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martes, 19 de agosto de 2014

Germán Arciniegas: "Los Estudiantes y el Gobierno Universitario" (1922)

La revista Ariel, de Montevideo, en el número correspondiente al mes de junio del año pasado, publica, entre otras, la opinión de Eugenio D´Ors sobre la participación estudiantil en los consejos directivos de las universidades. He aquí el concepto fundamental expuesto por el profesor catalán:

“La participación no es para el problema, capital. Lo primordial es otra cosa. Yo insisto siempre en la etimología de la palabra autoridad: viene de autor, quiere decir autor.”

Bien expresada y mejor comprendida queda, en las palabras anteriores, la esencia del problema. Cosa importante, si se advierte que por no haber penetrado en ella hondamente, han languidecido los intentos generosos encaminados a solucionar una cuestión decisiva para la buena inteligencia del concepto universitario.
Desde hace muchos días, en la prensa, en las asambleas y congresos nacionales e internacionales de estudiantes, no ha carecido de propaganda la aspiración vieja y unánime de la juventud, encaminada a equilibrar en los centros máximos de la cultura y de la educación nacionales los elementos de renovación con los de conservación, los que dan el impulso con los que lo ordenan, los que llevan la vida con los que la encauzan, los que conciben la iniciativa con los que la incorporan, los que son principalmente estudiantes con los que son principalmente maestros, o más aún, como afirman recientemente los universitarios argentinos, “que la democracia – fórmula política de justicia social – debe ser el régimen de gobierno universitario, y que el demos de la universidad lo constituyen los estudiantes que son sus destinatarios directos”.
Pero ni en la manera como se ha iniciado la petición, ni en el desarrollo que a ella se ha señalado hemos estado siempre acordes con lo que se ha dicho. Así que, al formular el doctor Ancízar su encuesta – que como tal hemos considerado su concurso – nos hayamos apresurado a emitir nuestro concepto, pensando que es un deber de cuantos se crean vinculados al problema universitario de Colombia contribuir a que de tal encuesta pueda llegarse a una conclusión ventajosa.
Nos afirmamos, pues, en el postulado de D´Ords, para sostener que hay una obra previa, una obra que debe ser anterior a la de participación de los consejos. Y ella consiste en una organización autóctona, que sería la formación de consejos estudiantiles en cada facultad, con personal elegido por la totalidad de los escolares y anualmente renovado. Estos consejos, por medio de una labor de compactación, de orientación y de realización deben probar que los estudiantes están unidos en una elevada conciencia de sus destinos, apta para traducirse en obras afirmativas e inteligentes. Así se es autor y así se tiene autoridad. Y esto obtenido, apenas si es preciso solicitar la participación que viene a constituir un simple número en el programa de las actividades.
Y porque no se trata de participar en un consejo de profesores, sino de tomar ingerencia directa en las más de las veces y de cooperación en las menos, en el gobierno de la universidad, decimos que la manera como se ha planteado el problema ha traído como corolario, generalmente, el que se limite la cuantía del negocio en detrimento de la holgada visión en que deben espaciarse las aspiraciones estudiantiles.
La perspectiva. Así como el ser autor no es obra de un momento y el desarrollo de una idea madre requiere laboriosas gestaciones, la adquisición de autoridad debe resultar de trabajos continuos, concientes y difíciles. La regeneración de un instituto cargado de aberraciones y rico en defectos, impone disciplinas de todo orden que den firmeza a la reforma. Sin atender los métodos, hoy revaluados en gran parte por la pedagogía, que informaron en sus albores a la actual Universidad Nacional, es lo cierto que una sensible decadencia ha sido notoria, porque en aquellos días iniciales se formó un ambiente estupendo que ahora hallamos burdamente malogrado. Así lo han como prendido los estudiantes, y sus más recientes ejecutorias prueban, a lo menos, un presentimiento de la verdad institucional, verdad cuya realización hace mostrado esquiva a sus anhelos.
La perspectiva seduce porque llevará un fundamento de ciencia y de vitalidad al desenvolvimiento de la casa, extenderá su influjo hasta dar relativa transparencia a las turbias miradas populares y será una esperanza más en las luchas de la raza, que empiezan a definirse con nitidez continental.
Pero para que la obra de los estudiantes se haga con sabiduría, hay que mirar cuál ha sido el camino de la decadencia y cuál será el de la redención.
El ambiente literario. Acabamos de presenciar la apoteosis magnífica de Julio Flores, el poeta a quien más fácilmente ha comprendido el pueblo colombiano. Casi es imposible dar noticia de otro acto que más íntima, que más extensamente haya conmovido a los habitantes de este país. Para afirmarlo es preciso haber visto cómo hasta las gentes apartadas de las cosas del espíritu, leían con emoción de lágrimas las informaciones referentes al acto de la coronación popular.
Sucesos semejantes, admirablemente interpretativos, revelan el carácter exclusivista en las aficiones culturales del país. Gentes que apenas recuerdan la tabla pitagórica, os recitarán quinientos mil versos del poeta, grabados mejor en su memoria que las bases más precisas de otros conocimientos indispensables. Se abre un concurso de cuentos y pronto se aparecen decenas de concursantes; se promueve una encuenta científica, y nadie le da la menor importancia.
Es un espíritu manifiesto en cien formas diversas, que ha puesto cerco a la propia universidad. Cuánta literatura se hizo al debatirse la tesis de una posible degeneración de la raza desvirtuando la índole científica de la discusión. En las clausuras de estudios, qué de odas y de cantos y sonetos. Todos los días surgen sociedades literarias, único afán de muchos compañeros estudiantes, y casi no hay literato de más o menos justa reputación, americano o español, antiguo o moderno, que n haya visto glorificado su nombre al frente de un círculo joven que a su amparo comete versos y trama revista. Rubén Darío, Menéndez y Pelayo, Jorge Isaacs, Julio Arboleda, sirven de razón social a otras tantas casas de versificación.
Y así como el ambiente cultural lleva a la crítica revaluadora y constructiva, el ambiente literario apenas si lleva a un sutil e inofensivo análisis gramatical
El ambiente universitario. El resurgimiento universitario tiene, pues, que encaminarse una profunda modificación de ambiente.

“Estoy convencido de que la necesidad fundamental es una atmósfera de cultura y no un medio formalista de enseñanza”, dice Rabindranath Tagore hablando de la cuestión escolar. Nosotros recogemos esta frase para darle toda su amplitud en el problema universitario.
 Y el sentido crítico ha ido extraviándose, debilitándose, entumeciéndose, bajo la influencia del sistema mnemotécnico del verbalismo que ha venido dominando en los métodos de enseñanza. Tan cierta es nuestra observación, que en la Facultad de Medicina, en donde el método experimental ha debido y ha logrado obtener un desarrollo apreciable, el gremio estudiantil da sensación de superioridad, avanza sensiblemente hacia la verdadera orientación de los altos estudios, al paso que la Escuela de Derecho es un ingenioso laberinto de silogismo en donde naufragan todas las generosidades y hallan obstáculos todas las reformas.
Acentuar ese carácter que hace de la investigación el sistema nervioso de la universidad, para usar una expresión del profesor estadounidense C. M. Coulter, es llevar todo el empuje personal que estudiantes y profesores pueden reunir al espíritu mismo de la obra, es dar verdor de frescura al árbol de la ciencia.
En perfecta simetría con estas ideas queremos planear la organización de los estudiantes. Ella debe ser algo así como un seminario trascendental, que penetre en lo más íntimo de las instituciones para darles el sacudón fecundo del pensamiento nuevo. Y sea éste el momento de advertir que los profesores poco o nada les deben: ellos han hecho su creación a imagen y semejanza de sus ideas, y puesto que gracias a ella han adquirido preponderancia para imponer las concepciones más gratas a su natural rutina e inmovilidad. Pretender inyectarnos en sus consejos. Es buscar un campo distinto del que la naturaleza nos señala.
La cooperación. El estudiante no está en relación de dependencia respecto al profesor, sino en relación de cooperación, y para que esta cooperación dé la plenitud de sus frutos hay que buscar por la autonomía estudiantil el rendimiento completo de que es capaz el factor juventud.
La elección hecha en forma directa por los estudiantes de uno o varios miembros fijos, para que los representen en los consejos directivos de los profesores, no se compadece con la tarea diaria que deben realizar esos mismos estudiantes en su carácter de cooperadores.
El Consejo de Estudiantes debe actuar con idéntica constancia que el Consejo de Profesores, tener derecho a insinuar ante éste proyectos que afecten la integridad del instituto, haciéndose representar para ello por medio de voceros que lleven instrucciones precisas en cada caso, que den cuenta de sus actuaciones a sus delegantes y que sean de libre remoción por el Consejo de Estudiantes. Así el representante estudiantil será portavoz inequívoco, que nunca dejará de interpretar la opinión que en cada asunto oriente a la mayoría de los estudiantes. Y recíprocamente, es atributo del Consejo de Estudiantes darles el visto bueno a los acuerdos que procedan del Consejo de Profesores.
Como una aspiración remota, que no puede hacerse exigible mientras el demos no haya alcanzado la plenitud de su autoridad, puede consignarse la de que toda decisión-ley o sentencia sea obra de profesores y estudiante. Colocados en idénticas condiciones. Pero como aspiración próxima y principio de reivindicación debe solicitarse la concesión a los consejos de estudiantes de una representación ante los de profesores, en forma de voceros y fiscales con derecho a determinado número de votos.
En manera alguna somos partidarios de que los estudiantes pidan o arrebaten la totalidad de la reforma desde el primer momento: creemos que el gradual adquirir de posiciones les hace más conscientes de su misión, de su responsabilidad, de sus derechos, de su evolución y de su conquista.
La actividad estudiantil. Quizá en varios momentos de este escrito hemos señalado la magnitud de las funciones estudiantiles. Ellas tienen un carácter íntimo que hace referencia al instituto; un carácter nacional, por el papel que desempeña la universidad transformando el ambiente de cultura en el país, y un carácter racial en donde se sitúan los problemas internacionales. Bajo estos tres aspectos es visible la actividad estudiantil.

1. Reforma institucional. En su obra más íntima, los estudiantes deben dar una nueva “arquitectura” a la universidad.

La esencia de la universidad hace de ésta un foco revolucionario, pues no siendo un producto del ambiente, sino debiendo transformar ese mismo ambiente, se encuentra en lucha continua con las aberraciones populares, con los fanatismos y con las supersticiones. Sólo el desprendimiento filosófico que tiende a libertar el criterio, da solidez a esta obra mayúscula y profunda. Para llevar a una sociedad a la culminación de sus destinos, según lo que la naturaleza y la razón indican, hay que abatir las más absurdas y firmes fortalezas del prejuicio.
Por esto los estudiantes deben hacer frente a múltiples trabajos porque los hechos engendrados por la rutina y los intereses creados oponen una montaña abrupta a sus aspiraciones.
El prejuicio del pensum limita los estudios universitarios y paraliza la investigación. Con dieciséis exámenes y en cuatro años, hácese el bachiller, fatalmente, abogado. El profesor es elegido por un ministro, generalmente un político, y así hay una idea estrambótica del magisterio. Ni la aptitud pedagógica, ni el concurso, ni el concepto estudiantil, casi ni el del profesorado, se tienen encuenta, y esto llega a producir malestares que sólo pueden atenuarse con huelgas o con protestas violentas, que no indicios de un sistema que no satisface. Y por último, una desvinculación absoluta de las facultades, extingue todo nexo universitario.
Sería inoficioso detenernos a probar que una facultad universitaria no puede aprisionarse dentro de un pensum no alcanza a comprender: son los seminarios, las revistas, los cursillos, los debates fuera de clase, los intercambios, los que dan la verdadera fisonomía del instituto, la cual nunca se conseguiría con la simple y periódica repetición de idénticos conceptos sobre textos exactos. Sería también inoficioso gastar más líneas en advertir que el profesorado, la clase ilustre en las sociedades pro su doble carácter de elaboradora y divulgadora de la ciencia no puede elegirse al azar, sino por selección hecha por toda la universidad y exclusivamente por la universidad que es la única plenamente capacitada para intervenir en el asunto. Y sería, por último, inoficioso, entrar en la demostración de cómo por su esencia, por su índole, por sus finalidades, por su obra, debe presentarse la universidad como un todo armonioso, cuyas partes se relacionan y apoyan dentro del ritmo total del gran organismo. Son todas esas necesidades reconocidas por cuantos han tratado la cuestión universitaria de acuerdo con las tendencias actuales y con el ánimo limpio de prejuicios. Y esto es natural y lógico si al formular el plan de los altos estudios se va tras de un rendimiento que corresponda a las necesidades de los pueblos.
Y de esta manera si fuéramos a discriminar todos los prejuicios que hacen deficiente el sistema actual y que, valga la verdad, no son exclusivos en Colombia, ni diríamos cosa nueva, ni haríamos corto el escrito. Pero hay uno que, por su singular trascendencia desde el punto de vista de la educación merece señalarse con mayor énfasis: es el prejuicio del texto.
Hay tres momentos en la cátedra: la exposición, la discusión e investigación, la Síntesis. En el primer momento habla el maestro, que puede serlo el profesor o el estudiante. En el segundo y tercer momentos hay un trabajo colectivo. El prejuicio del texto rebaja el primer momento cuya belleza reside en la viva voz del maestro; suprime el segundo momento, que es el que forma el espíritu universitario, el que abre las corrientes de simpatía entre el maestro y el estudiante, el que estimula las cualidades más valiosas del individuo; y acaba con el encanto del tercer momento, porque la síntesis sólo es amable cuando lleva un pedazo de nuestro trabajo.
Si la juventud se hace solidaria de estas ideas, es natural que las desarrolle con iniciativas propias, que ponga todo su empeño en la reforma, que cite por medio de sus consejos de estudiantes a los de profesores a reuniones o congresos en donde, identificados en el común anhelo de mejorar, hayan de discutirse los lineamientos que sirvan para modifica o para ampliar las obras actuales.

2. Una obra nacional. La organización estudiantil vigente en Colombia reconoce en cada ciudad que sirva de asiento a un centro universitario, una asamblea directiva de la federación, federación a la cual se hallan vinculados todos los estudiantes.

Los consejos de estudiantes tienen un papel importantísimo ante las asambleas, pues ellos son el órgano de comunicación más autorizado entre cada facultad y la directiva estudiantil.
En juego con las asambleas, corresponde a los consejos verificar la gran obra de la extensión universitaria. Transmitir a la gran masa del país el ambiente de cultura que, emanado de los claustros, civilice hacia fuera y amplíe la zona de influencia en una manera activa de educación popular.
Colocada la universidad, por razón de su importancia, en el centro mismo de las instituciones sociales, de extender, y ésta es una obra de juventud, el estímulo de los ideales nuevos, haciéndolos gratos a las gentes, para que éstas, en vez de ser un obstáculo, sean una ayuda eficaz para el avance de la cultura.
Hay dos fuerzas excepcionalmente capacitadas para elevar el nivel de la cultura, y son el estudiante y el obrero. A manera de términos salientes de la sociedad – el descubrimiento y la realización – ellos se enlazan y comprenden en las grandes conquistas de la democracia. Donde obreros y estudiantes se unen, mediante el aporte racional que a cada gremio corresponde, se forma un centro de atracción, un grupo de actividades privilegiado por la potencialidad y la sabiduría, que obliga a orientarse a las demás fuerzas sociales. Éste es el sentido de la extensión universitaria. Sentido de compenetración con el alma nacional, bajo el concepto ejemplar del trabajo. Sentido de alianza entre el trabajo intelectual y el trabajo muscular. Camino hacia una ética sana y vigorosa y fraternal.

3. Una obra continental. “Concebimos los ideales americanos como el sentido propio que los pueblos nacientes en estas partes del mundo podrán imprimir a los ideales de la humanidad”. 

Con estas palabras sugiere el doctor José Ingenieros la gran finalidad de nuestras universidades en el escenario universal en que deben actuar por decorosa y precisa ambición.
 Subrayemos en la mente la palabra “propio”, para dignidad personal de una raza que tiene juventud para ser fuerte y continente para hacerse distinguir, y que puede, por lo mismo, crearse un holgado patrimonio.
Con la nitidez de un recio carácter deben salir a flote los relieves que hagan de la nuestra una reza distinta. Afirmemos sus aristas, con el orgullo de quienes tienen algo más que una conciencia erudita, formada con el aluvión del extranjero.
De las universidades, atrevidas como el joven que tiene el ímpetu de un cuerpo vibrante y de un ideal vivo, severas con la dignidad de quien no se humilla porque sabe la grandeza de sus destinos, ha de salir la concepción maravillosa de los pueblos de nuestra América, despojada de ripio y de la vana declamación, pero clara, fuerte y actual, como queremos que lo sea la juventud de nuestros pueblos.
Es la última finalidad, que debe mantenerse viva a todo lo largo de la mente universitaria: ella libra de la mezquindad por el vasto futuro que descubre; aplaca las vejeces prematuras por la visión optimista que sugiere; desafía la indiferencia con el glorioso empuje del idealismo; estimula ala actividad con la magnitud atrevida del propósito.
La constante relación de los estudiantes de América, por le intercambio de misiones y aun por la simple correspondencia, el acuerdo de una política racial común, es la base más segura de la amistad y de la futura y verdadera solidaridad hispanoamericana.
Posibilidad de la reforma. No hay disposiciones de ninguna índole que impidan la formación de los consejos estudiantiles dentro de las facultades universitarias de Colombia. De tal manera que la posibilidad del sistema está asegurada por su base. Un consejo estudiantil que funcione con regularidad y con acierto, que se encamine con decisión inquebrantable hacia la plenitud de un gran ideal universitario, que cuente con el apoyo de los estudiantes, que tenga, en una palabra, autoridad suficiente, no puede encontrar en el curso de sus labores resistencia obstinada en los cuerpos que actualmente dominan en el gobierno universitario.
Y no puede, decimos, oponerse a los estudiantes una resistencia obstinada, no puede desconocerse la autoridad estudiantil, porque ella queda establecida sobre bases de fortaleza evidente. Ya hemos dicho cómo conviene a los intereses de la juventud la gradual ascensión de la conquista y para que ella, así, se logre ordenadamente, se dispone de todos los medios que pueden servir a reivindicaciones semejantes.
Tiene en su favor el estudiante, la simpatía social, que en tan claras manifestaciones se ha hecho visible cuantas veces se han intentado movimientos análogos. En la revolución universitaria argentina, la más valiente y audaz conmoción que registran los anales estudiantiles de los últimos años, y en todas las campañas que han adelantado los jóvenes federados de Colombia, ha sido casi unánime el aplauso popular en pro de los reformadores.
La insinuación oportuna, la propaganda de toda naturaleza, y muy especialmente la del periódico y las revistas, son los medios más recomendables de que disponen los consejos. Y los mítines, la huelga y la revolución sólo pueden ser aceptables como recursos extremos, cuando de una manera explícita y agresiva quiere hostilizarse la reforma. Pero esto prueba que en poder de los estudiantes queda íntegra la gama de los sistemas posibles para asegurar una conquista que piden imperiosamente dictados elementales de civilización y de justicia.
Por amplio que sea el horizonte enfocado por nuestro óptimo anhelo, por difícil que parezca dominarlo en su integridad, son tan sencillas las maneras de iniciar la obra, tan inmediatos los pequeños resultados, tan cercanos los mayores que pueden seguirlos, tan acordes con la mecánica, con la lógica institucional los desarrollos del sistema, que nos atrevemos a suponer en una aptitud excepcional que hace de los consejos estudiantiles el eje indispensable sobre el cual ha de girar la nueva universidad de Colombia.
Al adoptar el otro sistema, generalmente propuesto, de representantes elegidos en forma directa, cuyas labores no pueden controlarse en todo momento y en todo negocio, que no pueden destituirse y remplazarse con facilidad, que no tienen el auxilio de un cuerpo consultivo especializado en esos asuntos, que hasta pueden burlar o falsear la opinión estudiantil haciendo peligrosa y poco deseable la participación en los consejos de profesores, al adoptar ese sistema, decimos, se paraliza u obstruye el desarrollo total de la reforma.
El Consejo de Estudiantes no sólo da mayores garantías de acierto al determinar en cada caso su vocero ante el Consejo de Profesores, sino que por la publicidad de sus discusiones y acuerdos y por el número de sus miembros, penetra más en la masa estudiantil.
Por otra parte, nada más simple que la manera de integrar tales consejos, ya que sus miembros pueden ser el principal y los suplentes que se eligen en cada año de estudios para la Asamblea de Estuantes, cosa que en la actualidad se realiza con la mayor exactitud, lográndose así una representación distinguida de todos los cursos.
 El deber de la reforma. Establecida la necesidad de la reforma universitaria, a base de la ingerencia de los estudiantes de su gobierno, como el sistema eficaz para alcanzar finalidades sociales y raciales que caben lógicamente dentro de un buen concepto universitario, puede afirmarse que el logro de la reforma es un deber de la juventud.
No siempre se ha comprendido así y los partidos políticos han intentado muchas veces dirigir por sí solos el movimiento de la reforma universitaria; con ello sólo se ha conseguido crear nuevas dificultades a una labor que de por sí es ardua y complicada. La genuina esencia nacional de la causa, se desvirtúa en la trama de la política. La unidad se fracciona y debilita y las soluciones de mayor claridad y nitidez, tornarse turbias y contradictorias. Y es natural que calamidades semejantes sobrevengan, si se considera que las asambleas de partido no viven la vida íntima del claustro, el discreto comercio de las aulas, y n logran así palpar las fibras más sensible de un organismo que escapa a las limitaciones del bando y de la secta, y que sólo cabe en las esferas de mayor compresión.
La obra que respecto a los institutos universitarios pueden realizar las asociaciones que no están vinculadas directamente en su finalidad, es una obra muy distinta de la de agenciar el movimiento de la reforma, ya que ésta sólo se hará estable e inteligente el día en que no intervengan en ella manos distintas de las de los propios elementos universitarios.
Y como lo que en la actualidad existe es la obra de los profesores, con algunas lamentables limitaciones impuestas por el estado, y como esa obra aparece profundamente distanciada de los ideales jóvenes, no es cuerdo suponer que en la mente de esos mismos profesores esté el germen de una organización distinta que satisfaga la plenitud del querer estudiantil.
Porque así está dispuesto por el orden de las cosas, la obra más digna de la juventud queda, pues, encomendada en sus manos. Por conveniencia, por generosidad, hasta por razones de decoro, está obligada ella a levantar el instituto que sea digno de alojar el pensamiento moderno, ese pensamiento que hoy se muestra esquivo, incómodo en la casa que, de tanto ser estrecha, parece una fábrica con el espíritu ausente.
Penosa, sí, ausencia del espíritu que desdeña el entusiasmo de cuantos llegan ansiosos de elevar las finalidades de su vida, que no regala con el espíritu cordial para las obras sociales que no provoca los impulsos rebeldes donde germinan el descubrimiento y la invención por la discusión y la crítica.
Ausencia del espíritu, porque el espíritu ha sido desdeñado por la misma juventud que no lo evoca y que acepta tan mezquina esfera para límite del giro de su vida y tan opaco ritmo para el desarrollo de su entidad.
Hay que penetrar, y hacer dentro de cada estudiante, el proceso y la filosofía de la universidad, y llevarlo de la contemplación a la acción y hacerlo autor y darle autoridad y colocarlo en el demos frente a la democracia, esto es, hacer del estudiante el estudiante.
Ante el estado que absorbe y ante el partido que disuelve, se alza la juventud que es preponderante y que colocará a la Universidad por encima de los apetitos, haciéndola autónoma y propia. Y, como en la nueva heráldica que la altivez mexicana ha llevado a través de nuestros rublos, dirá en su lengua esta generación augural de Colombia: por mi raza hablará el espíritu. (*)


























(*) Nota:  
"Los ecos de la reforma universitaria de Córdoba en 1918 se escucharon también en Bogotá y Arciniegas, influido por los aires renovadores, reivindicaba por aquellos años la libertad de cátedra. Aquel movimiento estudiantil proponía abrir la universidad al pueblo e invitaba a salir de los claustros a la calle, a poner la filosofía al servicio de la vida, a hermanar lo popular y lo culto. La universidad ideal era, para los de la generación de Arciniegas, una escuela de preparación para la vida, antes que un laboratorio de cultura donde la libertad y la democracia constituían las normas fundamentales de la conducta académica. Estas ideas también inspiraron la reforma universitaria colombiana que constituyó una moderna orientación de los estudios, dando importancia a la sociología y proponiendo una mirada sobre el entorno y el presente e invitando a una revisión de la historiografía."

Germán Arciniegas: El hombre y su obra de Consuelo Triviño





Fuente: Los Estudiantes y el Gobierno Universitario por Germán Arciniegas, 1922.

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