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martes, 14 de diciembre de 2010

Cesar Jaroslavsky: ¿Honestidad versus eficacia? (1996)

Mucha gente me manifiesta adhesión porque soy honesto, porque no he robado ni robo. Sinceramente, esto me asombra y no me satisface. La decencia debería ser un presupuesto de la política, ser popular o querido tan sólo porque hago lo que cualquiera debe hacer muestra el nivel de corrupción que existe. Pero que no se entienda mal: no hablo del nivel de corrupción económica, de robo, de uso de la práctica política para el enriquecimiento. Hablo de una corrupción más amplia: la del sentido todo de la actividad política.
Voy a retomar y ampliar este tema más adelante, en este capítulo. Antes quisiera ocuparme, concretamente, de la honradez y de una oposición terrible que ha ganado, en los últimos años, credibilidad en la opinión pública.
Se trata de la oposición “honradez/eficacia”. Por empezar, repito que ser honrado no es, no puede ser, el único, el definitivo mérito de un político. Tiene que ser un presupuesto elemental, el piso para partir del cual se evalúen las capacidades.
En segundo lugar, el dilema en que parece debatirse la sociedad argentina, honradez o eficiencia, es grave y destructivo. “Fulano es honrado pero Mengano es eficaz”, puede leerse como convicción en resultados electorales, en los compartimientos de la ciudadanía. Esta convicción tiene un solo nombre: desesperación. Desesperada, la gente prefiere la eficiencia en el gobierno a la honradez ineficiente. Es una preferencia comprensible, pero hay aquí una falsa opción:
¿Acaso no se puede ser honesto y eficiente? Sí se puede. Hay muchas pruebas de ello. Es más: la honestidad aumenta la eficiencia, porque aumenta los recursos del Estado, mejora y facilita las reformas, al quitar motivos espurios a las decisiones del poder.
Esta es una parte importante de la batalla ideológica que el radicalismo tiene que ganar, pero no lo va a ganar con declamaciones, sino poniendo todas sus energías en ser oposición, en el verdadero sentido de “ser oposición”, en el que planteé más atrás: no en gritar y declamar contra el gobierno, ni siquiera en acumular denuncias. Se trata de oponer un proyecto alternativo, que no intente desbarrancar los puntos exitosos e indiscutibles del proyecto en curso, que se enfrente a él allí donde es necesario mejorarlo y que fundamentalmente sea practicable.
La ciudadanía tiene que volver a creer que el radicalismo es capaz de ser gobierno. Señores que hacen denuncias y señores que protestan, señores que únicamente garantizan que son honestos, no necesariamente sirven para gobernar, sobre todo si los otros sí sirven.
¿Cómo se eleva el piso moral de una sociedad? Únicamente con ejemplos. No se puede decir que la Argentina no tuvo ejemplos de moralidad. Es mucho más grave: el país los tuvo, pero la gente siente que no sirvieron. El caso del presidente Illia, por ejemplo, resulta arquetípico. Pues bien, ha llegado la hora de recuperarlos, mostrando que la honradez y el trabajo pagan. Para eso, hay que construir argumentos sólidos que tengan a esas virtudes como piso, no como todo concepto.




























Fuente: “Hay otro Camino” de Cesar Jaroslavsky, 1996. 

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