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miércoles, 17 de abril de 2013

Francisco Barroetaveña: "Debate sobre la Ley de Aduana" (9 de noviembre de 1894)


¿Es constitucional convertir los derechos de importación, en un medio proteccionista, y de protección elevada? ¿Nuestra Constitución, en sus grandes lineamientos rentísticos y económicos, consagra alguna de las escuelas o principios que rigen la producción en el mundo? ¿Consigna disposiciones en favor del libre cambio o del proteccionismo? Y resuelto este estudio primordial: ¿en dónde está la conveniencia nacional?
Porque, fuera de los grandes principios consignados en la Constitución, del interés fiscal y de los intereses del pueblo consumidor, no comprendo cuál sea la conveniencia acional que autorice la subsistencia de tarifas elevadas, que si, como decía el señor miembro informante, han producido alarma en las dos grandes industrias del país, la agrícola y la ganadera, también han ocasionado serios perjuicios a una clase numerosísima de nuestro país, a la clase consumidora, que ha padecido las consecuencias de ellas en la elevación del precio de los artículos de primera necesidad, por la protección exagerada a ciertas industrias que se desarrollan aquí, protección que ha excluido de nuestro comercio los artículos similares extranjeros, permitiendo a la industria nacional elevar los precios desde el momento que alejaba toda concurrencia.
Estudiando la Constitución y los principios económicos expuestos en la Constituyente al sancionar nuestra Carta, leyendo la obra fundamental del doctor Alberdi, llego a esta conclusión: que la República Argentina debe fundar su sistema arancelario, su sistema de leyes rentísticas en los principios de la libertad industrial, en el libre cambio, en la libertad comercial, que se encuentra ofrecida y garantida en más de uno de los artículos de la Carta fundamental, y que se presentan como el desideratum para el engrandecimiento económico de nuestro país.
Aquellas vistas tan trascendentales del doctor Alberdi, han tenido la clara visión del porvenir, del desarrollo de la nación; y así, señor presidente, por olvidarse estos principios esenciales de nuestra Carta, por olvidarse los precedentes históricos de nuestro país, se ha llegado a una tarifa arancelaria exorbitante, prohibicionista, respecto de ciertos artículos, perjudicando seriamente al pueblo consumidor y las grandes industrias ganadera y agrícola, exponiéndonos, como todo el mundo lo sabe, y lo ha recordado el señor ministro de Hacienda, a una guerra de tarifas, a una hostilidad internacional contra los productos de la ganadería y de la agricultura.
No tengo por qué ocultar a la Cámara con cuál de los dos grandes sistemas económicos simpatizo.
Declaro, con franqueza, que simpatizo con el sistema del libre cambio; pero, dado el desarrollo de las industrias protegidas en nuestro país, comprendo que no se puede pasar bruscamente de un proteccionismo tan exagerado, al libre cambio completo, sino que debe irse a ese rumbo gradualmente, pero con firmeza.
Quiero dejar establecido también que siento, como todos, satisfecho mi sentimiento nacional al ver desarrollarse en nuestro país industrias que elaboran productos y manufacturas que hasta hace poco ni siquiera se soñaba producir. Pero arriba de esto debo colocar los deberes como miembro del Congreso, de ajustar el sistema arancelario a los principios de la Constitución y a las conveniencias del pueblo consumidor, a fin de no gravar el país con impuestos elevados, para proteger industrias que no tienen, en el momento histórico por que atravesamos, el medio económico para desenvolverse.
En vez de vanagloriarnos con industrias de vida ficticia, esperemos que se haga más densa nuestra población, que se empiecen a economizar fortunas, que se acumulen y abaraten grandes capitales, que paulatinamente se vayan desarrollando otras industrias más adecuadas a nuestro medio económico.
En una palabra: a pesar de simpatizar con la escuela del libre cambio, dado el sistema arancelario de nuestro país, dado el desarrollo industrial a que ha llegado, soy partidario de una reducción seria en las tarifas, en mayor grado que el propuesto por la comisión nombrada por el Poder Ejecutivo y por la de presupuesto de la Cámara.
Lo digo bien claro: soy partidario de la industria viable, de la manufactura que no exija sacrificios dolorosos al país, porque ellas marcan el grado de civilización y el adelanto de los pueblos. Pero así como en el régimen institucional no se pueden improvisar sistemas de gobierno, tampoco se deben violentar las fuerzas económicas del pueblo para que produzcan en un momento dado, lo que los medios económicos y la época no permiten.
Así, por ejemplo, pienso que gravar con la tarifa del 60 % una serie de artículos extranjeros para proteger industrias que sólo subsisten al amparo de derechos tan elevados, que son casi prohibitivos es ruinoso para nuestro país. No solamente porque favorece, a costa del consumidor, el desarrollo artificial de industrias que no estamos en la edad económica de producir, sino porque nos expone a la guerra de tarifas con las naciones que producen artículos similares, hostilidad que perjudica seriamente nuestras verdaderas y grandes industrias.
Pienso también que con una reducción arancelaria mayor de la que se propone, llegaríamos a favorecer mayormente nuestra gran producción nacional; porque un aumento de la importación, significa igual crecimiento de nuestros productos.
No debemos infatuarnos con la pretensión de que nuestro país produzca todos los artículos de consumo, por más que sea a costa de derechos prohibitivos tan elevados, pues nuestra felicidad económica no consistirá en producir todo, sino en consumir bueno y barato.
La agricultura y la ganadería han adquirido el desarrollo pasmoso que todos conocemos, sin protección de ninguna especie; y sería atentar contra este engrandecimiento sólido y vigoroso, sería injusto y contrario a la Constitución, provocar ataques internacionales a esas grandes industrias, para favorecer otras que no tienen todavía, vuelvo a decirlo, el medio económico, que no cuentan con los grandes capitales, que no tienen la mano de obra experta y barata, que no tienen las maquinarias y fábricas accesorias para aprovechar hasta el último desperdicio, como se hace en Europa, que durante muchos años no podrían competir con la fabricación similar de las naciones del Viejo Continente.





























Fuente: BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO ARGENTINO / III Natalio R. Botana – Ezequiel Gallo De la República posible a la República verdadera (1880-1910)

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