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viernes, 20 de junio de 2014

Federico Monjardin: "Debate de la Ley de Represión del Espionaje, Sabataje y Traición" (7 y 8 de septiembre de 1950)

Sr. Presidente (Campóra). — Continúa la sesión.
Tiene la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Monjardín. — Declaro que escuche con profunda atención, con conmovida atención, las palabras que con tono de verdad sentida y dicha sin reservas pronuncio el señor diputado por Tucumán.
Declaro también que cuando escucho o veo actuar en esta Honorable Cámara particularmente, o fuera de ella, a los que se llaman obreros —y digo que se llaman obreros, porque el termino obrero es sinónimo de trabajador y en este sentido todos somos obreros—, con gran capacidad, con serio concepto y con responsabilidad, me siento satisfecho como hombre, terreno en el que me considero solidario con todos los obreros, como argentino y como radical.
Se, y alguna vez lo dije en este recinto, el extraordinario esfuerzo, que merece todo nuestro respeto, que los hombres que ganan duramente su vida con el trabajo de sus manos tienen que realizar para emanciparse intelectualmente.
Dije una vez —y hago estas referencias personales para que se advierta que mis palabras no son posición de circunstancia, sino conducta—, que toda vez que he visto reclamaciones de los hombres de trabajo, aunque hayan sido exageradas, aunque la pasión haya puesto denuestos en sus palabras y agresión en sus gestos, he pensado que tuvieron siempre razón por lo mucho que sufrieron y porque la historia del movimiento obrero del mundo, y, por tanto, de nuestro país, nos ha dado duros paisajes de dolor, de sufrimientos, de esfuerzos abnegados de estos millones de soldados desconocidos que pusieron su vida al servicio de la causa humana. Por ello, todas las exageraciones en que puedan incurrir deben ser perdonadas, porque deben ser comprendidas. Digo estas palabras porque alguna vez he sido casi obrero y he vivido la intimidad del trabajo, y comprendo y siento esta situación con absoluta solidaridad por sobre todas las circunstancias.
Pero pregunto: ¿como es posible que los hombres que han vivido estas luchas, que saben cuanto dolor y cuanta sangre han sido necesarios en el mundo para lograr cada una de las pequeñas mejoras que jalonan la marcha de la vida de los trabajadores, no se alarmen, no sientan en lo profundo de su alma la inquietud angustiosa que causa el entregar a un poder publico, a un hombre, por santo que el sea, tanto poder? Y se le acuerda un poder tan grande que puede convertirlo, en un instante dado, pese a todas las intenciones, en un estrangulador.
Sr. Vischi. — ¿Me permite una breve interrupción, señor diputado?
Sr. Monjardín. — Si, señor diputado.
Sr. Vischi. — Ruego al señor diputado considera que los diputados peronistas no estamos entregando esta noche la suma de poder alguno a ningún hombre, sino que estamos sancionando una ley que no la va aplicar el Poder Ejecutivo, que no la va a aplicar el general Perón, sino que la aplicaran los jueces que tiene el país y que lo harán, como esperamos, con la honestidad que caracteriza a los hombres que administran justicia. (¡Muy bien! ¡Muy bien! Aplausos.)
Sr. Dellepiane. — Los jueces que tiene actualmente el país son, de acuerdo a reiteradas manifestaciones de los señores diputados de la mayoría, jueces de la revolución.
Sr. Vischi. — Eso no quiere decir que no sean justos en la aplicación de la ley.
Sr. Dellepiane. — Es decir, que son jueces que dependen directamente de la voluntad discrecional de Perón.
Sr, Visca. — ¡No es exacto!
Sr. Decker. — ¿Como puede decir eso?
Sr. Villacorta. — ¡No es cierto!
Sr. Camus. — ¡Es un agravio a la justicia!
Sr. Conte Grand. —Son jueces justicialistas.
Sr. Presidente (Campóra). — Esta en el uso de la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Monjardín. — La interrupción del señor diputado por Tumban me da pie para decir que tuve oportunidad, hace poco, de concurrir al juzgado letrado de un territorio para conocer la situación de La justicia. Fui a ver directamente a] juez para pedirle que el me la dijera y cual la de la cárcel, cosas tan humanas que hacen al dolor de los hombres y que me preocupan.
¿Sabe, señor diputado por Tucumán, con que me encontré? Con un juez que me trató muy cortes y amablemente pero que ostentaba en la solapa de su saco, en su gabinete y en horas de despacho, la insignia peronista.
Sr. Conte Grand. — Es un hombre libre.
Sr. Visca. — ¿Le da mas importancia a ese hecho que al de haber sido recibido cortes y amablemente?
Sr. Monjardín. — Ese juez, según informaciones que recogí en el propio juzgado, estaba entregado a una acción proselitista política entre el personal de su dependencia.
Respeto —¡como no voy a respetar!— la opinión política de un juez que, ante todo, es hombre y ciudadano y que tiene no ya el derecho sino el deber de participar con todas las potencias lucidas de su espíritu en la contienda política argentina porque no puede set indiferente un juez, como no puede serlo ningún hombre que tenga el alma bien construida a las cosas que acontecen en su patria. Pero el juez en su despacho es una autoridad que por la extraordinaria investidura que la sociedad ha puesto en sus manos, tiene una importancia intimidatoria. ¿Con que animo el litigante elemental, el acusado humilde, el pobre hombre que esta necesitando, cuando se encuentra ante el juez, que este sea en ese instante simultáneamente juez y hombre para que la majestad de la justicia no entre las emociones de su alma, va a estar ante ese juez si es de un partido político adversario del suyo y como va a creer en la justicia de ese juez que en su despacho actúa como político?
Sr. Decker. — Actuara como justicialista.
Sr. Monjardín. — Para que se vea que esta intervención no es solamente de los jueces, acá tengo esta noticia de un diario de hoy referente al gobernador del territorio del Chubut, sobre una reunión de comisionados municipales. El gobernador del territorio anuncio a estos, a quienes había reunido para hablar de cuestiones administrativas, la inminente llegada de un colega nuestro el señor diputado Manuel Rodríguez, que ira a reorganizar y unificar al peronismo que parece que no esta muy solidamente unido.
Sr. Visca. — Que se refiera el señor diputado al artículo 1.
Sr. Presidente (Campóra). — Señor diputado por Buenos Aires: la Presidencia respetuosamente le ruega que se concrete al artículo 1.
Sr. Monjardín. — ¿El articulo 1?, acerca del cual el señor diputado por Tucumán ha dicho cosas muy interesantes, dice concretamente: «Las acciones u omisiones previstas en la presente ley que constituyan ayuda y socorro a los enemigo de la Nación, serán calificadas de traición cuando hubieran sido cometidas por argentinos o por cualquier persona que deba obediencia a la Nación por razón de su empleo o función publica.»
¿Por que nos oponemos nosotros a esta ley? ¿Porque esta destinada a reprimir la traición? No. ¿Como puede alguien con verdad —decir verdad es expresar lo que se cree— decir o insinuar que nos oponemos a esta ley por eso? Si tuviéramos la certidumbre de que esta ley no tiene otra finalidad, todo este debate se habría evitado y la habríamos votado por unanimidad.
Sr. Benítez. — Es cuestión de creencias.
Sr. Monjardín. — Pero es que no es esa la realidad.
Sr. Conte Grand. — La ley no depende de las creencias.
Sr. Bustos Fierro. — Es una conjetura del señor diputado, y hasta ahora no han acertado en ninguna de las conjeturas que han hecho.
Sr. Monjardín. — ¿Que se entiende por enemigos de la Nación? Hay un concepto tradicional...
Sr. Conte Grand. — ¿Me permite una interrupción, señor diputado?
Sr. Monjardín. — Si, señor diputado.
Sr. Conte Grand. — En este debate ha sido sobradamente señalado que el articulo 1 usa las expresiones de la Constitución, la cual habla del que tomare las armas contra la Nación y se uniera al enemigo prestándole ayuda y socorro. Eso es lo que transcribe literalmente este artículo. La Constitución se refiere al caso de guerra, a los enemigos exteriores en sentido bélico. Así que no extienda el concepto s otros supuestos porque a esta altura del debate resulta ingenuo sostener que pueda referirse a otra clase de incriminaciones. Es la transcripción textual del artículo constitucional, lo que no puede merecer la suspicacia de ningún señor diputado.
Sr. Monjardin. — Si así fuese...
Sr. Conte Grand. — Es que no puede ser de otro modo.
Sr. Monjardín. —... perdone lo que voy a decir, porque no hay ningún propósito irreverente para su persona sino una apreciación generosa e intelectual: admiro la candidez del señor diputado.
Todo este proyecto esta lleno de reservas, de amenazas, de cosas que nos alarman seriamente. Si supiéramos, repito, que esta ley estuviera destinada nada más que a reprimir los actos contra el país, la votaríamos sin ninguna vacilación. Pero no podemos aislarla del medio; hay actos anteriores, legislativos, ejecutivos, de los jueces, publicaciones, que hacen advertir que este no es sino uno de los tantos episodios que están configurando, pese a la ilusión revolucionaria de las masas obreras que acompañan al actual Poder Ejecutivo, un sistema reaccionario.
Sr. Decker. — No, señor diputado.
Sr. Monjardín. — Si yo no tuviera la más minima duda de que esto no configura un movimiento reaccionario, acaso estaría sentado entre ustedes. Lo combatimos porque creemos que pese a su apariencia, pese a la generosidad del impulso, pese a la ilusión revolucionaria que yo se que anida en el corazón de todos los hombres limpios del peronismo —porque no hay que suponer que todos los peronistas son limpios, como no hay que suponer que todos los radicales lo sean, seamos humanos— yo se que hay dos revoluciones: la que soñamos los hombres limpios y humildes, la que suenan posiblemente todos, revolución a que aspiramos para que cada hombre sea plenamente un hombre en la realización de sus posibilidades, y otra la que esta resultando de concentrar todos los poderes en una sola mano.
Se esta repitiendo el episodio que en la historia se ha producido tantas veces. La Revolución Francesa fue hecha para libertar a los hombres. Sin embargo degenero en la Convención y en la dictadura, y en nombre de la libertad se guillotinaba a los ciudadanos que reclamaban la libertad. La historia del mundo esta llena de esos episodios...
Sr. Vischi. — ¿Me permite, señor diputado?
Sr. Monjardín. — Si, señor diputado.
Sr. Vischi. — ¿No piensa el señor diputado que si el general Perón hubiera tenido alma de dictador pudo haberlo sido después del 17 de octubre?
Sr. Zavala Ortiz. — ¿No han dicho que el pueblo no lo aceptaría?
Sr. Vischi. — En ese momento pudo ser dictador y no quiso porque repugna a sus sentimientos.
Sr. Zavala Ortiz. — O no pudo serlo...
Sr. Monjardín. — Pero yo no le atribuyo al general Perón —por que le voy a atribuir— vocación de dictador. Yo no lo conozco. Pero lo evidente es que cuando se tienen todos los poderes en una sola mano, se cae en una dictadura, aunque no se quiera ser dictador. Si este no fuera un debate con tiempo limitado, si fuera un debate académico o histórico, podría debatir aquí a través de ejemplos infinitos en la historia...

—Varios señores diputados hablan simultáneamente.

Sr. Visca. — El señor diputado esta fuera de la cuestión.
Sr. Presidente (Campóra). — La Presidencia invita al señor diputado a que se concrete a la cuestión.
Sr. Monjardín. — No voy a aceptar ninguna interrupción, porque me aparto del asunto.
En esta Cámara, con machacona insistencia y fuera de esta Cámara con no menos machacona reiteración por hombres que son representantes ciertos del peronismo, por el propio presidente de la Republica, por todos sus corifeos en el país...
Sr. Visca. — ¿Corifeos? No sabe lo que dice el señor diputado.
Sr. Monjardín. —...se ha dicho que los opositores somos enemigos de la Nación, que somos vendepatrias, que somos aliados del capitalismo internacional extranjero, que estamos generalmente en contra del país, y cuando algún orador nuestro dice para rebatir alguno de estos conceptos algo que según los jueces, la policía —acaso un vigilante analfabeto—, constituye un agravio, es metido en la cárcel por haber atentado contra la seguridad del Estado.
Sr. Decker. — Pero, señor presidente, ¿como podemos oír semejantes expresiones? Hago la cuestión al señor diputado.
Sr. Monjardín. — No puede estrangularse al pueblo argentino, a la clase trabajadora...

—Varios señores diputados hablan simultáneamente.

Sr. Presidente (Campora). — El señor diputado por la Capital hace nuevamente la cuestión de que el señor diputado por Buenos Aires esta fuera del asunto en debate.
Sr. Monjardín. — Me refiero al artículo 1 del despacho, que habla de los enemigos de la Nación.
¿Quienes son traidores? Una cosa es el concepto clásico de traidor, y otra el concepto que se tiene por ejemplo en la Rusia comunista de Stalin, en la Alemania de Hitler, en la España de Franco, en la Republica Dominicana, en Venezuela o en el Perú. En esos países son traidores los que no piensan como el jefe del gobierno, el que discute al gobierno...

—Varios señores diputados hablan simultáneamente.

Sr. Visca. — El señor diputado se aparta constantemente del asunto en debate. Hago la cuestión formal, señor presidente. Esta agraviando a gobiernos amigos.
Sr. Monjardín. — Estoy hablando del artículo 1, que se refiere a enemigos...
Sr. Presidente (Campóra). — No lo interpreta así varios señores diputados del bloque mayoritario.
Sr. Monjardín. — Lo que pasa es que por parte de los señores diputados se dicen cosas que nosotros escuchamos con respeto; pero cuando nosotros queremos dar con igual derecho nuestra opinión, se nos aplica la mordaza...
Sr. Presidente (Campóra). — Resuelve la Honorable Cámara, señor diputado...
Sr. Monjardín. — A propósito del artículo se ha hablado del señor presidente de la Republica...
Sr. Vischi. — El señor diputado quiere hacer política...

—Varios señores diputados hablan simultáneamente.

Sr. Monjardín. — Se han dicho cosas extraordinarias que conviene destacar a propósito de este artículo 1. Se dijo que el peronismo no es para la clase trabajadora un fin, sino un instrumento...
Sr. Conte Grand. — No se dijo eso.
Sr. Monjardín. —...un instrumento, un medio. La palabra instrumento quiere decir medio, herramienta. Se dijo también que si en algún instante se advirtiera que el general Perón quiere convertirse en dictador, la clase trabajadora va a reaccionar.
Sr. Decker. — No puede interpretarse en esa forma...
Sr. Monjardín. — Y se dijo también esta cosa extraordinaria: que pese a los discursos y a los argumentos que se hagan aquí en contra de esta ley, la clase trabajadora esta de acuerdo con esta ley porque la propone Perón.
En resumen, todo se basa en la confianza puesta en un hombre que es falible y esta expuesto a todos los errores, que puede tener momentos de extravío, de debilidad, de pasión. Como consecuencia, resulta que el poder público queda al servicio de su extravío, de su pasión y de su error, a pesar de los mejores sentimientos que puedan inspirarlo.
Sr. Colom. — ¿Me permite una interrupción el señor diputado?
Sr. Monjardín. — Lamento no poder acceder señor diputado, pues tengo contados minutos.
Es fundamental el articulo 1, porque todos los que vienen después no son sino la articulación del concepto que el contiene.
Sr. Cooke. — Esta equivocado el señor diputado.
Sr. Monjardín. — El artículo 8 habla de la depresión del ánimo público. ¿Con que criterio se aplicara esta ley en esos casos? El ánimo público se deprime cuando las escobas se pagan a $ 8, el kilo de harina de maíz, 1,10, cuando suben los pasajes de los ferrocarriles...
Sr. Visca. — Volvemos a hacer la cuestión, señor presidente, de que el señor diputado se ha apartado del asunto en debate.

—Varios señores diputados hablan simultáneamente.

Sr. Presidente (Campóra). — Se va a votar si el señor diputado que usa de la palabra esta en la cuestión.

—Resulta negativa de 64 votos; votan 97 señores diputados.

Sr. Presidente (Campóra). — Para una moción de orden tiene la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Visca. — Formulo moción de orden de que se cierre el debate.
Sr. Presidente (Campóra). — Se va a votar la moción formulada por el señor diputado por Buenos Aires.

—Resulta afirmativa de 78 votos; votan 98 señores diputados.

Sr. Presidente (Campóra). — Se va a votar el artículo 1.
Sr. Santander. — Si me permite, señor presidente...
Por razones profundas y porque considero que el proyecto en discusión es atentatorio a las libertades publicas argentinas, con la autorización de la Presidencia me voy a retirar porque no deseo votar esta ley.

—Se retira del recinto el señor diputado por Entre Ríos, Silvano Santander.

Sr. Presidente (Campóra). — Se va a votar el artículo 1.


—Resulta afirmativa de 86 votos; votan señores diputados.























Fuente: Discurso del Señor Diputado por la Provincia de Buenos Aires Prof. Federico Fernandez de Monjardin en el Debate de la Ley de  Represión del Espionaje, Sabataje y Traición" (7 y 8 de septiembre de 1950)

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