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jueves, 16 de junio de 2011

Leandro Alem: "Cesión del municipio de Buenos Aires para Capital permanente de la República" Parte I (12 de noviembre de 1880)

Debate en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires



Sr. Alem - Aunque estoy, señor Presidente, muy habituado a la vida y a las prácticas parlamentarias, debo decirlo con franqueza que en este momento, emociones de distinto género, sentimientos encontrados, agitan necesariamente mi espíritu; y la Cámara me va a permitir una breve manifestación que a mi persona se refiere, porque a ella estoy obligado por los especiales y poderosos motivos que en seguida indicaré.
En primer lugar, señor Presidente, por los sucesos que se han desarrollado, por la forma en que se han desenvuelto, por las personas que han intervenido en ellos y por las manifestaciones públicas a que me he visto obligado antes de ahora, puede decirse que me encuentro, con motivo de esta cuestión, a la expectativa
del público, y debo, necesariamente, desconfiar de mis débiles fuerzas, atento a la gran importancia y trascendencia que esta cuestión tiene para el porvenir de la Nación y de la provincia.
En segundo lugar, señor Presidente, me encuentro frente a frente, no diré de mi partido, en obsequio a la verdad, y haciéndole justicia, pero sí frente de un círculo importante de ese partido, que ha militado con más actividad en los últimos acontecimientos, y se ha hecho dueño de la situación oficial de esta provincia y de la República.
Yo conozco, señor Presidente, la intolerancia de todos nuestros partidos y círculos políticos cuando alguno no quiere seguir ciegamente las evoluciones que promueven los que en una situación dada las dirigen, la conozco bien; y si todavía no se ha lanzado públicamente alguno de esos anatemas con que se pretende abrumar a los débiles, o a los que no están perfectamente resguardados por sus antecedentes, es porque para algo sirven
esos antecedentes y los sentimientos bien conocidos de un hombre, en una situación solemne con esta.
Pero siento ya efectos de la guerra sorda que a mi alrededor se promueve. No se me ocultan las especies de mala intención que se hacen circular, ni las imputaciones ofensivas que sobre mi conducta se lanzan.
A estas últimas contesto como debo contestar: con el más soberano desprecio, y vengo con mi conciencia perfectamente tranquila y mi espíritu sereno; y no han de ser, por cierto, aquellas evoluciones impropias ni esas contrariedades las que debiliten su temple ni quiebren el poder de sus convicciones. Me he formado en la lucha y por mis propios esfuerzos, como es notorio en esta sociedad en cuyo seno he combatido -o mejor dicho con la cual he combatido- para apartar de mi camino los obstáculos que a cada momento se aproximan.
Larga y ruda ha sido, señor Presidente, la contienda; palmo a palmo he disputado y conquistado el terreno en que estoy pisando, y así he podido observar muchas manifestaciones del corazón humano que me hacen considerar sin rencor y aun sin sorpresa situaciones como la que se produce en este momento respecto
de mí...
Sin embargo, promedia en esta emergencia una circunstancia que me causa verdadera pena. Están en ese círculo político algunos amigos bien apreciados por sus buenas condiciones, los que necesariamente tendrán que caer envueltos en los cargos que se han de deducir de la severa exactitud con que examinaré los sucesos
que se han producido, en su carácter, en sus propósitos, y en sus móviles y tendencias.
¿Será mía la falta, señor Presidente?
No soy yo quien ha variado de rumbo; no soy yo quien arroja a los vientos, en jirones, la bandera a cuya sombra nos hemos formado toda nuestra personalidad política y a cuyo título conducíamos las vigorosas legiones del Partido Autonomista, a la lucha constante, a la fatiga, a la batalla y al sacrificio muchas veces.
Y dígase lo que se quiera por los que siempre tratan de disculpar y defender los procedimientos inexplicables de los poderosos, no ha sido una de esas nomenclaturas caprichosas que suelen darse los círculos militantes como divisas de combate; ha sido una verdadera bandera en cuya blanca faja estaba inscripta la idea liberal democrática, que inspiraba a sus hombres un verdadero programa que envolvía principios y tendencias diametralmente opuestos a los que combatimos...
No he de teorizar mucho tampoco, señor Presidente, porque a los que tratan hoy de levantar y establecer los buenos principios y sanas doctrinas se les llama idealistas y utopistas por los hombres pragmáticos. Vale decir algunas veces, y respecto de algunos, los hombres positivistas.
Yo voy a ser práctico también, pero no en este último sentido; esto es, voy a examinar, repito, todos los sucesos y todos nuestros partidos en su verdadero carácter, con sus propósitos y tendencias, penetrando en todos los detalles de nuestra vida política práctica para llegar a la conclusión, que luego he de señalar, y  porque quiero también arrojar al viento de este modo, esa especie de arenilla dorada con que se envuelve o se pretende envolver una verdadera y amarga droga que se presenta, no sólo al pueblo de Buenos Aires, sino a todos los pueblos de la República (...).
Y bien, señor Presidente, a nadie puede ocultársele el carácter y la importancia de esta ley, o mejor dicho, de la cuestión que está sometida a la deliberación de la Cámara: es un punto esencialmente constitucional que afecta no sólo las instituciones de la provincia de Buenos Aires, sino que su solución puede comprender también, como he dicho, el sistema de gobierno que hemos aceptado y el porvenir de la República Argentina (...).
Lo primero que más impresiona al espíritu desprevenido y que con serenidad quiere prever todas las consecuencias que la solución de un problema político como este puede traer para el país, son precisamente circunstancias, o mejor dicho la situación en que se ha promovido, trabajado, desenvuelto y casi terminado,
esto que se llama una evolución del partido.
Recién salimos de una situación de fuerza que ha pesado, no solamente sobre la provincia de Buenos Aires, sino también sobre toda la República; y las circunstancias de que en este momento la Cámara discuta sin esa presión, no perjudica ni puede perjudicar la gravedad y exactitud de mis observadores.
Diez días han transcurrido recién desde que se ha levantado el estado de sitio, y veinte desde que se alzó la intervención, y es evidente que los efectos de una situación semejante no desaparecen con ella y mucho menos aquellos que ya se han producido.
Preguntémonos cómo vino esta evolución. Lo repito otra vez y lo recuerdo a la Honorable Cámara, que ella se ha promovido y desenvuelto durante aquella situación y por los poderes oficiales que lo hacían.
No lo critico ni lo condeno, porque estaba determinado por la misma Constitución, porque era necesaria una fuerza legal para avasallar la fuerza irregular que se levantaba contras las autoridades constituidas de la Nación; pero el hecho se produjo y lo apunto para desprender sus consecuencias inevitables.
Y fue durante esta situación que tuvo lugar la elección de diputados al Congreso en varias provincias, y fue bajo el estado de sito y la intervención en Buenos Aires, esto es, bajo la dirección de Autoridad Nacional decididamente empeñada en concluir esta cuestión, como ella la presentaba y la quería, que se ha elegido y constituido la Legislatura de la Provincia.
Y si bien pensamos las cosas, necesario era también precipitar esta elección para reconstruir los Poderes Públicos Provinciales y librarnos del tutelaje de la Nación, recuperando su autonomía esta Provincia, cualesquiera que fuesen los vicios y las sombras que sobre este acto se proyectaran. Pero digan ahora todos los hombres de verdad, poniendo la mano sobre su conciencia, si una Legislatura que nace y se constituye de este modo, teniendo hecha en la Provincia toda su estructura oficial el Ejecutivo de la Nación que a todo trance buscaba la solución que estoy impugnando, digan con toda sinceridad si esta Legislatura está revestida de la alta autoridad moral, que para pronunciarse sobre cuestión de tal importancia y trascendencia se requiere, a fin de que sus resoluciones tengan todo el prestigio y el respeto de la opinión pública.
¡Digan, por fin, todos los señores diputados si creen estar perfectamente autorizados a la vista de estos antecedentes para invocar el voto de sus conciudadanos y afirmar que interpretan fielmente la voluntad del pueblo en esta cuestión!
Y tan es así que esta cuestión pesaba sobre todos: sobre los vencidos, sobre los vencedores y sobre los neutrales, que a nadie se le oculta la misma dictadura que ha estado ejerciendo el comité ejecutivo del Partido Autonomista triunfante en este momento sobre todo ese partido, y tenía que ejercerla; no era posible dar una satisfacción a todas las manifestaciones y aspiraciones de la opinión; era necesario, más bien que deliberar, obrar, llevar la acción a todas partes, reconstruir todos los poderes de la Provincia, repito, para sacarle el gobierno extraño que tenía, y entonces, el Consejo Ejecutivo, asumiendo sobre sí la responsabilidad en el acto, fue el único, puede decirse, que confeccionó todas las listas, que el partido se vio obligado a aceptar.
No es posible sostener tampoco que los espíritus están perfectamente tranquilos y serenos, y en condiciones, por consiguíente, para deliberar y resolver con todo acierto y previsión.
¿Habían desaparecido ya completamente todas esas pasiones, esas desconfianzas, y aun puede decirse esos odios que estas luchas engendran fatal y necesariamente?
¡No, señor Presidente!, no es posible todavía, como muy bien acaba de decir el señor Ministro de Gobierno. Todavía no se han cicatrizado las heridas causadas en los últimos combates, todavía se conocen las señales de la tierra removida para inhumar a los cadáveres que el plomo de los hermanos había producido en esas luchas.
Sí, señor Presidente, están amortiguadas todas esas pasiones, pero es imposible que su influencia no esté todavía dañando todos los espíritus y una ley como esta debiera ser el resultado del estudio reflexivo, completamente reflexivo, reposado y concienzudo, para que dé los resultados apetecibles, esto es, para que
radique el orden y la paz, armonizándola con la libertad, para que apague todas las prevenciones, y para que haga desaparecer radicalmente todas las reacciones. Una ley como esta, decía, cuando se dicta en estas condiciones, no puede ser una ley que produzca este resultado: tiene que ser la expresión violenta de la
situación violenta en que se encuentran todos los ánimos.
Y si no, vamos a examinarla en su origen.
¿Quién fue el promotor de esta ley?
El Congreso de la Nación a quien correspondía su iniciativa.
¿Y cómo la resolvió?
Deliberaba y legislaba todavía en medio del humo de los combates y aun puedo decir que como combatiente.
Los sucesos que se habían desarrollado, las circunstancias especiales por que atraviesa el país y la Autoridad Nacional, hacen de este Congreso una asamblea guerrera. Y no hay que olvidar tampoco, señor Presidente, que sus medidas tendrían principalmente en vista a esta Provincia, a cuyo pueblo apreciando mal los sucesos y cometiendo un grave error, se consideraba en rebelión, acompañando al ex gobernador doctor Tejedor y al círculo político exaltado que lo rodeaba.
¿Tendría el Congreso en esos momentos la serenidad, la calma y la reflexión que se necesitan para resolver problemas políticos, que no pueden ni deben ser motivados por intereses o conveniencias transitorias, sino que deben consultar los intereses generales y permanentes de la República, con la vista fija en su porvenir?
El que está en lucha y combate no puede proceder sino al impulso de las pasiones que esa lucha produce.
Y para que no se crea que estoy exagerando, voy a recordar las mismas palabras del miembro informante de la Comisión de Negocios Constitucionales en el Senado de la Nación, doctor Dardo Rocha.
El señor senador por Buenos Aires se quejaba amargamente de la presión que sus compañeros de comisión y todos los señores del Senado habían hecho sobre su espíritu, para discutir el dictamen de la comisión sobre que informaba entonces, sin recoger todos los datos que él creía necesarios para fundar su opinión.
Al informar en el seno de la asamblea manifestó estas amargas quejas, agregando que era hasta cierto punto una impropiedad, tratándose de una cuestión trascendental como ésta, con los antecedentes históricos que tiene, que los compañeros no le hubiesen dejado siquiera 24 horas más para estudiarla.
Agregaba estas palabras: no acuso a nadie, no acuso a mis honorables colegas, no acuso siquiera a los que hayan podido influir en que se decida pronto esta cuestión; pero tengo que reconocer que en el torbellino en que están las pasiones en este momento, confundiendo y perturbándolo, hubiera sido mejor esperar un poco más, porque "cuando se quiere ir deprisa es necesario andar despacio".
Y sin embargo, él mismo, considerado hombre de Estado y de inteligencia clara, aconsejaba la resolución de esta cuestión histórica y que tantas perturbaciones ha producido en el país por la forma en que hoy se presenta otra vez; él mismo, repito, aconsejaba la resolución en medio de aquel torbellino de pasiones que
por lo que se ve ejercían también su misma influencia sobre su espíritu.
Y agreguemos, señor Presidente, que la rama más poderosa y más popular del Congreso, la Cámara de Diputados, funcionaba apenas con la mitad de los representantes del pueblo argentino, faltando la diputación de Buenos Aires directamente interesada en este asunto y la de otras provincias.
¿Cómo podía, pues, este Congreso sin incurrir en un grave error decir una inexactitud? ¿Cómo podía afirmar que representaba en ese momento y para tan seria cuestión, la opinión de la República?
Las circunstancias anormales por que atravesaba esta Provincia y toda la Nación, impedían necesariamente el aprecio franco del derecho y la manifestación libre y espontánea de todas las opiniones, y cuando por una parte se legislaba en esta situación, y por la otra, se elegía y constituía la Legislatura Provincial, puedo aventurarme a decir que no hay previsión, ni prudencia, ni sabiduría en resolver cuestiones como la presente, viciando en su origen la solución y arrojando sobre ella las más fundadas sospechas.
Estas soluciones sólo deben buscarse y hacerse en situaciones perfectamente normales y tranquilas, para conocer bien el voto popular, y para que todas las aspiraciones legítimas se manifiesten cómodamente sin el menor obstáculo ni entorpecimiento.
¿Por qué tenemos, señor Presidente, una Constitución tan bella, si puede expresarme así, en esta Provincia de Buenos Aires que con razón se ha llamado la última y más adelantada expresión de la ciencia política, de la ciencia del gobierno libre? Porque la Convención que la sancionó en 1873, surgió en una situación como la que yo quiero para resolver esta cuestión, porque entonces pudieron manifestarse libremente todas las opiniones legítimas y allí los partidos, deponiendo las armas y arrojando sus divisas de combate en la política militante llevaron a sus principales hombres y éstos fueron, inspirados solamente por los nobles y elevados sentimientos que inspira el anhelo de la prosperidad de la Patria, deliberando y resolviendo con toda previsión y con espíritu perfectamente tranquilo y sereno. Y es así como se debe proceder siempre, porque de otra manera, esos partidos se harían verdaderamente criminales, anteponiendo sus intereses o sus conveniencias, siempre transitorias, a las conveniencias generales y permanentes del país.
Yo he oído decir, señor Presidente, que no obstante los acontecimientos que acabo de recordar, la opinión general está pronunciada en favor de la solución propuesta, y con esto, que se levanta como uno de los principales argumentos, se pretende disculpar la precipitación con que se procede.
Pues bien; yo, convencido de lo contrario, desde luego, les contesto y me avanzo a decir que no hay tal opinión pronunciada.
¿En dónde está esa opinión?
Veámoslo por un momento.
¿Quieren decirme que los artículos de algunos diarios al servicio del poder oficial y del círculo político preponderante, que ha promovido esta evolución, representan la oposición argentina, espontánea y fiel -si así puedo hablar- del pueblo de Buenos Aires?
¿Acaso no nos conocemos todos, y no sabemos lo que importan y lo que valen los artículos de un diario en estas cuestiones?
Por regla general, sólo traen la opinión del que los escribe o del círculo más o menos pequeño a cuyo servicio está. Cada diario se hace y se presenta el intérprete de la opinión pública, y así, señor Presidente, del mismo modo, yo puedo invocar los otros que están combatiendo esta solución.
Dejemos, pues, de lado esta hipótesis y veamos lo que significan esos cuantos pliegos o solicitudes que se han leído en sesiones anteriores.
Hace algunos días, señor Presidente, en un conciliábulo o en una reunión de varias personas de los comprometidos en sostener estas ideas, se dijo por alguno: pero es la verdad que nosotros no tendremos que contestar cuando se nos interrogue, con qué motivo y fundamento invocamos la opinión del país, y es necesario por consiguiente, hacer algo en este sentido para no quedar mal parados.
He aquí el origen de estos pliegos: jugó el telégrafo y partió la orden para los que gobernaban ciertas localidades, y como por encanto aparecen, se despierta la opinión y llegan a Secretaría estas solicitudes con algunos centenares de nombres.
Y bien, señor Presidente, no nos digan ni nos hagan estas cosas a los que tanto hemos gastado nuestras fuerzas, y aun diré nuestras ilusiones, en la política militante de nuestros partidos, y que conocemos por consiguiente, en qué consisten, lo que importan, valen y significan esas manifestaciones transmitidas por
el telégrafo desde lejanos puntos, anunciando que una gran reunión de tantos cientos y miles de ciudadanos proclamó a tal candidato o se adhirió a tal combinación.
Felizmente para ella la Comisión de Negocios Constitucionales que, según se ve, quiere proceder con seriedad, comprendiendo la farsa que allí se contiene, ha dejado en su archivo a los tales pliegos, atribuyéndoles así el mérito que les corresponde.
Hace pocos meses no más, nosotros negamos y sostuvimos enérgicamente que la opinión de este pueblo no acompañaba al doctor Tejedor en su política violenta y en sus actos irregulares; y efectivamente, señor, no lo acompañaba. Ruda era la lucha con sus defensores, y cuando adoptábamos las medidas necesarias para impedir la ejecución de sus planes perjudiciales, nos llovían pliegos de firmas y solicitudes para impedir nuestras resoluciones, adhiriendo decididamente a la política de aquel gobernante. Y nosotros, señor Presidente, seguíamos imperturbables sosteniendo que el pueblo rechazaba al doctor Tejedor y su política, y menospreciando esas farsas, todas esas llamadas manifestaciones populares y escritos promovidos, o mejor dicho, hechos en la campaña por los agentes del gobernador que a su nombre se hacían dueños de aquellas localidades.
Así pues, señor Presidente, si aceptamos esta opinión pública contenida en estos pliegos, tenemos necesariamente que confesar nuestro error y reconocer que fuimos irritantemente injustos, y que el doctor Tejedor ha sido el gobernante y el candidato más popular de Buenos Aires.
Y quiero, por fin , entrar al último argumento de esta especie que se presenta con ruido. El comercio de esta ciudad se encuentra decididamente pronunciado en favor de la cuestión, nos repiten a cada momento y en todos los tonos.
A la verdad, señor, que el asunto es grave, uno de los que más ha preocupado a todos nuestros hombres públicos, y acaso que más perturbaciones ha traído en nuestra vida política, por los principios que pueden comprometerse según el modo y la forma de la solución.
¿Y dónde están esas grandes manifestaciones, que de una opinión consciente y serena, deben producirse en estos casos, atento los antecedentes de tan trascendental cuestión? Pienso que nadie las ha visto y que nadie puede señalarlas. Y por otra parte -debo decirlo con toda franqueza, sin esquivar la responsabilidad de mis opiniones-, cuando se discuten y se quieren resolver estos grandes problemas de la política y de nuestra vida
institucional, muy poco pesa e influye en mi espíritu, y muy poco debe pesar en el ánimo de nuestros legisladores, la opinión que se indica.
El comercio de esta ciudad, señor Presidente, es verdaderamente cosmopolita, y en su mayor parte de extranjeros, que no se preocupan y emplean su tiempo estudiando y examinando aquellos problemas para comprenderlos bien, haciéndose cargo de todas las consecuencias que pueda producir la solución que se dé. Y así lo hemos visto dirigirnos, a nosotros mismos, en el período anterior, repetidas solicitudes, sosteniendo el mantenimiento de los batallones de línea y de todos los elementos bélicos de que hacía uso el doctor Tejedor; y así lo hemos visto un poco más allá, aplaudiendo la dictadura del coronel Latorre en Montevideo y haciéndole grandes manifestaciones para que la continuase, porque Latorre les repetía lo que ahora les dice el
poder oficial, interesado en esta cuestión: "aquí tenéis la paz, aquí tenéis el orden radicado". Pero más tarde, señor Presidente, sentirán las consecuencias de su error; y así las sintieron en Montevideo, viendo languidecer la industria y desaparecer el movimiento comercial, porque la paz no es productiva de este modo, ni es el orden saludable que por estos medios se produce.
Habrá quietismo y silencio, porque el orden verdadero se obtiene armonizándolo con la libertad, con el ejercicio franco y el respeto mutuo del derecho, con la relación armónica entre los gobernantes y los gobernados.
De ninguna manera soy antipático al elemento extranjero, ni lo juzgo mal, ni pretendo hacer una ofensa al expresarme de este modo. Si él llega hasta estas regiones y viene a este país a desenvolver sus intereses y sus industrias, natural es que tome también alguna afección por nosotros. No acuso, pues, su intención;
pero yerra, señor Presidente, porque ni conoce bien la historia de nuestra vida política, ni se ha detenido a meditar sobre ella, ni está obligado a gastar sus fuerzas estudiando los problemas de su organización.
¿Dónde está, pues, esa opinión tan influyente y de tanto peso que se invoca?
Si de tal modo estuvieran convencidos de ella, y contaban con la voluntad del pueblo de Buenos Aires, ¿por qué los autores de esta evolución política, han usado medios tan irregulares y procedimientos tan violentos para ejecutarla y consumarla?
No es un misterio para nadie los tratos y contratos que iniciaban los Poderes Nacionales con las Cámaras rebeldes, absolviéndolas de toda culpa y pecado si les entregan la ciudad.
El negocio no pudo concluir muy pronto, y parece que algunas dificultades se presentaron para éstos, y entonces se retira la absolución y, reapareciendo el delito, los rebeldes van a la calle.
Y es doloroso decirlo, señor Presidente, una de las razones fundamentales que se adujeron en el Congreso, fueron los entorpecimientos que esas Cámaras ofrecieron en el primer momento para hacer la entrega o la cesión en la forma que el Poder Nacional lo quería. Yo mismo, y todo el que quiso oírlo, lo escuchó en
la Cámara de Diputados, saliendo de los labios de los miembros importantes de ese cuerpo, como los doctores Achával y Rozas.
Se procede en seguida a la reconstrucción de este Poder Público Provincial, en la forma y el modo que ya lo he señalado, y entonces, invadiendo una duda el espíritu de los principales promotores de la idea, resuelven suspender sobre nuestra frente la espada de Damocles.
Estas Cámaras proceden del Partido Autonomista, se dijeron, que por sus tradiciones y su bandera es contrario a esta solución, y como es muy difícil que todo un partido de principios abdique de un momento para otro de su antiguo credo, no obstante que algunos de sus hombres principales acepten ahora como bueno este "acto nacional", es necesario tomar todas las precauciones y oprimirlo, y se sancionó la ley de la Convención.
Ahí la tienen, nos dijeron, quieran ustedes o no quieran, la ciudad de Buenos Aires será territorio nacional, y entonces no será solamente reformado el artículo 3º de la Constitución, sino que se hará tabla rasa, borrando todos aquellos sobre las condiciones en que Buenos Aires se incorporó a la Nación.



















Fuente: Alem "Un Caudillo en el Parlamento" ,1998.

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