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sábado, 6 de septiembre de 2014

Hipólito Yrigoyen: "Sobre el 6 de septiembre de 1930" (24 de agosto de 1931)

La realización, pues, del Gobierno, relevante y selecto en todo sentido, altísimamente caracterizado en sus más austeras expresiones, tuvo proporciones tales y tan prominentes en ideales y concepciones tan profundas, que sin duda constituirá en los anales nacionales, una época bien definida con sus propias peculiaridades y lineamientos.

Había alcanzado ponderación tal y tan inmensa, que debía modelarse con definiciones cada vez de mayores ascensiones y perfeccionamientos, pero como he dicho con la protesta siempre de los elementos cuya vida consiste en desconocer la evidencia de todo, como una de las modalidades del espíritu humano, cuando no tiene por sí mismo razón de ser y fundamento representativo en la vida de los pueblos.

Pero no obstante sus amenazas agresivas, tampoco llegué ni siquiera a suponerlas, porque tengo demasiada comprensión para estar seguro de que la tranquilidad de la Nación era inconmovible e inexpugnable, del punto de vista de la legalidad del Gobierno y de la vivificación poderosa de la más caracterizada simbolización pública, como de la absoluta probidad en su ejercicio y funcionamiento.

Pero, por una gripe, descuidada en la labor que sin tregua me absorbía, habría agravado mi salud llevándome al borde de la vida, por lo que tuve que delegar el gobierno, y al día siguiente, cuando me encontraba en el más el febril estado congestivo, llegó a mi casa el ministro de Guerra interino, Dr. González, quien me hizo comunicar que habiéndose levantado el jefe y los cadetes de la Escuela Militar, más una parte del cuerpo de comunicaciones, viniendo en marcha hacia la ciudad, había tomado las medidas para reducirlos, pero, que al saber esto el Vicepresidente en ejercicio del Gobierno, lo había llamado, y delante de varias personas que se encontraban con él le había comunicado que no haría fuego sobre esas fuerzas, ni consentiría en que se hiciera, ni se tomara ninguna medida sobre ellas, y al efecto había, dado contraorden terminante a los cuerpos de la Capital levantando bandera de parlamento al mismo tiempo, lo que había causado en esas fuerzas un verdadero desconcierto.

La impresión que me causó esa noticia, sólo Dios, que me dio vida para sobrellevarla, lo sabe.

Le hice decir al ministro que fuera, de inmediato al Arsenal y que allí me esperase —y levantándome en seguida como pude, me dirigí a La Plata contra la opinión de los médicos que me pronosticaron que me moriría en el camino—; y en el momento de tomar las medidas para trasladarme con las fuerzas de La Plata al Arsenal a imponer desde allí el desarme, me comunicó el ministro que, habiendo llegado los generales Justo y Arroyo a nombre del general Uriburu, haciéndole saber que el Vicepresidente había entregado el Gobierno, le intimaba que él hiciera lo propio con el Arsenal, porque de lo contrario procedería inmediatamente a bombardearlo; y que ante semejante amenaza de aspectos, tan fatales, que veía inminente, pues los aviadores ya evolucionaban por encima, y sintiendo tan inmensa responsabilidad, había resuelto entregarlo, dejando que el jefe del Arsenal lo hiciera y antes de retirarse con los jefes y oficiales que lo acompañaban, había reunido ante el director general a todos los jefes y oficiales de las fuerzas que resguardaban el Arsenal, quienes acataron en todo momento las ordenes dadas, manifestándoles que se complacía en dejar constancia de ello y guardaría siempre el mejor recuerdo.

En tal caso, ante el cual sé cambiaba la faz de los elementos de resistencia y antes del infortunio a que de improviso se veía impelida la Nación exponiéndose a una contienda que sorprendería al mundo que nos mira, cualesquiera fuera su resultado, con las desastrosas consecuencias y los desmedros consiguientes, estando felizmente en mi mano el evitarlo, así lo hice, porque a Dios infinitas gracias, conservé todas las claridades de mi espíritu para hacer lo que debía en el momento decisivo sin perder ni convenir nada, y con la inmensa satisfacción de no haber hecho derramar sangre humana, que fue siempre mi primera preocupación en las vicisitudes de la vida, y para no sombrear con esos horrores las divinas y celestiales fulguraciones que había expandido por todos los ámbitos del mundo.

No podía ser mi resolución ni vacilante ni condicional en ningún sentido, para darle toda la significación propia de los móviles que me determinaron a asumirla, y pensando que, aunque hubiera que realizar nuevas comprobaciones democráticas en sus legales ejercicios, era un rasgo generoso e hidalga evitar los sacrificios irreparables, para convertirlos en acontecimientos de honrosa enseñanza, en los escenarios de la vida pública.

Me sentí inclinado hacia la augusta medida, como confirmación y coronamiento de las proposiciones que había sustentado durante toda mi existencia, y me apresuré a hacerlo público para que los gobiernos y los pueblos no se levantaran en armas.

Tenía impresas en mi frente, magnitudes de visiones hacia fecundos e intensos bienes nacionales, la llevaba con tal seguridad en la irradiación de ellas así como ya las había expandido en el orden interno como externo, habiendo colocado a la Nación en un entrenamiento tan destacado que nuestra prosperidad moral y positiva estaba tan señalada como la del país más prodigioso del mundo que parecióme una herejía y un profundo sacrilegio el de afrontar los dolores de una perspectiva desastrosa, dando la revelación de una dudosa lógica, respecto de los grandes acontecimientos realizados.

Mi resolución, pues, fue de sacrificio único en mí, bien pensado y sentido, divinamente ideal y sublimemente lógico en sus fundamentos; y ante los sucesos ya producidos, he deseado que ellos resultaran beneficiosos, tanto más que lo que anhelo es la paz nacional y a su impulso, la prosperidad y grandeza de la Nación por el esfuerzo de todos, —como tantas veces he dicho.































Fuente: Hipólito Yrigoyen : DEFENSA ANTE LA CORTE SUPREMA  IV,  24 de Agosto de 1931

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