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domingo, 29 de enero de 2017

Federico Pinedo: "Patrón Costas y el comienzo de la democracia" (8 de junio de 2011)

Hay un pedazo de la historia política de la Argentina que no ha sido muy estudiado y en el que tuvieron un papel relevante los sectores más progresistas del viejo régimen, Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Indalecio Gomez y Robustiano Patrón Costas. Me refiero al nacimiento del sistema democrático, a partir de los hechos que antecedieron y siguieron a la sanción de la ley Sáenz Peña.

Pellegrini había combatido en los esteros paraguayos junto a otro valiente, su correligionario del Partido Autonomista de Buenos Aires Leandro Nicéforo Alem. Alem era hijo de un mazorquero colgado después de Caseros y era tío materno de Hipólito Yrigoyen, a quién llevó a ser comisario del barrio bravo de Balvanera y luego diputado de la Legislatura de la provincia. Sáenz Peña era hijo de un hombre del partido Federal de Rosas, como Alem e Yrigoyen, y como don Bernardo de Irigoyen. Sáenz Peña, por fin, era socio comercial de Indalecio Gomez en el negocio del guano y de la carne en el sur del Perú o norte de Chile. Tan comprometido estaba con eso, que terminó peleando por los peruanos (que lo hicieron general) en la guerra del Pacífico, donde fue hecho prisionero por los chilenos. Robustiano, un chico entonces, tenía con Gomez una cercanía provinciana.

Don Bernardo acompañó a Alem e Yrigoyen en la fundación del radicalismo y en las revoluciones de 1890, 1893 y 1895. En la revolución de 1905 ya militaba fuera del radicalismo yrigoyenista, junto con Pellegrini. Roca se sacó de encima a los jóvenes liberales y progresistas que apoyaban la candidatura de Roque, nombrando presidente a su padre, el viejo federal Luis Sáenz Peña. Roque conformó entonces el partido republicano y después el movimiento “modernista”.

En una de las revoluciones radicales, éstos metieron preso al vicepresidente. Pellegrini tuvo entonces una reunión secreta con Yrigoyen en lo de Vicente Casares, en Cañuelas, conversando solos con una pata apoyada en un alambre. Terminó la revolución, largaron al vicepresidente, pero comenzó la democratización de la Argentina.Pellegrini defendió en el Senado el voto secreto y universal y atacó el voto calificado, sosteniendo que los ricos tenían elementos para defender sus intereses, mientras que los pobres necesitaban del voto. En materia social, después de visitar Estados Unidos, también sostuvo que había que cambiar las relaciones entre el capital y el trabajo, elevando las organizaciones de trabajadores al mismo nivel que las sociedades comerciales patronales, para acabar con las relaciones de dependencia, cambiándolas por las de sociedad. ¡Esto en 1902! Todavía no llegamos a ese punto.

En 1906 se decapita una generación política. Muere el presidente Quintana que, enfrentado a don Bernardo, había puesto a Marcelino Ugarte en la gobernación de Buenos Aires. Muere también don Bernardo. Mueren Mitre y Pellegrini. Roca, además, se retira de la política y muere pocos años después.

Desde allí en adelante Sáenz Peña y Gomez negociaron con Yrigoyen el voto universal, secreto y obligatorio, utilizando para votar el padrón del servicio militar y estableciendo un sistema electoral que fomentaba el bipartidismo, en el que se llevaba 2/3 la mayoría y 1/3 la primera minoría.

Aquí entra en el juego Patrón Costas, del lado de su comprovinciano, el ministro del Interior Indalecio Gomez y del socio de éste, el presidente Sáenz Peña. El rol político de este sector tenía dos objetivos, además de asegurar un sistema de comicios libres y limpios: por un lado mantener buenas relaciones con el radicalismo y por el otro construir como su antagonista un partido político orgánico y democrático tanto para adentro como para afuera.

El movimiento modernista del presidente designa a Patrón Costas como su candidato a gobernador de Salta, en 1912, cuando tenía 35 años, luego de haber sido ministro de Hacienda a los 23.

Al proclamarlo, Carlos Serrey dice: 

“El momento político es solemne. Los viejos moldes se han roto. Si de arriba no podrá acudirse a la coacción, de abajo estarán siempre proscriptos el fraude, la corrupción y la violencia”.

Hablando de los radicales dice: 

“Frente a nuestra agrupación se ha alzado otra como ella, orgánica e impersonal. No debemos olvidar que en sus filas militan muchos que en otras ocasiones combatieron a nuestro lado; que no nos separan de ellos divergencias fundamentales; que son hijos de esta tierra, cuyos corazones palpitan al calor de los mismos ideales. Que se conserve el orgullo de la política salteña: la paz, la mutua tolerancia, el respeto común de todos los derechos”.

Agrega sobre la cuestión social: 

“en una verdadera democracia han de preocuparnos las clases más humildes; que el obrero sepa que el pan y las comodidades más elementales no han de faltar a los suyos, aún en caso de enfermedad, invalidez o muerte; que el agricultor de los campos llegue a ser propietario del pedazo de tierra que riega; que la ley impida la formación del latifundio, que promueva la creación de colonias agrícolas, que prefiera al pequeño agricultor que quiere la tierra para trabajarla por sí mismo”.

Patrón Costas habla en el mismo sentido: 

“Presidiré la lucha de los partidos con un espíritu de imparcialidad y justicia, para colaborar en la gran obra política en que está empeñado el señor presidente de la República. Pueden estar tranquilos mis adversarios de hoy: desde el día en que llegue al gobierno dejarán de serlo”. “Mi partido no contará con la presión oficial, ni con la fuerza, ni con el fraude para asegurar su triunfo. El día que pierda sus fuerzas por la deserción, el abandono de sus deberes o las disensiones intestinas, habrá perdido el derecho para pretender seguir gobernando”. “De la lucha noble, leal y respetuosa de los partidos impersonales y orgánicos, es de donde ha de surgir la gran democracia de la gran nación argentina del futuro, que imponga a los mandatarios sus reglas de conducta y no ellos los que impongan su criterio, con el espectáculo de que el país se dignifique o degrade según los ejemplos que recibe de arriba”.

En la cuestión social agrega: 

“es incipiente porque sobra trabajo y faltan brazos, pero es necesario dictar una ley de accidentes de trabajo y preocuparnos del encarecimiento de la vida y de dar instrucción y predicar el ahorro” para garantizar la movilidad social ascendente. Otro orador terminó ese acto afirmando que “el partido radical tiene como programa combatir la oligarquía o el absolutismo en el gobierno; nuestro partido ha consagrado en los hechos todas las garantías reclamadas en nombre de su bandera y sus principios”.

Al asumir, Patrón Costas le dice a su partido: 

“los deberes del cargo con que me han honrado, me obligan a respetar y garantir todos los derechos, los vuestros y los del adversario por igual” y los incita a la democracia interna “para que se ascienda en los puestos de honor y de combate por la virtud y la capacidad y no por el mérito de los homenajes y sometimientos ante el que manda y dispone”.

El triunfo en elecciones libres de Patrón Costas fue uno de los primeros resultados de la ley Sáenz Peña. A partir de allí, Patrón Costas trata de conformar su “partido orgánico, impersonal y democrático” en el orden nacional. Su idea era sumar a él a los partidos provinciales, que a falta de otro nombre se conocieron como partidos “conservadores”, por el hecho de estar contrapuestos al partido del cambio radical.

Esto siempre fue motivo de una gran confusión, me refiero a que sectores democráticos, liberales y progresistas se terminaran llamando, en el vocabulario político “conservadores” y eso se refleja en el intercambio entre Patrón Costas y de la Torre. En realidad, tanto en el radicalismo como en el conservadorismo siempre hubo un ala popular más autoritaria y un ala demócrata liberal. Ambos partidos venían de Alsina, el caudillo popular autonomista, hijo de un conocido unitario. Hubo, además de él, otros hombres de síntesis, como don Bernardo entre los radicales o Patrón Costas entre los conservadores. Cuando se desploma un sistema como el rosista, las aguas salen mezcladas. Lo mismo pasó cuando nació el peronismo y lo mismo parece estar pasando ahora.

Lisandro de la Torre era seguramente el más progresista y reformista de la política argentina, después de los socialistas entre los que militaba gente de una enorme valía. Lisandro había creado en 1908 la Liga del Sur en Santa Fe, que fue una fuerza popular muy enfrentada al radicalismo, que allí era más reaccionario. De la Torre y Patrón Costas hicieron un gran esfuerzo para conformar su partido “orgánico e impersonal” que se contrapusiera al radicalismo y en 1914 crean, a instancias de Patrón Costas, según reconoce de la Torre, el Partido Demócrata Progresista con la presidencia de de la Torre, junto a partidos conservadores del interior y a figuras de la democracia liberal como Joaquín V. González, Indalecio Gomez o Ramón Cárcano. Después se suman personajes cívicos, es decir, mitristas, como Guillermo Udaondo, Luis María Drago y Norberto Piñero. Para superar los personalismos, apuestan a construir un programa. De la Torre respondió así a la convocatoria de Patrón Costas, promoviendo “un partido nuevo que no tuviera vinculaciones con el pasado y con un programa democrático de avanzada”.

En 1916 se producen las elecciones presidenciales. De la Torre y Patrón Costas tratan desesperadamente de construir una fórmula aceptable para los no yrigoyenistas, que garantice el triunfo. De la Torre era el gran candidato, pero se oponían los conservadores de Buenos Aires capitaneados por Marcelino Ugarte, que quería ser el candidato en contra de los liberales del interior. Robustiano fue a verlo a su casa. Me contaba su hijo Enrique, que lo recibió en cama, con un gorro. El salteño le pidió que incorporara a los bonaerenses al partido nacional y aceptara la democracia interna y externa. Ugarte le contestó: “venga dentro de un siglo, joven”.

El enfrentamiento de Patrón Costas y de la Torre con Ugarte es tremendo. Patrón Costas propicia “una fórmula grande y una política firme, definida y de verdad democrática”. De la Torre describe la estrategia de Ugarte de “mantenerse a la expectativa mientras haya alguna probabilidad de que el Partido Demócrata Progresista pueda anarquizarse” y acusa a esa estrategia de ser “tan inmoral que es capaz de concluir en la anulación de la influencia de la provincia de Buenos Aires en la próxima campaña presidencial”. Sin embargo, en 1915 de la Torre consideraba que Ugarte no favorecería un triunfo radical “pues cualquier presidente radical, aún el más atenuado, sería siempre la “escoba radical” que barrería de Buenos Aires en 1917 a todos los conservadores habidos y por haber”.

Eso sucedió. Ayudado por el presidente de la Plaza, Ugarte hostilizó al Partido Demócrata Progresista, no accedió a un candidato de transacción aceptable, los radicales antiyrigoyenistas de Santa Fe terminaron dándole a Yrigoyen en el Colegio Electoral el triunfo que no obtuvo en las urnas y en 1917 Yrigoyen intervino por decreto a la provincia y depuso a Ugarte y a todas sus autoridades.

Aquí fue el primer fracaso de la primer política de Sáenz Peña, Pellegrini y Patrón Costas, que consistía en que el radicalismo se institucionalizara y en llevarse bien con el radicalismo, su adversario. Patrón Costas, el enemigo de Ugarte, como senador de la nación ataca su desplazamiento por la intervención federal por decreto. 

“El partido radical –dice- debe al presidente Sáenz Peña su resurgimiento; él lo alentó y lo fomentó con alto y patriótico propósito, porque ese partido de oposición era un elemento necesario para realizar su programa que buscaba hacer revivir las actividades de la vida cívica del país”. Agregaba que el partido radical estaba conformado en buena medida por descontentos o rezagos del partido gobernante anterior y que era muy bueno que tuviera ambas cosas en cuenta, “para no dividir al país en buenos y en malos, en puros y en réprobos.” “Por ese camino, decía, llegará a hacer revivir el pasado, que por de pronto será el del régimen de las unanimidades con todo su cortejo de abusos, de vicios y de errores (nótese como Patrón Costas cuestiona al régimen conservador), si es que el salto al pasado no nos lleva a épocas más lejanas y tristes.” Es interesante el final de ese discurso: “Pero lejos de abatirnos y desengañarnos por lo que está sucediendo, es necesario retemplar las energías, debemos confiar en que los abusos en la democracia llevan dentro de su entraña el remedio y el pueblo argentino ha de saber reaccionar y esgrimiendo el voto ha de hacer sentir en su hora el peso de sus sanciones”.

Luego seguiría por muchos años la lucha de Patrón Costas por su otro objetivo, la conformación de un partido nacional, orgánico e impersonal, que garantizara el largo plazo de lo que avizoraba como “la gran democracia argentina”. Esa lucha tuvo fracasos, como la ruptura del Partido Demócrata Progresista. Esa lucha tuvo éxitos parciales, como la conformación del Partido Demócrata Nacional, que Patrón Costas construyó y presidió. Esa lucha quedó suspendida por la irrupción del gran fenómeno cultural igualitario que fue el peronismo, que desplazó a la discusión entre conservadores y radicales. Esa lucha todavía sigue hoy.




Fuente: "Patrón Costas y el comienzo de la democracia" conferencia pronunciada por el Dr. Federico Pinedo en el Homenaje a Robustiano Patrón Costas en el Jockey Club de Buenos Aires el 8 de junio de 2011.

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