financiera, que es muy importante. Si la universidad tiene los recursos que necesita en virtud de leyes que garantizan su permanente contribución, podrá desarrollar todos sus altos y nobles fines sin tener- inconvenientes ni preocupaciones, que es lo que ha venido ocurriendo durante tantísimos años.
Entiendo, señor presidente, que este es un problema de gran trascendencia. Y lo es, por una sola y simple razón. Nosotros, como he tenido oportunidad de señalarlo, hemos actuado siempre en esta Cámara con criterio de bloque. Siempre la línea política marcada por los bloques daba por anticipado el resultado de la votación. Pero ahora hemos roto los marcos y los esquemas de los bloques, aquí y allá, porque nos hemos alineado según viejas y queridas convicciones: unos, alentando siempre, sin ningún desfallecimiento, los caros ideales de la reforma universitaria, y otros, sin abdicar, sin claudicar de esos principios según su intima convicción, pero virando hacia otro lado, lo que a mi juicio es una defección de los principios de la reforma universitaria, si es que alguna vez la alentaron en su corazón.
Sr. Parodi Grimaux. — ¿Me permite una interrupción el señor diputado?
Sr. Marini. — Con mucho gusto, señor diputado.
Sr. Parodi Grimaux. — Me parece que aquí se esta olvidando fijar con claridad un concepto. Se ha sostenido que el problema de las universidades privadas no esta relacionado con los principios de la reforma universitaria, y dicho eso así resulta verdaderamente absurdo.
El problema de la reforma universitaria esta estrechamente vinculado no solo a la existencia de las universidades privadas, sino que también a la de las propias universidades estatales. Tanto es así que fue un movimiento emancipador que se promovió contra la reacción, el oscurantismo y la intolerancia que estaban guarecidos en estas últimas.
Por eso, todo cuanto hoy tienda a darle armas a las fuerzas reaccionarias, significa una posición contraria a los principios reformistas, ya sea que esos elementos de poder sirvan a las universidades privadas como a las estatales. (¡Muy bien!; ¡Muy bien!)
Sr. Marini. — Lo que acaba de señalar el señor diputado Parodi Grimaux, cuyos antecedentes reformistas son bien notorios, puede merecer la aprobación de todos los que están en esa misma corriente reformista.
En definitiva, señor presidente, se tratan de un problema de legislación, atendiendo, por sobre todas las cosas, a los altos y fundamentales intereses del país.
Estaba diciendo que si este problema ha transfigurado la formación de la Cámara y roto los moldes de los bloques, es porque tiene algún sentido profundo y hondo. De eso se trata. Tenemos la obligación de salvar aquello que Ricardo Rojas llamaba el alma de la argentinidad. Decía días pasados que el alma de la argentinidad ha estado siempre presente en nuestra historia patria, porque el pueblo nuestro, en épocas duras y difíciles, compuesto en su formación étnica por gauchos iletrados y conducido por caudillos violentos, fue muchas veces superior a sus próceres e impuso su voluntad en las grandes jornadas de nuestra historia.
Se ha dicho que el país no pudo organizarse hasta que no se constituyo sobre bases federales. El país no pudo organizarse hasta que no se dio su instrumentación jurídica que aseguraba su adhesión definitiva a la democracia representativa y federal. Y nunca hubo problemas de tipo confesional que entorpecieran el rumbo cierto del andar argentino, como no lo hay en este caso, y cualquiera que quiera introducirlos estaría colocando en un plano falso a la cuestión. Todos los grandes sacerdotes que actuaron en las gestas de la independencia sirviendo al país, lo hicieron antes que nada como argentinos y adscritos a la gran causa argentina. Algunos, como Justo Santa María de Oro y Gorriti, lo hicieron inclusive en disidencia con las orientaciones del Vaticano. Algunos llegaron a tener problemas de cismas y cayeron en excomuniones. Sin embargo, cuando hoy recordamos a esos sacerdotes ilustres, nosotros y los hombres de la Iglesia los consideramos grandes patriotas y olvidamos que debieron ser juzgados en ese momento como heresiarcas. Es que siempre priva el gran espíritu nacional, que tan bien cuidaban las viejas culturas helénica, romana, de la Edad Media, del Renacimiento y de los tiempos modernos, porque ese es el espíritu permanente que hace que un pueblo tome su personalidad. Así como nosotros no queremos a individuos abstractos, todos iguales, sino que queremos ver al hombre que se impone y sobresale por su jerarquía y talento, también queremos ver a las naciones que marchen hacia su destino, empujadas por hombres que tengan comprensión del desarrollo de un gran espíritu nacional. Por eso digo que es una pena el sesgo que ha tornado este debate. Estamos definitivamente de acuerdo con la derogación lisa y llana del artículo 28 del decreto nacional 6.403. Vamos a reiterar el voto que dimos en la primera sanción. No creemos oportunas las reformas introducidas por el Senado ni aun en el caso de que ese cuerpo haya mejorado el proyecto que sostuvo la minoría de la comisión en el primer tratamiento. Entendemos de ese modo que damos ocasión de pacificar al pueblo que ha reclamado en su gran mayoría, insistentemente, esa sanción. Si al tratar la ley universitaria, a través del intercambio de opiniones surge algún espíritu para dar estructura legal al sistema de las universidades o de las instituciones privadas de enseñanza, prevalecerá el criterio de la mayoría, y como criterio de la mayoría deberá ser aceptado por el pueblo argentino. Pero nosotros tenemos que ser sensibles a una mayoría que esta en la calle, clamando por los grandes principios de la reforma universitaria como clama por la libertad en su concepto amplísimo, en su sentido creador, en su sentido jerarquizador del hombre.

Digo, repitiendo alguna vieja figura, como en la manida frase de Benedetto Croce: «La historia es la gran aventura de la libertad». También Thiers nos ha dicho que hay una sola palabra que tiene jerarquía tan eminente como para ser equiparada y colocada al lado de la libertad: esa palabra es la gloria. Nosotros trabajamos para unir en este instante la libertad con la gloria; la gloria de haber superado un momento difícil de la Republica; gloria de haber hecho efectiva la comprensión de viejos ideales de la reforma universitaria que, en definitiva, postulaba lo que se esta clamando en la calle, la libertad de enseñanza, que fue uno de los postulados fundamentales de la reforma universitaria. Gloria de poder unir al pueblo argentino sin sectarismos, sin estamentos sociales distintos, sin limitaciones injustificadas. Eso únicamente lo puede dar la universidad oficial —para darle algún nombre— que actúa en el ambiente argentino con los principios que le insuflara la reforma universitaria. Por eso digo que nosotros habremos alcanzado tan altas ilusiones e ideales si derogamos el artículo 28 y cumplimos con la vieja finalidad de dar a este país el sentido y la forma que hagan emancipar al hombre y lo preparen para construir en paz y felicidad la grandeza de la Republica. (¡Muy bien! ¡Muy bien! Aplausos.)




















Fuente: "Debate de la Ley de Enseñanza Libre" (29 de septiembre de 1958)

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