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martes, 14 de diciembre de 2010

MIR: "Manifiesto de los Tres" (18 de diciembre 1946)

Buenos Aires, diciembre 18 de 1946


Crisólogo F. Larralde – Antonio Sobral – Arturo Frondizi


El derecho de opinar, que es irrenunciable en una democracia, se transforma en algunos casos, en un deber cuyo cumplimiento no puede eludirse. Es la situación en que nos encontramos como miembros de la Junta Nacional Ejecutiva, frente a los problemas que afectan a la vida y al destino mismo de la Unión Cívica Radical.

DEFINICIONES FUNDAMENTALES

No puede entrarse a considerar ningún problema que afecte a la Unión Cívica Radical, sin fijar previamente la filiación y significado del radicalismo dentro del proceso de nuestra historia. No podría ser de otra manera, porque vive la República la hora de la decisión de su destino; porque vive nuestro pueblo un trance dramático de su historia y porque el mundo asiste al final de la crisis de un sistema que desestimó al hombre como plenitud de vida. Coincidiendo con la crisis de la cultura del pasado siglo, pero interpretando su rectificación y dándole sentido a su voluntad histórica, surge en nuestro país como apreciación de su voluntad política, la Unión Cívica Radical. Ella trae, porque es su sustancia misma, el mensaje de un pueblo en el querer de su realización. Acusando la angustia del tiempo y el drama vivo de la nacionalidad, hace su entrada en la historia. Al surgir, denuncia su linaje con el federalismo popular derrotado por las oligarquías y se define, como una afirmación, contra todo lo que niega lo popular y nacional: la “conciliación” y el “acuerdo”. Desde ese momento habrá que buscar en lo histórico la materia social que regulará la UCR. Esta fuerza política, además, es una superación del positivismo y la concepción material de la política. Es, por lo mismo, un planteo ético para la construcción de lo argentino. Porque la Unión Cívica Radical no es propiamente un partido en el concepto militante, es una conjunción de fuerzas emergentes de la opinión nacional, nacidas y solidarizadas al calor de reivindicaciones públicas. Por eso dice Yrigoyen, “nuestra misión no es la ocupación de los gobiernos, sino la reparación cardinal del origen y sistema de ellos, como el único medio para restablecer la moralidad política, las instituciones de la República y el bienestar general”. “Las aspiraciones que no tienen otro objeto que la ocupación de los gobiernos, son siempre facciosas y fatales para el bien público y al fin mueren execradas, mientras que las idealidades sinceras viven en sus obras ilustres.” Y deja precisado el humanismo revolucionario de la Unión Cívica Radical al decir: “Cada vez es más imperioso hacer del ejercicio cívico una religión política, un fuero inmune, al abrigo de toda contaminación, hasta dejar bien cimentadas las prerrogativas inalienable se imprescriptibles de la nacionalidad”. Aquí está su raíz y su función en la política del país. Yrigoyen será su símbolo y su realizador. La base de la doctrina radical es la concepción del hombre como ser libre y la libertad como exigencia fundamental de toda organización política. Pero, en esta lucha por la libertad, tanto del hombre como de la Nación, es preciso enfrentar privilegios de orden cultural y económico, representados por grupos nacionales e internacionales.

MISIÓN DEL RADICALISMO
La tarea del radicalismo es pues labor de emancipación. Emancipación espiritual, política, económica del hombre y del país, lo que quiere decir lucha contra toda forma de oligarquía nacional o extranjera cuyos representantes se encuentran tanto en el gobierno como en algunos sectores de la oposición. En la actualidad, la emancipación puede concretarse en una reforma educacional, en la reforma agraria, en la nacionalización de los servicios públicos, en el reconocimiento de la personería de los trabajadores, etc. Mañana podrá concretarse en otras afirmaciones sustanciales. Lo importante no es discutir estas expresiones concretas; debe quedar claro que la misión del radicalismo en la vida argentina no puede ser defender forma alguna del privilegio, sino servir los intereses del pueblo. Por eso no nos alarman las transformaciones sociales que respetan la libertad del hombre, ya que, como fuerza revolucionaria, la Unión Cívica Radical está al frente de toda transformación. En ese problema de fondo no puede cederse. “La reparación debe ser necesariamente fundamental: nacional en su forma y radical en sus procedimientos”. La revolución social argentina queda así planteada, promovida y formulada por la Unión Cívica Radical. Su primera presidencia ––1916––, desencadena el suceso revolucionario en todos sus órdenes y en la acción del gobierno afirma su auténtico sentido. Democratización de la vida cívica del país en todos sus aspectos que es el rescate de lo popular, y recuperación económica de lo nacional que es el rescate de nuestra soberanía. No nos detendremos en la acción de su gobierno, pero sí debemos afirmar que ella mantuvo una armónica unidad con el sentido revolucionario que interpretó la Unión Cívica Radical. Yrigoyen la realizó en la acción práctica y constructiva del gobierno. Revolución social ética y gobierno en magnífica identificación. Pero, desgraciadamente, ese concepto revolucionario de la acción gubernativa quedó luego interrumpido por causas que la historia juzgará. Sólo diremos que las divergencias que ha tenido se refieren al diferente concepto de lo radical y a una distinta apreciación sobre el sentido, significado y misión de esta fuerza cívica. Para la mejor comprensión del momento político que vive el país y el radicalismo, es preciso, sin embargo, remontarse a los acontecimientos producidos en el año 1930,en que hombres que representan las ideas e intereses de las viejas oligarquías argentinas y de los capitales foráneos procuraron suprimir las instituciones democráticas. El fracaso de las milicias militarizadas llevó a esos poderosos intereses a implantaren todo el país gobiernos fraudulentos. Se inició así un largo proceso de falseamiento de las instituciones sin abandonar desde luego el propósito  de suprimirlas en definitiva, cuando la ocasión fuera propicia. Cuando los gobiernos del fraude ni nacional ni internacional representaban garantía de estabilidad, se produce el movimiento militar del 4 de junio de 1943, que muchos saludaron como la terminación de la crisis política y moral argentina, sin comprender que era la culminación de ese proceso de crisis. Las formas de la violencia totalitaria se desataron sobre el país impulsadas por grupos perfectamente caracterizados, pero la resistencia nacional y la evolución de los acontecimientos bélicos europeos produjeron una serie de oscilaciones en la conducción, hasta que, en un alarde de propaganda política, la supresión de las libertades fue acompañada de la concesión de algunos beneficios que venían reclamando los trabajadores y de la promesa de una justicia social y económica amplísima. Los trece años de fraude y corrupción política  imposibilitaron la tarea del radicalismo y dentro del radicalismo imposibilitaron la tarea de quienes pretendían recuperar el sentido de lo radical. Es ese proceso de fraude y de corrupción general en que vivía el país el que explica los grandes déficits de la dirección radical, las fallas doctrinarias y las deficiencias de conducta. El pronunciamiento del 4 de junio y la acción posterior que desarrolla, no encuentran al radicalismo tal cual fue en su pasado y tal cual será en el porvenir. Encuentra un enorme conglomerado de masa ciudadana sin fe en los cuadros dirigentes porque había sido mal conducida muchas veces y defraudada muchas más. La dictadura de “junio” se encargó de impedir, por la vía de la disolución de los partidos, que la tarea de reconstrucción el radicalismo fuera realizada pues, para sus fines electorales, necesitaba demostrar que esa fuerza cívica no existía como tal. La Unión Cívica Radical, por las razones expresadas, no retomó su sentido revolucionario, perdiendo la dirección de las masas porque equivoca su ruta de lo popular. Lo que sucede en el proceso electoral del 24 de febrero es demasiado reciente para que necesite comentarios. Discrepamos en esa oportunidad con los procedimientos internos utilizados, porque el extravío llevaba a un olvido de lo radical, pero formamos en la columna, porque, si bien somos intransigentes, nuestra primera intransigencia es frente a toda forma de despotismo.

SITUACIÓN ACTUAL
El gobierno que resulta consagrado en las elecciones del 24 de febrero lleva seis meses de acción y ya puede ser caracterizado por sus actos. Demuestra que no interpreta el sentido revolucionario que promovió, planteó y empezó a realizar la Unión Cívica Radical como dirección del pueblo argentino. Revolución y gobierno son, otra vez, expresiones irreductibles contrarias. Están amenazados las instituciones democráticas, la libertad de prensa, la libertad de asociación, el derecho de reunión, las atribuciones del Parlamento. Se están suprimiendo los últimos restos del federalismo y de los municipios. Se aspira a que los argentinos dediquen su vida a lo intrascendente, entregando el manejo de todo lo sustancial, a un gobierno que pensará y sentirá por la Nación toda. Mientras tanto, la bandera de recuperación económica nacional que fue el motivo central de propaganda ha sido arriada. La negativa a expropiar la CADE, el negocio de los teléfonos y el acuerdo británico no son más que etapas de una política de entrega al os intereses económicos extranjeros que se viene realizando en forma acelerada desde1930. La justicia social se está reduciendo a aumentos nominales de salarios, que no alcanzan para cubrir el creciente aumento del costo de la vida, mientras algunos grupos de capitalistas privilegiados se están enriqueciendo, amparados por un mal entendido intervencionismo de Estado. No se realizará la prometida reforma agraria ni ningún cambio económico fundamental porque sectores del privilegio mantienen el manejo del país. la Universidad, para la cual el gobierno proyecta una legislación antidemocrática y de sometimiento, ha sido avasallada por un ciego reaccionarismo que hace caer confundidos a algunos representantes de la Universidad oligárquica, antirreformista y antipopular, con maestros esclarecidos que honran a la cátedra y al país y que no exhiben ni una sola complicidad o vinculación con los gobiernos surgidos del fraude. Esto acompañado por un gran crecimiento de los aparatos represivos del Estado, dedicados a perseguir a todos los que nose someta incondicionalmente o no guarden un prudente silencio. Por todo eso, la Unión Cívica Radical debe retomar su filiación revolucionaria para reencauzar y realizar las reivindicaciones políticas y sociales del pueblo.

SEIS MESES DE VIDA RADICAL
Una de las comprobaciones más dolorosas del resultado de las elecciones del 24 de febrero es que parte de la masa radical votó por el candidato que sostenía la dictadura. El hecho de que los votos de esos radicales hayan sido compensados en parte por votos de ciudadanos que jamás acompañaron al radicalismo, agrava la crisis del partido. El radicalismo enfrentó la lucha electoral sobre la base de una reorganización improvisada, después de casi dos años en que toda actividad cívica estuvo prohibida. No es hora de realizar el juzgamiento de los errores y debilidades de los que tuvieron a su cargo la dirección partidaria, pero sí cabe afirmar que la principal de las causas de la crisis en que vive el país es no encontrar a la Unión Cívica Radical organizada como fuerza política dentro de su sentido y dirección ya expresada. Pero si nos está excusado juzgar el pasado, no se nos podría perdonar ninguna omisión para que esta tarea sea cumplida en el futuro. El enfrentamiento de la realidad política argentina y la pretensión de ser reencauzada por el radicalismo, no podrá lograrse con el espíritu, con los temas y con los esquemas racionales que manejó en la última elección nacional. Más que un cambio de hombres, es un cambio de registro temático y de un sistema de ideas y sentimientos que no han sabido interpretar la voluntad popular, porque significó desde tiempo atrás la desviación de lo radical. Cuando se conoce el resultado electoral del 24 de febrero, se produce una gran agitación interna, reclamando la renuncia del Comité Nacional, que es aceptada por una convención cuya mayoría está integrada por hombres que habían decidido las orientaciones que cumplió el Comité Nacional y que por tanto, con relación a las orientaciones, tenían una responsabilidad aún mayor. Se olvidó que si la presencia del Comité Nacional obstaculiza la tarea a cumplir, igual o mayor obstáculo resultaba de la subsistencia de las autoridades de distrito. El pueblo radical ha considerado que la dualidad de criterio en aceptar la renuncia del Comité Nacional y mantener los demás organismos ejecutivos, se debe al propósito de algunos de esos organismos de distrito de dirigir la próxima reorganización.

INTEGRACIÓN DE LA JUNTA NACIONAL EJECUTIVA
Para salvar las dificultades internas que se debían enfrentar, se produjo el desplazamiento del Comité Nacional, pero se conservaron cuidadosamente los puestos de mando efectivo. Después de designar la Junta Nacional Ejecutiva de siete miembros, con funciones de Comité Nacional, para llevar a cabo la reorganización integral del partido, se pasó a cuarto intermedio hasta el 10 de octubre. Aceptamos las designaciones contrariando íntimas convicciones espirituales y la opinión de muchos de nuestros correligionarios, en un supremo esfuerzo esperanzado de que los hombres que tuvieron la dirección partidaria comprendieran la gravedad del momento y resignaran sus posiciones. Todo fue en vano. La Junta no pudo cumplir su cometido porque fue trabada en su acción desde afuera de la misma por grupos de dirigentes que se niegan a abandonar sus posiciones. Conviene, pues, hacer una historia de lo ocurrido.

CADUCIDAD DE LOS ORGANISMOS DE DISTRITO
Desde la primera reunión de la Junta y para responder a las grandes esperanzas que había despertado en el pueblo radical, planteamos la necesidad de que la misma asumiera la efectividad de la tarea de reorganización, a fin de que ésta no pudiera ser dificultada por ninguno de los organismos de distrito. Para no hacer diferenciaciones entre uno y otro distrito pedimos que se resolviera la caducidad de todos los organismos ejecutivos sin distinciones pero atendiendo al criterio de la mayoría de la Junta se iniciaron trámites para obtener que las autoridades ofrecieran sus renuncias. Estas gestiones privadas tuvieron buen resultado, pues muchos de los distritos ––sin distinción de tendencias–– hicieron saber que estaban dispuestos a entregar las renuncias. Frente a estas solicitaciones, no sucedió lo mismo con la Capital Federal y provincia de Buenos Aires, que, desde el primer momento, eludieron tomar la actitud que las circunstancias exigían.

DEFINICIÓN POLÍTICA DE LA JUNTA
El primer documento de la Junta implicó una definición política general y un compromiso sobre la forma en que se haría la reorganización. Desde el momento en que la Junta dio por unanimidad ese documento, los intereses creados de algunos grupos de dirigentes armaron la resistencia contra la misma. El documento era un desahucio definitivo para quienes pudieran estar planeando en la sombra con comitancias con el oficialismo o con las fuerzas del régimen, pero era también un desahucio para quienes creían que una vez más la acción reorganizadora en el radicalismo se limitaría a la tarea mecánica de inscribir nombres con el único propósito de movilizarlos en una elección interna. Mientras tanto, la inquietud del pueblo radical siguió en aumento. Al propósito de renunciar de algunos distritos y a las manifestaciones individuales, se le agregaron hechos de una gran significación: así un caracterizado grupo de diputados nacionales pidió a la Junta que decretara la caducidad de todos los organismos.
La Junta consideró las dificultades de hecho existentes y la mayoría declaró que carecía de facultades para decretar la caducidad, por lo que resolvió pedir a la Convención que se le concedieran facultades para designar juntas reorganizadoras. Dicha resolución no pudo ser suscripta por nosotros en virtud de haber sostenido que la Junta debía declarar que no existía posibilidad alguna de reorganización integral de la Unión Cívica Radical sin la caducidad de todos los organismos de distrito para que la Junta asumiera la tarea por medio de sus comisiones. La discrepancia no fue total, sino parcial en virtud de que estuvimos absolutamente de acuerdo en que la Junta ratificara los conceptos generales sobre el sentido de la reconstrucción interna y afirmara su derecho a intervenir los distritos en caso de conflicto. Como la mesa directiva de la Convención no había cumplido la decisión del propio cuerpo de volver a reunirse el 11 de octubre, la propia mayoría de la Junta, previendo una política de postergación fijó un plazo de treinta días para que el alto cuerpo partidario se reuniera. No obstante ello, la mesa directiva de la Convención convoca al cuerpo para el 10 de enero para iniciar una discusión que seguirá postergando indefinidamente la tarea de reconstrucción interna que el radicalismo todo, espera se realice.

ALCANCE DE LA DIVERGENCIA RADICAL
Por todo lo que dejamos expresado se infiere fácilmente que las divergencias que existen en el radicalismo y todas las trabas que se han puesto a la Junta no se deben a aspectos formales ni de carácter personal. Encierran profundas cuestiones de fondo que hacen a la misión del radicalismo en la vida argentina. Por eso la reorganización es un problema de profundidad que se hinca en la raíz misma de la función histórica del radicalismo. Las autoridades de algunos de los distritos, no comprendiendo este significado, se niegan a renunciar, creyendo que son planteos de primacía o de sustitución de hombres. Se invoca la necesidad de luchar contra el oficialismo, como si esa lucha no pudiera ser realizada sin la presencia de muchos de los que desprestigiaron la acción de la Unión Cívica Radical, y sin advertir, acaso, que al darse las claras definiciones de lo radical, automáticamente se adquiere el sentido de oposición a todo lo que ––como el actual gobierno–– sea contrario a lo definido como radical.

RESISTENCIA A LA RENOVACIÓN
Quienes se aferran a sus cargos arguyen, para oponerse a la caducidad, que procediendo así evitarán que el gobierno se apodere del radicalismo. Se trata, solamente, de una argucia, porque el apoderamiento del radicalismo por un gobierno jamás podrá realizarse por vía de una ley ni por la conquista de dirigentes. El radicalismo es una fuerza esencialmente popular, y el único que puede evitar las divisiones, la disgregación ola entrega es el propio pueblo radical. Si las autoridades de distrito se mantienen en sus posiciones, podrán gravitar sobre la reorganización, evitando que los núcleos de los cuales son expresiones, pierdan las elecciones internas. No es casual que la resistencia a la renuncia provenga fundamentalmente de distritos en los cuales los sectores oficialistas internos están amenazados por el voto de los afiliados radicales. Aquella conducta acusa una incomprensión del momento político que vive el país y de la verdadera función del radicalismo. Posición que no se ajusta a la reclamación radical dentro del drama vivo de la nacionalidad. Pero frente a los pequeños grupos de dirigentes que se resisten a toda renovación, se encuentra una gran parte del pueblo radical que quiere que la Unión Cívica Radical recobre su jerarquía de fuerza revolucionaria, de libertad política y de justicia social y que asuman su dirección conductores que, nutriéndose en sus grandes orientaciones, sean una garantía de realización de los ideales que proclaman. Como parte del pueblo que es, no acepta desempeñar función conservadora ni quiere defender los intereses de ningún grupo de privilegio nacional o extranjero. Quiere ese pueblo una Unión Cívica Radical como en sus mejores horas, la que no temía a las transformaciones sociales y económicas, sino que las planteaba, promovía  y realizaba dentro del amplio concepto de la democracia. Esos radicales piden la caducidad de los organismos de distrito para que el pueblo llegue a nuestros registros y pueda en su oportunidad expresar libremente y podamos todos, por la vía democrática del voto, resolver sobre el destino del radicalismo.

LA UNIDAD RADICAL
A pesar de lo expresado, nadie tema por la unidad radical, si se entiende por unidad la unión de los hombres del inmenso pueblo radical en el respeto a la doctrina y a la conducta. En consecuencia nuestra posición no es divisionista. El divisionismo importa siempre una posición negativa y lo radical no se hace de negaciones. Hemos defendido y defenderemos la unidad conceptual del radicalismo como única forma y exigencia de la recuperación democrática del país y de la realización de la justicia social que propugna, pero no podrá haber unidad si no es sobre bases radicales, de respeto intransigente de la doctrina y la consiguiente fidelidad a la conducta.

¿QUÉ HACER?
En esta hora tan llena de dificultades, pero tan plena de posibilidades, cada correligionario tiene la obligación de hacer conocer su criterio y de actuar conforme a su propia inspiración. El radicalismo, como instrumento de la democracia argentina, será construido de la manera y con la eficacia que cada radical sea capaz de hacer. A todos los radicales se nos vienen ofreciendo desde hace tiempo tres grandes caminos. Los hombres cansados de la lucha tienen abierta la ruta hacia las posiciones gubernativas que les ofrece el oficialismo. Oficialismo al que condenamos, no por la simple razón de no ser un gobierno surgido de nuestras filas, sino porque representa una tentativa de estructuración orgánica de un régimen enemigo de las libertades esenciales de la persona y porque no representa en el orden económico y social progreso alguno de fondo, ya que responde a los mismos intereses antipopulares y antinacionales de los gobiernos posteriores al 6 de septiembre de 1930.Existen otros radicales que, si bien mantienen su lucha frente al gobierno, parece que sienten flaquear sus fuerzas para continuar manteniendo la integridad del programa radical de reparación moral, política y económica. Se llega así a la política fácil del acuerdo, que suma votos en proporción directa a la renuncia de principios. El radicalismo, de fuerza de construcción nacional, se reduce a asumir el papel de recolector de opositores, vengan de donde vinieran, y de aprovechador mecánico de los desconciertos oficialistas. El radicalismo no ha sido, ni será jamás, un simple partido de oposición, puesto que, como se ha dicho, tiene sentido de construcción de la nacionalidad. Los errores oficialistas o el apoyo de los opositores son simples contingencias que no pueden servir de argumento para un radical que busque orientación. Frente a estos caminos del error, los radicales deben mantener en forma intransigente, la totalidad de las reivindicaciones que acuerdan función histórica al partido. Se estará así a cubierto de toda desviación o concomitancia con el oficialismo y de los peligros de que la Unión Cívica Radical se transforme en fuerza de choque del régimen conservador o de intereses extranjeros. El radicalismo es un cauce abierto para que todos los hombres libres trabajen por la patria; pero, lo que no podrá admitirse, es que sea manejado conforme a inspiraciones que no responden a la esencia que le ha dado vida. El radicalismo debe decidirse definitivamente a ser lo que debe ser o a no ser nada, porque puede ocurrirle algo peor que ser nada: transformarse en una fuerza antirradical. Este gran quehacer de la reestructuración partidaria para colocar a la Unión Cívica Radical en condiciones de encauzar la vida de la Nación, y de realizar la revolución social que ha promovido, planteado y que aún no encontró su adecuada realización, nos exige espíritu de sacrificio, de renunciamiento y devoción por las cosas del país.
Nuestra tarea es inmensa. Por eso este manifiesto es también un llamado y una convocación a todos los radicales que estén dispuestos a entregarse a esta tarea para poner a la Unión Cívica Radical en la función política de nuestra historia.

NUESTRA POSICIÓN
Ésta es la posición que hemos defendido y continuaremos defendiendo desde la Junta Nacional Ejecutiva. Para que el pueblo radical la conozca, hacemos esta definición que es a la vez programa, en la vida interna del partido de la acción recuperativa de lo radical:

1.- Recuperación de los grandes principios y reivindicaciones radicales de emancipación popular y nacional.
2.- Afirmación de la Unión Cívica Radical como fuerza revolucionara para realizarla justicia social que exige el pueblo de la Nación.
3.- Intensa tarea de esclarecimiento público sobre la base de esas reivindicaciones en todos sus aspectos: institucionales, económicos, sociales y culturales, para poner en evidencia el peligro en que vive el país: continuar bajo la política del actual gobierno, que no interpreta ningún sentido revolucionario auténtico del pueblo argentino o caerán el régimen de la oligarquía fraudulenta que gobernó hasta el 4 de junio de 1943.
4.- Caducidad de todas las autoridades de distrito, para que la reorganización pueda hacerse desde abajo con un limpio sentido democrático y con la participación de la juventud, las mujeres y los obreros.
5.- Obligatoriedad del voto y representación de las minorías, principios que, estando consagrados en la Carta Orgánica, han sido reiteradamente violados en algunos distritos.
6.- Régimen de asambleas de afiliados para que sean éstos los que resuelvan la orientación del radicalismo y para que juzguen la forma en que sus representantes han servido los intereses del partido y del país.























Fuente: BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO ARGENTINO / VI Carlos Altamirano 

Bajo el signo de las masas (1943-1973)

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