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martes, 14 de diciembre de 2010

Gabriel del Mazo: "La UCR un Movimiento Nacional Histórico" (1955)

Yrigoyen siempre insistió en este concepto, que han olvidado a veces las direcciones del Radicalismo: que la Unión Cívica Radical no es un mero "partido" político. "No es un partido más, cuya acción se limita a ser sólo una oposición a las calamidades gubernativas, ni "una parcialidad que lucha en su beneficio", ni "una composición de lugar para tomar asiento en los gobiernos", sino "el mandato patriótico de nuestra nativa solidari­dad nacional"; es una convocatoria y organización, un Movimiento nacio­nal histórico, que lucha como consecuencia de responder a una concepción afirmativa de la vida argentina, cuya auténtica cualidad debe sustanciar y defender contra todo cuanto se le opone.
Una fuerza que así se propone realizar la Nación; que viene a con­quistar, en vista del derecho de la Nación, el plano natural constitutivo sobre el que pueda levantarse con autenticidad y grandeza la vida toda, en cuerpo y espíritu, de su Pueblo; no podría por lo tanto ser considerada en el rango de los comunes partidos políticos. Menos aún de "izquierda", o de "derecha", o de "centro", como con mentalidad y lenguaje de copia e increíble desconocimiento de la afortunada originalidad doctrinaria del Radicalismo, hasta algunos radicales suelen pecar en el decir. Esos térmi­nos, acuñados por realidades políticas de países de otros Continentes, a veces organizados en contra nuestra, sustentadores de Estados dictatoriales o imperialistas, corresponden por lo tanto a la concepción amoralista de la política y de la cultura que los rige; y cuanto una política carece de con­textura moral personalizante, no es radical, ni revolucionario ningún *' izquierdismo'' que lo pretenda.
No es el Radicalismo un simple partido, como no pudo serlo el gran ideal congregante que reunió a los patriotas que fundaron nuestra Nación siete las naciones hermanas en la lucha por la Independencia. Es una fuerza de la historia nacional y continental, que concibe la República como idea moral, y que brega por darle constitucionalidad a la Independencia: por constituirla; por dar a la Nación en su pueblo, bases firmes, morales, espi­rituales y políticas, para su desarrollo auténtico.
Su programa, es una suma de programas y una continua lucha prin- cipista, que aspira a introducir la autoridad de la moral en el sistema de la política, con la preocupación, ante todo, del alma del hombre argentino. No advertirlo es caer en todos los errores de apreciación crítica o de con­ducta ciudadana en su seno.
Por ser ético el fundamento del Radicalismo, es propio de su doctrina considerar que la prosperidad y el progreso del país está preferentemente constituido por sus fuerzas morales y su grandeza reside, no en los bienes materiales o en la organización física del poder, sino en las grandes virtu­des de su pueblo, que hay que preservar y estimular para que se traduzcan en bienes de validez universal. Las necesarias construcciones y organizacio­nes materiales deben ser un medio para defender aquellos valores y no para corromperlos o anularlos. Si el Radicalismo es verdadero, constituye así un humanismo a la vez personal y social, para el cual la verdad política no es distinta de la verdad moral. Por eso conduce a la libertad y a la justicia social. Es una íntegra conducta humana que no disocia la doctrina y los hechos, una de cuyas manifestaciones es la vida internacional. Esta gran política reivindicatoría debe ser practicada y defendida en lo esencial con fidelidad, sin concesiones, intransigentemente; intransigencia radical que aspira a ser un método de formación y defensa del espíritu personal del ciudadano y del espíritu social del pueblo todo, una escuela de constante formación integral y ascendente de la nacionalidad.
De ahí que, para los partidos de orden común, frente a circunstancias graves, el procedimiento lógico sea ceder o transar; mientras que la vieja lección del verdadero Radicalismo, la que dieron sus grandes apóstoles y maestros políticos, sea conciencialmente y emocionalmente lo contrario: no transigir. Por lo mismo que el Radicalismo, si se coloca en su plano esen­cial, crea la conciencia del valor valioso de cuanto se juega, ante el peligro o grave riesgo, se abroquela, no pacta: defiende las bases de la naciona­lidad, en primer término la contextura ética esencial del espíritu argentino.
Yrigoyen hubiera podido resolver el problema de la obtención del po­der, mediante acuerdos, cien veces; pero para él no se trataba de enredarse en las sinuosidades del oportunismo ni de replegar la Causa nacional a las grangerfas de un triunfo efímero. Se trataba ante todo de la personalidad, del alma del pueblo, del carácter nacional; de instituir con el Radicalismo, con firmes bases institucionales, la escuela permanente de auto creación espiritual y moral de la Nación conforme a su propio genio y propia gran­deza posible.
Desde un punto de vista impersonal y de plena objetividad política, la característica distintiva de las dos corrientes internas de la Unión Cívica Radical, que de una manera implícita o explícita constantemente existie­ron, consiste en que una de ellas consideró en todo momento al Radicalismo como un "partido", es decir, como una parcialidad dirigida a la conquista del poder, y por eso ha sido propensa al acuerdismo y ha solido colocar lo electoral o gubernativo en el plano de los fines; y en que la otra, consideró al Radicalismo como el Movimiento, que si afirma sus principios gobierna siempre: gobierna en el gobierno o gobierna en el llano. En tal concepto hubieron instancias decisivas en la contienda interna, particularmente gra­ves, cuando conducidos algunos hombres por su idea de Radicalismo como "partido" y no como instauración de la Nación sobre sus bases espirituales y morales, llegaron hasta la concertación de pactos con los adversarios naturales de la Unión Cívica Radical, o convenios internos para transigir doctrinariamente; de donde dimanaron los daños más perniciosos.





























Fuente: El Radicalismo "Ensayo sobre su Historia y Doctrina", Editorial Raigal, 1955.

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