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jueves, 28 de abril de 2016

Miguel Cané: "En el Funeral de Aristóbulo del Valle" (30 de enero de 1896)

Señores:

Un rudo e inesperado golpe acaba de herir el alma de la sociedad argentina. Uno de sus hijos más altamente conceptuados ha caído en el momento de pisar el umbral del medio siglo, siniestro para los hombres de mi generación. En plena madurez de espíritu, en plena conciencia de su misión, absorbido por la labor mas noble que el destino pueda deparar a un hombre sobre la tierra, ilustrar la inteligencia y levantar el corazón de la juventud con la enseñanza de la historia patria.

Aristóbulo del Valle desciende a la tumba, roto el cerebro por un esfuerzo supremo.

Era la más clara, brillante y esplendorosa inteligencia que he conocido; su luz intelectual parecía irradiar del corazón, tan impetuosa surgía y tan impetuosamente le guiaba. El pensamiento escrito no cuadraba a su índole batalladora y por una necesidad imperiosa de su organismo, solo la palabra, la palabra soberana que arrastra pueblos, derroca tronos y crea glorias, podía traducir los movimientos amplios y generosos de su alma. Tenia, para dirigir la marcha de los sucesos humanos calidades e inconvenientes colosales. La altura y la pureza de su ideal político, esa sociedad soñada, en la que todos los hombres fueran libres, todos los derechos respetados, todos lo decoros guardados, le estremecía de impaciencia ante la lenta y pausada marcha que el pueblo argentino, como todos los organismos que se consolidan, prosigue hacia su perfeccionamiento.

Vivía en el anhelo irritante, intolerable, de la justicia absoluta; nada le arredraba y jamás el escepticismo obscureció sus ideas ni desalentó su empuje.

Por acelerar de un día ese reinado casi evangélico del derecho, que le perseguía como una visión, hubiera dado su vida y hasta el amor de su pueblo, que adivinaba en los rostros tendidos hacia él, cuando irguiendo su figura irradiante de simpatía, buscaba en los tonos mas dulces de sus voz maravillosa, los acentos mas nobles para dar a sus ideas el irresistible dominio que subyuga las inteligencias.

Otros juzgaran fríamente su actuación política; yo solo puedo decir que uno de lo mas grandes honores de mi vida ha sido la amistad constante de ese hombre. En este constante batallar de nuestra acción publica, alguna vez el ha surgido en el momento de mi caída. Perseguíamos el mismo ideal por distinto camino, pero por diverso que fuera nuestro criterio, la sinceridad de los propósitos de del Valle, la enérgica valentía de su acción, el supremo desprendimiento personal de todos sus actos, me impusieron siempre un respeto profundo. Tenía una intransigencia orgánica contra el abuso y comprendía de tal manera la altísima misión de regir los destinos de la patria que a veces confundía y execraba con igual violencia bajezas y miserias imperdonables, con tolerancias tal vez indispensables.

¿Qué movimiento del espíritu humano no se reflejo en su vasta y luminosa inteligencia? Era un maestro de la ciencia del derecho público, y el último año de su vida dejara el recuerdo de la más brillante enseñanza que se haya dado en nuestras facultades. Poned a del Valle en la Sorbona o el colegio de Francia en el momento sombrío en que el derecho de reunión, buscaba un interprete de sus angustias y sus esperanzas, y su nombre habría vivido glorioso en el mundo civilizado. Si la impetuosidad de su acción en el poder sobrecogió un instante al pueblo, quedó en el corazón de la masa un vago sentimiento de confianza. Se le sabía en su casa ocupando su actividad en otro rumbo del espíritu; pero allí estaba y nada conforta tanto como saber, si el momento supremo llega, donde hay un hombre.

Ahora llamaremos en vano a las puertas de aquella casa tal vez única en nuestro mundo americano, donde se respiraba la atmosfera serenadota del arte y la cultura intelectual. Ya no oiremos aquella voz flexible y armoniosa que reflejaba con la expresión de fuerza y lealtad de aquella cara, una bondad orgánica sin límites.

Nació pobre y sin alcurnia; con su esfuerzo cultivo su espíritu hasta darle, en materia de arte, el refinamiento exquisito que, en medios mas propicios, solo alcanzan los privilegiados, Fue una gloria del parlamento argentino; sirvió a su patria con su brazo, con su cabeza, con su alma entera, y en los campos de batalla, en las luchas políticas, en la labor intelectual, usó siempre honestamente de las facultades extraordinarias con que la naturaleza le había dotado.

El reposa ya de las fatigas de esta nuestra ruda oída, pero el corazón del pueblo sangra al ver doblegarse, una a una, las frentes luminosas que eran su honor y su orgullo.
Hace treinta anos, salía de nuestra universidad un grupo de hombres que la Providencia parecía depararnos para formar una sociedad civilizada sobre la pampa libre que nos legaron nuestros padres, cuya memoria sea bendecida.

Si fuerte era la tarea, buenas armas tenían en su inteligencia y en su carácter. Sobre ese grupo ha pesado gran parte de la carga común; los que sobreviven, tienen el derecho de pedir se reconozca que, tanto los que partieron como ellos mismos, han cumplido como buenos sus deberes para con la patria. Hoy esta dislocado, disuelto casi, porque los que partieron se llamaban Delfín Gallo, Pedro Goyena, José Manuel Estrada, Ignacio Pirovano, Lucio V. López, Aristóbulo del Valle!

¡Confianza! y lanzo esta palabra, porque si el de del Valle me escucha, se ha de estremecer de contento. ¡Confianza! Atrás de nosotros viene una nueva y vigorosa fuerza, una juventud que ha visto días sombríos, oídos altas lecciones y contemplado grandes ejemplos. El momento de su acción se acerca.

Tú, reposa en paz, amigo querido; aquí, sobre esta tumba que el cariño y el respeto del pueblo rodeará, recibe con mi adiós supremo, toda mi gratitud por tu afecto fraternal y por el consuelo que, en mis grandes dolores, halló mi corazón en el tuyo.

Miguel Cané












Fuente: Discurso pronunciado en la inhumación de los restos de Aristóbulo del Valle el 30 de enero de 1896. Discursos Selectos de Aristóbulo del Valle, Editorial Jackson.

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