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sábado, 8 de diciembre de 2012

La Época: "Los Gobernadores y el Gobierno Federal" (9 de mayo de 1920)


La posición relativa de gobernadores provinciales y Ejecutivo nacional no en ni pueden ser otra que la determinada por la constitución. A la lamentosa quejumbre del mandatario bonaerense sólo ha respondido una voz afinada al mismo diapasón. Do modo que si "La Nación" quiere atribuir el valor de una encuesta a las manifestaciones de los jefes de estados federales carece del derecho de dar importancia a una sola respuesta y olvidar la existencia de los restantes. En estas, los gobernadores consultados contestan con una formula de cortesía la indiscreta cuestión planteada por un colega que parece desear la universalización de sus ataques institucionales para adquirir en la certidumbre del mal de todos el consuelo que el proverbio atribuye a los mandatarios extraviados. Pero "La Nación" hace caso omiso de esas actitudes que tienen un valor inestimable, en cuanto demuestran la sorpresa y el desdén con que los gobernadores han acogido la inopinada apelación a la solidaridad ante un peligro que no existe.
No puede dudarse, en efecto, que ante la realidad del riesgo, los gobernadores de las provincias habrían aprovechado la oportunidad que se les brindaba para formal un frente único de resistencia a la actividad invasora del poder federal. En cambio, han creído más sensato continuar en el honesto desempeño de sus deberes políticos, perfectamente convencidos de que ningún influjo exterior o extraño perturba el juego correcto de las instituciones provinciales. La excepción en el caso, robustece la regla, como sucede frecuentemente con las excepciones. En las declaraciones enfáticas del mandatario salteño sólo se advierte una decidida inclinación hacia las formas de expresión grandilocuente y frondosa. Florece en su comunicado un retoño "suranne" de aquella literatura romántica de mediados del siglo pasado, cuyos cultores políticos tenían en Michelet su profeta y en "Los Miserables" su bíblica profana. En substancia, nada prueban ni nada dicen. El volumen torrentoso de sus cláusulas recuerda el caudal de esos ríos que arrastran arenas de oro, pero tan poco oro, tan ínfimas partículas de oro, que no pagan el trabajo ímprobo de extraerlo.
Y frente a esas manifestaciones se desenvuelve la vida institucional del país, armoniosa y robusta, como cumple a la actividad funcional de un organismo en pleno goce de su salud moral.
Los poderes públicos de las provincias han sido democráticamente formados sobre la base de la voluntad popular y su vida política se desarrolla sin esfuerzos ni tropiezos bajo la superintendencia vigilante del poder federal que no renuncia ni resigna el deber de policía institucional que le confiere la constitución.
Pero ningún lazo secreto une el presidente a los gobernadores ni subordina la acción de estos a la voluntad de aquel. Ya no hay en el país un gran elector ni existe el unicato. La uniformidad entre la política presidencial y la de los gobiernos radicales es hija de una hermosa concordancia de principios y de ideales. Procedentes del mismo partido uno y otro realizan los mismos propósitos. Pero en esa gestión vasta y bien orientada, no hay dependencia servil ni autoridad humillante. Hay armonía cívica y nada más. "La Nación" no quiere verlo así; peor para ella: alguna vez la realidad le entrara por el entendimiento.
















Fuente: Hipólito Yrigoyen "Pueblo y Gobierno" La Reparacion Institucional, Volumen II La Republica Federal, Recopilación hecha por Hector Rodolfo Orlandi y Jorge Rodolfo Barilari, Editorial Raigal; 1954.

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