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domingo, 22 de febrero de 2015

Alejandro Gomez: "Encuentro con Richard Nixon" (mayo de 1958)

La división de la política internacional se manifestó también en el día que asumimos con la presencia del vicepresidente de Estados Unidos y el vicepresidente de la Unión Soviética. Este fue muy circunspecto, mientras que Richard Nixon avanzaba en nuestro medio haciendo gala de un natural don de gentes y de la simpatía de su esposa.

El protocolo argentino resolvió quebrar el equilibrio diplomático y me " sugirió que ofreciera un banquete extraordinario al vicepresidente norteamericano. A mi me pareció que era romper las leyes del juego que debía imponerse nuestro gobierno y me negué aduciendo no estar todavía en la función publica y carecer de dinero para tales dispendios.

No se cansaban los funcionarios de explicarme que mis escrúpulos, eran excesivos y que los gastos corrían por cuenta del Estado. Me cerré en el pretexto y ofrecí como solución transaccional recibir al vicepresidente Nixon y a su esposa en mi casa. Al principio la sugerencia les pareció inusitada, pero después de consultas la aceptaron.

Así, una tarde el vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamerica y su esposa tocaban el timbre de mi departamento en calidad de visitas. Los espere con mi mujer y mis hijos; tenia la orgullosa pretensión de demostrarles como vivía en la Argentina un ciudadano de la clase media con un hogar organizado.

Pasamos una amable tarde. Nixon había sido un abogado pobre de California e iguales fueron mis inicios en Rosario; su mujer había sido maestra, como la mia, y los chicos de ambos matrimonios eran estudiantes.

Nixon interrumpía la conversación y silbaba de vez en cuando, paseándose de un lado a otro pero luego reanudaba el coloquio con interrogantes inesperados. Recuerdo que pregunto si el departamento en que vivía era mio. Conteste que recién lo habia adquirido, debiendo pagarlo en cinco anualidades, lo que pensaba hacer en parte con la venta de mi casa de Rosario. De inmediato la pregunta:

"¿Se piensa quedar a vivir en Buenos Aires?".

Tuve que decirle que en la Argentina el vicepresidente no tiene residencia oficial y que había precisado poner casa.

Cuando Nixon avanzo sobre temas políticos, expreso que Estados Unidos no tendría ningún inconveniente en ayudar a la Argentina. Yo sonreí y le conteste que la base de toda amistad estaba en la franqueza, por eso me animaba a decir que quien venia a buscar ayuda era el.

La respuesta lo asombro y pidió explicaciones. Le aclare que la política de Estados Unidos los había llevado a una situación internacional difícil y que ellos sabían muy bien que precisaban de Latinoamérica, recalcando que en el caso de la Argentina —país cuyo pueblo tenia un alto concepto de su dignidad nacional— si bien era cierto que tropezábamos con dificultades económicas circunstanciales, no íbamos a cambiar nuestra soberanía por una "ayuda". Le sorprendió la respuesta y la acepto, después de un momento de meditación.

Durante el viaje de despedida hasta Ezeiza, me pregunto Nixon si Frondizi seria capaz de ejecutar una política impopular para restablecer la economía del país. Conteste que nuestro pueblo aceptaría cualquier sacrificio mientras viese en sus gobernantes una posición patriótica y de verdadero interés nacional.

El vicepresidente norteamericano también toco el tema del comunismo; al respecto le dije con franqueza que en nuestro país los comunistas eran una minoría y que no confundiera el comunismo con la impopularidad de Estados Unidos por su errónea política en America latina. El no compartió la afirmación sobre la impopularidad yanqui, pero creo que, después de las demostraciones hostiles que padeció en su gira por el resto del continente, habrá recordado mis palabras.


























Fuente:  Un siglo-- una vida : de la soberanía a la dependencia, Alejandro Gomez.

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