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sábado, 5 de noviembre de 2016

Pacho O'Donnell: "Mi pelea de 1987" (2014)

Un motor frecuente de mis iniciativas es la indignación, y fue la disconformidad la que me llevo a renunciar a mi cargo y, quijotescamente, decidir dar una interna contra la Coordinadora, cuando no tenia fuerza política ni capacidad económica. Fue una reacción moral.

En 1987. Mi pelea fue, claro, muy despareja. Ellos eran el gobierno nacional y todo el poder estaba de parte de ellos. Alli aprendí política: cierta vez vino un grupo de dirigentes radicales de cierta envergadura y yo les explique con claridad y entusiasmo por que hacia lo que hacia. Cuando termino, uno de ellos me dice:

"Doctor, usted tiene razón en todo lo que dice, pero, si me permite... ¿que tiene para los muchachos?".

 Y yo no tenia nada para los muchachos, mientras los otros repartían empleos, pensiones, licencias de taxi, de todo. De todas maneras, a la Coordinadora la lastimo porque yo tenía razón y porque yo tenía una presencia pública y social que hacia que mis ideas se conocieran. ¿A que no sabes como reaccionaron los muchachos? ¡Me censuraron! Prohibieron que se me entrevistara en los medios oficiales; hay que recordar que los tres canales abiertos, ¡los tres!, pertenecían a corrientes internas de la Coordinadora. Recuerdo a un excelente periodista, el "Pato" Méndez, fingiendo entrevistarme pero haciendo senas de que la cámara no tenia casete!

Puedo asegurar entonces que en el gobierno de Alfonsín hubo censura. Seguramente no fui el único caso. Que no me alardeen entonces con tanta cháchara democrática alfonsinista. Surge la pregunta de por que Alfonsín se apoyo tanto en esos muchachos. Una vez, Marcelo Stubrin, en una charla personal sobre el radicalismo, me explico:

"Mira Pacho, cuando se produjo la escisión de Balbín-Frondizi, toda la gente valiosa se fue con Frondizi. Con Balbín quedaron los escribanos y los dentistas".

 Asi fue que Alfonsín, cuando comenzó a gobernar, lo hizo con los pocos buenos jugadores de su equipo: Raúl Borras, Roque Carranza, Bernardo Grinspun, que, como sucede con la primera oleada de una invasión que desembarca en la playa, es barrida rápidamente. Se fueron muriendo, como Borras y Carranza, o desgastando, como Grinspun. Entonces, para saltear a "los escribanos y a los dentistas" apeló a los jóvenes que tan buenos servicios le habían rendido en la campaña interna para derrotar al balbinismo y luego en la general. A ellos les di batalla, secundado principalmente por un grupo de jóvenes guiado por Hernán Lombardi, Pablo Batalla y algunos radicales no alfonsinistas como Guzmán Echeverry y González Pastor. A pesar de nuestra debilidad, no pudieron evitar el fraude, vicio genético de las internas partidarias, tanto que cuando fui a votar la urna no estaba. Todo indica que hicimos una elección mejor que la esperada y decidieron que yo había sacado el once por ciento de los votos.

Cuando años después Rodolfo Terragno dio otra interna quijotesca, lo llamo y le anticipo:

"Vas a sacar el once por ciento".

Asi fue. Luego de esa elección, me retiro. No tenía nada que hacer en el radicalismo. Hasta se dieron el gusto de expulsarme del partido. Lo interesante es que un sector como la Coordinadora, que manejo los recursos y los resortes del Estado, lo único que dejo fue una estación de subterráneo bautizada Roque Carranza, un oscuro ministro de Alfonsín pero, sobre todo, uno de los que el 15 de abril de 1953 pusieron las bombas en la concentración de Plaza de Mayo en la que murieron siete personas y cerca de cien fueron heridas.




Fuente: La confesión de Pacho O’Donnell de Eduardo Anguita, Editorial Aguilar, 2014.

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