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sábado, 11 de febrero de 2012

Leandro Alem: "Discurso en la 1° Convención Nacional de la UCR" (17 de noviembre de 1892)

Señores convencionales:

Os saludo complacido en nombre del Comité Nacional, al inaugurar este acto político de nuestro partido, constituyendo esta Asamblea que, por los momentos, las circunstancias, las cuestiones sobre que debe pronunciarse —por su notable composición y por la decisión y firmeza con que todos los centros cívicos de la Republica que ella representa han respondido a la convocatoria—, tiene que atraer -—como atrayendo esta desde luego— la mirada observadora y atenta de propios y extraños; y que —con legitima satisfacción debemos decirlo— acentuara también, con líneas sensibles y profundas, las levantadas tendencias, los enérgicos contornos y los patrióticos propósitos que con la mas alta previsión, al mismo tiempo se haya presentado algún partido político en el gran escenario de la vida publica argentina.
Ya sabéis para qué señores —después de largo tiempo de labor incesante y de fatiga diaria, de preocupación constante y de sacrificios indecibles, de anhelos y ansiedades por el bien de la patria— ya sabéis señores, os decía, para que habéis sido convocados y os encontráis reunidos. Dándole una organización permanente y definitiva, debéis al mismo tiempo fijar la marcha política del gran partido al que pertenecéis, en vista de la situación en que se encuentra colocada la Republica, después de los acontecimientos sensacionales que se han producido desde el momento en que el pensamiento de la reacción moral que forma la leyenda de nuestra bandera, se inicio —acontecimientos que son de publica notoriedad y que doloroso pero necesario es decirlo—- se han producido con mengua de nuestras nobilísimas tradiciones, con sombras para el luminoso timbre que el honor nacional ha estampado siempre en todos los actos y en todas las manifestaciones del desenvolvimiento progresivo de la Patria, en su orden interno y externo, con mengua, en fin señores, de aquellas nobles y conmovedoras energías y aquella grande y soberana altivez cívica que distinguieron a esos venerables de la epopeya histórica, que con su virtud, su abnegación y su fortaleza, nos dieron una brillante y robusta personalidad.
No es larga ni pesada la tarea en el sentido del trabajo ma­terial, ni esto tendrá significación para nosotros.
Lo que el partido y el pueblo espera y desea ver en esta ocasión, por mas de un concepto solemne para la causa de los derechos y de los intereses generales, es vuestra opinión, vuestro voto, vuestra resolución y vuestra actitud, como legítimos representantes y fieles interpretes de los sentimientos y de las aspiraciones que iniciaron y produjeron el movimiento regenerador expresado en aquel breve, conciso y hermoso programa del 1° de septiembre del 89, y que nosotros si, nosotros exclusivamente, hemos guardado puro e intacto si puedo expresarme así.
Aquí esta lo trascendental de vuestra misión; pero tampoco pienso que ha de ser, ni pueda ni deba ser para esta Asamblea, ma­teria de graves dudas ni de profundas conclusiones y deliberaciones. Las causas que han producido la depresión de la vida y de la per­sonalidad moral entre nosotros con el enervamiento de la actividad cívica y la declinación del carácter, trayendo como consecuencia necesaria el mas profundo desorden en el funcionamiento de nues­tras instituciones, el vicio y la corrupción en la administración de los intereses públicos, el sensualismo repugnante y el escepticismo sombrío en todas las manifestaciones de las corrientes sociales, con las decepciones, las debilidades, las claudicaciones y las apostasías que nos han asombrado mas de una vez, trabajando y minando todo esto, por su base, los fundamentos de nuestra organización, con el descrédito mas deplorable ante la consideración del mundo; las causas, decía, de tanto mal, de tanto duelo, han sido ya perfectamente estudiadas, discutidas y señaladas en esta contienda que la reacción cívica moral ha sostenido y sigue sosteniendo a la sombra de la bandera que nosotros mantenemos enhiesta con sentimiento pro­fundo, con espíritu inquebrantable y brazo vigoroso.
Si, señores: esa idea moral, esa tendencia renovadora por así decirlo, que apareció el 1° de septiembre del 89, como una brillante fulguración hiriendo las espesas brumas que cubrían los horizontes de la patria, que atrajo y condenso en 13 de abril del noventa todas las buenas voluntades y todas las nobles aspiraciones, en torno y al calor de una gran esperanza, la esperanza y el anhelo de una nueva era, de una nueva vida, de un nuevo espíritu que debiera informarnos, impulsarnos y conducirnos, indicaba indudablemente una evolución histórica para la Republica, siguiendo las leyes sociológicas a que están sujetos individuos, pueblos y colectividades políticas.
Si, un nuevo espíritu y una nueva vida. ¡Nuevas generaciones con ideales y tendencias que iluminaron y agitaron toda la Repu­blica, se presentaban enérgicas e impetuosas, defendiendo las gloriosas tradiciones y protestando contra todas esas funestas teorías y doctrinas malsanas, que habían paulatinamente socavado nuestra existencia política y social, anunciando una verdadera y terrible descomposición!
La política de la astucia, de la mentira y de la intriga; la teoría del éxito, del positivismo y del hecho consumado, todo esto proclamado y practicado ya de una manera franca y desenvuelta, sin reservas ni reticencias, demostraban de una manera clara como eran profundas las causas del mal. La política podía marchar y marchaba efectivamente en completo divorcio con la moral, la justicia y la honradez. Era un juego como cualquier otro juego; era una manifestación, una demostración, un acto de habilidad, cuando no era un acto de audacia brutal para alejar a los otros jugadores.
Triste y doloroso espectáculo por cierto, y sus consecuencias no se hicieron esperar mucho tiempo. ¡Cuanto desorden, cuanta vergüenza y que espantoso desconcierto!
No era posible soportar mas y desde lo intimo del alma, haciendo vibrar las fibras mas sensibles del corazón, salio aquella protesta airada y enérgica, que como la voz profética de un Sal­vador le dijo al pueblo: "la patria esta en peligro, levántate si, retémplate, sacude esa inercia, ese marasmo que te envuelve y te deprime; basta ya de cobardías y de humillaciones; modifica si es necesario tu ser moral, domina tus vicios y tus malos hábitos y preséntate otra vez, con la frente coronada por aquella aureola de los inmortales días de la patria de Mayo . ."
Si, señores, lo repito otra vez, espíritu nuevo, nueva vida, evolución histórica.
Y esta ha sido, como decía al principio, la alta previsión y la gran clarividencia de nuestro partido; y aquí es el momento de decirlo que ha sido también el desconocimiento de estos hechos, mejor expresado, el desconocimiento de las verdaderas causas, del pensamiento genésico, de la tendencia impulsiva de este gran resurgimiento de la vida cívica, que ha llevado a muchos de nuestros hombres públicos a colocarse en la triste condición en que hoy se encuentran, habiendo abandonado la causa popular para confundirse entre las filas de los que arrastraron a la patria hacia el borde del abismo. . . Y este es el juicio mas favorable que podríamos sentir a su respecto, porque  a quien sabe si no fueron simplemente débiles y pusilánimes, reconociéndose incapaces de soportar las fatigas y los sacrificios de la gran cruzada? Y por ultimo, señores, quien sabe, si aun comprendiendo la gran trascendencia y la naturaleza de la noble contienda con pasiones y ambiciones estrechas, sin mucho en el espíritu, ni capacidad para actuar y colaborar eficazmente en estas grandes conmociones sociales, sin pensamiento fijo en el futuro; "personalidades accidentales", muchas de ellas allá se fueron al "momento propicio", con la teoría del éxito unos con la teoría posibilista, y del hecho consumado los otros.
¿Que importa que el hecho consumado sea un atentado contra las leyes fundamentales del país, sea una inmoralidad que toda con- ciencia honesta debiera condenar, que importa, si la posición se ad- quiere, que importa para ellos el juicio publico y la estima de los ciudadanos? ¿Que importa para ellos lo que el severo e imparcial historiador ha de decir? Para el criterio sensualista el voto histórico es una irrisión. . .
Y bien señores: la gran lucha que a ligeras líneas os acabo de enseñar, sigue tenazmente empeñada. El partido popular se ha batido hasta ahora heroicamente causando la admiración de todos por su entusiasmo, su decisión y su patriótica perseverancia.
Algo así como la luz de una suprema esperanza le conduce. Clara tiene sin duda la visión del porvenir, como la conciencia de sus deberes y de sus responsabilidades por los solemnes compromisos que ha contraído ante el país, digo mas, ante las presentes y futuras generaciones.
Mucho ha sufrido porque no se ha omitido ningún medio por inmoral y repugnante que fuera con el propósito de batirlo y dominarlo; mejor dicho, con un verdadero afán rabioso por ahogar y extirpar, desorganizándolo, los gérmenes vitales y fecundos que trae en su seno, anunciando que llegara la aurora de un nuevo día, la era de la reparación anhelada.
Todo, todo se ha empleado con ese propósito; la persecución sin tregua, la insidia, el vilipendio, la calumnia y hasta el asesinato.
Pero allá íbamos siempre y allá vamos; nosotros todos, los que pertenecemos y nos hemos entregado con toda nuestra voluntad y todas nuestras grandes y nobles pasiones a la causa popular; allá íbamos y allá vamos y allá debemos ir siempre altivos, inflexibles e imperturbables, con la mas poderosa y avasalladora de las fuerzas, que es la de una convicción profunda, con la fe inalterable en la bondad y en la justicia de la causa que se defiende. Y dígase lo que se quiera y pese a quien pese, la Unión Cívica Radical se ha impuesto y a ella exclusivamente se deben las cínicas modificaciones que en nuestra viciosa y viciada situación política se han produ­cido. Ha sido nuestro partido el que ha dado un golpe mortal al personalismo deprimente, causa y origen de los unicatos e incondicionalismos corruptores, ha sido nuestro partido el que sincera y lealmente ha buscado, proclamado, promovido y establecido, por así decirlo, la solidaridad nacional, la confraternidad, la armonía, el sentimiento de la patria, levantándolo al unísono, en todos los pue­blos que componen la gran confederación; y ha sido finalmente, nuestro partido que con su propaganda tenaz, con su persistencia intransigente y con la semilla que va sembrando, en todo terreno fértil que encuentra, el que ha conseguido, siquiera sea refrenar los desbordes de un cinismo sin ejemplos, obligando a los mismos auto- res de nuestras desgracias a replegarse en formas menos repugnantes aunque siempre con la misma intención y los mismos propósitos.
Pero no hay que hacerse ilusiones. Estamos todavía al principio de la jornada. Y si el l  de septiembre del 89, y el 13 de abril del 90, los nobles iniciadores de la reacción cívica lanzaron aquel grito supremo y hasta angustioso, anunciando que la patria estaba en peligro, ahora, en vista de lo que ha sucedido, de las condiciones de los medios, de los elementos y de las ambiciones con que se ha constituido, y se acentúa y se desenvuelve la situación política ac­tual, razón y deber tenemos para decir al país con la misma energía y la misma sinceridad, que ha informado siempre nuestras manifestaciones y ha determinado nuestra actitud: la patria esta en peligro.
Nunca, creo, que en nuestra agitada vida política, se hayan producido los escándalos y los abusos con que se han establecido los poderes públicos que hoy actúan en la Republica.
La lucha era ardiente, pero noble, leal y abnegada de parte del partido popular, resurgimiento de la actividad cívica, manifestación clara y enérgica del anhelo nacional, con todas las impulsiones y con todas las proyecciones que constituyen la base de nues­tro sistema institucional.
Ahí estaban nuestros propósitos, ahí estaban nuestras tendencias, y los móviles que nos levantaba. Todo lo confiábamos a la opinión pública y al veredicto de la Nación. El momento era solemne  y la Unión Cívica Radical hizo el gran llamamiento toda estaban allí del mismo modo, por los mismos medios, "¿con igual derecho y para los mismos fines”?
Y   esta exhibición de sus desbordes y esa lucha repugnante que estamos presenciando entre los círculos sensualistas y oficiales, to­dos ramas de un mismo tronco; ¿podrán señores, alguna vez, formar la base de la reparación anhelada?
Aquí, en todo esto, en este cuadro sombrío, nunca.
¿Donde esta entonces, palpitante, tangible por así decirlo, esa reacción salvadora que, comunicando nueva vida al organismo, aliente en los pueblos la esperanza, tiñendo el horizonte con aquellos colores que podrían infundirnos la fe que necesitamos y debe levantarnos a la altura de los grandes destinos que nuestra potencialidad y nuestras ingénitas virtudes nos señalan en el gran concierto de las naciones civilizadas?
No, señores; no hay nada que satisfaga ni que aliente siquiera el anhelo y el sentimiento publico, haciéndole entrever la posibilidad de la justicia y de la verdad institucional. No, las victorias que esos círculos del oficialismo en pugna, obtienen recíprocamente sobre sí, son verdaderas derrotas para el país; y cuando de esas vic­torias no resultan senadores elegidos, unos por las fuerzas (sus parientes) los otros por contrato, la nueva presidencia tiene que someterse a la ley de sus factores que con los puños llenos de verdades relativas, llenos de lodo, acechan sus movimientos para sonrojarlo y obligarlo a callar, si olvidando su origen espurio, pretende, en favor de su circulo predilecto, revisar el de los que le dieron vida y le constituyeron.
Y   esta es su dura ley.
Nacida del fraude —-que sus autores se empeñaron en rodear de caracteres odiosos y deprimentes—, su existencia carece de toda base fundamental; como sus palabras y sus actos carecen y carece- ran de toda autoridad moral ante el país.
Los prestigios del talento y de la honradez personal, son manifestaciones completamente ineficaces y deficientes en el orden político, si falta esa autoridad moral, si la idea no esta servida por un poderoso carácter; y no constituyen, señores, el carácter, las nerviosidades de la ambición, creada por falsas posiciones que "suelen ser la obra y la resultante de un poder reflejo".
En tales casos no hay acción consciente ni concurrente y mucho menos ordenada en el desenvolvimiento tan accidentado de la vida pública. Es entonces el caso de la común y tradicional figura: que la nave marcha sin timón.
Debemos luchar sin desfallecimiento. Se lucha por la tumba de nuestros padres, por la cuna de nuestros hijos y por el honor de la patria.

Clarean ya en el horizonte, los albores del triunfo; esforcemos un poco mas el patriotismo argentino, y la Unión Cívica habrá llenado del todo sus grandes deberes para con la Republica y sus instituciones.



























Fuente: Hipólito Yrigoyen "Pueblo y Gobierno" Tomo I, Vólumen I "La Reparación Fundamental",1953 Editorial Raigal.

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