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martes, 7 de junio de 2016

Ernesto Poblet: "Crisólogo Larralde y la calle Republiquetas" (2009)

¿Que hizo de extraordinario en su vida ese señor Crisologo Larralde para merecer el excelso homenaje de sustituir el apelativo de una importante calle de la ciudad de Buenos Aires y lo recuerden sus correligionarios radicales mediante el mecanismo de arrojar al olvido un nombre glorioso ofendiendo así a los pobladores de la America del Sur?

Partamos de una base sincera, he conocido personalmente a Don Crisologo, y se que ha sido un buen hombre. Con respecto a su vida pública solo ocupo cargos partidarios y candidaturas. La única función para la cual resulto electo no fue precisamente en la más democrática de las elecciones ni para un cargo que merezca recordarse; presidente de una Convención Constituyente convocada ilegítimamente en 1957 por un gobierno militar. La reunión fracaso por una diáspora de sus miembros impugnando el acto y sus convocatorios de facto.

En el año 1954, el Presidente Juan Domingo Perón atravesaba su segundo periodo de gobierno, había asumido en 1952 con el Dr. Hortensio J. Quijano como Vicepresidente de la Nación. La historia de Quijano provenía del antiguo radicalismo de Corrientes.

Como dirigente radical resultaba curiosa su aparición en el gobierno de facto de 1943 integrando el gabinete con el alto rango de Ministro del Interior.

El ascendente Perón lo convoco para integrar- su formula en las elecciones de febrero de 1946. Ya en ese entonces la imagen del Dr. Quijano se acercaba a la de un abuelo campechano que podría arrimarle al novel caudillo popular algunos contingentes de votos radicales.

Tras el poder político que le otorgaban sus importantes funciones en el gobierno militar, el Dr. Quijano se las arreglaba -en medio de su estudiada sencillez provinciana para otorgar un nombre pomposo a su improvisada organización política. La denominaba "Unión Cívica Radical - Junta Renovadora". Observemos un vicio de nuestra política vernácula. Como utilizaban ciertos sectores políticos minoritarios los gobiernos militares para sus manejos partidarios.

Para las elecciones de 1952 Perón debía elegir un candidato que lo acompañara en su reelección en los comicios, donde competían contra un radicalismo remozado integrado por Ricardo Balbín y Arturo Frondizi, dos ex diputados nacionales que se destacaron en el cuerpo parlamentario del primer periodo peronista. Fue sorpresiva la actitud de este líder repitiendo la experiencia con el mismo Quijano, hombre gastado por los años, presumiblemente enfermo y notoriamente anciano.

Como era de esperar, el Dr. Quijano falleció al poco tiempo de asumir por segunda vez la Vicepresidencia. En 1954 Perón convoco nuevamente a votar para la elección de su reemplazante. El Partido Peronista llevo como candidato al Contraalmirante Alberto Teissaire, quien revistaba en el cargo de presidente del partido oficialista elegido por Perón en esas funciones con un criterio estrictamente burocrático más que político.

El Partido Radical, con sus cuerpos orgánicos en pie y dedicado de lleno a una heroica política de oposición, tomaba sus decisiones tras el elaborado proceso de sus distintos estamentos partidarios. Las reuniones del Plenario de la Convención Nacional, en su carácter de cuerpo máximo del partido, consistían en una asamblea convocada rigurosamente por telegrama a los miembros que asistirán desde todos los rincones del país. Se los citaba para un determinado día a las 16 horas.

Las deliberaciones de los bloque internos del radicalismo duraban entre diez v quince horas, por lo tanto el órgano máximo del Partido comenzaba a sesionar invariablemente entre las tres y las cinco de la madrugada. El torneo oratorio no permitía dormir ni aburrirse a pesar de las horas que transcurrían. Las barras y los propios convencionales cada tantas horas se trenzaban en luchas, gritos, insultos, sillazos y escándalos hasta que volvía una extraña calma por agotamiento y se retomaba la senda de los discursos interminables pero apasionantes. Se podían escuchar piezas retóricas magnificas.

Otro proceso similar pero más atenuado en presencias y fervor era la reunión del Plenario del Comité Nacional, que reunía a cuatro delegados por cada distrito de la Nación. Poco menos de un centenar de asistentes y por ultimo el proceso que mas apasionaba a los radicales, las elecciones internas. Verdaderos ejemplos de democracia realmente escasos en esa época -un tanto autoritaria— del régimen del general Perón.

Las estrategias políticas de aquel radicalismo crudamente opositor se aferraban a un método simplísimo, era cuestión de hacer o proponer lo contrario del rumbo que tomara el oficialismo peronista. De esa manera el astuto Perón no necesitaba mayor esfuerzo para conducir también esta desorientada oposición. Jugo los diez años del régimen "como el gato maúlla con el misero ratón...".

En consecuencia, si para la candidatura del Partido Peronista se había elegido un Contraalmirante de la Marina de Guerra —vale decir  “un oligarca" para la maniquea jerga del partido de los descamisados- la lógica determinaba así para la UCR la necesidad de elegir un candidato "obrero".

El problema consistía en la enorme escasez de este perfil de políticos en los cuadros radicales. Los pocos "obreros" con que contaban se los reservaba para que brindaran discursos de los actos públicos y para que ocupasen alguna que otra banca de diputados cuando les alcanzaba por el orden de la lista sabana.

Las tribunas radicales en las esquinas de los pueblos se integraban por no menos de siete oradores y el orden jerárquico consistía en comenzar los actos con un orador de la juventud, el siguiente un obrero, después una mujer, el presidente del comité municipal, el presidente del comité de la provincia, y por ultimo las estrellas: dos o tres dirigentes que viajaban especialmente desde otras provincias.

Esta maratón en las tribunas se justificaba. Los correligionarios brotaban como hongos para asistir a esos actos que parecían misas vibrantes de las multitudes. La emoción y la pasión política de vastas generaciones experimentaron en carne propia el misticismo de un heroísmo idealizado. Sentían la presencia ominosa de Perón a quien odiaban y temían.

Los certámenes oratorios semejaban una competencia de gladiadores: el personaje que ascendía a la tribuna triunfaba o no. Necesitaba conmover, emocionar, hacer reír o llorar al gentío que lo aplaudiría a rabiar si encontraba la frase látigo que atravesara el rostro sonriente de un Perón que aparecía en las paredes que rodeaban ciertas tribunas improvisadas en ochavas sencillas de barrio o alguna plaza central.

Esas muchedumbres radicales nunca olvidaron el clima místico de conspiración que les creaba la oratoria inflamada de Balbín o las disertaciones doctrinarias del intelectual Frondizi que los hacia soñar con un país desarrollado y moderno.

En ese clima, en una tercera o cuarta fila, emergió la figura simpática de Don Crisologo Larralde. Se trataba de un político de Avellaneda que había integrado una formula para la gobernación de la Provincia de Buenos Aires contra los candidatos del peronismo. En aquella elección, la UCR había salido segunda con el binomio Prat-Larralde.

Al llamado eleccionario siguiente para la gobernación de Buenos Aires la formula había sido Larralde-Rudy. Esa vez perdió contra un inefable e inolvidable candidato peronista, el "mayor" Carlos Aloé, elegido como el gobernador que mas hizo reír a los argentinos de todos los pelajes. Sin malicia alguna de su parte ni de sus detractores. El humor fue sano y divertido. Tanto como los eternos cuentos de gallegos.

Con esas escaladas ascendentes en la Provincia de Buenos Aires el señor Larralde merezca ser elegido candidato a la vicepresidencia de la Nación contra el almirante oligarca y de apellido francés difícil de pronunciar para los descamisados.

Algo más indicaba la conveniencia de catapultar a la fama nacional a este político del Conurbano. Dentro de la elite dirigencial del radicalismo Larralde no era "doctor", circunstancia extraña en aquellos tiempos. Siendo niño -se decía- había sido vendedor de diarios. Suficiente en aquel radicalismo para diplomar de obrero a un dirigente político. Si fue o no fue vendedor de diarios era un problema de inversión de la prueba.

Sin embargo, aunque en los actos políticos se sobreactuaba la condición de obrero de Larralde, el resultado de los comicios favoreció por abrumadora mayoría al peronismo.

En 1957 gobernaba el país un sector de las fuerzas armadas aliado con la parte férreamente antiperonista del radicalismo y otros sectores conservadores y de izquierda.

El régimen se caracterizaba por un odio exacerbado al peronismo, y se extendía a cualquier sector que se acercara o pactara con las huestes del exiliado ex presidente.

La desconfianza de este sector militar contra Frondizi, presidente de la UCR, se hizo sentir al reunir en su gabinete a políticos afines al Dr. Balbín. La cartera del Interior fue confiada al Dr. Alconada Aramburu y la de Educación al Dr. Acdeel Ernesto Salas, quienes tenían como objetivo impedir la llegada de Frondizi a la presidencia.

En el ínterin, con los cargos en el gabinete y contactos en Ejército y Marina de los equipos contrarios a Frondizi, lograron dividir a la UCR cuya presidencia ejercía Frondizi y con el apoyo desembozado de los militares organizaron la facción divisionista del radicalismo con el nombre de Unión Cívica Radical del Pueblo.

De esta forma, Frondizi se vio obligado a dividir su partido y a adoptar forzosamente un aditamento. Su lista paso a llamarse Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) sigla con la cual Frondizi gano las elecciones del 23 de febrero de 1958 por enorme mayoría sobre el doctor Ricardo Balbín, que respondía al oficialismo militar.

Mientras Frondizi ejercía la presidencia del Comité Nacional de la UCR, Larralde desempeñaba la presidencia del Comité de la Provincia de Buenos Aires. Desde ese cargo -después de haber bendecido la candidatura presidencial de Arturo Frondizi- encabezo un símil de golpe de estado partidario.

Desde su sitial en la provincia de Buenos Aires desconoció el mandato del Presidente del Comité Nacional y se plegó a la acción separatista de los demás dirigentes radicales que querían obstruir la carrera de Frondizi para apoyar al virulento antiperonismo que conducía el Dr. Balbín.

Apoyado por las fuerzas militares que controlaban el país, los radicales antiperonistas lograron su objetivo de perturbar el llamado a elecciones con una maniobra escandalosa y fraudulenta. Utilizando los contactos con los militares lograron por decreto de facto una convocatoria a convencionales constituyentes para reformar la Constitución de Alberdi. El pueblo la llamo "la Constituyente Trampa…” y efectivamente se trataba de impedir la vuelta al Estado de Derecho. Se sabía que la candidatura de Frondizi seria imparable. Un sólido y serio estadista era lo que le hacia falta al país. Balbín más se parecía a un poeta aunque no del todo malo. A pesar del anacrónico acercamiento con los militares la probidad de este infatigable luchador fue siempre impecable.

Larralde resulto premiado con la Presidencia de la "Constituyente Trampa". Pero la UCRI se retiro y de inmediato lo fueron haciendo los demás sectores políticos hasta quedar esta reunión sin el quórum necesario. Solo alcanzaron a sancionar el “articulo 14 bis" que resumía el derecho laboral vigente, por lo cual no era necesario otorgarle jerarquía constitucional. Lo criticable de esta norma es que consagra el derecho de huelga con lo cual se otorga un poder excesivo a las fuerzas sindicales. Ni Perón se animo a tal extremo.

El artículo 14 bis difícilmente haya sido sancionado en un estado de derecho y por una convención constituyente convocada por los procedimientos naturales que dispone la Constitución de 1853. El derecho laboral se había instalado gradualmente en la legislación argentina desde principios del siglo XX y tuvo un vital impulso en la era peronista. No ha sido feliz su consagración como norma constitucional por el natural envejecimiento de ciertos principios con respecto a la evolución de los pueblos. Los contenidos del articulo 14 bis en su mayoría no son normas jurídicas, si no meros enunciados verbales de buenos propósitos.

El señor Larralde ha sido un hombre de diáfana honestidad y sentido común. Si en un dialogo imaginario se le planteara que en su posteridad un grupo de concejales propendían y sancionaran una Ordenanza Municipal sustituyendo el nombre "Republiquetas" a la famosa calle de la barriada de Núñez por el de "Crisologo Larralde", se sonrojaría al principio y después estallaría de fastidio. Conocía la historia y se hubiera sentido como el instrumento de un escarnio.


Larralde, el candidato "obrero", el leal amigo de sus amigos, murió hablando en una tribuna en una de sus presentaciones como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Sus queridos correligionarios Lo hicieron para que no lo olvidemos y —por torpe ignorancia nos olvidemos mas rápido de Juana Azurduy, Manuel Asensio Padilla, Ildefonso Muñecas, Vicente Camargo, Ignacio Warnes y las proezas de los legendarios próceres que nos salvaron de las ocupaciones del territorio argentino por los españoles veteranos de las guerras napoleónicas. La dificultad la tienen aquellos a quienes se les pregunta por que esa calle lleva el nombre de Crisologo Larralde.










Fuente: Desencuentros en América: un paseo con figuras notables de la historia del Dr. Ernesto Poblet con prólogo del Dr. Nestor Grancelli Cha, Olmos Ediciones, 2009.

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