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lunes, 4 de abril de 2011

Arturo Frondizi: "Tratado de Chapultepec" parte I (29 y 30 de agosto de 1946)

Sr. Frondizi: Nunca, señor Presidente, como en esta madrugada, me sentí tan orgulloso de pertenecer a la Unión Cívica Radical.
Y me siento orgulloso de pertenecer a ella, porque esa gran fuerza cívica, si puede exhibir títulos al respeto público y al juicio de la historia, puede exhibir, por encima de todas las cosas, una línea irreprochable de conducta en materia internacional.
Cuando he comenzado invocando esta filiación política, no lo hice para colocar este problema trascendental, que debe resolver el Congreso argentino, en el plano pequeño de las banderías y de los sectores. Voy a hablar hoy, no como diputado de un partido político, sino como un hombre del pueblo argentino, como podría hacerlo el más anónimo de los ciudadanos de esta tierra grande.
Comprendo las circunstancias que decidieron a algunos señores diputados a traer escritos sus discursos. Yo prefiero afrontar esta responsabilidad con simples apuntes, pues si improvisaré la forma no improvisaré el contenido de mi pensamiento que es el fruto de una vida puesta al servicio de mi país. (Aplausos).
En política internacional hay dos grandes realidades: en primer término la Nación y el concepto de la soberanía nacional que están íntimamente ligados; y en segundo término los demás países que
integran el concierto universal. La síntesis de la política internacional en esta hora de crisis del mundo no podrá estar dada por un concepto cerrado de soberanía, pero tampoco podrá estarlo por la renuncia total de este concepto en favor del concierto universal de naciones. A través de toda la historia hay una lucha por el predominio de las grandes potencias. Yo sé que a pesar de ello, la humanidad avanza hacia una identificación en los grandes ideales; sé que llegará un día en que todos los hombres formen parte de una comunidad de hombres libres. Pero mientras tanto, lo que tenemos que considerar es la situación actual del mundo. Somos un país débil desde en punto de vista material, pero somos un país fuerte desde el punto de vista de los valores morales. La idea de soberanía evolucionará como toda concepción humana. El progreso técnico alterará nuestras creaciones espirituales. Yo sé que llegará un día en que el concepto de soberanía que tenemos los argentinos en 1946 será un concepto anacrónico; pero precisamente, por ser nuestro país una nación débil desde el punto de vista material, debemos ser los últimos en renunciar a los conceptos de soberanía.
Si los países débiles renunciasen a ese derecho frente a las grandes potencias, estarían destinados a perder su individualidad y su esencia nacional.
¿Cómo hemos de renunciar a la soberanía en estos momentos en que las grandes potencias están preparando las armas más mortíferas para defender sus ideas y sus propios intereses?
Nosotros apoyamos todo propósito de sociedad de naciones, pero esa sociedad debe basarse en el principio de la universalidad y de la igualdad de los Estados. Los pactos regionales en la estructuración de una comunidad universal deben ser solamente una excepción.
Se ha hablado aquí -y yo participo también- del concepto de la solidaridad americana, pero que se entienda bien que esa solidaridad no es territorial, sino que es una solidaridad con los ideales democráticos que deben defender los americanos. A nosotros no nos puede interesar una simple razón de orden geográfico, que puede tener un sentido estratégico desde el punto de vista militar. Si estamos aquí es para defender ideales democráticos y yo, como argentino, me sentiría más identificado con un pueblo del Asia que defendiera los grandes ideales de redención humana, que con cualquier dictadura americana, aun cuando estuviera limitando con nuestro territorio. (¡Muy bien! ¡Muy bien!).
He de examinar rápidamente la evolución de la política internacional argentina.
El señor ministro de Relaciones Exteriores dijo esta noche que había que tener suma parsimonia en los juicios que se expresaran en materia de política internacional, porque se podía afectar en el exterior el concepto de la Nación que es lo permanente. Me hago cargo de esa preocupación, y a riesgo de que mis conceptos pudieran afectar en algún sentido esos aspectos exteriores, he de decir la verdad tal cual la siento, porque a los hombres sólo la verdad nos hará grandes y a la Argentina sólo la verdad la salvará.
La política internacional argentina, desde Mariano Moreno en adelante, tiene una línea conceptual que se ha mantenido de modo permanente. Deseo nombrar como representantes extraordinarios de las concepciones internacionales argentinas a nuestro gran líder, Hipólito Yrigoyen, y al "canciller de Ginebra", Honorio Pueyrredón. Esa línea de conducta internacional argentina quedó truncada hasta estos momentos por la política iniciada por el presidente Castillo, que no tenía antecedentes en la historia patria, porque fue una política internacional sin franqueza y sin lealtad.
En 1939 se inicia el tremendo conflicto bélico, ideológico y de intereses, cuya primera chispa había brotado en los campos de España. El presidente Castillo mantuvo la neutralidad del país.
Aunque ha sido ya magistralmente aclarado por el señor diputado Dellepiane, necesito decir que esa neutralidad del presidente Castillo no fue una neutralidad argentina, ni tiene identificación ni semejanza alguna con la neutralidad que decretara el presidente Yrigoyen en la guerra anterior. Esa fue una neutralidad de gobernantes que creían y deseaban el triunfo del nazismo en el mundo. En cambio, Yrigoyen, que fue neutral desde un punto de vista jurídico, no fue neutral desde un punto de vista ideológico. Me basta recordar las palabras que él dirigiera al representante de Bélgica, cuando este país fue invadido: "La causa de Bélgica es, además, en los momentos actuales, la causa de la independencia y del derecho de las naciones".
Se han relatado aquí, y no he de volver sobre esos aspectos, los distintos pasos de la política internacional seguida por el presidente Castillo y por su ministro de Relaciones Exteriores.
Quiero, solamente, insistir en que el presidente Castillo y su ministro actuaron en el plano internacional sin franqueza y sin lealtad; y fueron a Río de Janeiro creyendo todavía en el triunfo del nazismo y en vez de exponer clara y concretamente el pensamiento que ellos tenían, que no era el pensamiento de la República
Argentina, firmaron en esa conferencia de consulta una recomendación de ruptura que no estaban dispuestos a cumplir.
Por eso reconozco que cuando se produce el movimiento militar del 4 de junio de 1943, la situación internacional argentina era difícil y complicada.
¿Cuál era entonces el panorama de la guerra? Europa seguía dominada por los nazis, Japón y Estados Unidos mantenían sus posiciones con distintas variantes. El resultado de la guerra era todavía incierto. Había argentinos que aun creían en el triunfo nazi o por lo menos pensaban en la duración indefinida del conflicto bélico. La proclama que dan el 4 de junio de 1943, está redactada en términos evidentemente ambiguos; tan ambiguos, en materia internacional que la Honorable Cámara debe recordar el entredicho que se produjo entre el general Rawson, jefe de la columna revolucionaria y entonces embajador en el Brasil, con el general Ramírez, que ejercía la presidencia de la República. Se dijo en ese entredicho por la voz del presidente de la República y quedó confirmado en aquella célebre nota de los coroneles de enero de 1944, que no estaba en los fines del pronunciamiento militar romper relaciones.
El 26 de enero de 1944, invocando la existencia de una vasta red de espionaje, se rompen las relaciones con el Eje. No es esta la oportunidad de aclarar los motivos de aquella ruptura, pero yo quiero decir que seguramente no quedará como una página brillante en los anales de la diplomacia argentina.
Se produce la caída del presidente Ramírez, la guerra evoluciona favorablemente y en octubre de 1944 el gobierno argentino se dirige a la Unión Panamericana solicitando la reunión de una conferencia de cancilleres para tratar la situación existente entre la Argentina y otras naciones americanas. La Unión Panamericana contesta el 10 de enero de 1945 no haciendo lugar a la indicación formulada en esa nota y poco después se reúne la conferencia de México que aprueba las actas conocidas con el nombre de Chapultepec. Ya saben los señores diputados que a esa reunión de México la Argentina no fue invitada.
Pero el 27 de marzo de 1945 se produce el decreto de adhesión a Chapultepec y la declaración de guerra a Alemania y Japón, que estaban prácticamente vencidas. Se dijo en ese decreto que países vecinos y amigos estaban expuestos a un ataque del Japón. Yo no creo en ese fundamento, pero, no voy a exponer ahora cuáles fueron las causas determinantes de la entrada de la Argentina en la guerra. No quiero entrar en ese aspecto porque pienso que tampoco quedará como una página de gloria en nuestra historia nacional.
Decía, señor Presidente, que no me interesa si es un tratado.
Me basta saber que la Argentina pone la firma al pie de un documento que compromete una política en el orden interno, una política en materia económica y en materia financiera y esta política tiene demasiados aspectos antinacionales. La Argentina, señor Presidente, no puede suscribir sin reservas ni el pacto de las Naciones Unidas, ni las Actas de Chapultepec. Hay allí obligaciones de todo tipo que la Argentina no podrá cumplir. Si se cumplieran fielmente los acuerdos de Chapultepec, podría llegar a destruirse la formación, no solamente de una conciencia nacional, sino también la formación del país desde los puntos de vista económico, financiero, milita r y cultural.
Frente a la premura del tiempo, no v o y a examinar la doctrina Monroe, que ha sido recordada esta noche, ni el fracaso de los congresos latinoamericanos, ni los distintos congresos panamericanos; pero sí quiero decir, porque he venido aquí esta madrugada a decir toda mi verdad, que a través de muchos años de la historia de América, hay una lucha por la dirección política, económica y espiritual del continente.
No podemos ocultar que en nuestra infinita pequeñez material hemos sido en el continente americano una fuerza de oposición a ciertos conceptos e intereses de Estados Unidos. Bastaría recordar que frente al principio de "América para los americanos" se levantó aquel otro gran concepto de "América para la humanidad".
No ignoro que la política internacional norteamericana ha evolucionado mucho; no ignoro que no hay casi nada de común entre la política de ese extraordinario ejemplar humano que fue el presidente Roosevelt, con la política del dólar y del garrote, que aplicaron los norteamericanos en parte de nuestro continente. Pero a pesar de esa evolución, debo mantener mi pensamiento.
Quizás hoy, tanto como el concepto político y económico, el panamericanismo tiene un extraordinario sentido estratégico.
Después de haber vivido, no diré toda una vida , pero si parte de una vida en la calle, sirviendo ideales humanos, no sé si necesito decirle al señor ministro de Relaciones Exteriores que si en este país existe un hombre que no quiere el aislacionismo, ese hombre soy yo. (¡Muy bien! ¡Muy bien!). Quiero la fraternidad argentina no solamente con los pueblos de Latinoamérica y con los Estados Unidos de Norteamérica, sino con todos los pueblos de la tierra. Y en eso, señor ministro, no estoy solamente cumpliendo el deseo de un texto constitucional sino que estoy sirviendo una política de identificación en los ideales humanos que debe ser consubstancial con la postura espiritual de todos los argentinos. (¡Muy bien! ¡Muy bien! Aplausos).
No puedo entrar por falta de tiempo al examen de las Actas de Chapultepec, pero sería, sin embargo, extraordinariamente útil hacer un estudio completo de esas actas. Estoy de acuerdo que Estados Unidos y los demás países americanos reunidos en México contemplen en las actas los problemas sobre el estado de guerra; estoy de acuerdo que en México se hagan declaraciones de derechos generales, que nadie se puede negar a firmar; estoy de acuerdo que en México se hagan declaraciones sociales de tipo general, que cualquier hombre libre del m u n d o debe suscribir.
Pero mi acuerdo, señor Presidente, no llega hasta reforzar el panamericanismo desde el punto de vista político y militar, como lo hacen, por ejemplo, las actas cuarta, octava y novena. No estoy de acuerdo en que la Argentina renuncie al derecho de resolver acerca de la justicia de una guerra para intervenir en ella o no; no estoy de acuerdo en que se creen obligaciones internacionales de tipo automático exclusivamente sobre la base de la invasión de una nación americana; no estoy de acuerdo con la política económica y financiera de las actas de Chapultepec –actas cincuenta y cincuenta y uno- que nos obligan, entre otras muchas cosas, señor ministro, a ratificar en el futuro los acuerdos financieros de Bretón Woods, que establecerán una gran central mundial para controlar nuestro desarrollo industrial y nuestro porvenir económico. (¡Muy bien!).
Señor ministro: las actas de Chapultepec dicen, de manera clara, que los firmantes se comprometerán a aprobar los acuerdos financieros. No deseo que la Argentina ponga la firma al pie de esa acta, si es que mañana no está dispuesta a ratificarlos.
Es necesario que nos dispongamos definitivamente a hablar a América y al mundo un lenguaje de lealtad y de franqueza. Me hago cargo de la responsabilidad de cualquier argentino que tenga que dirigir en estos momentos la política exterior de la patria, pero no creo que la Argentina recuperará el puesto de honor en la política del mundo que le dan sus fuerzas morales si no es a base de una extraordinaria franqueza de lenguaje y de una clara línea de conducta. Tenemos que decir a Estados Unidos de América que queremos la confraternidad de todos los pueblos de este continente, pero también tenemos que decirle que nosotros no estamos dispuestos a renunciar a principios de orden fundamental en materia de soberanía, en materia política y de orientación económica y financiera.
Si yo tuviera tiempo, demostraría esta madrugada, como debe saberlo perfectamente el señor ministro de Relaciones Exteriores, que las Actas de Chapultepec en materia económica y financiera son absolutamente contradictorias con la política que está desarrollando el actual gobierno.
Tendría muchas cosas más para exponer sobre este problema de las Actas de Chapultepec, pero quiero hacer sólo una última observación.
En este recinto he escuchado muchas veces hablar contra el capitalismo, y yo puedo asegurar a los señores diputados que han hecho exposiciones de tipo anticapitalista, que si existe una estructura jurídica capitalista es la que resulta de las Actas de
Chapultepec, que no sólo en su base teórica es capitalista, sino que representa, también, una política económica y financiera totalmente capitalista.
No sólo en las afirmaciones de orden económico las Actas de Chapultepec obligan a la dirección patronal, sino que dicen otra cosa muy importante: el empleo efectivo del trabajo depende de la iniciativa de los patronos.
En cuanto al Pacto de las Naciones Unidas, tampoco tengo tiempo de analizar su contenido. Naturalmente, no niego los aspectos favorables de este extraordinario esfuerzo para llegar a una sociedad universal de naciones; no niego que es una tentativa más en el esfuerzo de la humanidad, para una organización jurídica; pero como ya he adelantado en una interrupción la declaración sobre igualdad jurídica de los Estados, que se formula en el artículo 2o del pacto, no está de acuerdo con la estructura del Consejo de Seguridad que lo resuelve todo, con un Consejo de Seguridad que tiene un poder discrecional y casi absoluto, que no es democrático, y no está de acuerdo con las funciones restringidas que se le dan a la Corte Internacional de Justicia. Para ello basta leer el capítulo quinto de la carta.
El cumplimiento de las sentencias de la Corte Internacional de Justicia está supeditado en la práctica al Consejo de Seguridad, conforme a la disposición del artículo 94 que establece que "si lo cree necesario" el Consejo de Seguridad dictará medidas con el objeto de que se lleve a efecto la ejecución del fallo. Y sin poder judicial obligatorio no hay comunidad de derechos ni igualdad jurídica: se trata simplemente de un régimen de poder.
Pero, también, la mayoría de este cuerpo va a votar el Pacto de las Naciones Unidas sin ninguna reserva y s in salvar por lo menos los dos principios fundamentales de la política internacional argentina: la universalidad del organismo y la igualdad jurídica de todos los Estados, que no depende de una declaración teórica que se formule en el pacto, sino de la estructuración de los distintos organismos.
Sin renunciar a nuestros principios esenciales, yo deseo para mi patria una política internacional de amistad y de comprensión en América y, como he dicho, una política de fraternidad universal.
Cuando he criticado la política de Estados Unidos, como cuando he criticado la formación del Consejo de Seguridad que da preeminencia a las grandes potencias del mundo, no he querido regatear mi solidaridad a los pueblos que lucharon por la democracia.
Yo sé, señor Presidente, y no lo he de ocultar aquí, que los argentinos como cualquier otro hombre deben estarle agradecidos al pueblo de Estados Unidos que mandó sus hijos a morir en los campos de Europa y en el Asia, deben estarle agradecidos al pueblo inglés, que soportó estoicamente todos los sufrimientos y deben estarle agradecidos al pueblo ruso, que se batió en Stalingrado y que junto con las demás potencias aliadas terminó para siempre con ese fantasma terrible del totalitarismo. (¡Muy bien! ¡Muy bien!).
Desde hace más de medio siglo venimos dedicándonos los argentinos a construir nuestra nacionalidad. Yo recuerdo en este momento, para mí solemne, al gran maestro argentino Ricardo Rojas, que hace casi cuarenta años escribiera aquel libro magnífico "La Restauración Nacionalista" concitando a los argentinos a construir un país sobre la base del nacionalismo, como él lo entendía, que nada tiene que ver con las formas del totalitarismo que se pueden disfrazar bajo esa denominación. Pero fuimos interferidos por problemas extraños, se tuvieron solamente preocupaciones materiales, fuimos campo de lucha de intereses extranjeros y aquí estamos todavía, en 1946, necesitando construir la Argentina. Volvamos para ello al punto de partida y el punto de partida está dado en materia internacional por Mariano Moreno en estas palabras extraordinarias que quiero leer a la Cámara, para terminar mi exposición:

"Seremos respetables a las naciones extranjeras no por riquezas que excitarían su codicia; no por la opulencia del territorio, que provocaría su ambición; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar a las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan entre nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso; cuando el amor a la patria sea una virtud común, y eleve nuestras almas a ese grado de energía que atropella las dificultades y desprecia los peligros".


Yo desearía que estas palabras tutelares sirvieran para orientar la política exterior de mi patria, para defender su integridad como nación soberana, y para salvar su destino espiritual y su porvenir económico. (¡Muy bien! ¡Muy bien! Aplausos).





















Fuente: CHAPULTEPEC- NACIONES UNIDAS - Cámara de Diputados Sesiones del 29 y 30 de agosto de 1946

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