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miércoles, 3 de julio de 2013

Liliana N. del Boca: "Yrigoyen no es un mito" (1986)

Félix Luna, en su libro "Conflictos y armonías en la historia argentina", recoge este comentario: "A Yrigoyen los radicales lo han llenado de polillas. Desde que se hicieron dueños de su memoria y la convirtieron en materia obligada de sus congregaciones anuales en la Recoleta, desde que sus manes inmarcesibles nutren sus efusiones oratorias, don Hipólito se nos puso rancio y su imagen póstuma nos ha quedado injustamente asociada a una idea de cosa anticuada, anacrónica".

Nada mas inexacto; en 1986 la presencia de Yrigoyen en la política argentina sigue siendo algo vivido y palpitante. Para mi, don Hipóito es un ser de carne y hueso que rescato de los recuerdos de mi infancia. En efecto, mis abuelos —don Antonio Gayoso y dona Luisa Gil— ambos españoles, integrantes de ese ciclo hispano de inmigrantes, que conjuntamente con el ciclo itálico produjeron un fenómeno espiritual: el que Albino Pugnalin denomina la versión argentina de la latinidad , en las largas sobremesas me fascinaban con los relatos sobre don Hipólito: el político romántico que enfrentó en duelo a don Lisandro de la Torre y le obligo a llevar barba por las heridas inferidas; el belicoso comisario de Balvanera; el presidente altivo que no se doblegó ante las más importantes potencias de su tiempo; la tarde aciaga de setiembre en que una turba enardecida destrozo su humilde vivienda; su defensa ante la Justicia que realizó en su destierro en la isla de Martín García; la multitud acongojada que acompaño sus despojos mortales al cementerio de la Recoleta . No me sorprende que la juventud de su tiempo haya sido atraída por ese político, tan distinto en su actuar a sus predecesores, cuando una niña que todavía no sabia leer ni escribir, prefería las historias y anécdotas de don Hipólito a los cuentos y entretenimientos propios de su edad, narradas por dos extranjeros que idolatraban al caudillo radical.

A Hipólito Yrigoyen mas que como a un mito habría que considerarlo como la gran esperanza para muchos argentinos, en especial para la juventud, que no podía entender las componendas políticas y aspiraba a que su sufragio fuera respetado y no desnaturalizado como ocurrió hasta 1912.

Albino Pugnalin, señala que Hipólito Yrigoyen misterioso y apologético, era ya, antes de ser exaltado a la presidencia de la Republica en 1916, no el guerrero en busca de fama, ni el estadista de moralidad oportunista, sino que, para las imantadas y adivinadoras nuevas muchedumbres argentinas formadas por gentes de todas las estirpes, Yrigoyen era el hombre del destino para llevar a ese pueblo a la tierra prometida...

Marcelino Ugarte, Lisandro de la Torre, Juan B. Justo e Hipólito Yrigoyen fueron, según Pugnalin, las figuras representativas de la vida cívica argentina a partir de 1912. Marcelino Ugarte, representaba la tendencia evolucionada del saenzpeñismo; Juan B. Justo con la bandera roja al tope, representaba la dinámica lucha de clases de la revolución internacional del socialismo, y para Hipólito Yrigoyen, como el mismo lo expresara, "su militancia fue la expresión de un desagravio al honor de la Nación" y su "credo el de la restauración de su vida moral y política". Yrigoyen con estas palabras defendía la libertad y pureza del sufragio, cuyo incumplimiento determina las abstenciones radicales en los comicios, y la soberanía argentina ante cualquier país del mundo por poderoso que este fuera. Y lo cumplió con creces. .

Para Roberto Etchepareborda, Yrigoyen fue el exponente de- una época de la vida argentina: la de la transición de la política bravia, casi de montonera, a la del amplio juego de la libertad. Dirigiendo sus pasos a esos altos objetivos. Por más que se intente, por más que se quiera encontrar errores en su conducción política o falencias en su labor de estadista, nadie podrá negar los ideales por los que estaba inspirado.




















Fuente: Arturo Frondizi "Historia y Problematica de un Estadista" Tomo III El Politico su actuación en la UCR (1930-1957), 1986.

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