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domingo, 23 de agosto de 2015

Raúl Prebisch: "Funcionario del gobierno de Alvear e Yrigoyen" (9 de julio de 1983)

Pero volviendo a esos años, entre 1921 y 1922, ¿qué otros elementos de la realidad del país te inducían a estudiar los fenómenos del país, en lugar de dedicarte a la exégesis de libros, a la revista de libros?

Bueno. Es que comencé por allí. Es el caso del libro del Dr. Norberto Piñero, que yo creía que era un gran libro y cuando comencé a leerlo me di cuenta que era un desastre, un desastre intelectual por el modo formalista de tomar los problemas monetarios y empecé una crítica y al escribir la crítica fueron surgiendo varios interrogantes que me decidieron a hacer mi primera investigación, que es la que está allí, en “Anotaciones sobre nuestro Medio Circulante”. Fui a buscar información en libros que me permitieron empezar a comprender la realidad de la moneda argentina.

A esto debe también haberte inducido la traducción que hiciste del libro de John H. Williams.

RP. Si, también. Pero no un efecto teórico profundo porque no llega a teoría. El estaba desconcertado en ese libro, pero tiene muchas observaciones muy penetrantes.

El escepticismo de Williams ya se manifiesta.

RP. Ya se manifiesta.

Ahora, ¿cuál era la realidad económica del país, en esos años, qué problemas preocupaban más?

RP. Yo creo que el problema monetario era el que más preocupaba y el que más discusiones originó en la Cámara. El problema del comercio exterior, porque durante la guerra hubo una protección natural y entonces se alentaron y desarrollaron industrias en el país y cuando se fue normalizando el mundo y volvieron a crecer las exportaciones, vino un gran ataque contra el proteccionismo, un debate muy sostenido en el Congreso en el cual los socialistas tuvieron una actuación muy destacada. Yo seguí atentamente esos debates que coincidían perfectamente con mi formación doctrinaria. En cambio, Alejandro Bunge estaba en la posición contraria. El explicó la necesidad de protección con argumentos muy sólidos. No digo que hubiera tenido más éxito si hubiera profundizado en la teoría, porque no la conocía bien. El era ingeniero; yo no se cómo entró en la economía. El me trató muy bien. Me llevó, siendo yo estudiante, a la Dirección de Estadística como supernumerario de su secretaría. Tenía yo bastante respeto por él, pero no me produjo la impresión de un hombre sólido, como Justo y como los otros que siguiendo la teoría de la división internacional del trabajo atacaron la industrialización en la Argentina. Con todo, los hechos le dieron la razón a Bunge. Fue él el primer apóstol de la industrialización en la Argentina. Y allí yo empecé a separarme de él porque consideraba que estaba en una posición errada, completamente errada.

Ahora después de...

RP. Después el problema ganadero. Pero el problema monetario y el del comercio eran los problemas dominantes en la Argentina. Claro que el Partido Socialista abogaba también por la Reforma Agraria, por el fraccionamiento de las grandes propiedades. Eso provocó grandes debates. Yo también estaba absolutamente en favor de ellos, pero lo que más me atraía era lo del comercio internacional y la moneda. Yo comulgaba con las ideas clásicas bajo la vigilancia de un hombre brillante, como era el Doctor Justo. Brillante, pero que no admitía discusiones. Se molestaba. Y cuando hice esas pequeñas investigaciones sobre el medio circulante llegué a la conclusión de que el Balance de Pagos, las fluctuaciones del Balance de Pagos, tenían una influencia dominante sobre la moneda. Entonces empecé a ver la vulnerabilidad del Patrón Oro, significativa pero sin darme cuenta cómo podía corregirse. Tomaba eso como un fenómeno natural, inevitable: que el exceso en la expansión crediticia en los años de prosperidad agravaba el problema y, por lo tanto, acentuaba la caída. Pero no se reconocía la influencia del Balance de Pagos como un fenómeno que había que moderar de alguna forma. Porque la tesis dominante, tanto antes como después, era que el dinero y la tasa de interés resolvían espontáneamente el problema. Se exportaba oro, subía la tasa de interés, eso contenía la hemorragia, se atraían fondos a corto plazo y el problema terminaba. Y no era así, porque en este país cuando las cosechas fracasaban o bajaban los precios, era cuando la gente tendía a invertir afuera por temor a las consecuencias. En lugar de atraer el oro, el oro salía. Era contraproducente.

Eso seguramente lo comprobaste después del año 1928, cuando la apertura de la Caja de Conversión y el cierre en el 29.

RP. Bueno, en 1929 yo estaba todavía muy atenido a la teoría del Patrón Oro y se había producido el cambio de Gobierno con don Hipólito Yrigoyen y don Carlos Botto era Presidente del Banco de la Nación, y se hablaba de cerrar la Oficina de Investigaciones Económicas que se había creado anteriormente. Un buen día, el Subsecretario del Banco me dice: “Don Carlos Botto necesita su opinión urgente para hoy, antes de las cuatro de la tarde (eran las diez de la mañana) sobre si habría que cerrar o no, la Caja de Conversión”. Entonces escribí una tesis contraria al cierre de la Caja, lo que iba a tener una repercusión sobre la moneda y aduciendo que el oro estaba justamente para cumplir su papel. A las seis de la tarde me hablan que vaya a su oficina y le dile a Ernesto Malaccorto “aquí nos cortan la cabeza”. Bueno, se abre la puerta, se aproxima don Carlos Botto y me dice: “Discúlpeme señor por haber ignorado que un joven de esta calidad no me haya sido presentado. Su informe es excelente y lo he llevado al Dr. Yrigoyen que le ha gustado mucho”. Vuelvo. El joven Ernesto me dice “y, ya estamos afuera”. No, le digo, ¡quedamos! La consolidación de nuestra posición se manifestaba en las ordenanzas, porque como todo lo saben y todo lo oyen, cuando yo pasaba ni se inmutaban. Después de ese día se paraban y me hacían grandes reverencias.

Vamos un poquito más atrás. Después de tu regreso de Australia y Europa, dónde te cortaron los víveres por iniciativa del Dr. Oria, llegas a Buenos Aires y entras como supernumerario a la Dirección Nacional de Estadística

RP. No, no, no. Eso fue mucho antes del viaje al exterior. En el barco de regreso viajaba el Dr. Tomas Le Breton, a quien yo había conocido porque una vez invitó a todos los que se ocupaban de estadísticas a su despacho para tratar algunos problemas. En Cherburgo tomamos el barco y lo veo, a cierta distancia y le hago un saludo muy respetuoso. Se acordaba de mí. Después del primer o segundo día, como a él le gustaba caminar en la cubierta y a mí también, me dice: “¿qué anduvo haciendo usted?”, porque era así, duro en la conversación. Y le conté. “Qué error”, dijo, “mandar a un joven sin experiencia a que estudie esos temas”. Bueno. Ante ese dulce recibimiento yo lo eludí; procuré no caminar en las mismas horas. Y un día estaba yo leyendo (me había llevado la Sociología de Pareto, que me la devoré en ese viaje desde Australia) y se acerca, se sienta a mi lado y empieza a conversar. “¿Dígame usted: pudo ver el régimen agrario en Australia?” Sí señor y le expliqué lo que había visto. Le expliqué que el primer día hábil, el 2 de enero de 1924, fui a una librería en Sydney a pedir todo lo que tuvieran sobre la Reforma Agraria. No había un solo libro ni sabían lo que era, porque como la habían hecho inmediatamente después que empiezan a llegar inmigrantes desde Inglaterra, tienen la visión de que no hay que acaparar la tierra. Y habiendo hecho la Reforma Agraria, nadie teorizó sobre la Reforma Agraria. En cambio, aquí había bibliotecas sobre la Reforma Agraria. Bueno. Empezó a interesarse, a preguntar y me invitaba a caminar con él. Hubo ya una amistad de mayor a menor, pero muy cordial y respetuosa de­ mi parte, por supuesto, y esa conversación se hizo prácticamente todas las noches o todos los días, todos los días. Después de comer me invitaba a caminar con él. Tuve que ir a buscar cajones que había traído con libros para buscar los que tenía sobre Australia, y el día antes de llegar, después de salir de Montevideo, o antes de llegar, la noche que llegábamos aquí, me dice “véngase a trabajar conmigo. Yo quisiera mandarlo a usted, ante todo, de Cónsul General en Ottawa, porque hay tantas cosas que ver en ese país, elevadores de granos, etc.”. Y entonces yo, montando sobre mi primer resentimiento, le dije: Doctor. ¿No cree usted que es un error mandar un joven sin experiencia?

¿Le Breton era Ministro de Relaciones Exteriores?

RP. No. De agricultura. Gran Ministro. Un gran Ministro... Bueno. Me dijo “Véngame a ver mañana”. Voy a verlo. Me lleva a una pieza contigua a su despacho. “Aquí va a trabajar usted”. Yo no le había dicho ni que sí, ni que no. “Usted va a ser mi asesor en una serie de problemas, comenzando por los expedientes de tierras fiscales, en los que hay un atraso enorme”, me dijo, “yo quiero que usted estudie estos expedientes y si usted está de acuerdo y si me dice que sí, yo voy a firmar”. Y así empecé y estuve meses con casos interesantísimos. Recuerdo el de un viejito Newbery dentista, tío de Jorge Newbery, al que le habían dado una concesión fiscal en unas tierras que el trabajó durante cuarenta años, pero que como se superponían en parte a otras tierras, había ese pleito. Entonces yo estudié el caso y aconsejé, en equidad, dar las tierras al que las había trabajado allí, salvando el error. Vino a verme el viejito norteamericano. El expediente ya está firmado favorablemente, le dije, y me dice: “Mire, hace muchos años que estuve en esto. No quise dar dinero porque mis principios lo impiden. Yo tuve fe en que algún día se me resolvería el problema. Adiós”.

Otro caso fue el de un pobre español, que también demoró años. Estaba en la antesala del Ministro cuando se firma lo que yo había propuesto. Entonces el hombre, conmovido, me extiende la mano y siento unos billetes. Me dio tal fastidio que, delante de toda la gente, lo insulté a ese pobre infeliz. Lo insulté. Cuánta gente le habría pedido dinero y el pobre, como manifestación de agradecimiento, me daba esa recompensa. Yo jamás me olvidé y nunca me arrepentí lo suficiente de haber humillado a ese pobre hombre.

Cuéntame cómo llegaste a Profesor de la Facultad siendo alumno.

RP. Siendo yo alumno, Mauricio Nirenstein y Luis Roque Gondra,con el cual quedamos muy amigos después, y cuando pasó a ser Profesor de Economía, decidieron mandar una nota al Consejo Directivo de la Facultad proponiendo mi nombramiento de Profesor Titular,y citaron un precedente del año 1860 del Doctor Pirovano, que fue nombrado profesor de la Facultad de Medicina sin concurso. ¿Qué pasó entonces? Me exigieron que yo terminara mis estudios y me darían la Cátedra. Luego me llamaron al Servicio Militar con dos años de atraso, porque estuve fuera del país, y al terminar de cumplirlo hicieron efectivo el nombramiento, sin exigir que yo tuviera que ser seguir estudiando.

¿Eso fue en el año 1925?

RP. O 1924.

¿Y que dictabas? ¿Economía política, que era la cátedra que conservaste hasta tu salida de la Facultad?

RP. Que se llamó dinámica económica y mi primera clase la escribí y me embrolle con el escrito. Entonces decidí aprender a exponer vivamente.

RP. Estuve meses con el Dr. Le Breton, hasta que se anunció la intención del Ministro de Hacienda de llamar a concurso para ocupar la Subdirección de la Dirección de Estadística. Yo gané el concurso y el Dr. Alvear, sabiendo que yo trabajaba con Le Breton, fue informado y le preguntó “aquí me proponen el nombramiento de este joven”. Yo ya le había dicho a Le Breton que quería ir a ese cargo. Y me dijo: “ya que usted tiene la chifladura de la estadística, yo le di mi consentimiento”.

Dentro de la Dirección de Estadística de la Nación, independientemente de la mecanización en la compilación de datos, creo que hubo dos o tres problemas que te preocuparon fundamentalmente. Primero, las estadísticas sobre comercio exterior, luego los problemas de población y también algunas estadísticas sobre desarrollo económico interno, que se empezaron a compilar y que luego sirvieron para el análisis de El Estado Económico, que era una sección permanente de la Revista Económica del Banco de la Nación Argentina. ¿Qué otros problemas te atraían dentro de la Dirección de Estadística? ¿Que huellas dejó en tu espíritu tu paso por la Dirección de Estadística?

RP. En realidad, la Dirección de Estadística se había concentrado en el comercio exterior. El Director, (Alfredo) Lucadamo, era un hombre de carrera que me brindó en forma constante toda su amistad. Al principio se opuso, pero después se dio cuenta y se plegó con gran entusiasmo. Yo trataba de ampliar la órbita de la Dirección. La estadística demográfica estaba en el Departamento Nacional de Higiene y era muy rudimentaria. Me voy acordando que una vez una Doctora Sachelo escribió un comentario increíble diciendo: los datos de población demuestran que la proporción de gente que muere entre 65 y 70 años es menor que la que muere entre los 40 y 50 años. No se puede relacionar la tasa de mortalidad con la población de ese sector. Esto te da una idea de la pobreza que reinaba enlas estadísticas de población. Yo fui a ver al Doctor Araoz Alfaro,Director General de Higiene, proponiéndole que traslade todo eso a la Dirección de Estadística. El se inclinaba favorablemente, pero por una resistencia burocrática ahí quedaron las cosas. Con todo, yo tenía la idea de que aún cuando no estuviera esa estadística bajo nuestra dirección, porque era necesaria una dirección técnica, que en la Dirección de Estadística hicieran una proyección global de las estadísticas de población. No se logró. No se logró













Fuente: Conversaciones con Raúl Prebisch de Julio González del Solar, 9 de julio de 1983.

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