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sábado, 30 de septiembre de 2017

Mariano de Apellaniz: "Su hora más gloriosa" (29 de marzo de 1992)

Volver los ojos hacia el pasado es circunstancia reconfortante cuando se trata de exaltar una figura que, como la de Alvear, se yergue majestuosa y serena entre los resplandores de su grandeza moral en el cuadro de la historia cívica de nuestro país.

Las alternativas de medio siglo de luchas cívicas hicieron de él un verdadero cruzado de la democracia argentina.

Aparece en la acción cívica decididamente, para participar en los acontecimientos que culminarían con la Revolución del noventa. Este vigoroso despertar de energías populares, grande por la justicia de su causa, fue campo propicio para que (…) juveniles, ocupando su puesto de soldado en los cantones de la revolución, en horas de peligro. Fue una de las piedras fundamentales de la Unión Cívica, que siguieron a Alem y a Del Valle en columnas firmes y nutridas para encauzar el sentimiento nacional hacia una evolución transformadora cristalizada en ideales cada día mas elevados de libertad política.

En idénticos transportes de entusiasmo y con las mismas expansiones de patriotismo interviene Alvear en forma destacada en la Revolución del noventa y tres que, si bien fue un hecho local por el lugar donde se consumó (provincia de Buenos Aires), fue así mismo un acontecimiento (…) proyecciones y la repercusión del espíritu que la animó. Vuelve a poner de manifiesto su espíritu de líder del elemento juvenil, nervio y vigor de la floreciente organización popular que en el futuro presidiría. Le correspondió la difícil y peligrosa misión de marchar al mando de sus correligionarios y tomar por la fuerza la estación de Temperley, importante centro ferroviario, operación que cumplió con perfección. Cuentan que para no despertar sospechas se exhibió la noche anterior vistiendo frac en un palco del teatro Politeama. Este hecho consolido el triunfo de las armas revolucionarias.

Me he explayado sobre este aspecto (…) Alvear recordaba siempre con intensa emoción.

En 1896 y 1897, con el grado de teniente coronel, participa al mando de un batallón del regimiento cuarto de infantería en las históricas maniobras de Curu Maleal. Alvear esta una vez mas en su puesto de combate, ante peligros que se cernían sobre el horizonte de la patria. Los años posteriores transcurrieron dando aplomo a sus pensamientos.

Lo vemos así de legislador de frase clara y precisa, revelando siempre su firme y no demagógica preocupación por las clases desheredadas y auspiciando proyectos de ley que dieron a su labor legislativa gran autoridad (…).

Su actuación de tan alto nivel en el recinto y su fecunda labor en las comisiones le acreditaron títulos para su reelección, la cual se cumple. Interrumpe su segundo mandato a raíz de su celebrada designación como nuestro representante diplomático ante Francia, nación tan cara a sus afectos.

Sus elevadas cualidades diplomáticas quedaron ampliamente demostradas en el transcurso de los cincos años en que desempeño su misión.

Entre otras tareas formo parte de la delegación argentina ante la Asamblea Constitutiva de la Liga de las Naciones. Realizó gestiones ante otros países europeos. Las cortes y republicas del viejo mundo sabían que estaban en presencia de un gran señor y un autentico estadista.

Designado presidente de la Nación, regresa triunfante a su patria el 14 de septiembre de 1922 y es aclamado por el pueblo, que veía en él a un reformador de las conquistas democráticas y del progreso institucional.

Su presidencia es un capitulo clarísimo en los anales cívicos de nuestro país. Es una etapa bien precisa en la historia de los presidentes argentinos. En una época caracterizada por las abundancia de hombres aptos para la función publica de gobierno fue Alvear uno de los mandatarios mas completos que la Nación ha tenido. Analizarla seria tarea ímproba.

Señalemos, sin embargo, algunos de sus grandes meritos de gobernante.

Una de sus características salientes como hombre de gobierno fue la selección de sus colaboradores. Maquiavelo destaca en El Príncipe que uno de los puntos más importantes, y que da la medida del valor de los que gobiernan, es la selección de sus colaboradores, recalcando que un príncipe que sabe depositar acertadamente su confianza es un gran príncipe.

Fue así como ocuparon sucesivamente ministerios en su gabinete Matienzo, Vicente Gallo, José Tamborini, Ángel Gallardo, Celestino Marcó, Antonio Sagarna, Tomas Le Bretón, Emilio Mihura, Herrera Vegas, Víctor Molina, Loza, Roberto Ortiz, Agustin P. Justo y Manuel Domecq García. Estos nombres certifican la máxima del pensador francés: “Gouverner c’est choisir”. Concluyendo estos brochazos sobre Alvear presidente, recordemos la calificación que mereció de un periódico independiente –que fustigó muchas veces al partido gobernante- proclamándolo “Presidente de la Constitución”.

Algunos han criticado a Alvear afirmando que dilapidó su fortuna. No fue un dilapidador. Gastó parte de su fortuna personal, honestamente habida. Conviene recordar como la gastó. Sufragando gastos de las revoluciones juveniles y de campañas electorales, porque se negaba a aceptar contribuciones.

En su brillante embajada en París, con su grandioso manoir cerca de Versalles, Coeur Volant, agasajaba a las grandes personalidades mundiales: Clemenceau, Poincaré, Briand, los mariscales Joffre y Foch, Orlando, Lloyd George y muchos otro mas, haciendo conocer y ubicar en lo alto a la Republica Argentina.

Durante su presidencia hizo generosas donaciones a aquellos famosos conciertos populares de la Asociación del Profesorado Orquestal, que dieron impulso a la buena música, contribuyendo a la formación cultural y al nacimiento de nuestra vida musical. Durante su presidencia el país fue visitado por el príncipe de Gales y el príncipe Humberto de Saboya.

El presidente de la republica contribuyó a pagar gran parte de los gastos que demandaron estas regias visitas.

Pero si Alvear fue sano idealista en su juventud, meduloso legislador, consumado diplomático y estadista de seguro dominio del poder, fue en los últimos años de su vida cuando dio lo mejor de sí mismo, como conductor de un gran partido y vigía supremo de los intereses permanentes de la nacionalidad.

En cualquier parte del mundo hubiera sido un dirigente de garra, ya sea sobre los bordes del Potomac, bajo las viejas arcadas de Westminster o bajo la cúpula del palacio de Borbón.

Tomó la dirección de un gran partido, con prestigio de ex presidente, tarea que durante el gobierno surgido de la revolución del 6 de septiembre de 1930 no le acarrearía sino contrariedades; pero sabía muy bien que la vida cívica es responsabilidad y sacrificio antes que honores. Era el hombre político para cumplir una misión que rendiría servicios insignes y que entrañaba deberes excelsos.

Sufre confinamientos y vejámenes. Se aleja de su patria y vuelve a la acción luego de los injustos procesos y destierros a que es sometido. Se intenta presentarlo como un peligro izquierdista.

Siempre al frente de su partido, se apresta a librar la batalla más grande de su existencia, a la cual tuve el privilegio de asistir entusiastamente. Acepta su candidatura a la Presidencia de la Nación impuesta por su partido y votada unánimemente por la convención.

No desea ir nuevamente al poder como coronamiento de una ambición. Encarna un principio. Candidato a una segunda presidencia, cuando frisa los setenta años, emprende una de las campañas mas intensas que se conozcan.

Quizás uno de sus días más felices, en el cual recibió una de las recompensas más grandes en vida, fue el 1 de septiembre de 1937. Una imponente asamblea aclamaba su nombre confiándole el anhelo de sus reivindicaciones. La republica vibraba con la sola esperanza de su segunda presidencia. Veíamos los argentinos en otro gobierno de Alvear el afianzamiento definitivo de las instituciones y la elevación civil de la argentinidad. Quería la ciudadanía otra vez en la primera magistratura a quien había demostrado que la honradez política es una derivación de la dignidad privada.

No dudó Alvear en olvidar agravios y despojos, echando de lado recuerdos de acontecimientos funestos que habían pretendido afectar su personalidad y habían entorpecido la marcha del país.

Evidenciaba todo lo noble y alto que en la política existe. Nada ambicionaba para él. Pudo llegar, entre otras cosas, a los estrados del Senado, como aquel profundo pensador ingles que ante el ofrecimiento de una banca en el Parlamento creyó “que los hombres sirven muchas veces mas y mejor al pueblo penetrándolo en su espíritu que desde la plataforma de los honores”.

Pudo decirse con acierto que había superado la condición de líder de un gran partido, pues diversas corrientes lejanas a él se nucleaban en su torno.

No ejercía una profesión, cumplía un mandato.

Lo vi por última vez en Mar del Plata, pocas semanas le quedaban de vida. Vestía capa de marino, lo que le daba un aspecto de viejo timonel de tempestades. Me dijo que luego del tónico del mar buscaría un descanso sedante en Don Torcuato y que luego reiniciaría la lucha. Al pronunciar estas palabras su cuerpo enfermo cobró nueva vida, su rostro se iluminó y su imponente figura puesta en pie reclamaba con ansia el combate.

Ante esta expresión de suprema esperanza y rebeldía de su espíritu fuerte hasta el final, me estremecí.

Tuve el terrible presentimiento de que no oiría más su palabra aleccionadora, pero sentí un consuelo que me invadía: las luchas y agitaciones que habían agotado su vida no serian estériles.

Lo dije en una oportunidad:

“Winston Churchill, en frase que se transformó en histórica, calificó de su hora mas gloriosa a los instantes mas difíciles y amargos por los que atravesó su patria”


Y agregaba que el artista que concibiera el monumento de Alvear debería hacerlo representándolo en sus últimos años, porque esa fue su hora más gloriosa.











Fuente: “Su hora más gloriosa” por el Sr. Mariano de Apellaniz y Castex en el Diario La Nación del día 29 de marzo de 1992.

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