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jueves, 23 de mayo de 2013

Martin Torino: "Ni Irigoyenista, Ni Disidente" (11 de marzo de 1922)

Es exacto — comienzo preguntándole al doctor Torino — ¿que cada día se acentúan más aspiraciones políticas diversas dentro de su partido?
— "Pero, si no hay — me dice, — no puede haber sino radicales. El Partido Radical es uno, y dentro de él, como hace algún tiempo contesté en telegrama hecho público a un correligionario salteño, y lo repito a todos aquellos que me hablan de este asunto: no se puede ser radical disidente, ni principista, ni intransigente; y tampoco radical personalista, irigoyenista, ni presidencialista: "se es o no se es radical", lisa y llanamente.
Esta definición comporta elevados y purísimos conceptos de honradez ciudadana, de hombría de bien, de moralidad civil y política; de virilidad; alto espíritu y nobles sentimientos patrióticos, así como de derecho, libertad, orden y progreso; y no de ideas o conceptos contrarios y negativo."

— Sin embargo — insisto, — se asignan denominaciones distintas y que representan tendencias casi antagónicas, a varias fracciones, entre las que figuran los llamados "personalistas", "irigoyenistas"...

Usted me habla de radicales irigoyenistas, presidencialistas o personalistas, y me complazco en contestarle, despejando una duda o aclarando un concepto. Los hombres que fundaron la Unión Cívica Radical, que le dieron su carta constitutiva y su programa, jamás produjeron acto alguno que motivara, siquiera sea la sospecha, de que habían creado un organismo político que fuera otra cosa que lo que ellos concibieron, previa consulta, en verdaderos plebiscitos, a la opinión nacional. La constitución de mi partido — a cuyas filas me incorporé desde el primer día, una vez didivida la Unión Cívica, que fué desde el mitin del Jardín Florida, el 1° de septiembre de 1889, lo que es hoy, la Concentración Nacional, pero sin  vinculaciones con un pasado desdoroso, — tuvo por objetivo, entre tantos otros levantados y patrióticos, combatir la política del personalismo, que ha sido y parece que continúa siendo una de nuestras más funestas desgracias nacionales.

En aquellos días a que me refiero, el retrato del presidente Juárez Celman presidía los banquetes pantagruélicos de una juventud envilecida; era objeto de ditirambos de sus oradores; rendíasele pleito homenaje; se formulaban vergonzosas manifestaciones de adhesión incondicional a su política; decíase no considerarlo como el primer mandatario de la Nación, sino como al primero y más esclarecido de los ciudadanos de América. Un grupo de juventud universitaria de esta Capital y Córdoba, también declaraba con impudicia no sospechada, al constituirse en centro político, que iniciaba sus tareas aplaudiendo sin reatos al gran benfactor del pueblo argentino, primer dueño de nuestras victorias.

Añade después de invitarme a comprobar con los documentos de su archivo sus afirmaciones anteriores.

Para reaccionar contra semejantes desviaciones morales, para asegurar a las provincias sus autonomías, a los pueblos sus derechos y garantías, y, a los habitantes todos de la Nación sus vidas, honor y bienes, fué que se constituyó la Unión Cívica Radical, que estableció su propósito inquebrantable de romper con tan viciosa organización. ¿Cómo, pues, en el Partido Radical ha de germinar y crecer el personalismo o el presidencialismo. No; cuando tal cosa se afirma, es que se tiene el propósito de arrojar sombras sobre su pasado y todo sobre su presente.

Hace una breve pausa, como para evocar recuerdos, y continúa:

Jamás Alem, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle, etc., fueron personalistas.
"Recuerdo la indignación de Alem —prosigue,—cuando oía decir que había alemnistas. No, no—repetía el tribuno, — dentro del Partido Radical no hay sino ciudadanos radicales: los "istas" pertenecen a la categoría de los sectarios inconscientes, o a la de los incondicionales y vasallos; — no concibo un "ista", aunque se trate del ciudadano más encumbrado de la república, y que a justo título tenga el derecho a llamarse hombre. A los "istas" — agregaba Alem, emocionado de legítimo patriotismo, — los concibo hombres incompletos, verdaderos asexuales, epicenos políticos; los "istas" de hoy, los lacayos — seguía, — serán mañana los esclavos libertos, y los libertos no saben sino de la traición del esclavo.

En estas condiciones, con estos antecedentes, ante tan vergonzoso porvenir, ¿el presidente Irigoyen aceptaría incondicionales y personalistas? 


No; no puedo creer que los acepte, que los aprecie y los respete: podrá servirse de ellos hoy, los despreciará mañana; y, al día siguiente, ellos lo han de negar, traicionándolo.

Derivó luego la conversación hacia las candidaturas que se insinúan en el radicalismo, los nombres de los dirigentes de los movimientos de opinión iniciados, y especialmente de la situación de independencia que conserva el doctor Torino.
Entonces el senador por Entre Ríos, me dice:

Puede usted darse cuenta del porqué no ha visto mi nombre incluido en ninguna de las tendencias que por el momento trabajan la unidad de mi partido. Soy radical, nada más que radical, que desea, que anhela la completa homogeneidad y unión del partido, y a esa finalidad concurro en la medida de mis fuerzas y animado del más alto propósito.

Los nombres de los caballeros que apuntan para el primer término del binomio presidencial, son dignos de que el país ponga sobre ellos su mirada, depositando en sus manos las graves y arduas tareas del gobierno.

Los doctores Alvcar, Gallo, Saguier, Meló, Le Bretón, Cantilo, Pueyrredón, Torello, Gómez, son viejos soldados del partido, al que cada uno, en la medida de su edad, de sus energías y del puesto en que debieron actuar, rindiendo tributo de sacrificio y abnegación.
Cualquiera de ellos habría de ser presidente de la Nación, a la que dedicaría todo el caudal de su ciencia y experiencia, demostradas en muchas ocasiones.

Como expreso a esta altura mis dudas acerca de la unidad partidaria en el momento de la elección, el doctor Torino me dice con sincera convicción:

Creo, firmemente, que el partido ha de concurrir unido, como siempre lo fué, a los comicios de abril próximo, sosteniendo una fórmula única. Fundamento mi creencia, en que asigno al electorado radical y a sus hombres dirigentes, todo el fervor patriótico que yo mismo siento.

Todos, llegada la hora, han de agruparse y llegar unidos ante los estrados comiciales. No pueden sacrificarse los intereses de la Nación, del partido, y aun los muy respetables de nuestros adversarios, a simpatías, por justificadas que sean, por determinados ciudadanos. El momento político actual, no puedo ocultarlo, considero ser de verdadera gravedad.

"El triunfo de la Concentración Nacional, a pesar que ella ha izado como bandera los nombres de dos ciudadanos llenos de positivos méritos, traería una situación de anarquía, y, quien sabe, dados nuestros pésimos hábitos políticos, los horrores de la misma guerra civil. Sería un gobierno minado por un cáncer interno, y que tendría a su frente un Congreso que le seria hostil; a un partido popular fuerte y aguerrido; y una tradición política funesta, aun no olvidada, que gravitaría como fuerza que atrae al precipicio, y en la hipótesis que el Partido Radical concurriera a los comicios con una doble fórmula de candidatos y que una de ellas triunfara independientemente sobre la otra y sobre la Concentración, no resultaría más cómodo el gobierno que de ese triunfo surgiera.

Finalmente, el doctor Torino, insiste en exteriorizar su convencimiento acerca de la buena voluntad que ha de allanar todas las dificultades y salvar al Partido Radical de una crisis peligrosa, y en ese sentido me dice, para terminar: 

El partido tiene que ir unido: irá unido; ha de encontrar la fórmula y los hombres que llevará al triunfo, para rehabilitarse de la inculpación de incapacidad de sus miembros destacados para el gobierno de la Nación.


Y al hallar, proclamar y consagrar la fórmula presidencial anhelada, el Partido Radical ha de consultar antes que sus intereses, los muy altos y sagrados de la patria, en la que caben todas las creencias, doctrinas y postulados legítimos, con el inalienable derecho a la consideración y el respeto público.





























Fuente: Caras y Caretas "Lo que piensa el senador Torino" 11 de marzo de 1922. 

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