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jueves, 3 de julio de 2014

Marcelo T. de Alvear: "Despidiendo los restos de Hipólito Yrigoyen" (6 de julio de 1933)

Conciudadanos: Viene el pueblo argentino en fúnebre cortejo acompañando a la última morada los restos mortales de un hijo predilecto de la patria. La emoción embarga todas las voluntades. Se paralizan todas las actividades. Los antecedentes adquieren la plasticidad, con que se actualizan los grandes recuerdos. Los pueblos rodean su féretro que, en la simbólica expresión que alumbra los ámbitos de la Nación. Doblegado por los años al morir, renace todo ejemplo y enseñanza para la posteridad.
Durante medio siglo se había declamado la Constitución. Las oligarquías vencedoras o vencidas, todas tenían por programa las libertades publicas y privadas, el veredicto de las urnas o sufragio popular, la Constitución Nacional. Desde el punto de vista sugestivo abstractamente considerado, la propaganda de los partidos como las proclamas revolucionarias o electorales solo eran simple juego de palabras al disimular la realidad con las apariencias. Las apariencias eran el estricto cumplimiento de la Constitución. La realidad era apropiarse del gobierno. No obstante las declaraciones patrióticas, si pudiérase escrudiñar el pensamiento intimo, anidado en la conciencia de los hombres públicos de la época, surgirían espontáneas. Las pasiones inconfesables. Revoluciones sangrientas, conmociones violentas, sacrificios estériles, diseñan procederes y enuncian propósitos que dan la sensación de una lucha sin tregua ni cuartel para adueñarse de los resortes del poder, olvidando los destinos de la Nación. No obstante esta serie de hechos que se entrelazan, la fuerza inmanente, que arraiga en la naturaleza humana, elabora la grandeza del país para dar con relieves acentuados el significado que tiene en el escenario del mundo.
Suele de vez en cuando argumentarse como los progresos materiales, asignándose la oligarquía el honor de todos los adelantos que tiene el país para afirmar con altanera arrogancia que ella es propulsora de la grandeza que la Nación exhibe ante propios y extraños. Cuando los conservadores en Inglaterra argumentaban con los mismos términos, Macaulay, se erguía para declarar que la magnifica florescencia del pueblo ingles era obra del mismo pueblo, en la integridad de todas su energías. Si el progreso existe tal como lo contemplamos ---decía el eminente historiador--- no es debido al partido Conservador.
El partido Conservador ha retardado ese progreso. Tal es también la realidad histórica en la Republica. La oligarquía ha retardado el progreso argentino.
Definida las normas por la Convención de 1853, el país fundamenta su estructura con la ideología concreta la Constitución Nacional. Las oligarquías producto del ambiente, viven al margen de las actividades económicas y sociales. Usufructúan las ventajas del poder para gobernar sin contralor. Las formulas legales sirven para garantizar las energías aplicadas al desarrollo económico. La minoría que gobierna por razones ancestrales, fundada en prepotencias y arbitrariedades dictatoriales, es dueña de vida y hacienda. No obstante esta situación el país progresa. La fusión étnica se supera en su esfuerzo propulsor. De ahí un dilema que plantea una disyuntiva irreductible. O mantiene la oligarquía su predominio o la evolución se define con la igualdad en la vida y en la ley. Si lo primero, triunfa la estática conservadora con minorías adueñadas del poder. Si en cambio predomina la evolución, la soberanía del pueblo implanta la igualdad en todas las actividades de la vida.
La conciencia cívica, confusa y embrionaria, en la generación que labra la grandeza material del país, siente las primeras trepidaciones morales que dan consistencia a la disyuntiva irreductible. La reunión de la juventud en el Jardín Florida el 1 de septiembre de 1889, y el mitin popular del 13 de abril de 1890, que tiene su epílogo en la revolución del 26 de julio, definen esa disyuntiva. De un lado las oligarquías. Del otro las fuerzas vivas de la Nación en marcha.
En estas circunstancias se destaca ya Hipólito Yrigoyen con perfiles propios y características bien definidas, que ha de conservar y acentuar en toda su actuación posterior como gran propulsor de la democracia.
La revolución de 1890; después de la revolución de Mayo, se equipara sin esfuerzos, por la gravitación propia de los sucesos, a la caída de Rosas y al triunfo de Urquiza, a la Constitución de 1853 y a la federalización de Buenos Aires. Como expresión sintética, se cierne por encima de todas las contiendas que enlutaron los hogares. Da realidad a la doctrina subscripta por los convencionales de 1853, al proclamar la soberanía del pueblo en el ejercicio de sus derechos y en el cumplimiento de sus deberes. El sufragio es la soberanía en actividad. Con el sufragio el ciudadano resguarda todas las garantías para alcanzar el escenario de la vida el desarrollo integral de todas las aptitudes. El sufragio es lábaro redentor de todas las injusticias y emblema promisorio de todas las esperanzas.
La Unión Cívica Radical mantiene inalterable su línea de conducta en esa conquista. Vive entre angustias y dolores, se desangra en las contiendas, sufre destierros y persecuciones sin abatir sus altiveces, sin doblegarse ante la fuerza, sin apocar la nobleza de sus propósitos.
Tuvo en sus comienzos el verbo animador que realza sus destinos al confundirse con los destinos de la patria, Leandro N. Alem definió con su palabra las ideas inexpresadas de su tiempo, carne de su pueblo, sentimiento y acción, modeló las energías con irradiaciones fulgurantes.
La palabra radical fue un símbolo orientando la Nación.
Redime al pueblo de su cautiverio al conquistar con la ley Sáenz Peña que tiene en el sufragio su propio exponente. El sufragio es la emancipación política y social de todos los argentinos.
Al caer vencido el noble paladín, rindiendo su último tributo a la patria con la tragedia de su vida, recoge la herencia Hipólito Yrigoyen. Como los grandes reformadores, es la fuerza inmanente que realza la dignidad y el carácter con la voluntad férrea que disciplina las energías al afrontar la lucha en el vasto escenario de la Republica. Ejerce el primado moral sin que nadie pueda igualarlo en la integridad con que los pueblos sienten el influjo magnético de este hombre que sugestiona con la palabra amable y la tranquila serenidad con que pone en sección todas las potencias del alma. Arraiga en las entrañas populares. Tiene la simplicidad monástica de los grandes místicos de la historia. Es un místico que vive su propia vida en el holocausto a las libertades públicas y privadas.
Mantiene inalterable la visión que agiganta los destinos de la patria. La nobleza del pensamiento da consistencia y vigoriza los esfuerzos titánicos con la amplitud con que se ejerce la labor de todos los días. Mejor dicho, sus días es una labor continuada, rectilínea en sus procederes, simple en sus propósitos.
Nada lo arredra ni lo abate. Es el hombre idea transformado en sentimiento. Es la fuerza incontrastable que difunde en el vasto escenario de la Nación el poder que unifica las opiniones y estimula la juventud que se incorpora al movimiento cívico con todos los entusiasmos de la edad. La juventud es sabia que renueve ideales y nutre la vida política del país.
Hipólito Yrigoyen no tiene una duda que amortigüe o quebrante la fe del convencido al fundamentar con su esfuerzo, en la realidad concreta de los hechos, el primado civil de la Nación.
En su vida de luchado ha suscitado resistencia violentas y pasiones enconadas. Al representar tendencia democrática, tenía fatalmente que provocar todas las prepotencias dictatoriales. De ahí el embate formidable en que se condensan y amalgaman abusos y violencias, fraudes y arbitrariedades en contra del noble orientador que concentra las fuerzas morales del pueblo para emancipar el país de oligarquías hereditarias apropiadoras de los resortes del poder para usufructuar todas las fuerzas vitales de la Nación. En esta lucha redobla sus esfuerzos titánicos. Su estructura de luchador invulnerable. Los argentinos que intentan restaurar el pasado, restringiendo las libertades públicas y privadas, se empeñaban inútilmente en negar eficacia al noble ciudadano en la vida política del país. Ha bastado la muerte para que se disipen las sombras acumuladas.
El pueblo rectifica el juicio jactanciosamente formulado como veredicto definitivo de la posteridad. La conciencia cívica le perpetua, rodeado por la gratitud, el nombre de Hipólito Yrigoyen, mientras ruedan en las penumbras del pasado anónimo, como simples hojarascas de la historia, decretos apologéticos y honores oficiales que han pretendido contrarrestar el significado del gran demócrata en la evolución social de la Republica.
Hipólito Yrigoyen vibra con todos los entusiasmos al realzar los destinos manifiestos de la Nación al nivel que arraigan en nuestros propios antecedentes.
Fue el exponente más representativo de la solidaridad social.
Por eso se confunden todas las jerarquías alrededor de su féretro. Ha sido el conductor de pueblos y orientador de multitudes en la exacta comprensión del vocablo. Confundió sus anhelos con los anhelos populares. Sintió las angustias de todas las clases sociales, con las palpitaciones generosas que fundamentan la bondad y el amor. Fue bondadoso sin restricciones. En su alma no existía ni el odio ni el rencor que estimula en la lucha para someter al adversario.
Fortalecido en las altas enseñanzas de las ciencias políticas y morales, enaltece el concepto que realiza la autonomía personal en el escenario de todas las actividades. De ahí la magnifica amplitud con que los pueblos de la Republica reconocen sus afanes y prestigian su nombre. La ideología doctrinaria se transforma en sentimiento de una emoción que vibra en todos los corazones. Hipólito Yrigoyen es una emoción en la vida argentina. Como la cordillera andina que se destaca en el continente, en el ambiente moral de la Republica, Hipólito Yrigoyen es una cumbre inaccesible a las mezquindades que pretenden deslustrar su memoria incorporada al panteón de nuestros próceres.
En las luchas políticas no tiene término de comparación.
Es único por las modalidades de su temperamento, o las energías de su carácter y la abnegación personal con que actúa. Vive con la preocupación de la patria, sin que puedan ofuscarlos los errores inevitables a la naturaleza humana. De ahí la sugestión que vincula todas las energías para dar con la emoción, las fuerzas irrestibles en la conquista paulatina de los derechos que fundamentan las instituciones políticas.
La Unión Cívica Radical, cuyas vibraciones multiformes se irradian por todos los ámbitos del país, formula el voto que fue el móvil propulsor de su existencia. Ese voto es un legado y una consigna. Es legado porque en el largo andar, Hipólito Yrigoyen defendió sin desfallecimientos los principios indescriptibles que constituyen en su esencia la organización política y civil de la Nación, manteniendo inalterable la tradición democrática del pueblo argentino, auroleado por el sacrificio en todas las etapas de la historia. Al movilizarse las fuerzas vivas de la Nación, alcanza en la realidad concreta de los hechos, la solidaridad social.
Es consigna que la Unión Cívica Radical debe mantener en su prístina limpidez para ser, en la sucesión del tiempo el ideal constantemente renovador que diera la palabra mágica, la simbólica representación que enaltece la dignidad y el carácter al vigorizar la conciencia cívica en el escenario de la vida.
Desde hoy en adelante la Nación tiene en Hipólito Yrigoyen el noble orientador, como el navegante, la estrella polar en la vasta soledad de los mares. Su nombre se gravará en las páginas de la historia para ser perpetuado en bronce y en mármol en todos los pueblos de la República. Duerme en paz varón ilustre. El pueblo de tus amores y el heredero de tus virtudes velarán por las instituciones de la Patria, con la entereza que enaltece tu ejemplo en esta hora en que trepidan esas mismas instituciones. Ese pueblo que supo aclamarte en vida, sabrá honrarte en la muerte con todas las hidalguías de la raza y todos los prestigios de la gloria.
Al hablar con la alta representación del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical no puedo callar ni dejar de expresar la intensa emoción y la profunda melancolía personal al ver partir para siempre al amigo que aprendí a querer y admirar en 40 años de vida, noblemente vivida al servicio de la patria. No es solo el afecto y la amistad que se aleja de nosotros. Es también la acción con los ideales y la energía de la juventud que desaparece. Es como nuestra propia vida que se va. Al separarnos en este eterno adiós, vibra el sentimiento y acrece el dolor, al pensar que no obstante el largo andar en la dura brega en Pro de las instituciones de la patria, estábamos de nuevo identificados como en las primeras jornadas del civismo, hoy, como al iniciarse hace cuarenta y cuatro años la reivindicación política y social de la República, móvil propulsor de su existencia.
Tu ejemplo y tu recuerdo, Hipólito Yrigoyen, nos fortalecerán en la lucha.



























Fuente: El ex Presidente de la República y Presidente del Comite Nacional de la Unión Cívica Radical Dr. Marcelo Torcuato de Alvear despidiendo los restos del ex Presidente de la Nación Dr. Hipólito Yrigoyen en la Recoleta, 6 de julio de 1933.

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