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domingo, 2 de septiembre de 2012

Diario Adelante: "Un gobernador sin jerarquia" (1951)

Durante la lectura del mensaje inaugural del nuevo período legislativo, fue visible que el coronel Mercante se aproximaba repetidas veces al micrófono de las radioemisoras encadenadas1 para destacar ciertos párrafos de adhesión al presidente de la República. Su actitud era, desde luego, bien distinta de la de aquel rey de la fábula, que aspiró a enterrar su secreto en algún hueco de la tierra. El coronel Mercante, con todos sus entorchados marciales, pareció complacerse en acentuar —en cambio— la inusitada oficiosidad de la reverente obediencia que profesa a su líder político. Dentro del discrecionalismo retórico propio de esas piezas oratorias, sería muy reducido nuestro derecho para discrepar con la elegancia de los recursos que el coronel Mercante haya escogido para tan importante ceremonia política y civil. Allá el coronel, con la jactanciosa premisa de su lealtad al jefe revolucionario y con las enfáticas hipótesis de la “recuperación espiritual y material del país”. Todo esto, que suena como un sarcasmo, puede correr por cuenta exclusiva del autor del mensaje, sin otro riesgo que el de las rectificaciones de los hechos ya consumados, y el de los inminentes descalabros que por desgracia, esperan al país y a la provincia.
Pero lo que no se pude tolerar en silencio, es que el coronel Mercante disponga tan desaprensivamente de las honrosas tradiciones históricas2 de que son depositarios todos los gobernadores de Buenos Aires.
Bien habría de estar que ese coronel, como afiliado a una de las tendencias políticas actuales, se dejase arrastrar de tan desairada manera por la incontenible fuerza de tan patológica e irreflexiva idolatría, pero lo que no está bien, y es censurable, es que el gobernador de una provincia que ha dado jerarquía a esa función, aproveche su ocasional investidura de gobernante para asegurar que no la recibió del pueblo, a través de los electores que le consagraron con sus sufragios, sino de Perón, de quien “conté en todo momento con su apoyo y con la ayuda de su dignísima esposa”.
La forzada colocación de este último auxilio, además de inaudita en los anales de los gobernadores, es inexplicable e imperdonable. Y el postulado de que Perón mismo le auxiliase en todo momento es inexacto. Nadie ignora el denso y oscuro vaivén de las intrigas palaciegas que han concluido por excomulgar al coronel Mercante de aquella risueña trinidad peronista que, en su tiempo, se repitió a título de slogan del justicialismo. Nadie ignora que no sólo fue “desalojado”  del “corazón” del líder, sino que sus retratos fueron desalojados de los recintos de las unidades y que, oficialmente, se le obligó a ordenar que su propio nombre fuese sustituido en los onerosos cartelones de las obras públicas por la leyenda “Perón cumple”.
Ni a los ciegos, ni a los sordos se les pasa desapercibida la noticia de que el coronel Mercante ha perdido su rango entre los personajes de las ceremonias presidenciales, de las que se le excluye con frecuencia. Ni a los ciegos, ni a los sordos se les oculta que el general Perón, en sus tan inevitables como continuas alocuciones olvida sistemáticamente el nombre y el recuerdo de ese mismo coronel que, antes, era destacado como ejemplo de fidelidad y de gratitud.
En contra de las altivas costumbres de los gobernadores de la histórica Buenos Aires y en contra de todo lo que infiere el silencio lesivo de un líder que así teje el sudario4 de su antiguo primer lugarteniente, el señor gobernador, en caída a pique, pierde la jerarquía de su cargo al cabo de discursos que no enaltecen ni su investidura ni la provincia que gobierna.
Contra estos rebajamientos que ofenden las esencias de nuestra organización federal, clamamos nosotros frente a la porfiada actitud de un mandatario cuyo símil habría que encontrar en aquellas exquisitas metáforas con que los poetas persas aluden al sándalo, que perfuma el hacha del mismo leñador que cruelmente lo derriba.




















Fuente: Nota Editorial del Diario radical "Adelante" mandado por el correligionario Ramón Francisco Vazquez.

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