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martes, 17 de junio de 2014

Alejandro Gomez: "Un Documento Importante" (29 de diciembre de 1958)

Es verdad sabida que el país soporta una crisis política desde el año 1930, a la cual no son extraños los partidos que actúan en el escenario nacional. La inquietud ante tal problema origina una casi espontánea convocatoria de la entonces nueva generación y así surge dentro del viejo tronco del radicalismo, la corriente innovadora del Movimiento Intransigente. Los hombres que se reunieron en Córdoba en 1943 y en Avellaneda y Rosario en 1945, deseaban renovar la confianza del pueblo en las ideas de Alem y de Yrigoyen, herederos de los pensamientos fundamentales de los creadores de la nacionalidad, adecuándola a los problemas concretos argentinos.
Si bien las formulaciones y criticas no fueron difíciles, corresponde decir que la expansión de los nuevos esquemas tuvo algunas dificultades porque la conducción radical de entonces cometió errores, y era evidente que el pueblo se había alejado del Partido, especialmente los sectores juveniles y del trabajo.
La fe de aquellos iniciados de la Intransigencia fue muy grande, y por eso, en medio de inmensas dificultades, se recorría el país, se divulgaban los principios se estudiaban con ahínco la soluciones y se soportaba con naturalidad la persecución la cárcel y hasta la muerte para algunos correligionarios.
Se luchaba sin preocupación por el día de la victoria y el único estimulo estaba en el hecho de que la juventud y parte muy importante de la ciudadanía cada vez aceptaba en mayor numero las renovadas ideas.
Se recreo así la fe, una confianza; y la Declaración Doctrinaria la Carta de Avellaneda y el Programa Económico Social, se convirtieron en las herramientas fundamentales de nuestro quehacer.
Tornado el contralor del Partido sin cejar en la lucha por la dignidad nacional, las derrotas electorales no fueron fracasos, se desparramaban ideas y se cultivaba una conciencia de libertad y justicia.
Cuando se tuvo la oportunidad de gobernar el país, nadie planteo ningún problema personal; simplemente se discutía la adhesión y la idoneidad de los presuntos candidatos para el cumplimiento de los postulados de la Intransigencia y de su magnifico programa de renovación nacional.
Los desgarramientos de la marcha fueron siempre dolorosos y se justificaron en la necesidad de ser fieles a los principios a la conducta y al programa revolucionario del Partido.
Esta demás decir que la Intransigencia consustanciada con el pasado de la Patria y comprensiva de los fenómenos políticos que le toco vivir, cuando habla de lo nacional y de lo popular lo hizo con gran sentido histórico y con profundo contenido moral.
Resulta claro que en la construcción democrática no se podía instaurar un nuevo despotismo con el pretexto de una mayor ilustración, responsabilizando solo al pueblo por los grandes errores cometidos cuando en realidad los mismos son imputables casi exclusivamente a los cuadros dirigentes. Este concepto permitió al Partido proclamar con limpieza, y no como negocio electoral, la necesidad de la pacificación nacional
Así llego al gobierno la U.C.R.I., significando el retorno del radicalismo después de veintiocho años de martirologio. Todos respetaron su legítimo ascenso al poder y la inmensa mayoría puso su esperanza en la capacidad de esta agrupación política para resolver los problemas del país e iniciar una era auténticamente democrático, progresista defensora celosa de nuestra soberanía.
El primer contraste del radicalismo en el gobierno fue una extraña selección de los funcionarios pues aparecieron en los elencos gubernativos representantes de ideas y conductas distintas a los planteamientos propugnados durante tanto tiempo.
Se soslayo así lo radical y nuestro sentido de lo nacional y popular con la incorporación de figuras sin mayor arraigo en la opinión publica y cuya actuación era, en muchos casos una lamentable sucesión de errores.
La falta de unidad que se desprende de ese heterogéneo elenco se sumó una inesperada predica y acción demagógica, todo en medio del torbellino económico deficitario y la inflación incontenida.
Los quince años de debate en el seno de la Intransigencia y la correspondiente labor de proyectos y estudios. Fueron reemplazados por el oportunismo y la llamada "política realista” orientada y dirigida por desconocidos ajenos a las largas jornadas de la lucha radical.
Petróleo, reforma agraria, político, internacional yrigoyenista de neutralidad, cultura, acción gremial y otros capítulos de nuestras formulaciones han sido resueltos en forma totalmente opuesta a las que habíamos preconizado.
Claro que el ejemplo típico de inconsecuencia esta en la política petrolera, desviación de la conducta de Yrigoyen y de la magnifica construcción de Mosconi.
Llegamos así a este final de negación del radicalismo que implica aceptar como un triunfo el programa del Fondo Monetario Internacional, agravante de la sujeción argentina a potencias extranjeras. El pueblo recuerda los francos expresiones adversas a esta política, formuladas por la Intransigencia y por su candidato a presidente de la Republica, y escucha ahora con asombro que son éxitos económicos los que hace pocos meses se calificaban como entrega del patrimonio nacional.
En el balance total de tan extraña ejecución, piénsese que ya perdimos la jactancia de que jamás el radicalismo yrigoyenista había gobernado con estado de sitio. Ahora lo imponen por tiempo indefinido, sin causa concreta que lo justifique y con una sanción legislativa que siempre será juzgada con severidad.
Este modo de gobernar parece precisar la quiebra de las autonomías, la creación de condiciones de dependencia la violación de las formas parlamentarias y el uso de métodos avasallantes. En definitiva, la utilización prepotente del poder, sin recordar cual fue el destino de los que aplicaron métodos semejantes.
El resultado del proceso ya es visible: orfandad popular, gradual desintegración del Partido que tanto esfuerzo costo construir a esta y a otras generaciones, y debilitamiento de la confianza en las instituciones democráticas. Ya algunos reclaman un dictador con el pretexto de restaurar la democracia y muchos, acuciados por graves problemas económicos, ansían el retorno del pasado. Vamos en el camino de crear dos argentinas antagónicas y todos sabemos lo que ello significa.
La juventud orgullo de la acción Intransigente a la que enseñamos que iba a ser actora de una construcción singular -"la Patria soñada", al decir de Lebensohn- hoy contempla con estupor tan terrible destrucción de ideales y no será convencida con el "tenga fe", mientras radicaciones, contratos petrolíferos, Fondo Monetario International, etc., van creando las condiciones sociales y económicos mas opuestas a las ideas predicadas.
Los obreros, empleados y campesinos verán de acá a poco y sentirán en carne propia la ineficacia y gravedad de los métodos cuya aplicación recién comienza. No se hablo con franqueza, no se pidió el sacrificio que todos hubiéramos efectuado para una realización auténticamente argentina; se fue al camino fácil del préstamo avasallante y ahora el sacrificio será mas duro y aprovechara a otros.
Ante la realidad descrita, cabria preguntarse si el estado social y político de nuestra patria ya no tiene otras soluciones y si todo ha de estar librado a los factores de diagramación señalados.
Afirmar este pesimismo es negar el destino nacional, y como radical seria afirmar el fracaso de tal fuerza histórica.
Con optimismo podemos decir que entraríamos al campo de las soluciones pacificas si los gobernantes tomaran cabal conciencia de lo que pasa en el país y, dejando de pensar en el solo encanto de las palabras, producirán con hechos, la impresión de que no habrá mas violencia a las normas republicanas, con preferencia a las que hacen al sentido ético de la política, y pusiesen empeño en solucionar, de verdad, los problemas del pueblo, al que se podrá convocar para el esfuerzo, siempre que el sacrificio sea común, sin excepciones, y exclusivamente al servicio del país y su reconstrucción.
Esa actitud tendría que ser urgente, porque la rectificación señalada es indispensable para el bien común de la Nación, y hay que iniciarla con una imprescindible serenidad espiritual, que permita estimar los valores permanentes y decidir con energía el retorno al rumbo que el pueblo votó. La antidemocracia acecha y no es prudente crear climas que signifiquen crisis en las instituciones o negaciones en la voluntad popular.
La historia pedirá cuentas del quehacer de esta hora a todos los argentinos, pero en especial modo a los radicales. Las designaciones circunstanciales y los grupos adventicios que hoy defienden sin beneficio de inventario a este gobierno, con la misma pasión con que antes defendieran regimenes antirradicales, no pueden ser históricamente responsables de la tarea que el pueblo confió a los continuadores de Alem y de Yrigoyen.
Por eso debe reiterarse que estamos ante un doble peligro: uno que amenaza las instituciones fundamentales del país y otro que atenta contra la existencia misma del radicalismo como fe política popular; El cuadro actual resulta aún más dramático que el del fraude o el de la demagogia.
No olvidemos que Yrigoyen cayó con las banderas intactas y por eso la generación posterior pudo heredar su ideal. Si cayésemos los radicales de hoy, ¿con que banderas levantaríamos de nuevo a esta fuerza histórica?
Sin Radicalismo y sin ninguna otra fuerza política titular de sus banderas de esperanza popular, ¿Cómo se reconstruirá el país? ¿Se ignora, acaso, que la gran superioridad política argentina ha sido tener un Partido de autenticidad histórica con emoción popular?
No basta entonces con salvar las formas de las instituciones, hay que cuidar también los instrumentos indispensables para su vida. Por eso, no debe verse con indiferencia la gran desviación de lo radical que se ha operado, con el consiguiente alejamiento del pueblo y la reacción entristecida de los correligionarios.
Así como en el orden general no se salvará la profundidad del drama con el uso de un ilegal estado de violencia, en lo partidario, la sanción disciplinaria tampoco solucionara el problema. La esencia argentina estará por encima de la represión y lo radical derrotará la formalidad de los registros. Para demostrar ambas cosas, ahí está el gran ejemplo de Hipólito Yrigoyen.
Hay que darse cabal cuenta de la responsabilidad que vivimos, sentir en lo hondo esa exigencia y tener el coraje de pronunciar la palabra que corresponda, aunque la misma sea discrepante, y asumir las actitudes que impone la consecuencia con los principios.
Si en este desandar los cuadros dirigentes no recogen el clamor popular ni se inquietan ante la posibilidad de un alejamiento del pueblo, habrá llegado la hora de que el radical común sienta otra vez, la gran convocatoria histórica, efectúe el severo juzgamiento que corresponda e inicié la difícil marcha que con tanta fe realizaron los discípulos de Coulin y los compañeros de Lebensohn.
La autentica causa nacional y popular jamás deberá quedar sin expresión. El pueblo argentino sabrá crear la forma política en que encuadrara su lucha. Nuestros hijos no se van a resignar al colonialismo que hoy arrebata sus bienes materiales y mañana les exigirá el sacrificio de su sangre.
No quedaran solos los que luchan por las justas reivindicaciones de una Argentina libre, dentro de una America libre, con pueblos soberanos y prósperos, aunque los gobernantes pretendan elegir otro destino.




























Fuente: Alejandro Gomez "Un Siglo... Una vida" de la Soberania a la Dependencia, 2001

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