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sábado, 26 de noviembre de 2011

Leandro Alem: "Temas electorales" (20 de octubre de 1891)

Cámara de Senadores de la Nación   Sesión del 20 de octubre de 1891


Sr. Alem - Estando ausente, señor Presidente, leí los telegramas sensacionales que se publicaban en los diarios de las provincias, respecto al desarrollo de los sucesos políticos de la actualidad.
Lo primero que llamó mi atención fue lo que acaba de manifestar el señor senador por Buenos Aires. Después de la renuncia de su candidatura, hecha por el general Mitre, vi que el Presidente de la República había corrido presuroso, en compañía del general Roca, a pedirle que desistiese de su resolución, sosteniendo una larga discusión y no venciendo el propósito del general.
En seguida vi el telegrama que había mandado el Presidente de la República a los partidos del acuerdo, diciéndoles que se mantengan firmes, que no había peligro ninguno, que el acuerdo seguía y que el candidato que se había retirado y el partido continuarían apoyando con sus fuerzas morales y materiales la política del acuerdo; que ella haría surgir otro candidato, en busca del cual iba el Presidente de la República.
Por último vi otro telegrama anunciando que el Senado de la Nación se reunía el domingo con el objeto de solucionar también la cuestión electoral.
Yo me preguntaba: ¿qué es lo que pasa en la Capital? Yo no sabía cómo estaban las gentes aquí, qué perturbación de ideas y sentimientos se habían producido: el Presidente de la República buscando soluciones electorales, pidiendo a los candidatos que no renunciaran, diciéndoles a los partidarios que permanecieran firmes al frente del enemigo, el otro partido. ¡Y el Senado de la Nación también tratando de cuestiones electorales! Yo me decía: esto no tiene explicación.
He venido aquí, y ahora me apercibo de que había estado hasta cierto punto, en un error respecto a la resolución del Senado; y digo en un error, por cuanto no procedía éste en la forma que anunciaban los telegramas, es decir, que el Senado le daba también una solución a la cuestión electoral, y hasta dejaban entender que había presentado un candidato. Felizmente no ha i n currido en eso.
Yo voy a votar en contra de esta minuta, y aun hubiese votado en contra de la presentada por el señor senador Rocha.
Yo creo que las cosas deben seguir su curso natural y que todas estas intromisiones, en cualquier forma que se hagan, por parte de los poderes públicos, no dan un resultado eficaz, sino contraproducente.
Veo que en esa nota se habla de grandes peligros, de grandes catástrofes o cataclismos, algo así parecido, con motivo de la contienda electoral, y que es necesario que los poderes públicos se inmiscuyan de alguna manera para orientar a los partidos y a los hombres, en una atribución que les es exclusiva, que es el funcionamiento político de más trascendencia que tienen los pueblos, los ciudadanos, puesto que se realiza cuando el pueblo gobierna por sí mismo, y en el cual, por consiguiente, no necesita ni requiere tutelaje.
¿Cuáles son los peligros?
¿Cuáles son estos cataclismos?
¿Por qué se aperciben a la lucha democrática los ciudadanos de la República Argentina?
Hay dos partidos, uno frente al otro; van a las urnas. Perfectamente: ese es el único medio de que mantengamos nuestras instituciones; es el único medio de que la vida política y cívica se haga; es el único medio de evitar esta postración que nos iba anunciando ya una gran descomposición, precisamente por no haber vida política ni lucha cívica.
¿Cuál es el peligro de que dos partidos organizados luchen?
¿Que haya disturbios en algún atrio?
¡Pero eso es del resorte exclusivo de los agentes de policía!
¿No ha habido partidos organizados durante mucho tiempo en la República?
¿No se han producido estas luchas, más o menos ardientes, cuyo resultado no es precisamente este orden institucional que tenemos, por el cual la voluntad del pueblo argentino ha querido asegurarse el ejercicio de sus derechos, de su prosperidad, de su libertad, como más o menos deficiencia?
Porque, al fin y al cabo, ha sido indudablemente una Constitución embrionaria la nuestra y con arreglo a la cual había que desenvolverse según las exigencias modernas.
Esta es la verdad de las cosas; esta Constitución y toda la legislación política que ha venido complementándola, no son sino el resultado de los partidos organizados, de estas luchas democráticas
que hoy están alarmando tanto al país.
¿No hay dos partidos organizados frente a frente?
¿Con quién es la lucha entonces?
Hay un partido popular que tiene su candidato proclamado a todos los vientos, con su programa expuesto a todos los vientos también; nada oculta, es franco, trabaja a la luz del día, es sincero; no le convienen ambages ni las ambigüedades de la política de mentira, que es lo que ha perjudicado siempre a nuestro país.
¿Hay otro partido en las mismas condiciones de lucha?
No hay otro partido.
¿De quién es el otro candidato?
Ahí viene el punto negro. Si no hay otro partido,
¿el otro candidato de quién es?
Digámoslo claro: es del oficialismo, es de los gobernadores de las provincias, manejadas por el Presidente de la República.
Tendrán móviles más o menos buenos, no lo discuto: ellos pretenderán que tienen derecho para apoyar candidatos, y sin embargo, eso es mucho pretender y demasiada ignorancia suponer que tal derecho es compatible con nuestras instituciones.
Puede ser que presenten un candidato bueno, pero seguramente ha de ser candidato de los gobernadores.
Digámoslo con franqueza: es la lucha lo que se quiere evitar; pero la lucha de dos partidos organizados nunca puede perjudicar a ningún país; por el contrario, ha de traerle beneficio.
Lo que se quiere evitar es la lucha del partido popular con los gobernadores y con el oficialismo, que quieren impedirle el acceso a los comicios, y, por consiguiente, se teme que la lucha sea ardiente, que esté dispuesto a no dejarse sojuzgar, porque el oficialismo le dice: "O transáis y aceptáis el partido de imposición, o no os dejamos votar".
Esto es lo que hay, hablando claro, y lo que se debe decir en momentos solemnes como este.
Entonces, pues, si desaparece el peligro en el primer momento, habiendo dos partidos de principios, que es lo que he sostenido siempre, no tiene misión la autoridad; si no hay estos dos partidos, y sólo está el oficialismo de las provincias, con el oficialismo nacional, esa minuta es -permítaseme la frase- completamente ridicula.
¿Le vamos a decir al señor Presidente de la República que no tiene derecho a apoyar, ni de proponer, ni de discutir candidatos?
¡Pero si debe saberlo tanto como nosotros!
Se lo está diciendo todos los días la prensa ilustrada del país; se lo están diciendo todas las manifestaciones de la opinión.
¡Si esto es de buen sentido! ¿Para qué se lo vamos a decir nosotros?
El sabe perfectamente que hace mal si se inmiscuye en estas cosas; él debe sentir la reprobación de todo el mundo, y precisamente por esa conducta ha fracasado su gobierno.
¡Cuántos beneficios hubiera producido, y cuánto se habría elevado su personalidad política si hubiese sabido colocarse a la altura de la situación y comprendido las exigencias del país!
Luego, pues, teniendo estas ideas y estas convicciones, creo que en esa nota hay algo más que ridiculez; prevengo a los señores que la firman y que la han presentado, que salvo completamente
sus intenciones y sus móviles, pero sostengo que es una fórmula no solamente ridicula, sino ambigua y hasta falaz.
Hacer esta manifestación al pueblo de la República es como decirle que se van a garantizar sus derechos y, a la vez, que van a continuar los avances del oficialismo, pues en un renglón se afirma lo primero y en el que sigue se dice que hay grandes temores de perturbación; que hay peligro; que el pueblo abusa de la libertad que la Constitución le da (¡está abusando porque se defiende!) y, entonces, es necesario que el Senado haga algo para apoyar la autoridad del Presidente de la República.
¿Cree el Senado que esto va a causar quietud, que va a calmar los ánimos, que va a dar esperanza de libertad?
Está completamente engañado. Va a dar un resultado contraproducente, puedo asegurarlo.
Desde el momento que esta minuta se pase al Poder Ejecutivo, es muy posible que produzca una verdadera alarma en todos los pueblos de la República, porque están perfectamente convencidos de que será una política de opresión y de violencia la que se ejercerá en los actos electorales; y entonces el Senado, que hasta ahora ha sido prescindente, va a tomar una participación, una responsabilidad en cuestiones que no son de su incumbencia.
El Presidente de la República, el Senado y todos los poderes públicos saben lo que ocurre en el país: es un movimiento de opinión que se produce; el pueblo quiere que se respete su derecho, quiere libertad; nada más. Deje que siga su curso, que siga su corriente natural.
¿Por qué se le va a aconsejar que proceda de esta manera o de esta otra? ¿O se va a ejercer tutelaje sobre los ciudadanos y los partidos? ¡Si no debe haber tutelaje en ningún sentido!
Los tutelajes en estas cuestiones, señor Presidente, son deprimentes, y en lugar de llevar las cosas por su corriente natural, siempre se producen desviaciones.
Ahí está la ley fría, severa e imparcial. Si el pueblo abusa de su derecho, tendrá su correctivo. Déjelo que siga su curso, y no se ha de descuidar por cierto con los gobernadores ni con el Presidente para aplicarles también el correctivo que merezcan.
El sabe lo que pasa, y si las autoridades abusan de sus atribuciones,
¿cree el Senado que esta minuta será un moderador que pueda contenerlas?
Si sabe que están abusando; si tiene conciencia de que están inmiscuyéndose en una cuestión que no es de ellos, sino atribución exclusiva del pueblo; si están haciendo política partidaria; si los gobernadores y el Presidente forman un club político electoral, ¿para qué sirve esta minuta? Para que suceda lo que ha ocurrido con otras: para que se deprima la autoridad del Senado, tomando el Presidente la nota y arrojándola al canasto (donde creo que hay muchas), o interpretándola, escudriñándola bien, sacándole lo que entre líneas debe haber, pueda presentarse en seguida al Senado haciéndolo responsable de los nuevos abusos que puede cometer.
No quiero hacer una discusión. Son éstas las razones que tengo para votar en contra. Podría extenderme en muchas otras consideraciones; pero, como no hay un debate producido, no quiero hacerlo. Si eso sucede, es posible que vuelva a tomar la palabra y hable más largo y tal vez más claro.











































Fuente: LEANDRO N. ALEM Un Caudillo en el Parlamento,1998.

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