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martes, 19 de abril de 2011

Luis Dellepiane (h): "Tratado de Chapultepec" parte II (29 y 30 de agosto de 1946)

Sr. Dellepiane. — Cuando escuchaba el discurso del señor miembro informante de la mayoría me preguntaba si, en virtud de lo que decía, iba el señor diputado a votar en contra de la adhesión al Acta de Chapultepec y de la ratificación a la Carta de las Naciones Unidas. Algunos de los argumentos que dió el señor miembro informante me parecían demasiado contundentes para que pudiera justificar el voto que va a dar.
Al iniciar mi exposición, y en virtud de ciertos equívocos que se han producido repetidas veces entre ambos bloques, necesito expresar el significado que tienen para mí los conceptos de humildad y de suficiencia. Nunca he podido comprender a los líderes que se llaman a sí mismos protectores de los humildes, ni que hubiera diputados de la Nación que, creyéndose heridos por lo que llaman nuestra suficiencia intelectual, se consideraran a sí mismos humildes. La humildad, para mí, no es humildad de origen, que es producto del azar; para mí la humildad se adquiere en la vida, en el sufrimiento y en la filosofía, y es la esencia de un auténtico espíritu, pues se puede ser humilde en la cumbre del saber y del poder, y se puede ser soberbio en la humildad de origen y en la ignorancia.
Siempre me ha tocado luchar al lado de obreros, jamás encontré que ninguno de ellos se sintiera humilde en el sentido de que fuera una humillación la superioridad social de los demás, y que la misma lo incapacitara para defender en todos los terrenos los problemas que le competían.
Con respecto a la suficiencia del que sabe, diré que molesta; pero la suficiencia del que no sabe y pretende abarcarlo todo, molesta mucho más. La del primero es útil si maneja y aplica elementos del saber. La del segundo, si llega a tener puestos de responsabilidad, es perniciosa para sus semejantes.
Expresado mi pensamiento con respecto a estos dos conceptos que muchas veces han engendrado debates violentos en esta Honorable Cámara, me veo en la necesidad de manifestar categóricamente que estoy en absoluta disconformidad con la adhesión a las Actas de Chapultepec y con respecto a la ratificación de la Carta de las Naciones Unidas, y que voy a fundar mi voto en contra de las mismas.
Comprenderá el señor presidente que ante una cámara fatigada y constreñido por el tiempo, no voy a intentar hacer disquisiciones sobre imperialismo; pero debo destacar que creo que se ha llegado a esta situación internacional porque los conductores que tuvo la República en estos últimos años impidieron mantener en su escenario una posición de neutralidad auténtica, como la que mantuvo Hipólito Yrigoyen en la guerra de 1914-1918. Fué una desvirtuación de la esencia de nuestro ser, desvirtuación que se inicia el 6 de septiembre de 1930.
He oído con satisfacción las palabras del señor ministro de Guerra, que ha dicho que ahora no hay sectores en el ejército; pero el 6 de septiembre de 1930 —se lo puedo asegurar yo, que viví por muchos motivos trágicamente esos días—, el ejército tuvo un sector que derribó al gobierno constitucional de la República.
Refiriéndome a este asunto, poco después de salir de la Cárcel de Villa Devoto, en 1944, requerido en una encuesta titulada «América es una sola», escribí estas palabras concretas sobre ese episodio de traición: «Ahora conviene destacar estos hechos intergiversables: Estados Unidos de Norteamérica; Wilson derrotado; gobierno republicano; aislamiento yanqui de la Liga de las Naciones; predominio de la política agresora de Wall Street; intervención imperialista yanqui en la Argentina; derrocamiento de Yrigoyen; eclipse de la democracia Argentina». Y para que no hubiera confusión —porque esto estaba destinado a circular en el escenario de nuestra América— una acusación tan categórica como un ataque aborigen a los hombres del Norte, terminaba yo la acusación con estas palabras: «Todo esto lo conocen los norteamericanos por Waldo Frank, que les informó a su debido tiempo de la influencia que había tenido en la caída de Yrigoyen el oro de los petroleros norteamericanos». (¡Muy bien! ¡Muy bien!)
La prusianización de militares de nuestro ejército y de un sector de intelectuales fué la herencia de un proceso de germanofilia, que se había incrementado en el país durante la guerra de 1914-1918. Pero este proceso de germanofilia se encontró con lo que se llama «doctrinas totalitarias» y se abasteció con ellas. Muchas veces he dicho, señor presidente, que esto que parecía una cosa nueva en el escenario de nuestra América —y me refiero a la que comienza en el Norte de Méjico, cada vez que digo nuestra América— es una cosa más antigua de lo que parece. Creo, señor presidente, que éste es un proceso que puede concretarse en esta expresión: «sacro imperio romano germánico». Ni historiadores avezados advierten que los últimos reyes españoles de España fueron los Reyes Católicos. Juana la Loca, hija de ellos, casó con un príncipe alemán, y ese matrimonio parece ser el símbolo de la opresión y de la desvirtuación que el pueblo español tuvo que sufrir a través de los años: los deliquios de la locura confundidos en el despotismo y la incomprensión de gobernantes extranjeros.
A través de los conquistadores ese poder penetró en el escenario de nuestra América y, mientras los conquistadores eran los mascarones de proa, de que tan admirablemente nos habla Germán Arciniegas, el pueblo español de artesanos y de trabajadores vino a aposentarse en el suelo de nuestra América y a labrar su destino, confundido con el aborigen de esta tierra. Así se crea una identidad de destinos que nos permite decir que la Ibero América que nuestra generación ha defendido, es la Ibero América que emana de la gravitación de la tierra americana, de su hombre y del pueblo español de los fueros, de los comuneros, del pueblo español perseguido por la Inquisición, por el clericalismo, y que padeció por la libertad igual que el pueblo americano. Al decir clericalismo, ha de entenderse que no me refiero a la Iglesia Apostólica, a la que convence predicando, sino a ese sector de la iglesia que busca el poder político para procrear la tiranía que, inevitablemente, sucede cuando esos dos poderes obran en conjunto. (¡Muy bien! ¡Muy bien!)
He dicho estas palabras porque para mí el problema fundamental no se concreta, como piensan muchos hombres, en la persecución del nazismo que ha quedado como residuo en los países que se llamaron del eje. El nazismo que me preocupa es el nazismo que en los pueblos iberoamericanos se origina en la influencia del imperio sacro-romano-germánico, perdurable a través de los tiempos. ¿Cómo puede ser posible que en esta tierra, cuna de la libertad, puedan existir jóvenes que exaltan despiadadamente el poder omnímodo de la fuerza bruta y la persecución implacable contra los hombres que no piensan como ellos? Esto no surge espontáneamente. Tengan en cuenta los señores diputados que si un pueblo de humanistas y de músicos, como fué el pueblo alemán, pudo degradarse hasta ser dominado por el nazismo, el peligro que significa que una educación intencionada gravite en la personalidad de jóvenes inconscientes. Y la consecuencia ha sido que por primera vez en una crisis histórica, un sector de la juventud argentina ha sido reaccionaria y combatió, y sigue combatiendo, los ideales de la justicia y de la libertad, por los cuales se sacrificaron tantos hombres en todos los tiempos. Esto es producto de aquella educación intencionada; y contra ella, señores diputados, tenemos la obligación de luchar como representantes del pueblo, porque es el más grande peligro que amenaza en estos momentos a la juventud argentina.
Fué así, señor presidente, con motivo de todas estas cosas, como sucumbió la auténtica neutralidad.
En el drama más grande de mi vida pude decir: se llegará a la ruptura y a la guerra, no porque seamos neutrales, sino porque estamos apareciendo como nazis; se llegará a la ruptura y a la guerra para que no se les queme la cola de paja nazi a los responsables de esta situación. (¡Muy bien! ¡Muy bien!).
Fué así como dejamos de gravitar los que defendíamos la sagrada neutralidad de la República y de nuestra América, por culpa de la neutralidad tendenciosa que, como reacción, provocó la aliadofilia.
En el debate de aliadófilos y germanófilos se perdió, a mi juicio, la oportunidad de una auténtica conducta internacional. Como ejemplo de lo que digo quiero destacar la acción del espionaje y del contraespionaje. Los partidarios del eje no se cuidaban del espionaje de los países integrantes de este sistema. Los partidarios de los aliados se complacían en el éxito de su contraespionaje. Esta lucha se hacía en el seno del pueblo argentino entre gobiernos que se vanagloriaban de defender la soberanía nacional. ¿Es posible que hayamos sido tan impotentes hasta el extremo de no poder impedir que esta lucha se celebrara en el escenario de la República?
Esto lo señalo para que se advierta que puedo tener razón cuando digo que una neutralidad auténtica hubiera sido la posición que nos hubiera salvado en esta crisis. (¡Muy bien! ¡Muy bien!).
Cuando nuestra generación planteó en forma nítida los problemas del imperialismo, no hubo posibilidad de desviaciones. El tumulto de pasiones y de ideas encontradas que exaltó la pasada guerra, hizo que la neutralidad tendenciosa gravitara sobre los gobierno y que, en algunos momentos, fuera lo que provocara su crisis de comando. Yo no estoy planteando problemas minúsculos de oposición. Esta es la lucha de toda mi vida.
Con el permiso de la Cámara voy a leer algunas palabras escritas por mí hace ya ocho años:
  «Y así, señores, llegamos al drama del hombre europeo» : Y no creáis que propongamos indiferencia para el drama del hombre europeo. El hombre europeo, aislado en su drama, es digno de nuestra comprensión. El hombre europeo, de sensibilidad artística, vinculado a la cultura europea cuyo sustento espiritual es una piedra sillar, una catedral gótica, o la Novena Sinfonía, es un pobre ser humano como nosotros, sin tregua ni reposo en la fatiga de estos días. ¡Y el hombre europeo del pueblo!... Tuve estos días, contemplando un mapa de Europa, esta visión: las fronteras de sus estados no eran las tenues líneas del mapa. ¡No! Estaban formadas por los pechos de millones de jóvenes de Europa, de muchachos, que cantan canciones populares de Europa, sustraídos a su futuro, al amor filial, al amor fraternal, al amor de la mujer y a la amistad.
«Pero el hombre europeo no es sólo un pobre hombre aislado en su drama; ha sido atado al carro de Europa asoladora de pueblos oprimidos. Forma parte de Europa opresora. Y en la crisis de Europa, por una fatalidad que Europa ha elaborado, actúa como una parcialidad y nos hace proposiciones a nosotros americanos, esclavizados a Europa.»


Y, refiriéndome a la neutralidad, decía:
«La conquista política y religiosa abolió a los pueblos originarios y, a sólo cuatro siglos, los que anhelan saber lo que fuimos, inclinan su afán sobre calcinados residuos de construcciones y de huesos confundidos en el estertor de pueblos en agonía. Así Europa inició la destrucción de América, como si intuyera las posibilidades de resistencia a su instinto opresor, que había en lo que no alcanzaba a comprender del ambiente americano. Los conquistadores llevaron oro a Europa, pero no todos los conquistadores se enriquecieron, y su pobreza los fijó a la tierra americana. Surge entonces un nuevo hombre, mestizo de indio y europeo, que monta sobre el lomo de los caballos salvajes, y que sólo encuentra un destino cuando lo fija la lucha de la emancipación americana.
Anduvo errante hasta la empresa heroica, y convertido en montonera rugió, cabalgó y peleó impulsado por un auténtico anhelo de libertad. Pero también el hombre de a caballo fué abolido, mientras se acrecentaba el dominio material de la opresión de Europa. Europeos fracasados huyen de Europa, buscando nuevos horizontes para sus anhelos humanos; y se encuentran en América con la opresión de Europa. Así aparece una nueva autoctonía: la del hijo del inmigrante, que no encontró los nuevos horizontes. Ahora yacen confundidos los residuos indígenas y rezagos paisanos, en un fracaso común con el hijo del inmigrante.« ¡Pero la culpa no es de la tierra nutricia, sino de los que la venden!
«Los nuevos horizontes no son la limitación del ámbito por un círculo de fracasos sin esperanza. Hay que buscar la ruta de los nuevos horizontes. La rapacidad invasora y los traidores nativos, borraron su huella, hasta que Yrigoyen, rastreador y baqueano, se levantó del suelo para señalar el rumbo. Estamos al comienzo de la huella que él iniciara, dispuestos a empezar de nuevo.
¡El espíritu americano flota inasible sobre la soledad americana, y sólo se aposentará cuando encuentre servidores auténticos de genuina capacidad creadora! ¡Ante Europa en crisis, proclamamos nuestra fe en el destino de América, para la redención del hombre!»

Sr. Presidente (Guardo). — Si me permite, señor diputado...
A pesar de lo interesante de su disertación, entiendo que está fuera de la cuestión.
Sr. Dellepiane. — Todos los oradores que me han precedido en el uso de la palabra han hecho exordios y consideraciones de toda clase.
Sr. Presidente (Guardo). — Invitaría al señor diputado a que concretase.
Sr. Dellepiane. — Como tengo que tomar una decisión tan grave, para tranquilidad de los señores diputados quiero advertir que esta posición la en tomado hace años y que no es circunstancial. A eso obedece la lectura que acabo de hacer.
Otro de los aspectos analizados en este debate ha sido el del panamericanismo. No creo que haya escapado al señor miembro informante de la mayoría el origen del panamericanismo, aunque no lo haya referido.
El panamericanismo se originó con la política de la «hermana mayor», y su propulsor fue míster James Blaine, político de la clase manufacturera de los Estados Unidos, allá por el año 1888.
Por influencia de este político se convocó a un congreso panamericano, por ley del congreso, en el mismo año.
Hay que advertir lo que decía míster Blaine: «ha llegado el momento en que los Estados Unidos, suplantando a Europa, se convierta en proveedor industrial de los países agrícolas de la América del Sur».
Insisto en que no voy a abordar aspectos del imperialismo; pero creo, señor presidente, que con respecto a Estados Unidos estamos casi en la misma situación que en la época de míster Blaine.
Yo no padezco de demagogia antiyanqui. Tengo una profunda admiración por el pueblo norteamericano. Creo que uno de los más extraordinarios poetas que haya tenido la humanidad y que es esencia de norteamericano, es Walt Whitman, que adquiere relieves de profeta. Pero se nos pide adhesiones a través de Chapultepec, centrándolas en esa cumbre aparente que se llama Asociación de Naciones y tengo que decir que la considero infinitamente más débil que la Liga de las Naciones que siguió a la guerra del 14 al 18, y que sucumbió en la inoperancia, ante la indiferencia de los pueblos del mundo.
Jamás en la Liga de las Naciones se plantearon en los primeros años los problemas dramáticos que en la actual Asociación de Naciones producen a cada rato amenazas de crisis definitivas. Las diferencias de los distintos Estados no llegaban a las diferencias de esta Asociación de Naciones. A pesar de ello, el doctor Honorio Pueyrredón, representante de la política de Hipólito Yrigoyen, planteó en la Liga de las Naciones cuestiones fundamentales de disidencia.
Cada vez que contemplamos las reuniones del Consejo de Seguridad, pensamos aterrados cuándo se retirará uno de los cancilleres, o varios, o todos a la vez. Parecería que allí está cerniéndose la sombra de Metternich, ya que ese Consejo de Seguridad recuerda en cierta forma al Congreso de Viena. Las fronteras actuales ya no son las líneas que yo advertía en los pródromos de la guerra. Son fronteras que van y vienen; a cada rato hay choques, entre los que fueron aliados, en la disputa de los puntos estratégicos. Y yo me pregunto, señor presidente, ¡qué habrán pensado —si tuvieron el tiempo de hacerlo— los aviadores norteamericanos que cayeron ametrallados en el suelo de Yugoslavia!
¿Qué es lo que puede llevarnos a una vinculación con ese edificio que se derrumba? ¿Estamos buscando caer bajo los escombros, o ir a recogerlos? ¿Qué es lo que puede llevarnos a vincularnos en este instante, en que no se pronuncia una sola palabra de paz en los debates que se están celebrando en el Consejo de Seguridad?
Se nos dice que vamos a quedar aislados. ¿Aislados de qué? Aislados de esa pugna que era el único pretexto que tuvo la neutralidad tendenciosa para negar colaboración en los momentos en que los pueblos estaban en guerra, y que ahora, llegados tardíamente, aparece haciendo toda clase de esfuerzos por confundirnos en el posible desastre (¡Muy bien! ¡Muy bien!).
No vamos a recuperar el prestigio internacional perdido, al ser materialmente débiles, si no proclamamos los altos ideales de paz, de justicia, y de libertad, reclamando la organización de una auténtica Asociación de Naciones democrática y universalista.
Por otra parte, ¿qué garantías tiene la República de que la adhesión, en el aspecto concreto del Acta de Chapultepec, no está definiendo ya su actuación en un próximo conflicto?
Y ahora, con permiso de la Cámara, voy a leer unas páginas del mensaje de despedida de George Washington al pueblo de los Estados Unidos, traducido por Manuel Belgrano. Esto tiene que ser profundamente emocionante para el señor ministro de Guerra de la Nación. El prócer de la suprema abnegación y bondad, nos manda llevar lo que llama su modesto librito, en el bolsillo; y Bartolomé Mitre, que lo prologa, nos cuenta de las vicisitudes que sufrió en Tacuarí mientras iba traduciendo a ratos, y cómo fragmentos de la traducción fueron quemados después; y cómo, antes de la batalla de Salta, terminó de hacerla.
Voy a leer de ese mensaje nada más que dos páginas, y creo que la Cámara podrá escucharlas sin hacerme objeciones. Dice así:
«Observar con todas las naciones buena fe y justicia, cultivar la paz y la armonía con todas, es la conducta que ordena la religión y la moral; ¿y sería posible que no la ordenase igualmente la buena política? Será digno de una nación libre e ilustrada, y que no está muy distante de la época en que será grande, dar al género humano el ejemplo magnánimo y demasiado nuevo de un pueblo constantemente guiado por la justicia y benevolencia más elevadas.
¿Quién puede dudar de que, con el curso del tiempo y las cosas, no compensasen los frutos de un plan semejante los perjuicios pasajeros que resultasen de su adopción? ¿Será posible que la Providencia no haya vinculado la felicidad permanente de una nación a su virtud? Los sentimientos que ennoblecen la naturaleza humana, aconsejan al menos que haga la experiencia? ¡Ah! ¿La harán tal vez nuestros vicios impracticables?
«La pasión excesiva de una nación a otra produce una variedad de males. El afecto a la nación favorita facilita la ilusión de un interés común imaginario, donde verdaderamente no existe, e infunde en la una las enemistades de la otra y la hace entrar en sus guerras sin justicia ni motivo.
Impele también a la nación conceder a la nación favorita privilegios que se niegan a otras, lo cual es capaz de perjudicar de dos modos a la nación que hace las concesiones, a saber, desprendiéndose sin necesidad de los bienes que debe conservar y excitando celos, mala voluntad y disposición de vengarse en aquellas a quienes rehúsa este privilegio. Da también a los ciudadanos ambiciosos, corrompidos o engañados (que se ponen a la devoción de la nación favorita) la facilidad de entregar o sacrificar los intereses de su patria sin odio de sus conciudadanos y aún algunas veces con popularidad, dorando una condescendencia baja o ridícula de ambición, corrupción o infatuación con las apariencias de un sentimiento virtuoso de obligación, de un respeto recomendable a la opinión pública, o un celo laudable por el bien general.
«Conciudadanos míos: ¡suplicaos que me creáis; la vigilancia de una nación libre debe estar siempre despierta contra las artes insidiosas del influjo extranjero, pues la historia y la experiencia prueban que éste es uno de los enemigos más mortales del gobierno republicano.» (¡Muy bien! ¡Muy bien!)
Por eso, señor presidente, para terminar, yo me pregunto: ¿los libertadores se hubieran sentado a la mesa de estos Consejos? Si no podemos ser como Washington «el primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el corazón de sus conciudadanos», si no podemos subir a la cumbre de la montaña como Simón Bolívar a padecer un lúcido y extraordinario delirio, si no tenemos las alas sobrehumanas de José de San Martín para volar por el espacio infinito del renunciamiento, tengamos fe en nosotros mismos y sigamos, señores diputados, la ruta de los libertadores. (¡Muy bien! ¡Muy bien!)
Estamos hechos de la madera de nuestros sueños, dijo el poeta inmortal. Y ahora, permitidme un ensueño. Para mí, José de San Martín ya no está en la Catedral de Buenos Aires. ¡Se ha ido! Una vez estuvo al pie de una cordillera gigantesca, señalando con su índice la ruta a los ejércitos libertadores. Ahora lo imagino detrás de la inmensa montaña de sombras que las traiciones y los equívocos han levantado. ¡Pero vendrá, señores diputados: vendrá! Y ese día, en el mástil construido con la madera de nuestros ensueños, levantaremos la bandera de la patria, que flameará perennemente como garantía tutelar de las palabras del Preámbulo sagrado: «para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino».

(¡Muy bien! ¡Muy bien! Aplausos. Varios señores diputados rodean y felicitan al orador.)
























Fuente: Tratado de Chapultepec - Naciones Unidas Cámara de Diputados Sesiones del 29 y 30 de agosto de  1946

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