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miércoles, 7 de agosto de 2013

Luis León: "Debate de la Ley de Enseñanza Libre" (25 de septiembre de 1958)

Sr. Presidente (Decavi). — Tiene la palabra el señor diputado por la provincia de Chaco.

Sr. León. — Señor presidente: reconozco que los tonos diversos, y que los apasionamientos también de colores diversos de este debate, mueve» el optimismo de mi participación. Pero también me voy a poner bajo la advocación gracianesca que ayer reclamaba la señora diputada Baigorria, en la pretensión de ser muy breve, como calidad posible de mejor bondad.

Quince horas lleva esta Cámara debatiendo este asunto trascendente para el país. Se ha buceado en viejas filosofías y se han recorrido viejas universidades, se han pisado los salones de Oxford y el ladrillo dorado y rojo de Salamanca, se han mencionado autores extranjeros y se ha hecho hablar a hombres del país y a libros de dentro y fuera de la Republica.

Yo no voy a hacer una sola cita porque prefiero a los hombres que hablan como libros, hacer hablar a los libros con la pasión de los hombres. Quiero sujetar mi pensamiento con exclusividad a la realidad de mi país y votar por la universidad que quiero.

Si algo faltara para afirmar que en la Argentina —y esto es alentador— seguimos defendiendo con fe, con fuerza, nuestras ideas y nuestra argumentación, bastaría el hecho dado de que una declaración presidencial y un proyecto buscando una derogación han permitido mover a las grandes muchedumbres nacionales.

Esta es una hora justa y cierta para las grandes definiciones del país.

Creo que este tema es trascendente y por eso, aunque brevemente, no quiero que quede fuera del Diario de Sesiones mi pensamiento que es la expresión de la parcialidad chaqueña que represento.
Mi partido y el que habla, han tornado rumbos definitivos en esta cuestión: el rumbo que tiene leño del viejo tronco sarmientino, que ha sido capaz de llevar al país a esta unión nacional, solidaria, y afirmar la tolerancia histórica de la Republica. Tolerancia histórica, marcada por viejas leyes como la 1.420 y la ley Avellaneda, que han permitido crear esta gran Nación con una universidad por encima de los credos, por encima de las razas, por encima de las filosofías y por encima de todas las diferenciaciones.

Esto no es ni puede ser un fenómeno religioso, y quienes quieran hacer jugar este problema como un fenómeno confunden y juegan torcido, perturbando el proceso de nuestra discusión.
Aquí se acaba de decir que se ha hecho de esto un problema religioso, y que el comité nacional de nuestro partido, a pesar de su afirmación, le marca ese sentido. Bastaría leer la definición octava de la declaración del comité nacional para afirmar que nosotros, los legisladores de la Unión Cívica Radical del Pueblo, hacemos de esto un problema de legislación y un problema de rumbo y de posibilidad argentina, pero no un problema confesional.

Dice así la declaración: «Siendo este un problema de legislación y no religioso, los diputados nacionales de la Unión Cívica Radical del Pueblo votaran por la derogación del articulo 28 del decreto ley 6.403».

Y aquí estamos cumpliendo el mandato de nuestro partido, que no es nuevo, porque viene desde ayer en el proceso histórico de la Republica. Esto que tratamos es una definición frente al país. Yo me ubico mirando al país de ayer y de hoy, pero lo estoy soñando para mañana, en esta mi definición. Y veo en ese sueno un país educado, en que las nuevas generaciones pueden hacerse de sus conocimientos en los libros abiertos de todos los pensamientos y de todos los idiomas. Tengo la ilusión de que si algún dogma tiene que imperar en la Republica sea con exclusividad el dogma del patriotismo y del amor. El dogma del patriotismo, marcado por nuestra historia; y el dogma del amor, el humilde, fraterno y democrático que marcaba Jesucristo en el sermón de la montaña, y no el del amor fanático, brutal e intolerante de los Torquemada de la historia.

¡Libertad de enseñanza! ¡Claro que nosotros estamos con la libertad de enseñanza! Pero queremos que esa libertad signifique libertad de cátedra y libertad para poder enseñar. Durante muchos años estudie en un colegio religioso del país, y recuerdo que en ese colegio, a muchachos de diez y doce años se nos hacia celebrar la revolución del seis de septiembre, porque estaba una posibilidad económica jugando con el gobierno fraudulento de aquel entonces.

¿Como explicarían la muerte de Galileo Galilei los profesores de una universidad católica?
¿Tendrían los profesores de una universidad marxista libertad para criticar las purgas del régimen soviético? ¿O tomando un poco tangencialmente un problema de actualidad, yo preguntaría si en una universidad privada financiada por la CADE se permitiría en este instante la crítica a las sociedades mixtas?


No niego el derecho a la organización de universidades independientes, pero solo podrán dar títulos académicos y no habilitantes, porque nosotros queremos la unidad educacional, para que no se fomente el fanatismo en la Republica y se creen disensiones en la familia argentina.
Este es un problema de política educacional que merece nuestro esfuerzo y nuestro acierto al servicio de una legislación que tiene que calar hondo en el alma nacional.
Contaba vez pasada el rector de la Universidad de Buenos Aires en la Comisión de Educación, que en alguna universidad que menciono, todo lo que se enseñaba de Kant se reducía a que era un filosofo descreído.

Sr. Hernández Ramírez. — Es inexacto. En las universidades católicas se enseña no solamente a Kant sino a todas las corrientes filosóficas, incluso la de Marx.

Sr. León. — Si quiere seguir hablando, le cedo la palabra. (Risas.)

Sr. Hernández Ramírez. — Solamente quería rectificar lo que acaba de exponer.

Sr. León. — Lo he escuchado atentamente; y me extraña que un hombre religioso, que debe ser tolerante, no tenga paciencia para escucharme. (Aplausos.)

—Manifestaciones en la barra.

Sr. Presidente (Decavi). — La Presidencia advierte a la barra que le esta prohibida toda serial bulliciosa de aprobación o desaprobación.

Continúa en el uso de la palabra el señor diputado por Chaco.

Sr. León. — Como reformistas tenemos que abrir las puertas del conocimiento para la gran universidad popular argentina y para la ciencia, que esta siempre por encima de las religiones.
Ni Buda, ni Jesucristo, ni Mahoma, ni Confucio, deben presidir los rigores siempre crecientes del conocimiento humano. Y en Argentina, los que menos debieran jugar su poder somos los católicos, pues al ser nuestro país, de una gran mayoría de católicos hijos de esa religión, no podemos hacer jugar nuestra mayoría para sacar ventajas legales al servicio de nuestro credo confesional. (¡Muy bien! ¡Muy bien!)

Este es un problema de cultura, cultura que se agranda con la diversificación de nuestra meta. Argentina tiene una cultura. Claro que la tiene. Pero nosotros queremos intensificar el proceso autentico de la cultura nacional. Debemos superar el ciclo europeizante que marcaban los compases del rococó de la vieja oligarquía que manejaba las universidades argentinas.

Hay que mover la fisiología de lo cultural, revitalizando y expandiendo nuestra agilidad con el suero azul y blanco de nuestras generaciones reformistas. Nuestro deber, señores diputados, esta en afianzar ese sentido vernáculo. Y hablo de deber porque la desaparición del mismo implica la desaparición de la cultura, según Stamber.

Hay un hecho nuevo, maravilloso, en este instante en el país. Ya no se dan las viejas luchas del estudiantado contra el profesorado, hecho cerrada oligarquía en su comando. Hoy están unidos los pies claustros de la Republica en gran mayoría para empujar el hecho nuevo de una universidad al servicio de lo nacional.

Universidades de todas las zonas del país, la del Sur, la del Litoral, la de Córdoba, la de Cuyo, y la nueva de mi tierra, Chaco, la del Nordeste, son la afirmación de un regionalismo que se suma al servicio de la unidad histórica de la Republica.

En el árbol del proceso cultural y educativo, la universidad debe ser el gran tronco interpretativo de nuestra forma de vivir, de pensar, de proyectarnos y de emanciparnos.

Recuerdo que alguna vez alguien dijo que el siglo de oro de España estaba hecho con el oro de America. Por eso digo también de emanciparnos, porque eso es una afirmación reformista. Tenemos que crear el concepto cultural, porque en la unidad de las nuevas generaciones del país, ninguna potencia extranjera, ni de occidente ni de oriente pueda hacer su siglo de oro con las riquezas de la Republica. Por encima de los grupos y de los intereses debemos reivindicar nuestros principios argentinos, que no son otros que los de la unidad y de la libertad: no la libertad metafísica ni mesiánica, sino la libertad que se plasma con los valores espirituales de hombres y estudiantes con olor a nuestra tierra, que todavía tiene las pupilas castigadas de tanto sonar con la frustración de America española.

Quiero, y voy a votar porque lo siento con limpieza: mi determinación se junta a la determinación defensiva de nuestra autenticidad educacional. Esa es nuestra fuerza y si esa fuerza espiritual de lo autentico se debilita nada menos que en función de nuestro estudiantado, desaparece en ese mismo instante la mejor frontera contra todas las invasiones culturales extranjerizantes.

La universidad es la universalidad, y esa es la voluntad general y ética que debe tener el Estado donde se afirma la posibilidad ilimitada y universal al conocimiento perfeccionador del hombre y de la sociedad. Los institutos privados que vamos a fomentar, lo haremos a través de una ley en la que se jueguen todas las posibilidades y todos los postulados, pero resguardando nuestra tradición.
Pongamos voluntad a nuestra causa que viene retumbando todavía con el grito de los estudiantes, que hace pocos días llegaron a la plaza del Congreso con el violeta, afirmando una revolución que hay que hacer al servicio de la justicia popular.

Señores diputados: consideramos un despacho que supera nuestra posición partidaria, rompe nuestro propio apasionamiento y destruye la programática idealista. Haremos un destino o cortaremos un rumbo que viene y que tiene que andar con nosotros.

Hecho nuevo, dije, en que los alumnos y rectores están en solidaridad trabajando para el pueblo nuestro, formado en la conjunción de todas las razas, los credos de la inmigración y los idiomas de la civilización. Desterremos los privilegios y pongamos con todas nuestras fuerzas las posibilidades en la gran escena argentina; que el rico y el pobre integren en democracia un país que se agrande de abajo para arriba. Democracia, dije, porque nuestro país vive la vocación y la pasión de andar en democracia, porque somos fieles del espíritu democrático.

A qui vinieron a nuestra tierra todas las razas del mundo y tuvimos la dicha maravillosa de que dejaron las ideas totalitarias allá, en la vieja Europa. No vino el polaco a envenenarnos de monarquía; vino entonando en sus labios las potabilidades rebeldes de la polonesa. No vino el italiano tenido en camisas negras: llego pensando en Garibaldi y Mazzini, y con esas ideas se absorbió a la democracia de la Republica. No vino el español con la humillación humana de Franco: llego hablando el idioma universal y justo del glorioso don Quijote. Se fundieron en buen crisol y Argentina fue creciendo. Esa es nuestra formación y nuestro rumbo.

Señores diputados: muchas veces la victoria política no significa la victoria en lo ideológico, en lo cultural. Roma destruyo a Grecia, pero la paideia griega influyo la posterior conducción romana.
Quiero votar por una afirmación, así, dicha con esa pasión de un hombre que siente la reforma y siente la posibilidad de una gran universidad que empareje a los pobres, sin fomentar la vanidad de los ricos.

Quiero votar esta afirmación por la unión nacional. Votemos esto para arriba, a lo grande, con la idea de posibilitar una suerte nacional creada por el pensamiento libertador de una Argentina hecha en la solidaridad.

Voy a votar esta derogación por eso y por mucho más. Voy a votar porque no quiero la pasión fría de Hegel, de que hablaba el señor diputado Domingorena. Deseo la universidad y la universalidad que empareje al hombre y a la mujer, no que divida; que enorgullezca a todos. Una universidad con sentido social y con ideal perdurable de libertad, defendida con la pasión capaz de crear la belleza que surge de la lucha. Quiero ver la universidad con los muchachos de la generación del 45, encerrados en las cárceles por defender la moral argentina —y saludo la pasión de los muchachos de la reforma, que vinieron a decirnos frente al Congreso que el país tiene asegurado el futuro democrático.

Con autonomía empujemos una universidad hecha con vida. No puede ser la universidad un esqueleto: debe tener cuerpo, sangre y alma. Alma que se forme en el entrechoque de todos los enfrentamientos.

Por todo esto, dicho con mi mejor criterio argentino y de representante del pueblo, votare por la derogación. No para negar las privadas,  sino para afirmar mi fe y mi convencimiento de que la universidad reformista, hecha con alma, cuerpo y sangre de nuestra tierra y nuestro hombre, es la posibilidad cierta para una Nación Argentina poderosa en su unidad e invencible en una cultura para la fraternidad, el patriotismo y la libertad, que son la mejor pedagogía y la gran política educacional. (¡Muy bien!; ¡Muy bien! Aplausos.)























Fuente: Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina

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