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domingo, 6 de enero de 2013

Eduardo Angeloz: "Aceptación de la Candidatura a Pte. de la Nación" (30 de septiembre de 1988)

Amigos y correligionarios: hoy es el día de la consagración de una militancia; hoy se reunió el más alto organismo electoral de la Unión Cívica Radical para legalizar el veredicto de las urnas. Hoy es la consagración de una militancia sin dobleces.
Confieso que mi espíritu esta cruzado hoy de orgullo y humildad. Orgullo de sentirme depositario de la decisión del partido que más ha luchado en el último siglo de vida por las virtudes democráticas. Orgullo de saber que estoy en el camino y en la misma ruta que antes abrieron Yrigoyen, Alvear, Illia y Raúl Alfonsín. Humildad para conocer las limitaciones de mi propia capacidad; humildad para reconocer mis propios errores; humildad para reconocer los errores de quienes nos precedieron; humildad para poner todo el esfuerzo que sea necesario en la ciclópea tarea del futuro argentino.
En esta circunstancia también viene a mi memoria como un tropel el recuerdo de los viejos maestros de toda mi vida política. Ahí, como entre sombras, aparece la figura de mi padre, que me dejo el legado radical; la figura de Sabattini, de del Castillo y de Illia, artífices del crecimiento de este país y abanderados de la modernización, para formar una conciencia.
Ellos, seguramente, abrieron la apertura suficiente para que aprendiera cuanto ellos eran capaces de ensenar a quienes los veíamos todos los días. Yo se que estoy formado en sus escuelas cívica y política; esto lo digo con orgullo y humildad. Pero quiero decirle a cada uno de mis correligionarios que en todas las etapas de mi vida política y cada vez que me toco actuar, sentí el orgullo de ser radical.
Cuando recibí el ofrecimiento del doctor Raúl Alfonsín para ser propiciado como candidato ante el Partido a la más alta magistratura de la Nación, íntimamente sentí que estaba en el momento ideal, y en la madurez de mi vida para que desde el más alto sitial de la Nación pueda llevar a cabo ese estilo y sentido político.
Se que hemos iniciado el camino hacia la victoria, y esta no es una afirmación triunfalista; esta no es una mera actitud voluntarista sino que es el diagnostico de la realidad del país, porque es el diagnostico ajustado a las mas severas proyecciones del tiempo.
Esto lo digo con orgullo y con humildad. Con orgullo, y porque voy a tener que continuar el histórico gobierno del doctor Raúl Alfonsín!
Su tarea al servicio de la democracia ya ha escrito las mejores páginas de la historia de este país. Y con humildad también, porque se que hay que poner todo lo que hay que poner sobre la mesa cuando hace falta asumir las responsabilidades de los pueblos.
Humildad para saber, para sentir que nos vamos a constituir en el primer relevo civil de los últimos o más de los últimos cincuenta años de vida institucional de la Argentina. Yo digo para mí que cuando reciba el asiento presidencial de las manos del doctor Raúl Alfonsín voy a estar también decidiendo el mandato de la historia y el mandato de la historia radical.
Ese grande en la política del país, que fue don Arturo Illia, solía enseñarnos que en 1945 la Unión Cívica Radical perdía a la clase trabajadora, que se fue tras la propuesta que entonces le formulaba el coronel Perón. En 1958 perdimos a la intelectualidad argentina y a la clase media argentina. En 1973 perdimos a la juventud, que se fue tras la aventura del tercer proyecto peronista en 1973-1976.
En 1983, afirmando nuestras convicciones, hablando claro y de la mano de Alfonsín, recuperamos a la intelectualidad argentina, a la clase media y a la juventud grande de este país.
En 1989 tendremos que crear las condiciones básicas para recuperar a la clase trabajadora argentina. Ellos tendrán la posibilidad en base a la mano tendida por la identificación con nuestro ideario, con nuestra lucha, con nuestra conducta política. Hay que recordar que precisamente quienes lo erigen, quienes lo elevan hasta la presidencia de la Republica a Hipólito Yrigoyen, precisamente son los hombres que venían del origen del trabajo en la Republica Argentina.
En 1946, el mundo salía de su holocausto. Acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial, en donde hubo que abatir por las armas a la perversión nazi-fascista. Y también en nuestro país nacía la obligación de defender las libertades públicas y los derechos humanos.
En ese 1946, la clase trabajadora tenía otras urgencias. Se fue detrás de otras banderas. Nosotros no arriamos las nuestras, sino que las tuvimos siempre flameando.
Y las hacemos flamear más que nunca cuando sentimos la persecución autoritaria y cuando el país recupero la libertad fuimos al reencuentro de los hijos de aquella generación que había consagrado a Yrigoyen y que no le resto su apoyo a Alvear.
Así, en 1957, pudimos escribir una de las páginas más notables del derecho constitucional argentino. Pudimos clavar más hondo uno de los mejores proyectos que es testimonio de esa lucha; allí esta el articulo 14 bis introducido por los radicales en la Carta Magna nacional.
Fue la demostración de nuestra voluntad por los derechos sociales, fue la ratificación de nuestra identificación con las aspiraciones, con el sentimiento del pueblo.
En una nación hay tiempos para la organización, a veces para la reorganización y siempre para la acción Nosotros en 1983 recibimos un país moralmente aniquilado, mutilado en nuestro presente por la muerte absurda de miles de jóvenes y mutilado nuestro futuro por la emigración de profesionales y obreros especializados, altamente especializados, que se fueron a otros lugares del mundo, a la búsqueda de la realización de un destino que no pudieron concretar en el suelo que los vio nacer, y todo esto en el nombre de la reorganización nacional.
Yo afirmo que la verdadera reorganización nacional se insinúa el 30 de octubre cuando se nos hizo depositarios de la voluntad mayoritaria del pueblo y comenzamos a ejecutarla el 10 de diciembre de ese mismo año; y vale la pena señalar que en virtud de la vigencia o la aplicación de los derechos constitucionales, de la restauración de las instituciones de la Republica pudimos hacer cierto dentro del país que el hombre era sagrado para el hombre; y cuando fuimos mas allá de la frontera, cuando nos presentamos en el escenario nacional del mundo volvimos a afirmar el concepto radical de que los pueblos son sagrados para los pueblos. Y a partir de ese momento comenzamos a superar viejas injusticias, a restallar, a reparar viejas heridas, a encender los fuegos de nuevas apetencias, de nuevos deseos de todo un pueblo.
Esta fue la realidad que se operó desde 1983; nos toca a nosotros iniciar ahora el tiempo de realizaciones y durante estos cinco años de vigencia del gobierno en virtud de las condiciones en que se recibió el gobierno y la realidad, se nos presento entonces el espectro de esta situación con toda su brutalidad y entonces aprendimos, compren- dimos que la democracia no solamente va a ser juzgada por el respeto que tenga la justicia, por lo que sea capaz de imponer y la vigencia de los derechos constitucionales, por el impulso que le de a los valores creativos del espíritu, si no que también la democracia va a ser juzgada por la capacidad que tenga para organizar realmente bien los derechos del pueblo, los recursos del pueblo y fundamentalmente va a ser juzgada esta democracia por la capacidad que pongamos para generar las condiciones que permitan el crecimiento y el bienestar de la Republica y de todo nuestro pueblo.
Así va a ser juzgada la democracia de los argentinos, a partir de este 1989, cuando otra vez la convocatoria le diga al alma de cada uno de los argentinos si piensa en el pasado o si piensa en el futuro de sus hijos.
Hemos aprendido en estos años de gobierno que un país no puede distribuir lo que no tiene, no puede distribuir una riqueza que no tiene. Hemos aprendido que el Estado no puede gastar impunemente más de lo que recauda. Hemos aprendido que la inflación es un impuesto perverso y al que más castiga es al trabajador porque le licua todos los días un poco mas de los recursos que no tiene. Y hemos aprendido también que en la vida de los argentinos las utilidades no tienen por que ser reprochables si son honestas y tienen que servir para generar nuevas inversiones en la Republica.
Yo se que no goza de buena imagen en la sociedad argentina demostrar capacidad para administrar o ser un buen administrador. A veces es conceptuado como una tarea supletoria, secundaria de la política. Yo quiero advertirles sobre esta falacia cuando se distingue lo que es el estadista del administrador. Tengo la sensación de que se abren nuevas brechas para poder hacer caer incautos, o al menos tengo la sensación de que se van cambiando.
Cuando se separan esas cualidades de administrador y estadista tengo la sensación de que se quieren cambiar las señales del camino para volver a llevar al pueblo a nuevas frustraciones.
No existe un estadista que no quiera transformar en realidades la brillantez de sus pensamientos. No existe un estadista de ley que se quede en el discurso por el discurso mismo, si no lo transforma en realidades, en hechos. El mejor estadista es el que administra todos los días. Roosevelt, Adenauer, Degasperi, De Gaulle, fueron realmente estadistas que no se quedaron en la brillantez de sus discursos sino en sus realizaciones, y tal vez fueron estadistas mas por lo que hicieron que por lo que dijeron.
Los políticos argentinos hace mucho tiempo que venimos hablando de un discurso para el futuro sin darnos cuenta de que el presente se ha ido diluyendo paulatina- mente hacia el pasado, arrastrando en su caída las potencialidades para el progreso.
Es imprescindible hacerse cargo del presente, y yo digo que a todo discurso debe seguir la acción. Tengo hecho carne en mí, correligionarios, que detrás de la Argentina utópica hay una Argentina real que en circunstancias electorales nos va a medir de acuerdo a nuestro resultado.
Hay que poner toda la fuerza necesaria para que al discurso lo acompañe el hecho, y tengo la sensación de que el mejor estadista es el mejor administrador, y el mejor administrador es el mejor estadista.
Me he caracterizado en mi vida por hablar siempre claro, tal vez demasiado claro, pero creo que en circunstancias como esta, en donde se presenta alguien para ocupar el mas alto sitial de la Nación, es imprescindible la precisión y la claridad del concepto, para que el pueblo que nos escucha, que rodea nuestras tribunas y que atiende nuestras disertaciones por televisión —que también debe observar a las demás fuerzas políticas y a los otros candidatos—, tenga la claridad imprescindible para saber cuales son los proyectos y las propuestas que van a resolver los problemas del país.
No hay duda de que esta es una actitud ineludible de un dirigente político; y yo quiero formular como propuesta la misma que hiciera suya el radicalismo en la jornada histórica de Parque Norte, cuando se afirmo que el rumbo del país es la modernización. En este sentido, hablar claro significa que no puede haber engaño ni ocultamiento. Esto hay que decirlo al país todo con honradez, porque estamos viviendo una de las crisis económicas mas severas que ha soportado la historia de la Nación, que tiene atrapados y tornados a todos los estamentos de la sociedad argentina.
Entonces hay que decir que los moldes y que la forma en que se gobernaba en épocas anteriores ya no sirven para el crecimiento y para el bienestar del país, porque pareciera que ello constituye causales del estancamiento, de la decadencia y del atraso.
Estas son actitudes imprescindibles para decirle al pueblo en forma clara que a la inflación y al estancamiento económico los vamos a derrotar, porque la paralización que a veces se puede operar en la economía del país requiere el cambio de un mercado chico y encerrado.
¡Hay que superar este estado y superar al cáncer que rodea al pueblo! Hay que decirle al país que la capacidad conductiva parece gastada y obsoleta y que esta fundada solamente en la tolerancia que tiene el país y que tienen los habitantes para recibir un producto que quizás no este técnicamente en las mejores condiciones.
Hay que decirles que de esta crisis que padece el país no vamos a salir por una mera actitud voluntarista, sino que va a demandar, sin ninguna duda, esfuerzo, trabajo y sacrificio.
Hay que decirles también que no son suficientes los capitales que se inviertan en el país para modificar la economía de la Republica, sino que es imprescindible una modificación de esa estructura productiva, porque si aplicamos los capitales en una estructura gastada y obsoleta, vamos a apostar directamente al fracaso.
Quiero señalar algunas prioridades de este concepto de la modernización. En primer lugar, que la Republica tiene que abandonar este mercado chico, cerrado y modelado sobre una economía semiautarquica que exporta poco porque le tiene miedo a los espacios que hay detrás de las fronteras argentinas, ya que permanentemente se ha repetido que para que valen las inversiones y el aumento de la capacidad tecnológica si tenemos un mercado de 30 millones de habitantes que compra lo que le quieren vender y paga lo que le quieren cobrar. Esa economía cerrada concentra la riqueza en manos de unos pocos y, funda- mentalmente, esta asentada sobre las condiciones del proteccionismo.
Desde chico escuche decir que la protección hace a la soberanía del país, y ya en camino de ponerme viejo he entendido que la protección y la soberanía a la que se hace referencia es simplemente la soberanía de los que se benefician y se sirven de ese tipo de sistema productivo que no favorece a la sociedad argentina.
Hay que señalar que los argentinos ya no somos aquel país que el mundo estaba esperando para que le enviásemos y le remesáramos nuestro ganado y nuestro trigo para paliar sus crisis y hambres. Ya hay que decir concretamente que la Argentina no es mas aquel país excedentario, abundante, sino que las circunstancias de crisis por las que hemos atravesado hicieron que nos transformásemos, más que en un país, en un pueblo pobre y endeudado que esta hipotecado.
Y no hay otra actitud ni medida: hay que violentar las fronteras ajenas, hay que presionarlas con los productos argentinos, porque esto significara no solo estar en las coordenadas del mundo, sino también generación de nuevas propuestas, de puestos de trabajo para la sociedad argentina y la obtención de fondos imprescindibles para el país, y por sobre todas las cosas habremos revertido el concepto de que el mundo es una oportunidad para los argentinos. Nos hace falta tener coraje para ir a llevar el producto con la capacidad, la calidad y la cantidad que los argentinos debemos poner para ganar el puesto que nos corresponde en el comercio internacional del mundo.
La segunda prioridad es el rol del Estado. En esto también quiero ser claro: no soy un antiestatista. No existe ningún hombre político que espere gobernar a su país y que renuncie al Estado. Lo que pretendo es que el Estado sea protagonista de desarrollos o coprotagonista de crecimientos y no una muralla contra el desarrollo. Yo vengo diciendo que hay que desestatizar el Estado para recuperarlo, porque de tanto hacer emisiones, tarea que no era de su competencia, se transforma en una corporación, la peor de las corporaciones, porque compra lo que le quieren vender y paga lo que le quieren cobrar. Y esta es una de las grandes decisiones del presidente Alfonsín: poner sobre la mesa de la discusión un tema tan importante como el del rol que compete al Estado dentro de la economía argentina. Y hay que separarlo definitivamente.
Nos hemos preguntado siempre cuales eran las nuevas vías de intervención del Estado en la economía. Frente a esta discusión, es que estamos reformulando las nuevas modalidades de participación de la sociedad dentro de la economía.
El Estado tiene que dejar de inmediato su capacidad productiva. No fue creado para producir, y debe convocar al capital privado para que lo reemplace, y dedicarse —casi con fines de exclusividad— a la obtención del bienestar y al logro de la justicia de los que menos tienen, es decir, de los mas necesitados del país.
Este es el nuevo concepto con que hay que manejar el Estado moderno. Un Estado que brinde las posibilidades para la elevación del nivel de vida y el crecimiento —en definitiva— de nuestro país para el desarrollo de una sociedad.
La tercera prioridad es la política social. En esta materia, un país tiene que actuar conforme a los signos de los tiempos. Las políticas sociales de los pueblos y de los países tienen que estar fundadas en los signos de los tiempos, y la Argentina dejo de ser el país sedentario y ya no puede distribuir lo que no tiene; seguramente deberá abocarse a poder concentrar los pocos recursos que tiene para satisfacer a los mas necesitados, y tienen que provenir de los que mas tienen, de los que mas recursos han acumulado. Porque eso hace al concepto de ética de la solidaridad y la política social de este país para el futuro, y sobre esto que ha generado el gobierno de Alfonsín, tendrá que significar la liberación de todos los recursos desperdiciados.
Tendrá, necesariamente, esta política social que sumar los esfuerzos profesionales y los técnicos, técnicas que tenga el Estado para la elevación de ese nivel social, y cuando yo hablo de modernización y hago referencia a esta prioridad, prefiero decirle al radicalismo que no me he olvidado de la razón de ser de este país.
De nada valen la biogenética ni la informática ni la robótica ni la fibra óptica si no se mejora la calidad de vida de los que están en este Gran Buenos Aires, que no tienen agua potable, a los que les faltan viviendas o a los que les falta el abrigo, de que vale la modernización si no por la posibilidad de tener bienestar para el pueblo. Si no, no vale.
De todas las prioridades, destaco la modernización de los recursos humanos, la tecnificación y profesionalización de los hombres y mujeres para ponernos a la altura del portentoso avance de la ciencia y la tecnología del mundo. Estos avances tienen un denominador común: es el conocimiento. El conocimiento será la materia prima del siglo XXI, y solamente los jóvenes serán depositarios de ella.
Durante muchas décadas nos la hemos pasado preparando profesionales para la amargura de la frustración o para la tristeza del destierro. Durante muchos años nosotros nos la hemos pasado preparando profesionales para enriquecer la intelectualidad de otros países en el mundo. Nunca más esta injusticia. Lo intento Raúl Alfonsín; hay que acentuar la política; hay que llevarla adelante —contra viento y marea— para que no se tenga que ir nunca más un profesional del suelo argentino.
Cuando un profesional maneja un taxi o vende libros a domicilio no es justo; es el llanto seco de un pueblo impotente.
En definitiva, nuestra propuesta es el restablecimiento de una economía abierta, con ponderación, gradualmente, con responsabilidad, y vinculada íntimamente a la política de cambio, una economía flexible, creativa. Es necesario dar igualdad de posibilidades para todos los argentinos; en definitiva, la creación de una mística del crecimiento que se funde en la libertad y en la justicia, y que pueda unir en el arco del tiempo el pasado grande de los argentinos con el futuro grande de los argentinos.
Quiero hacer algunas reflexiones políticas que parecen validas en estos momentos, pero no quiero que se encuentre en ellas ninguna intención agraviante; no hay en mis palabras un propósito de agravio.
Advierto que desde un tiempo a esta parte los políticos agregan confusión a la confusión. No pueden agregar incertidumbre a la incertidumbre; no pueden presentar propuestas que saben que son inalcanzables en el tiempo; no pueden decir que hay moderación cuando callan, cuando no dicen nada. Yo advierto que no saben lo que tienen que decir o no tienen nada que decir.
Yo he advertido que algunos políticos argentinos continúan ejercitando el arte del ilusionismo, y yo digo que esto no es una falla moral sino un profundo error de diagnostico.
Así, el candidato a presidente del justicialismo y el candidato a presidente de la UCeDe reparten ilusiones por doquier, afirmando que cuando lleguen al gobierno van a quedar resueltos todos los problemas.
Uno habla del aumento del salario y las jubilaciones sin decir como y de donde pueden salir estos fondos. El otro señala que las inversiones significaran, sin ninguna duda, el aumento del bienestar de los argentinos. Yo no creo que sea una propuesta demagógica deliberada; creo que no hay conocimiento de la realidad. No se sabe con ciencia cierta cuales son las dificultades y el esfuerzo que hay que hacer para acometer el futuro que esperamos los argentinos.
El candidato del justicialismo cree honradamente que se puede volver al pasado y que el tiempo transcurrido solo sirve para contabilizar los errores de las administraciones que le precedieron o que nos precedieron, y entonces su- pone la existencia de una Argentina abundante, un mercado chico, cerrado sobre si mismo. Trata entonces de inventar el futuro proyectando el pasado, pero el pasado no vuelve más. Si hace cuarenta y cinco años, cuando acumulamos el oro y las divisas que no permitían transitar por los pasillos del Banco Central, no se pudo reestructurar la economía argentina, esto debe haber hecho aprender al pueblo.
El candidato de la UCeDe practica la ideología de la magia. Cree que con dos o tres pases milagrosos sacara de la galera la Argentina brillante de otros tiempos, pero no va a sacar nada que no sea en función del trabajo y el esfuerzo que tienen que hacer los argentinos.
No hay un solo agravio, lo juro; pero tengo la sensación —debo decirlo— de que a esta altura el candidato justicialista representa el facilismo de la distribución y vive la Argentina del misticismo; y que el candidato de la UCeDe representa el facilismo del crecimiento económico y vive la Argentina inalcanzable para la Republica.
Yo no he querido plantear una sola ilusión como propuesta electoral, porque espero crear la esperanza argentina fundada en la libertad, en la paz y en la justicia de los argentinos.
Por ello, el mensaje de esta noche no tiene dirección alguna y tampoco es para un sector determinado de la sociedad, porque esta referido a todos los argentinos: a sus hombres y mujeres de nuestro país. Mi única promesa es que todo nuestro esfuerzo y toda nuestra lucha estarán al servicio de todos los argentinos; ese será nuestro norte en esta larga lucha que nos toca llevar adelante a partir de 1989.
Se que muchas veces se le cayo el animo a los argentinos, pero lo que no admito es que se le caiga el animo a los radicales, porque no puedo entender como es que tantos años de lucha hayan sido en vano. Muchos han quedado en el camino, pero los que llegaron fue por la tenacidad y claridad de sus pensamientos y por la honradez de sus conductas. Este es el único reclamo que le hago a los habitantes de mi país, para que todos pongan de manifiesto sus pensamientos y la honradez de sus conductas en bien del destino de nuestros hijos.
























Fuente: Discurso pronunciado en el estadio de Ferrocarril Central Oeste, el 30-9-88 - La Propuesta de Angeloz "Ideas para el futuro argentino", 1989.

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