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miércoles, 31 de octubre de 2012

Leandro Alem: "Imparcialidad del Legislador" (15 de septiembre de 1873)

Sesión del 15 de septiembre de 1873
Sr. Alem - Si yo no tuviera una idea formada de los hombres, extrañaría la oposición que se ha hecho por algún señor diputado al dictamen de la Comisión, porque cuando se hace oposición  un hecho para que se trate sobre tablas sin pensarlo ni leerlo, se deja traslucir cierta opinión verdaderamente preconcebida  ese respecto. Sin embargo creí, después de oír las explicaciones minuciosas del señor miembro informante, que cualquier espíritu por exigente que fuera tenía necesariamente que adoptarlas como exactas para aprobar su dictamen, y no creí, sin embargo, ír esta oposición tan acalorada al dictamen de la Comisión, que es a todas luces justo y equitativo. No obstante esa opinión, como he dicho, que se deja traslucir de las palabras del señor diputado, yo creo, señor Presidente, que aquí en este recinto solemne, donde se dictan las leyes y se establece el derecho de las cosas, hay quien ventila los asuntos con entera independencia; capaz de ponerse arriba de la esfera donde se ciernen los espíritus fascinados por la exaltación o por el prestigio de pasiones arraigadas, y es por eso que he extrañado esa exaltación, aquí donde las cuestiones deben votarse y resolverse con el ánimo sereno, como corresponde al legislador, con el espíritu tranquilo y justo que corresponde a los representantes del pueblo, que no son una facción, un bando, ni un partido. Con las funciones de este elevado Cuerpo se rozan todas las altas cuestiones que se relacionan con la humanidad, se resuelven sus derechos civiles y políticos con la imparcialidad de que son capaces los hombres que no tienen más credo que la justicia. Aquí no hay d i visa de ningún género, no hay color especialmente determinado; no hay más que una aspiración, que es hacer el bien tal como lo permita la justicia y el derecho.
Señor Presidente: yo pienso, y creo, que conmigo han de pensar todos los hombres de reposo, que aquí en este recinto a cada diputado débese reconocer la moralidad política a que tiene derecho a aspirar por sus condiciones morales y materiales; y cuando venimos a ocupar este recinto, los que investimos este carácter de diputados del pueblo, los que somos encargados de ese poder soberano e invisible, de todas las reglas de Gobierno, nuestro primer deber consiste en elevar nuestro espíritu a las altas regiones de la imparcialidad, y despojarnos allí, a las puertas el templo de la ley, de todas nuestras pasiones, de todas nuestras simpatías, de todos nuestros movimientos de espíritu, que tienden a acercarnos con particular afección a las cosas o a los hombres para tener propio el corazón humano, para no ser otra cosa que la justicia y el derecho.
Si echamos una mirada rápida sobre el movimiento político social, sobre esas luchas ardorosas que se producen en los países democráticos para hacer predominar las opiniones, para hacer sentar a aquellos que las encarnan en el solio elevado de las p r i meras magistraturas, hemos visto y debemos creer que en todos ellos impera el propósito de la justicia y de la verdad, cualesquiera que sean las afecciones personales. Y es por eso que he extrañado esa oposición al dictamen, porque sólo el interés de partido puede hacer ciegos a los hombres ante la ley misma de la verdad.
Señor Presidente: yo creo que un legislador, en este asunto legislando, no debe tener pasiones o debe por lo menos hacer que se sofoquen, para hacer que de su boca no se escuche más que la palabra austera del derecho; y si alguna pasión fuera en él inculpable, sería ese sentimiento noble de indignación que se produce en todo corazón bien puesto, en todo espíritu bien templado, en presencia de la atrocidad de un crimen tan inicuo como el de Chivilcoy.
Yo sé cumplir mi deber, señor Presidente; soy un legislador, no soy un afiliado a ningún bando político; vengo a examinar los hechos con la imparcialidad que debe tener el espíritu de un legislador. Por eso me ha sorprendido sobremanera esta defensa tan obstinada de las elecciones de Chivilcoy; defensa que puede ser hecha de muy buena fe, pero no es, indudablemente, nacida de un espíritu despreocupado, sino del resultado de una inteligencia severa, esclarecida por el examen de los hechos. No, señor Presidente; la pasión predomina en esta discusión.
Si alguna duda yo hubiese tenido respecto de la elección de Chivilcoy, ella hubiese sido desvanecida, no tanto por el informe del miembro informante sino precisamente por la acalorada defensa que se ha hecho de la elección.
No hay, señor Presidente, peor defensa para una causa, que la que se hace dejándose traslucir ciertas ideas que implican predominio en el espíritu, de propósitos particulares; dejando traslucir
El conocimiento de hechos que debieran estar reservados para las confidencias en el local de reunión partidista. Pero no hacerlos conocer aquí, en el recinto de las leyes, donde sólo debe hablarse en nombre de los intereses generales.
El acto de ir a los comicios, señor Presidente, es una función política que debe estar perfectamente garantida, y a mí me basta saber que hubo justo motivo para que los ciudadanos amantes del orden no pudiesen concurrir a las urnas electorales sin peligro de sus vidas, para condenar ese atentado.
Y esto es evidente, evidente como el drama sangriento que se produjo en las vísperas de las elecciones.
Se está partiendo de la base de que la Comisión ha inspirado su dictamen en las protestas, que pueden o no ser exactas; pero eso no es cierto. La Comisión lo ha explicado perfectamente bien: ha prescindido de las protestas, no ha querido ver quiénes fueron los protestantes; se ha basado en las conclusiones del sumario que ha mandado levantar el Gobierno. Es allí donde la
Comisión ha ido a buscar el punto de apoyo de su dictamen, y es allí donde ha visto que en la noche, víspera de la elección, entraron grupos de los bandos que al día siguiente debían librar combate para hacer triunfar sus ideas -de cuyo combate resultó el drama sangriento que conocemos-, y ese combate ha producido la batalla que se anunciaba para el día siguiente según estaba decidido.
Pero no es posible, señor Presidente, exigir a la mayoría del pueblo, a la mayoría de los ciudadanos pacíficos y de orden, a los que quieren que impere la ley, a los que no quieren que impere la voluntad despótica de los facciosos, que renuncien al ejercicio de sus derechos. A los que piensan de modo contrario, poco les importa que la justicia y el derecho caigan bajos la planta de la arbitrariedad.
Este es el caso: en las vísperas de las elecciones, dos grupos -yo no trato de designar bandos ni de establecer ni de salvar responsabilidades: eso que lo hagan los partidistas; yo no soy partidista aquí- decía, dos grupos se disputaban el triunfo de las ideas respectivas. Se trabó un combate sangriento, combate que se prolongó hasta el otro día al amanecer, no obstante una declaración que hay de una carta muy original que revela la previsión de las ideas de la autoridad de Chivilcoy.
Bien, señor; los ciudadanos que no habían tomado parte en el combate de la noche anterior, los que sabían que se iba a prolongar por todo el tiempo que durase el sufragio, teniendo en cuenta la excitación de las pasiones; esos ciudadanos, digo, ¿podían cumplir racionalmente la función política que iban a desempeñar en las urnas electorales sin poner en inminente peligro sus vidas? Es imposible. Esos ciudadanos que no van inspirados de otro móvil que el de contribuir a la formación de los Poderes del país, para que lo conserven y amparen en el ejercicio de sus derechos, esos ciudadanos en vista del espectáculo sangriento que a su vista tenían, no podían ir a la matanza en vez de caminar hacia el lugar destinado a depositar su voto.
La Cámara, indudablemente, no debe preocuparse como los espíritus timoratos que ven visiones, que lo aumentan todo a través de su preocupación; pero sí debe examinar con espíritu reflexivo, firme y justiciero, si hay o ha habido motivo para que los ciudadanos aun suponiéndolos animados del mejor espíritu- se abstuvieran de ir a buscar la muerte al precio del ejercicio de una función que debía serles garantida, como corresponde al más precioso de los derechos políticos.
Se contesta a esto, señor Presidente, que esa abstención de los ciudadanos implica la renuncia a sus derechos; que los renunciaron en nombre del miedo; que no votaron, en fin , porque no eran valientes y que, por consiguiente, el fallo de la Cámara aprobando la elección no debía ser detenido a causa de que la cobardía de unos cuantos les impidiera presentarse en el lugar de la lucha; es decir: los que razonaron así querían que la elección se aprobara a pesar de su nulidad, la elección cuyo registro viene manchado de sangre.
No, señor Presidente; la Cámara no debe callar ante semejante argumentación; al contrario, debe hacer oír su voz protestando contra un sistema de elección que importaría nada menos que el ostracismo de los hombres honrados, para favorecer a los que mediante golpes de audacia, más o menos sangrientos y escandalosos, quieren escalar los puestos públicos alejando del lugar del depósito del sufragio, a aquellos hombres que animados siempre de buenas intenciones son una garantía del ejercicio de los derechos políticos a que están llamados en estas ocasiones todos los buenos ciudadanos que desean el imperio del orden, de la justicia y del derecho.
(Intervienen en el debate varios señores diputados. Se vota sobre si el punto está suficientemente debatido y resulta afirmativa.
Se aprueba en seguida en general el dictamen




























Fuente: Leandro N. Alem, un Caudillo en el Parlamento, 1998.

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