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miércoles, 4 de septiembre de 2019

Marcelo T. de Alvear: "En el Teatro Español de la ciudad de Azul" (15 de agosto de 1937)

Van a ser pronto dos años que tuve el honor de ocupar esta misma tribuna en el pueblo de Azul. Tuve ese alto honor y vi a este pueblo vibrante, entusiasta y decidido en vísperas de elecciones que todos deseábamos tranquilas y limpias.

No necesito recordarles lo que en ellas pasó. Pero el radicalismo es de tal naturaleza que parecería que cuanto más se le castiga, cuanto más se le oprime, más se yergue, más fuerza y más empuje tiene.

En aquella oportunidad os hablé de la situación que amenazaba a la República; los hechos probaron lo justificado de mis inquietudes de entonces.

Os dije, si no recuerdo mal, que el Presidente de la República estaba haciendo una economía dirigida; esa economía dirigida traía como consecuencia fatal una política dirigida y que la política dirigida acaba siempre en una dictadura.

Muy bien señores, hoy estamos en esa dictadura.

El presidente de la República [general Agustín Pedro Justo] se ha constituido en el gran elector argentino; él quiere hacer e imponer los futuros mandatarios de la Nación. Poco le importa que no tengan votos ni opinión popular; él busca los medios para que puedan surgir de urnas adulteradas y fraudulentas.

Os hablaba entonces de una intervención que se había realizado a una provincia argentina, la de Santa Fe. Pero no podíamos pensar que ese atropello iba a ser multiplicado por una elección que constituyó un baldón para la dignidad argentina. Agravio dirigido, orientado y preparado desde el despacho mismo del Presidente de la República.

Es que, señores, al Presidente de la República no le ha bastado hacer una política dirigida: ha estado empleando en el último tiempo un confusionismo dirigido.

Ha querido engañar a la opinión haciéndole creer que deseaba grandes y patrióticas soluciones nacionales, porque entendía, juzgando a los adversarios con su propia medida, que los hombres de los otros partidos no habían de tener un móvil patriótico semejante al que él se atribuía.

Y cuando los dirigentes del partido radical le dijeron: bienvenida sea cualquier solución nacional que garantice la normalización del país, entonces cayó víctima de su propia maniobra y tuvo que confesar que no quería tal solución.

Me acuerdo también que en aquella oportunidad os hablaba de dos de sus ministros que le habían hecho, digamos así, su gobierno: uno políticamente, sugiriendo todas las actitudes necesarias para presionar la opinión pública, el Ministro del Interior; y el otro el Ministro de las finanzas, el doctor Pinedo, que había creado con sus finanzas un poco delirantes la situación que permitió al gobierno disponer de 1.200 millones de pesos para concluir holgadamente su período.

Entendámonos bien: holgadamente para el gobierno, para el tesoro fiscal, pero sin que ello significara que haya aumentado en un centavo la riqueza del pueblo argentino.

Y esos dos ministros han desaparecido de la escena política y han desaparecido justamente por la voluntad del Presidente de la República: no le convenían ministros a los cuales el gobierno les debiera algo; ha preferido buscar ministros que le debieran algo al gobierno.

Creo que por eso ha proclamado una fórmula cuyo primer término correspondió a uno de los últimos ministros que ha tenido. Si esos antecedentes no bastaran para probar la táctica confusionista del Presidente de la República, recordemos su política constante y su actitud invariable respecto de la opinión pública.

Inaugura la estatua de Sáenz Peña. Pronuncia ante su monumento un discurso elogiando la figura de aquel gran Presidente. Todos sabemos que la figura de Sáenz Peña tiene por pedestal de su estatua la ley que lleva su nombre, y sin embargo el Presidente Justo se ha entregado a la tarea de demoler, de desvirtuar y de falsificar esa ley del Presidente Sáenz Peña.

Recorre los monumentos de los próceres argentinos. En cada uno de los ellos toma la frase que mejor lo ha caracterizado ante la posteridad. Ante el monumento de Avellaneda, recuerda la frase inscripta en el pedestal: “No hay dentro de la Nación, nada superior a la Nación misma”. Con eso quiere decir el Presidente Justo que el peligro para la Nación era el radicalismo; pero entiende que puede haber algo superior dentro de la Nación a la Nación misma, cuando se trata de su voluntad arbitraria y despótica.

Invoca el nombre del Gran Capitán, ejemplo para el pueblo no solamente por el brillo de su gloria y de sus campañas, no sólo porque forjó la libertad de un continente, sino porque dejó lecciones de moral y de rectitud que son una enseñanza para todas las generaciones argentinas que vengan en el futuro. Y cita el nombre del Gran Capitán en un banquete de camaradería en que aconseja a los jefes y oficiales del Ejército que no deben intervenir en política. Es decir, les aconseja que sean mudos, sordos y ciegos. Es decir, que se despreocupen de todo lo que pueda afectar a la nacionalidad y a la patria, para así poder él impunemente hacer con la Patria y la nacionalidad lo que mejor le parezca y lo que más le interese.

Y últimamente, después de haber incitado al radicalismo con mensajes, manifiestos y discursos para que acuda a elecciones y abandone su espíritu de rebeldía, cuando el radicalismo, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, haciendo un esfuerzo para olvidar la anarquía producida por las persecuciones, injusticias, denigración, castigos y burlas sangrientas en los comicios; cuando vuelve animado de un espíritu patriótico, creyendo en las palabras promisorias de un Presidente argentino, ese Presidente trata de burlar de nuevo la voluntad popular y quiere meter al radicalismo en un encrucijada sin salida.

Si queréis una prueba de ello, ahí está Santa Fe. Se constituyó la Junta Electoral compuesta de los tres miembros que la ley electoral establece. Pero como la Junta, por dos votos sobre uno, resuelve nombrar presidentes de comicios a los hombres que ya lo habían sido en una elección nacional anterior y cuya conducta había sido proclamada como correctísima y perfecta en el Congreso de la Nación por los mismos hombres que hoy están en el gobierno de Santa Fe, trata de cambiar la composición de la Junta, porque no le conviene al Presidente de la República ni a los candidatos oficiales que haya libertad electoral ni corrección en las urnas.

Nombra un nuevo fiscal, así invierte la mayoría de esa Junta que ahora está haciendo de nuevo las designaciones de presidentes de comicios, para volver a hacer en Santa Fe, si les es posible, las mismas trapisondas que hicieran en la elección anterior.

Ya veis, señores, la situación a que está abocado el país. Ya veis por qué tengo razón cuando repito constantemente al través de la república que he recorrido en esta campaña electoral: no se juega ni una fórmula ni el triunfo de un partido. Se está jugando algo más trascendental y permanente; se está jugando la existencia misma de la democracia argentina, porque con un triunfo de la reacción obtenido a espaldas de la soberanía popular, desaparecerían la condición y la dignidad ciudadana de los argentinos.
Del pueblo depende que eso no suceda. Porque estos hombres del gobierno olvidan las enseñanzas de la historia. No se puede vivir de lo artificial constantemente. No se puede emplear medios vedados indefinidamente. No se puede sustentar sobre el fraude y la violencia un gobierno indefinidamente, porque llega un momento en que toda esa armazón artificial se derrumba y aplasta a aquellos que la levantaron.

Si tuvieran realmente el concepto verdadero del futuro de la patria no entrarían en ese camino, porque no pueden ignorar que tarde o temprano provocarán conmociones profundas en el pueblo argentino. Porque el pueblo argentino no ha dejado de ser lo que ha sido siempre; y sabrá vencer todas las dificultades, así como supo conquistar sus libertades y sus derechos en difíciles oportunidades, con nervio y acción que están en su carácter y en su temple.

Es que del futuro sólo interesa a nuestros adversarios el futuro inmediato. Con tal de mantenerse en el gobierno un ratito más, les basta; después veremos. Pero ese ratito que puede ser muy agradable para ellos, le puede costar al pueblo argentino dolores grandes y profundos sacrificios.

Es realmente incomprensible cómo los gobernantes de esta hora han perdido completamente el contacto con las palpitaciones del pueblo. ¿Cómo no se dan cuenta que hay un millón doscientos mil argentinos que están vibrando al unísono, así como en Azul, en Santa Fe, Catamarca, en Tucumán, en Entre Ríos, reclamando la misma cosa con idénticos propósitos e idénticos anhelos? Bueno, señores: cuando un pueblo íntegramente vibra con un único y exclusivo sentimiento, no hay fuerza capaz de defenderlo.

Podrán oponerle frágiles diques; ya sabemos lo que esos diques durarán, no sé cuándo pero llegará un momento en que empezarán a crujir y serán arrasados por la corriente de la voluntad popular. Entonces, desgraciadamente no tendremos sobre ella el control que queremos tener, en una lucha pacífica y leal en comicios verdaderos.

Yo deseo la paz para el pueblo argentino. Y deseo la concordia del pueblo argentino. Yo deseo que la República se normalice dentro del juego regular de sus instituciones. Que las campañas políticas sean luchas nobles por los ideales, los propósitos o las ideas de diferentes agrupaciones. Que se pueda luchar en los momentos de comicios con todo ardor, con toda pasión, pero una vez que las urnas den el fallo, la cuestión haya terminado y puedan los hombres volver a su trabajo, a sus ocupaciones ordinarias. Pero el sistema actual en que no hay lucha legal verdadera, es imposible saber en qué momento la agitación del pueblo estará tranquilizada y podrá pacificarse la familia argentina.

¿Cómo pretenden nuestros gobernantes robar elecciones, falsificar votos, adulterar urnas, perseguir votantes, violentar voluntades, y que al día siguiente pueda decir: aquí no ha pasado nada? ¿Es que quieren que el hecho consumado sea definitivo y que se espere a que otra vez otro Presidente surgido con esos procedimientos vuelva a engañar al pueblo, diciéndole que vaya a votar que va a respetar su voluntad, que tendrá comicios limpios, que la ley será observada para al fin engañarlo de nuevo?

Porque, ¿qué autoridad puede tener el candidato de la Concordancia [Roberto M. Ortiz], si llega a Presidente de la República, para prometer a su pueblo libertad electoral, probidad comicial, respecto a la ley, a la Constitución, a la soberanía popular? ¿Con qué autoridad podrá invocar todas esas cosas, si el mismo será producto del fraude?

Por eso la situación es grave y es grave no porque podamos perder una presidencia; no. Lo es porque esos procedimientos indefinidamente empleados y constantemente aplicados, traerán como consecuencia, una de dos: o una rebeldía del pueblo argentino que ha de querer reconquistar sus derechos como lo ha hecho en otras épocas de su vida, o una cosa peor todavía: que el pueblo argentino pierda la fe en el comicio, pierda la fe en el voto y se convierta en un manso rebaño, que no será sino un tropel humano sin creencias ni ideales ni convicciones.

Eso es lo que el Partido Radical está tratando de evitar y por eso que hoy día la acción que está desarrollando ha desbordado los límites propios del partido. La acción que está desarrollando en pro de la defensa de las instituciones y de la democracia no es tampoco propia del partido. Todos los argentinos que piensan con inquietud en el futuro de la patria están unidos a nosotros. Todos tienen la misma dignidad ciudadana y nos acompañan con su acción y con su vida.

Os dije hace dos años: cualquiera cosa que hagan, obtendremos un gran triunfo moral; y ese triunfo lo obtuvimos. Y fue tan grande que los gobernantes de este gran estado argentino fueron al gobierno, sí, pero subieron manchados, debilitados y desorientados. El Partido Radical de la Provincia de Buenos Aires, a pesar de haber sido vencido, tuvo el aplauso unánime de la República entera como el único salvador de las instituciones, de la probidad y de las libertades públicas.

Ya veis todo lo que significa esta lucha. Yo creo y tengo fe en mi pueblo. Si así no fuera, no hubiera estado luchando en épocas lejanas en que el panorama de la República era tan oscuro o más que hoy. No había una conciencia cívica formada. La Ley Sáenz Peña no había despertado en el ciudadano el sentimiento de la fuerza de su voto y de su acción ciudadana. Y, sin embargo, luchando fui al lado de los grandes hombres del partido que iban sembrando a manos llenas en surcos profundos, los ideales democráticos, principios de moral política, moral administrativa, de reivindicaciones ciudadanas y hoy estamos recogiendo la cosecha enorme de aquellos sembradores de otra época, que a puro ideal, sin ninguna probabilidad inmediata de obtener un gran resultado positivo, se entregaron en cuerpo y alma al servicio de una gran causa.

Por eso esas figuras deben estar permanentemente en nuestra mente y no puede haber una asamblea radical digna de tal nombre que no empiece por rendir un homenaje a la memoria augusta de aquel soñador romántico que fue Leandro Alem y al otro virtuoso ciudadano que fue Hipólito Yrigoyen.

Y es tan grande el prestigio de esas figuras, que los fariseos de la política que quieren cubrirse con un manto de demócratas y algunos hasta pasar por radicales, no tienen inconveniente en poner en sus comités los retratos de Alem e Yrigoyen. Sin perjuicio de decir por ahí después, que hay que evitar por todos los medios que vuelvan los hombres que derrocó la revolución del 6 de septiembre [de 1930].

El candidato a Presidente de la Concordancia ha hablado con frecuencia de la Revolución del 6 de septiembre y a veces parece que quisiera preguntar qué hice yo ese día. Ya he dicho en una oportunidad en Santa Fe por qué no le contestaba: porque no le daba personería para interrogarme. Pero esta noche, quizá a causa del ambiente cálido de esta asamblea, se me ocurre contestarle.

El 6 de septiembre yo estaba en Europa. Estaba alejado de la política argentina y si me hubiera encontrado en la Argentina, seguramente, indudablemente, dado los antecedentes de mi vida política, en la que siempre me he jugado decididamente en un sentido u otro, o hubiera estado en la Casa de Gobierno defendiendo a Yrigoyen, o hubiera estado con Uriburu haciendo la revolución.

Y ahora el candidato doctor Ortíz que dice que la revolución del 6 de septiembre fue una acción salvadora de la patria, yo le preguntaría, a él que cree que de esa acción dependía la felicidad de su patria, ¿dónde estaba ese día? Yo voy a decirlo: estaba en su casa esperando que aclarara.

Porque es claro, cuando se juega en una partida todo un porvenir político, los hombres que lo cuidan mucho acaban por perderlo todo, a fuerza de cuidarlo. En el juego de la política como en todos los juegos, no se puede ganar si no se arriesga a perder, y el hombre que quiere conquistar laureles en la acción política, como el militar que quiere conquistarlos en la guerra, no puede conseguirlos sino en batallas, porque el que no se arriesga nunca acaba por ser derrotado sin haber tenido siquiera la oportunidad de luchar.

Ahora bien: yo le pregunto al doctor Ortíz no hablando ya de esa época pasada sino del presente, ¿dónde está el doctor Ortíz hoy? Porque cuando vine de Europa, en el City Hotel traté de reunir a un grupo de prohombres radicales. El partido, después del encontrón que había recibido con la revolución del 6 de septiembre, estaba desorganizado. Traté de reunir a un grupo de hombres de buena voluntad para tratar de reorganizarlo y llevarlo adelante, entendiendo que esa gran fuerza cívica era una necesidad para la salud política de la República. En las primeras reuniones el doctor Ortíz firmó con nosotros un manifiesto, pero como la cosa no era solamente cuestión de firmas, sino que empezó a verse que nuestra actitud viril y decidida enfrente de la tiranía, iba a traer muchas consecuencias dolorosas y desgraciadas, que todos las soportamos, el doctor Ortíz renunció a tiempo para seguir en su casa.

Nosotros en cambio, seguimos en esa acción. Sufrimos destierros, prisiones, confinamientos; todos los radicales de este pueblo lo saben. Pero nuestra actitud y nuestra altivez frente a la prepotencia de la tiranía sirvió para que el pueblo creyera en nosotros. Y cada vez que volvimos al país, encontramos al partido más fuerte, más poderoso y más unido. Y este gran Partido Radical que hoy existe en la República, con una estructura completamente democrática, no es más que el producto de aquella acción paciente y dolorosa, a la cual nos dedicamos por entero sin pensar en los resultados ventajosos o perjudiciales.

Por eso tenemos autoridad para hablar, para hablar alto y para hablar claro. Porque nadie podrá decir que en nuestra larga vida cívica no hemos tenido la misma conducta; siempre hemos estado en la lucha, en el error o en la verdad, jugándonos por entero en cualquier actitud que tomáramos.

Y con esa autoridad que me da mi larga vida cívica realizada, es que vengo sembrando por la República la palabra de hoy, diciendo al pueblo argentino: ciudadanos argentinos, ¡tened cuidado! Se están jugando vuestros destinos, se está jugando vuestra tranquilidad, la soberanía popular; se está jugando, en una palabra, la libertad. Y el día que la perdáis por no haber sabido defenderla, pasarán varias generaciones tal vez y costará muchos sacrificios conquistarla de nuevo. Pero el baldón que significará su pérdida no lo lavaremos más y los que tengan que reconquistarla nos harán cargo a nosotros, porque será mucho mayor su sacrificio que el que nosotros tendremos que realizar en esta hora para salvar la libertad.

Queremos paz en la familia argentina. Hay que repetirlo constantemente. Queremos ir pacientemente al comicio. Y hay que repetirlo más aún en este momento, porque dentro de la política de confusionismo dirigido por el general Justo, me llegan noticias –que me apresuro a comunicar desde esta tribuna, porque hoy estoy en estado de confidencia– que se está preparando en la Capital Federal una simulada conspiración o movimiento subversivo comunista en concomitancia con radicales, al solo efecto de imponer un estado de sitio para que las elecciones del 5 de septiembre [de 1937] se realicen bajo su imperio; es decir, para que el Presidente tenga las manos libres para hacer con el pueblo argentino lo que le dé la gana. Pero yo no denuncio desde acá: eso que se está tramando es una superchería y una falsedad. No sé lo que hacen los comunistas; no me interesa porque no tengo con ellos ninguna concomitancia, pero lo que sí sé es lo que hacemos los radicales; lo que sé es que queremos votar; no pedimos sino votar, votar libremente, votar y ejercer nuestro derecho, exigiendo el respecto que le debe a cada ciudadano en la urna.



De la muestra "Alvear en caricatura" a 150 años del nacimiento de Marcelo Torcuato de Alvear.








Fuente: Desde el Teatro Español de Azul, el ex presidente argentino Marcelo T. de Alvear pronunció su discurso de campaña a la presidencia de la Republica, ediciones del diario El Ciudadano, días 14 y 16 de agosto de 1937. De la serie “Discursos Históricos en la Ciudad de Azul de Marcial Luna.

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