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miércoles, 25 de mayo de 2011

Raúl Alfonsín: "Discurso ante la Asamblea legislativa de la República Oriental del Uruguay" (25 de mayo de 1987)

No es, por cierto, un hecho casual que por primera vez un presidente argentino recuerde el 25 de Mayo ante la Asamblea Legislativa de la República Oriental del Uruguay. El 25 de Mayo es nuestra principal fecha patria común para uruguayos y argentinos. En Mayo nace el sentido republicano de la voluntad popular, que vuestra honorabilidad simboliza.
Somos herederos de ese patrimonio, pero también somos deudores solidarios de su mandato. Por eso, para los argentinos nunca nos fue extraña la suerte de los orientales y sé bien que esta es una verdad recíproca. No se trata, por cierto, de la suerte de un vecino, se trata de la propia suerte.
Mayo es la primera y más clara manifestación de la común voluntad por conquistar la autodeterminación. Estos es, constituir una sociedad basada en la soberanía popular. Pero también ustedes y nosotros reivindicamos otro concepto que define a Mayo: la vocación americana, la voluntad de construir, a través de la soberanía popular, la patria grande del Sur de América
Y no es casual que hayamos coincidido. Justamente ahora, en la necesidad y en la conveniencia de reflexionar juntos, sobre esta compartida definición de Mayo. No es casual, porque precisamente ahora, uruguayos y argentinos, afrontamos un mismo desafío: consolidar la soberanía popular e impulsar definitivamente la integración de nuestros pueblos.
Es útil y es actual, entonces, esta reflexión sobre nuestra génesis común. Es útil y es actual recordar que la revolución es un ejemplo de voluntad y de coraje, como que se enciende en el margen más remoto del imperio español, el más pobre y abandonado
La revolución encuentra su guía en la pasión de Moreno, del mismo modo que Artigas expresa en los hechos la participación que el intelectual Moreno definía como la condición necesaria para que la revolución viviera.
Paradojas de la historia: dos vidas tan distintas son símbolos del espíritu de Mayo. Dos vidas tan distintas que, desde la razón y desde la práctica, confluyen en coincidencias básicas: la soberanía popular, el sentido americano, el modelo federal, la república, la independencia.
Moreno busca en el pueblo la fuerza de la revolución, Artigas es una expresión del pueblo. Moreno señala el camino, Artigas lo reconoce con su pueblo y el éxodo de los orientales es un testimonio vigente de la voluntad popular y de su sentido republicano.
Con ellos se inicia la aventura de nuestra formación como nación  y como pueblo. Artigas no se comprende, sin el 25 de Mayo. El 25 de Mayo no se comprende sin Moreno.
A partir de allí nos fuimos haciendo pueblo. Pero las limitaciones materiales, los errores, la fuerza de las cosas, quisieron que nuestros caminos no confluyeran entonces en una unidad superior. No fue nuestra historia, por cierto, la que habían vislumbrado como futuro Moreno y Artigas.
Paulatinamente, argentinos y uruguayos fuimos privilegiando las vinculaciones con los centros de desarrollo económicos del mundo. No nos ocurrió sólo a nosotros. La desintegración, marca toda una época de la evolución de nuestra América.
Sin embargo, aún así, uruguayos y argentinos no impulsamos las diferencias. Mantuvimos los mismos valores. Continuamos paralelamente buscando la realización de los mismos ideales. Conocimos similares retrocesos y tuvimos parecidos renacimientos.
Seguimos siendo hermanos. Tan hermanos que pocos pueblos son tan difíciles de distinguir como nosotros.
Vivimos y sufrimos como propias las alegrías y las tristezas que se producían en la banda. Hasta llegamos a dividirnos, embanderándonos en los mismos enfrentamientos que laceraban a unos y a otros. Y con la misma generosidad y avidez nos abrimos a los pueblos del mundo, forjando así la nacionalidad que nos distingue.
No es casual que esté hoy con ustedes. Tampoco es casual que con la singularidad propia del camino recorrido, hoy argentinos y uruguayos estemos empeñados en la tarea de consolidación definitiva de nuestros sistemas políticos de la democracia.
Nos ha costado mucho dolor poder decir hoy como Artigas ayer: «La soberanía de los pueblos es el objeto único de nuestra revolución». Por eso, la hora común que estamos viviendo, es la definitiva realización de Mayo.
Los argentinos hemos dejado atrás, además, una larga historia de desprecio por la ley y de reiteradas tentaciones por las soluciones mágicos. Quizá la bondad del suelo alguna vez nos llevó a olvidar que la principal riqueza es el hombre y su trabajo fecundo. Esas heridas y esas frustraciones conforman una lección aprendida que se expresa en la defensa incondicional de la juricidad. Sabemos que la única fuerza es la que se encuentra basada en la ley.
Dije alguna vez a mi pueblo que no hemos tomado La Bastilla. Nuestro camino es otro, es el camino de la construcción del poder civil, popular, republicano, el poder de la ley asentada en la soberanía popular. Es en definitiva, el poder que surge de nuestra historia, no como una abstracción sino como resultado concreto de nuestra formación como pueblo y como nación, de una cultura, de una aceptación sensata y racional de lo que somos: una sociedad compleja en la que la conjunción de intereses y de aspiraciones sólo puede lograrse a través de los mecanismos de la democracia.
A los argentinos alguna vez se nos dijo que para llegar a la convivencia civilizada, primero era necesario transcurrir una etapa autoritaria que posibilitara el crecimiento económico que haría viable, en un futuro nunca precisado, la convivencia respetuosa, fundada en la ley. Sé bien que no es necesario recordarles que fue lo que nos pasó. Hoy nuestro principal patrimonio es la fortaleza que surge de ese aprendizaje, la inclaudicable decisión de mantener y consolidar nuestra juricidad, la unidad de todos los argentinos, más allá de las diferencias, en la defensa del sistema de la ley, de la convivencia civilizada, de la Constitución.
Y eso es posible porque sabemos qué es lo que pasó y por qué pasó. De allí que nuestra fortaleza posibilita la generosidad, permite comprender que en una tragedia nacional nadie es totalmente víctima, ni nadie totalmente victimario.
Compartimos, entonces, con buena parte de nuestra América, este encuentro definitivo con la democracia que se produce cuando debemos afrontar una de las crisis más profundas del sistema económico internacional, y que implica la definición  de nuestra función productiva y de nuestra relación  con el mundo.
No es necesario subrayar ante vuestra honorabilidad la profundidad de la crisis. Permítanme sin embargo, que rescate la otra cara de la crisis, que recuerde ante ustedes que la carga de la deuda externa y la amenaza a la paz en Centroamérica han acelerado y profundizado la vinculación regional de un modo que se abre una esperanza nueva para nuestros pueblos.
Es justo reconocer que muchos años de esfuerzos por la integración regional, en buena medida se esterilizaron, no es cuestión de reproches, pero sí de reconocer que quizá ese relativo fracaso fue la consecuencia de que seguíamos ligados radialmente a los centros del mundo.
Pero el mundo de hoy, el mundo de la revolución tecnológica, el de la inteligencia potenciada por la ciencia, se organiza aceleradamente de otro modo. De un modo en el  que disminuyen los requisitos que nos quedan a los pueblos periféricos para el crecimiento y el progreso.
Este mundo parece que nos rechaza, pero es hora de que lo veamos desde otra perspectiva, porque también es cierto que esta nueva organización del mundo señala la importancia creciente de los espacios económicos regionales. Por eso la crisis nos está exigiendo un esfuerzo distinto. El esfuerzo de retomar viejos sueños y concretarlos en la integración de nuestros pueblos.
La regionalización es una exigencia económica. Un imperativo del crecimiento, pero es, además, una condición necesaria de viabilidad histórica y, como consecuencia, un instrumento que fortalece nuestra autonomía política y nuestra propia identidad nacional.
En el marco de la patria grande seremos más argentinos y más uruguayos, porque no hay conciencia nacional fortalecida desde la decadencia y la marginación.
Es una tarea difícil y nos resta una larga cuesta. Pero sepamos reconocer que hoy ya la hemos comenzado a transitar. Uruguayos y argentinos hemos sabido transmitir al mundo todo lo fecundo que encierra éste, nuestro definitivo renacimiento y el mundo nos respeta y nos observa.
El acercamiento en nuestras posiciones internacionales, su conjunción con las otras naciones hermanas de Latinoamérica, la profundización de la relación bilateral, son pasos que hemos dado en esta dirección. No puedo caer en la ingenuidad de exponerlos ante vuestra honorabilidad, actor principal de esta acción, pero permítanme recordar el Acta de Colonia, el CAUCE, los programas de integración fronteriza y, particularmente, el ambicioso proyecto que hemos iniciado con Brasil, símbolo de la profundidad de nuestra decisión.
Nuestra común vocación por la integración, por la cooperación y por la unión, no se agota en nosotros mismos.
La crisis de la deuda nos llevó al Consenso de Cartagena, del cual el Uruguay es secretaria pro-témpore e infatigable receptor de nuestras comunes inquietudes.
La crisis de América Central determinó una misma convicción, la de que son todos los pueblos latinoamericanos los afectados y por razones éticas, por el propio interés nacional integramos con Brasil y Perú el Grupo de Apoyo a Contadora, la esperanza más sólida de paz para el mismo. Y de esos esfuerzos nació el mecanismo de consulta del Grupo de los Seis, instrumento eficaz al servicio de la integración regional.
Estamos en el camino correcto, sigamos marchando, hemos logrado la condición necesaria: la democracia. Y es esta democracia la que nos permite avanzar en el encuentro regional, pues sólo con la democracia, esto es, con la voluntad de los pueblos, pueden deponerse las pretensiones hegemónicas, superarse los enfrentamientos, desterrar absurdas hipótesis de conflictos.
El protector de los pueblos libres, el precursor del federalismo, así lo entrevió cuando llegaba al fin de su vida pública. Orientales y argentinos, hagamos nuestras una vez más sus palabras: 

«Los pueblos están libres y son únicos árbitros para decidir su suerte».





























Fuente: Discurso del Señor Presidente de la Nación, Doctor Raúl R. Alfonsín, ante la Asamblea Legislativa de la República Oriental del Uruguay, el día 25 de mayo de 1987.







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