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jueves, 21 de febrero de 2019

Fernando de la Rúa: “Un no a los barrabravas” (1994)

Es difícil pensar como se tomaría una propuesta de suprimir el alambrado olímpico en las canchas de futbol o imaginar la Bombonera sin su foso.

Hace pocos días puede vivir la sensación del estadio sin alambrados en el campo de juego del Sheffield, precisamente donde ocurrió el desastre de Hillsborough, que dejó noventa y cuatro muertos. Aunque parezca extraño, la decisión forma parte de un conjunto de medidas para combatir la violencia en el futbol, conocida como huliganismo (hooliganism).

El futbol ingles sufría el acoso de los huligans, nacionalistas racistas y violentos que asolaban los estadios. El problema solo podía resolverse sacándolos de escena. Lo mismo que aquí con los barrabravas. Unos y otros, si no están mas en el futbol, pierden razón de ser y nadie los considera.

Esto supone una firme decisión de combatir la violencia. Allá la tomaron. La situación se había vuelto intolerable, igual que acá.

Pero esa misma decisión ha faltado entre nosotros pese a la ley que impulsé en 1985.

El gobierno inglés creó en 1986 la Unidad Policial de Inteligencia para el Futbol, hoy Servicio Nacional de Inteligencia Criminal (NCIS).

El Parlamento dictó la Football Spectators Act en 1989, que establece penalidades, inclusive la prohibición de ingreso en el estadio o jugar sin publico. Luego, una ley adicional, la Football Offences Act de 1991, añadió tres figuras punibles específicas, arrojar objetos, cantos racistas u obscenos e ingresar al campo de juego. Esta ley tuvo directa relación con el aumento de público entre 1991 y 1993, a lo que contribuyó una mayor colaboración entre la policía y los clubes y, en especial, la instalación de circuitos cerrados de televisión.

UN CLUB SE DEFIENDE

John Nesbit, policía retirado encargado de seguridad del Sheffield, y el dirigente Graham Mackrell tuvieron la amabilidad de explicarme algunas medidas adicionales.

Se tiende a adoptar un sistema de abono para las entradas. A quien tiene problemas de conducta se le suspende el ingreso. Hay entradas especiales para familias con niños, a quienes se destina un sector con precios promocionales.

El problema con los huligans era identificarlos. Al estar el público de pie, se infiltraban. Ahora todo el estadio tiene butacas numeradas y hay que sentarse, inclusive en la popular, lo que permite mayor control.

El estadio, para 30 mil espectadores sentados, cuenta con 400 porteros y acomodadores, entre ellos un 10 por ciento de porteros femeninos, que mejoran el comportamiento (es mas difícil ser grosero con una mujer, y además pueden controlar a las mujeres que, según dicen, pueden ocultar un arma de su pareja).

En una amplia cabina pude ver el circuito de televisión con pantallas simultáneas que enfocan y aproximan la visión de cualquier lugar del estadio, mientras que parlantes distribuidos por sectores, en lugar de uno general, permiten dirigir mensajes a la parte del público que se desee. Cada encargado, además, puede encender en su zona una luz de advertencia por una acción inmediata.

La norma de exclusión, igual a la de nuestra ley, rompió el culto del huliganismo. Al no permitírseles estar en los estadios se volvieron ajenos al futbol, perdieron protagonismo y pasaron a ser nadie. No se los tiene en cuenta y se esfumó su liderazgo. Lo importante fue individualizarlos. Para lograrlo, la policía se infiltró entre ellos y los clubes cooperaron.

EL CAMINO DE LA LEY

Nuestra ley contra la violencia en el futbol, sancionada en 1985, es anterior a las que allá dictaron varios años después: la Football Spectators Act  de 1989, complementada por la Football Offences Act de 1991. Sus normas, posteriores y similares a las nuestras, tienen la ventaja de ser cumplidas.

Sobre todo la prohibición de concurrencia a los estadios (exclusión) y un plan nacional de cooperación policial. Entre nosotros el problema no es la ley, que tiene todo lo necesario, sino su aplicación por parte de jueces, policía e instituciones. Por el camino de la ley hay que desactivar a las patotas y excluirlas, como allá hicieron con los huligans: terminar con la complicidad de ciertos dirigentes y la omisión de algunas autoridades, y mejorar los clubes el control usando técnicas modernas, como el circuito cerrado de televisión y la filiación de todo el estadio. Quizás entonces aumente la concurrencia y vuelvan al futbol las familias, y podamos eliminar el alambrado olímpico en lugar de poner un túnel inflable para que los equipos salgan sin riesgo a la cancha.
















Fuente: “Un no a los barrabravas” por el Dr. Fernando de la Rúa, Senador Nacional por La Capital Federal, en el Diario La Nación, 1994. Del Archivo de Edgardo Imas.

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