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martes, 14 de diciembre de 2010

Julian Sancerni Gimenez: "El Poder tras Bambalinas" (28 de julio de 1974)

Aunque nunca accedió a prominentes puestos de gobierno, es dueño de una influencia política realmente notable. Sus amigos lo apodan "Don Corleone" y es un astuto maestro en cuestiones de comité. Octogenario -aunque prefiera no admitirlo- memora aquí su larga militancia
Algunos le reconocen un especial carisma; otros, sostienen que sólo es un astuto, veterano político de comité. Lo cierto es que Julián Sancerni Giménez —caudillo palermitano de la Unión Cívica Radical— ejerce desde hace 50 años un poder omnímodo sobre la maquinaria partidaria de la Capital Federal, donde pocas veces perdió una elección interna. Tempranero en las escaramuzas de la política (a los 17 años fue electo presidente de la Juventud Radical) el hábil dirigente —no confiesa su edad, pero sobrepasa los 80— acaba de ganarse el apodo de Don Corleone, clara referencia a su actitud paternalista y a esa misteriosa circunstancia que lo lleva a ser uno de los conductores más relevantes de la UCR sin ocupar un cargo de primera importancia en la cúpula de su partido. Fue amigo de Perón ("los dos vivimos en Palermo y siempre nos respetamos mucho") y condiscípulo —allá por 1912— de Aurelia Tizón, primera esposa del líder justicialista. "Con Potota fuimos al mismo colegio; ella y Perón eran muy buenos compañeros. Cuando murió de cáncer, a los 40 años, él sufrió mucho", dice, acodado en el escritorio de su antigua, modesta casona del barrio de Palermo, donde conversó largamente con Siete Días. Ahí, rodeado por amarillentas fotografías —de Alvear, de Alem, de Yrigoyen, desde luego— y de alguno que otro libro, don Julián repasó olvidados instantes de su vida y aludió a su permanente vecindad con el poder; no —por cierto— el que se ejerce en forma directa sino el que se practica entre las bambalinas del comité: un laberinto complicado, contradictorio (flanqueado, a veces, de míticas, oprobiosas historias) por el cual Sancerni Giménez transita con la astucia de un baqueano.


YO SOY UN DIRECTOR POLÍTICO

¿Cómo se explica ese extenso dominio suyo sobre la maquinaría partidaria en el trascurso del último medio siglo?

—Hablando de poderes, todo es relativo. La imaginación, a veces, cobra alas y puede alejarnos de la realidad. Pero es cierto que mi lucha en el radicalismo alcanza todo ese lapso que usted acaba, de señalar. Y me ha tocado desempeñar algún rol de significación, que se ha multiplicado. En Buenos Aires, en los momentos más decisivos de la Unión Cívica Radical, he sido protagonista, vivo de esos acontecimientos. La parroquia de Palermo, donde he nacido, es desde tiempo Inmemorial, un reducto de orientación en materia política. Yo me he sentido, desde muy joven, influido por esa enorme y trascendente función cívica que es la política, dueña y señora de los destinos de los pueblos y de los hombres. Desde mis primeros entusiasmos, al lado de Hipólito Yrigoyen, he seguido ese derrotero. 

—¿Cómo se produjo su ingreso al partido?

—En realidad, hace más de medio siglo, porque fui el primer presidente de la Juventud Radical, en 1920, cuando tenia 17 años. Pero pronto di un salto —por supuesto no en el vacío—, proyectándome a posiciones directivas. En 1924 me tocó desempeñar una función importantísima cuando el partido se dividió, y nos quedamos con una gran masa de opinión al lado de Yrigoyen, que en ese momento ya no era presidente de la República. Fui designado secretario del Comité Central de la Capital, y me tocó, por supuesto, realizar tareas directivas de mucha importancia. Ya de entrada logramos en esta parroquia un gran triunfo, que se ha sucedido en forma ininterrumpida desde entonces, en el orden interno y en general, con muy raras excepciones.

—¿Cuál es su cargo actual en el partido? 

—En estos momentos no desempeño cargo oficial. Soy, simplemente, presidente del sector metropolitano Unidad Radical que, como usted sabe, a pesar de mi alejamiento forzoso por una infección pertinaz que me ha recluido durante cinco o seis meses, acaba de lograr un triunfo en la Capital.

—¿Cuál fue su último cargo oficial en el radicalismo? 

—El de presidente del Comité de la Capital que desempeñé durante dos períodos consecutivos, y presidente del Comité de Palermo, que tuve el Honor de ocupar durante cuatro periodos consecutivos.

—¿Cómo se explica que, salvo alguna excepción, no haya desempeñado cargos públicos? 

—Yo fui honrado con el cargo de diputado nacional entre 1938 y 1942. Después decliné posiciones que, por supuesto, me han sido ofrecidas reiteradamente.

—¿Declinó algún cargo ministerial en algún momento?

 —No, En ningún momento se me ofreció un cargo ministerial. Pero alguna vez figuras consulares del partido me demostraron su confianza haciéndome un ofrecimiento para muy altas funciones, que decliné siguiendo mi propósito de no ocupar esos cargos, brindándoselos en todas las ocasiones a las figuras jóvenes del partido, que merecieron y merecen mi más franco apoyo.

—¿Pero no será que usted se siente más cómodo en la aceitada maquinaria partidaria que en los relumbrones de los cargos públicos?

—Bueno . .. Como usted admitirá, todo hombre tiene su aspiración. Si, más efecto ha producido en mi espíritu la tarea de coordinar, dirigir estas actividades, que la ejecución a través de, un cargo de esas mismas actividades.

—¿Es usted uno de los últimos caudillos políticos partidarios, a la manera clásica de lo que se entiende por tal?
—Yo creo que esa acepción, esa denominación de caudillo, puede ser mejorada con la de director político.

El caudillo da la impresión de ser un cacique, de ejercer un cacicazgo ... Ya no tiene vigencia.
—Pero los caudillos existen. —Existen los directores políticos. Esta es una denominación más justa y oportuna. —El público en general ignora, pero a la vez intuye, la existencia de algunas claves en el quehacer interno de un partido político.

A propósito de esto, ¿qué son los punteros?

—En mi vida he utilizado el término puntero. Es el adminículo que los maestros tienen para señalar en el pizarrón las vocales, las consonantes o las palabras.

—Si, pero en el mecanismo político interno, ¿qué significa o qué cree usted que la gente entiende por ello?

—Jamás he denominado a un servidor del partido, a un hombre modesto, con el calificativo de puntero. La interpretación que usted desea conocer —por supuesto, para que vamos a evadirla— se refiere a las personas que nuclean a su alrededor a un grupo de ciudadanos, ejerciendo una especie de función de jefe o de jefecillo, que sumándose forman la gran masa. Esta es la denominación de puntero, que en Palermo no hemos utilizado en ningún momento.

—¿Y en otros distritos de la Capital? 

—Entrando en el léxico popular se considera en algunas partes que esa denominación es aceptable, y se la utiliza en reducidas proporciones.

—Serían entonces algo así como auxiliares políticos...

—Está perfectamente definido. Usted acaba de dar una definición exacta para que todo el mundo la utilice. 

 —En algunos estratos políticos, los bien o mal llamados punteros están desprestigiados, porque suele imputárseles una intención económica como contraprestación a la función de conseguir un número determinado de votos.

—Eso no traduce una verdad. Hay más abnegación que propósito utilitario, hay más probidad que deseo de prosperar, hay más sentido de la responsabilidad ante el dirigente mayor que la de especular con esa iniciativa.

—Usted dice que hay mayor abnegación que utilitarismo, lo cual supone la existencia de algún interés, aunque fuera mínimo.

—Bueno, el interés personal, el interés de mejorar una situación, el interés de lograr una posición, no constituye un interés menguado. De ninguna manera están e sueldo, ni tienen prebendas de ese tipo, ni asignaciones.

—¿Pero si promesas? 

—Promesas hay de todo tipo. Necesariamente se ha de prometer al conjunto de amigos que lo siguen. Lo importante es que se cumplan las promesas. De manera que hay que ajustarlas al límite de las cosas realizables, humanamente tolerables y posibles. En este sentido, a veces hay altibajos. A veces el deporte, la demasía, pueden tomar un rumbo. Pero, en general, los que usted ha denominado auxiliares políticos cumplen un rol digno, correcto, porque a la postre están desempeñando una misión que puede tener ribetes culturales. Tienen contacto, vinculación estrecha, con figuras principales, universitarios, comerciantes, industriales, que encuentran en ellos un vehículo para trasmitir sus presiones, sus necesidades.

LAS OTRAS TAREAS 

—Hablemos un poco de Sancerni Giménez hombre, no tanto del político. ¿Cómo se gana la vida usted?

—Siempre he estado en actividades comerciales alrededor de la Agencia Marítima Numerian, que dirige Alfredo Numerian, y a la cual estoy vinculado desde hace muchos años. En estos momentos se está terminando la construcción de una cantera que va a ser proveedora de canto rodado de alta calidad en la provincia de Entre Ríos. Es una de las actividades derivadas de esa agencia.

—¿Cuál es su función específica en la firma?

—Yo soy el representante en la Capital Federal y colaborador directo del director.

—¿Qué otras ocupaciones ha desarrollado en su vida?

—He tenido algunos empleos públicos. He sido inspector de Correos y Telégrafos, de 1922 a 1924. Luego he sido también inspector de Rentas de la provincia de Buenos Aires, destacado en la cervecería Buenos Aires, en la Capital Federal, Y como ya te dije, diputado nacional.

—¿Qué proyectos importantes de ley presentó en su carácter de legislador?
—El más importante de todos, a mi juicio, fue la creación del Banco del Empleado Público, sancionado por unanimidad en la Cámara de Diputados, y que tendía a abatir a la usura miserable.

—¿Cuál fue el destino final de ese Banco? 

—Se había creado como una sección del Banco de la Nación, sin darle características autónomas. Luego constituyó una especie de aditamento del Banco de la Nación, y cumplió su función otorgando préstamos a los empleados, a los efectos de que pudieran evitar la usura. Hechos posteriores, modificaciones sobre la política de préstamos, dieron por terminadas sus funciones.

—¿Qué otro proyecto recuerda?

—Cuando la industria textil estaba en el suelo, abatida —había ocupado el tercer lugar en importancia en las actividades industriales de la República, después de la ganadería y la agricultura— presenté un pedido de informes que luego derivó en una ley que le concedía algunos privilegios y la protegía, ley que también se aprobó por unanimidad.

—¿Cómo hacía usted para conseguir unanimidad para sus proyectos en momentos en que radicales y conservadores libraban tremendas batallas parlamentarias? 

—Había profundas divergencias, si usted quiere abismales, pero en asuntos de esta naturaleza que abarcaban no sólo a un partido, sino que favorecían a toda la opinión, lógicamente debía concitar el voto de todos. Luego, defendí a los ferroviarios por la devolución de retenciones. Mi gestión también mereció en aquel momento la unanimidad del cuerpo.

—¿Qué estudios realizó?

—Cumplí estudios primarios y secundarios en la Academia de Ciencias y Letras que, por rara casualidad, estaba en Palermo en el lugar donde muchos años atrás y en la misma casa que se mantenía allá por 1919 había pertenecido a Juan Manuel de Rosas. Esa casa se convirtió, pues, en la Academia de Ciencias y Letras.

—Usted, por lo visto, siempre ha vivido en Palermo. 

—Nací y viví en Palermo. Mis padres nacieron y vivieron en Palermo.

—¿Cómo ha sido su vida familiar?

—Ha sido como la que decía Francisco Copée: la más absoluta sencillez aldeana en la vida familiar. Mi esposa me acompaña desde hace 49 años. Ha quedado abatida desde que hace 15 años perdiéramos a un hijo —el doctor Rodolfo Sancerni—, y está siempre predispuesta a la melancolía y la tristeza. Tenemos un hijo de 46 que es alto funcionario en la Sala de Representantes.

—¿Cómo son sus relaciones con aquellos dirigentes del radicalismo con cuyas posiciones usted no comulga?
—Dentro del partido son cordiales. El radicalismo está dividido en sectores, lógicamente. —Le hago esta pregunta porque suele decirse que los enconos internos son más crudos que los existentes entre agrupaciones distintas. —Podrá ser una verdad, pero dentro de la Unión Cívica Radical eso está reducido a la mínima expresión. Hay exaltaciones; las divergencias se traducen en palabras sin llegar a extremos divisionistas.

—Claro, pero el partido se ha dividido ya...

—No tanto. Se ha dividido en 1924, cuando me tocó ser secretario. Después, únicamente durante la convención nacional que proclamó al doctor Frondizi. Así que durante cincuenta años ha tenido sólo dos divisiones.

—¿Y podría producirse una tercera, consecuencia de las tensiones entre Balbín y Alfonsín?

—De ninguna manera. Dejemos guarismos aparte: esa lucha ha sido hecha con pasión, con vehemencia, pero en un terreno donde se han guardado las formas. Las cifras no tienen importancia capital. No hay el menor síntoma de división ni de apartamiento, ni de desechar la disciplina y la unidad del partido.

—¿Eso no es verticalismo? 

—En este partido no hay verticalismo.

—Al comienzo de nuestra charla usted se ha definido como director político. Esta función, ¿supone alguna influencia suya en la línea ideológica del radicalismo?

—La suma de todos los valores produce influencia. La influencia se hace sentir de una u otra manera. El grado de mi gravitación se puede medir por los resultados. El grupo de amigos que yo presido acaba de apoyar la reelección del doctor Ricardo Balbín, tanto en la oportunidad anterior como en la presente. Si destaca que la gestión del doctor Balbín ha merecido el consenso público, el grado de gravitación se mide por esos resultados.

—Yendo un poco más adentro, ¿usted se entrevista frecuentemente con el doctor Balbín y cambia con él ideas sobre la línea ideológica y táctica a seguir? 

—En su momento, sí. No olvide usted que desde hace seis meses estoy alejado de la actividad. —Pero la línea partidaria actual fue decidida con anterioridad a esos seis meses en que usted enfermó. —Entonces, sí. Todas las veces que había necesidad de entrevistamos, lo hacíamos.

—Y ahora, superado su problema, ¿usted va a volver a la misma mecánica de entrevistarse con Balbín e influir en la línea ideológica?

—Ahora, superado mi problema, también ejerceré mi modesta función y aplicaré mi conocimiento para aportar consejos que puedan fortificar la posición del radicalismo. Yo he sido partidario de un gobierno de coalición, de un gobierno compartido. A mi leal saber y entender, cuando Perón se hizo cargo del gobierno nacional, los radicales podríamos haber compartido el gobierno integrándonos al gabinete. En ese momento se habló mucho sobre el tema y se dijo, entre otras cosas, que existía la posibilidad de que tres hombres de nuestras filas ocuparan sendas carteras. Pero la decisión de la convención nacional fue otra, y como éste es un partido horizontal, la inmensa mayoría acata las decisiones de los organismos competentes.

—¿Usted también, por supuesto?

—Claro, yo estoy comprometido con la política discutida y determinada en el seno de la convención nacional.

LA SITUACIÓN EN LA HORA ACTUAL

—¿La desaparición física de Perón implica algún cambio en su postura?

—Bueno, tanto yo personalmente como el radicalismo como partido apoyamos en forma irrestricta, terminante y categórica la continuidad institucional sin ningún tipo de reservas ni reparos. Creo que a actuación verdaderamente estelar que le cupo al doctor Ricardo Balbín, presidente del Comité Nacional de la UCR en todo el proceso vinculado a la muerte de Perón, hace que él sea la persona adecuada para exponer frente a los organismos partidarios y a la opinión pública las posiciones del radicalismo. Balbín va a ser el orientador de la nueva política y, a la postre, va a señalar la conducta futura del partido.

—¿Y si hay nuevos hechos en el panorama nacional?

—En ese caso la convención nacional se reunirá y todos seremos obedientes a lo que ese alto organismo disponga. 











Fuente: El Poder entre Bambalinas (Reportaje a Julián Sancerni Giménez legendario Caudillo Radical) en Revista Siete Dias Ilustrados del 28 de julio de 1974.

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