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martes, 14 de diciembre de 2010

Francisco A. Barroetaveña: "Discurso en Memoria de Leandro Alem (4 de julio de 1896)

“Señores: Cumpliendo el precepto de Quintiliano: “abreviemos las palabras ante los grandes hechos”. La República entera, -hago este honor a los adversarios políticos,- acaba de ser profundamente conmovida por un suceso trágico, tan inesperado como terrible. Por primera vez, uno de sus patricios excelsos, con mano firme y temeraria, ha puesto fin a su noble vida! El rudo acontecimiento, no sólo nos cubre de luto y de consternación, sino que inaugura la forma más funesta y peligrosa con que los hombres públicos pueden solucionar los accidentados problemas de su vida; y, ante los despojos de la primera víctima, conteniendo las angustias y armado de franca energía, séame permitido condenar el suicidio como el procedimiento más estéril y atentatorio. Señores: La gallarda y altiva figura del doctor Leandro N. Alem, no sólo había descollado en nuestras contiendas democráticas, en el foro, en el parlamento y en la tribuna popular, sino también en los tumultos sangrientos del comicio, en la guerra civil y en los formidables combates del Paraguay, donde el plomo mortífero diezmaba las filas argentinas. Y, no obstante esos múltiples peligros y exposiciones, los proyectiles enemigos respetaron al valeroso luchador, que siempre se expuso en la vanguardia, como si sus altas virtudes le hubiesen formado un blindaje invisible, que lo preservaba de la muerte y de la calumnia. La perforación del hermoso cráneo que encerraba ideas tan grandes como generosas, estaba reservada a la siniestra resolución del mismo doctor Alem, concebida, sin duda alguna, bajo el influjo de la desesperación, excitada por un enfermizo romanticismo. Alem, combatiente de fibra, alma varonil forjada en la más ruda lucha; espíritu fuerte, capaz de imponerse a las más crueles visicitudes y a los peores desastres, ¿cómo ha podido destrozar su cabeza con su propia mano? ¿qué lo ha impulsado a la inmolacion? ¿las dificultades de la política contemporánea? No; porque era inteligente y razonable para comprender que las causas del malestar, no estaban exclusivamente al alcance de su resolucion ni de la fuerza de su partido; porque si se encontraba con algún correligionario frío, indiferente, disperso, o hacia el campo adverso, él sabía bien que la gran mayoría proseguía con lealtad la lucha por la justicia y el derecho; y porque, aun cuando Alem hubiese visto a la multitud, cobarde, envilecida o en el camino del crimen, era hombre de firmeza y austeridad, capaz de cumplir sin violencia el altivo programa de Lamartine en casos tales: “¡Feliz el hombre solo!” Era un veterano del ostracismo interno y de las persecusiones! ¿Qué lo ha llevado al suicidio? ¿La pobreza? Pero si Alem era uno de esos sublimes menesterosos, cuya elevación de ideas y pensamientos les impide conocer y codiciar las ventajas del dinero; que suelen terminar con los pies en un hospital, pero manteniendo siempre la cabeza y el corazón en las nubes; que se empobrecen haciendo el bien, y no se avergüenzan de alimentarse “como las aves del cielo”, y de vestirse “como los lirios de los campos”, cuando falta el trabajo honrado y dignificante; que persiguen como objetivos de la vida, la práctica del bien, del deber y de la virtud; el ejercicio del derecho, y el reinado de la justicia; y que desde la plataforma de su elevada misión, compadecen la opulencia de Creso, los caudales de Verres y la avaricia de Shylock! ¿La calumnia? Pero si Alem sabía que desde Alejandro, los grandes hombres son las víctimas más codiciadas por el arma corrosiva de Basilio; pero si Alem era probablemente el hombre público argentino menos calumniado; si él sabía bien que ese proyectil innoble resbalaba hasta sus plantas, sin mancillar su austera personalidad; si él no podía dudar que sus virtudes notorias y su altanero menosprecio, convertían en lodo inofensivo la calumnia y la difamación! El alma byroniana de Alem, embellecida con las virtudes de Catón el Antiguo, tuvo el momento de obcecación y de fatal escepticismo del de Utica; y, como él, olvidó que “en huir del dolor nunca hay victoria”; y, el esforzado patricio, no ha muerto “cara al tirano!” El espíritu poderoso y varonil de Alem, era capaz de resistir heroicamente las mayores adversidades; la prueba del odio, del fuego y del hierro. Parecían destinadas a él aquellas palabras de Victor Hugo: “Ciertas naturalezas aladas, robustas y tranquilas, han sido hechas para los grandes vientos: hay aves de tempestad, creadas para los huracanes”. ¡Alem inútil y estéril! ¿Cómo pudo escribir semejantes palabras, él, cuya sola presencia, adornada de nobles virtudes, era el ejemplo más útil y fecundo para la enseñanza del pueblo; él que aún encerrado con sus cóleras y fulminaciones en su mísera tienda, habría sido el juez más soberbio, y el maestro más elocuente de su nación, como lo fueron aquel guerrero invicto frente a los muros de Troya, y aquel sombrío y solitario que rugía en el monte Carmelo? ¡Alem deprimido! Pero ¿cómo? ¿Por quién? ¿De dónde le vino esta persistente obsecación? Si Alem en los pontones, en la cárcel infecta, en la miseria, víctima de la difamación; en la soledad o en el infortunio, era siempre el repúblico altivo y brillante, que se agrandaba en razón directa de las persecusiones y de las miserias de la vida? ¿Por qué se mató Alem? Yo no encuentro una causa razonable, si es que se puede excusar con estas palabras, la siniestra resolución de los más insoportables momentos de la vida. ... ¡Quién hubiera adivinado tan horrible plan en el caballero afable y bromista, que momentos antes de la tragedia nos entretenía con burlas amistosas y familiar conversación! ¡Y pensar que las cartas en que nos invitaba, han sido escritas el “1º de junio” y luego enmendada la fecha para el “1º de julio”! Señores: En el sepulcro del doctor Alem no debemos decir sino palabras severas y levantadas, dignas de la vida, de la escuela y de la propaganda del preclaro ciudadano. Ni el llanto ni la desolación son del todo apropiados frente a este cadáver excepcional. A repúblicos de la estirpe de Alem, no se les honra con lágrimas, ni con cirios y genuflexiones, sino imitando sus virtudes, la nobleza de su alma, su altruismo, su carácter y el valor heroico para luchar por el bien! Desprendámonos del drama sangriento; no indaguemos los sombríos monólogos de Hamlet que se habrán sucedido con fatídica repetición en las tristes cavilaciones de sus últimos días; no preguntemos por qué lo sedujo el segundo término de aquella formidable interrogación del héroe de Shakespeare: “¿cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia?” No pretendamos desgarrar el denso velo que envuelven sus raciocinios desesperados; levantémonos de su tumba agusta, y dirijamos la mirada y la acción a su testamento político, a los destinos de la patria, al porvenir político de la nación argentina, a todo lo que sea grande y elevado, digno del ilustre muerto, caído en un momento sicológico. Las más hermosas exequias a la memoria del doctor Alem, consistirán en realizar con serena firmeza cuanto exija el país para su completa regeneración, en lo político, social, administrativo y moral; para el más amplio ejercicio de sus libertades públicas; para impulsar al pueblo a los comicios, e imponer su deber a los gobiernos; para impedir “funestas restauraciones...¡Adelante los que quedan!” He aquí el santo y seña de ultratumba, que sonará como un llamamiento supremo sobre el territorio argentino, mientras sus hijos defiendan el honor y la gloria! Seremos fuertes y dignos, ¡Duerme tranquilo, noble luchador! Señores: Oigo que Alem, es el último representante de una raza de varones fuertes que se va, después de haber agitado hondamente la sociedad en que vivían; hasta se insinúan comparaciones algo deprimentes con oscuros caudillejos locales, surgidos del caos y de la anarquía. ¿Cómo? Alem, el conductor del pueblo argentino a jornadas patrióticas en momento solemnísimo para reivindicar el honor y la libertad; Alem, el viril combatiente, el ilustrado propagandista, el tribuno de fuego que arrastraba la democracia a su solemne manumisión; Alem, el virtuoso, el alma grande y noble, capaz de todas las intrepideces y de todos los sacrificios en pro de la nación argentina, ¿es el último romano, el último representante de los sublimes agitadores que dignifican la esperie humana? ¡No, jamás; no blasfememos de la patria! Alem deja toda una generación de discípulos, modestos, pero impregnados de las claridades, de las virtudes, del carácter y de la elevada enseñanza cívica del tribuno fulgurante! Señores: En el interminable desfile del pueblo, que ha contemplado y traído a la mansión de las tumbas el cadáver del doctor Alem, han llamado la atención dos elementos sociales: la mujer y la cantidad enorme de jóvenes. La primera, desde la más remota antigüedad, desde el drama del Gólgota, es la piadosa compañera de los infortunios de los grandes hombres; la que prodiga su exquisita sensibilidad, consuelo y resignación al que sufre; flores de nardo a los mártires del deber, a los apóstoles del bien y de la virtud, a los benefactores de la humanidad. Los jóvenes responden con elocuencia al último toque de llamada del doctor Alem; demuestran que nunca fueron remisos a la palabra de orden del ilustre tribuno, y que están firmes y dispuestos a “consumar la obra” que recomienda en su testamento. Lo afirmo por mi honor: La Juventud será perseverante! Señores: el Partido Radical de Entre Ríos y de Santa Fé, me ha encargado que hable en su nombre al sepultar los restos del doctor Alem. Aquellos pueblos, como las demás provincias argentinas, no sólo quieren honrar con delegaciones, ofrendas y discursos, la tumba del que tanto luchó por su causa, sin economizar sacrificio alguno, sino que también protestan, en presencia de los despojos del egregio ciudadano, “consumar la obra” de su redención política y social. Los argentinos ya no veremos al iluminado demócrata fascinar las multitudes desde la tribuna de las arengas; las reivindicaciones armadas no contarán con aquel eficiente organizador; las campañas eleccionarias no serán presididas por el político rígido, que combatía las convenciones exitistas y sólo se inclinaba ante el veredicto de las urnas, leal y honradamente compulsadas; los parlamentos no volverán a escuchar la verba elocuente y fogosa, los grandes discursos del “tribuno del pueblo”; la causa de la defensa nacional ha perdido un brazo fuerte; los oprimidos y toda buena causa, ya no tendrán al más solícito e impetuoso de sus abogados; no veremos los grandes “meetings” del pueblo argentino, presididos y electrizados por el vehemente jefe del Partido Radical; la juventud no volverá a contemplar ni la fisonomía severa del gran demócrata, ni a oir su palabra arrebatadora; pero Leandro N. Alem no ha sufrido ni clamado en el desierto. Todo el partido Radical de la República sabrá dignamente “consumar la obra” que nos recomienda; conservaremos piadoso recuerdo del abnegado Jefe, y, perdonándole la falta de su postrera resolución, lo presentaremos a la posteridad como modelo de carácter y de civismo, en blanco mármol de Carrara, o en bronce sonoro e inmortal! Paz en su tumba, honor a su memoria, y “adelante los que quedan”, hasta “consumar la obra...” He dicho”


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